13 noviembre 2006
Nos mudamos
Pues eso, que a partir de ahora este blog queda detenido como si hubiese sido alcanzado por un dardo impregnado en curare. Nos mudamos a www.sergioparra.com, con un mejor diseño y bajo wordpress. Todos los contenidos se conservan en la nueva dirección, así que no temáis al cambio.
Para los que estén suscritos a la RSS de este blog, la nuevo RSS sería ésta:
http://www.sergioparra.net/~sparra/wordpress/feed/
Nos vemos en la nueva dirección.
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06 octubre 2006
El neng existe. Y es peor.
Pues eso, lo que siempre se dice: que la realidad supera la ficción.
El bueno de Bigas Luna se ha embarcado en su última película en la peliaguda misión de radiografiar los muchachos y muchachas del extrarradio de las ciudades: los llamados cholos, bakalas, neng´s. El que siempre ha sido un icono para onanistas irredentos (Las edades de Lulú, Huevos de oro, Jamón, jamón) define a la protagonista del filme de marras, Yo soy la Juani, así: Es la hija del brutalismo ibérico y del glamour de periferia, y es lo más.
Sí, sí, preciosa definición. Sobre todo cuando los decibelios superlativos de sus coches tuning y sus motocicletas trucadas te trepanan los tímpanos.
Verónica Echegui, la señorita que encarna a la tal Juani, en el casting de la película respondió así a la pregunta de qué hacía los sábados: Ayudo a mi madre, que la abuela está muy mal y se hace las necesidades encima, así ella sale y yo le leo el periódico, le cuento cosas, y cuando vuelve mi madre, me maquillo, me pongo minifalda y salgo a follar, que es lo que más me gusta.
¡VIVA ESPAÑA! Oee oe oe oee
Otrosí fascistoide surgido del hartazgo: cuánto me recofilaría el contemplar cómo todos los vehículos censados en el estado español que luciesen una de esas pegatinas del toro bravo de Osborne en su chasis deflagrasen en este mismo instante. Bailaríamos alrededor de las llamas y entonaríamos algún canto bantú.
Perdón.
El bueno de Bigas Luna se ha embarcado en su última película en la peliaguda misión de radiografiar los muchachos y muchachas del extrarradio de las ciudades: los llamados cholos, bakalas, neng´s. El que siempre ha sido un icono para onanistas irredentos (Las edades de Lulú, Huevos de oro, Jamón, jamón) define a la protagonista del filme de marras, Yo soy la Juani, así: Es la hija del brutalismo ibérico y del glamour de periferia, y es lo más.
Sí, sí, preciosa definición. Sobre todo cuando los decibelios superlativos de sus coches tuning y sus motocicletas trucadas te trepanan los tímpanos.
Verónica Echegui, la señorita que encarna a la tal Juani, en el casting de la película respondió así a la pregunta de qué hacía los sábados: Ayudo a mi madre, que la abuela está muy mal y se hace las necesidades encima, así ella sale y yo le leo el periódico, le cuento cosas, y cuando vuelve mi madre, me maquillo, me pongo minifalda y salgo a follar, que es lo que más me gusta.
¡VIVA ESPAÑA! Oee oe oe oee
Otrosí fascistoide surgido del hartazgo: cuánto me recofilaría el contemplar cómo todos los vehículos censados en el estado español que luciesen una de esas pegatinas del toro bravo de Osborne en su chasis deflagrasen en este mismo instante. Bailaríamos alrededor de las llamas y entonaríamos algún canto bantú.
Perdón.
03 octubre 2006
De vuelta a Alemania
Pues ya hemos regresado de unos días por Alemania. ¿Motivos? Asistir a la boda laica de unos amigos teutones y descubrir un poco más el país. Cada vez cuesta más volver a este país vocinglero de pandereta. Cada vez queda menos para no volver más.
Revisitamos Stuttgart, no tan interesante y bonita como Munich, pero, sin duda, mucho más cerca de una estampa del pueblo de Las chicas Gilmore (Stars Hollow) que del ambiente cañí, cholo y macarra que cada vez más lo impregna todo en España (¿el desierto avanza?, tal vez). Asistimos a la Volkfest (una especie de Oktoberfest) y, exceptuando los tenderetes y las atracciones de barraca, los grandes salones de mesas alargadas atestadas de alemanes bebiendo cerveza y tragando salchichas y cochinillo nos resultaron gratamente pintorescos. Cenamos un bocadillo de steak (un grueso fragmento de cochinillo) con el que casi veo las estrellas. Dios mío, estaba delicioso. El truco consiste en que la carne alemana se suele vender dopada con toda clase de especias. Lástima que en España sea imposible encontrarla.
Al día siguiente alquilamos un coche (un Ford Mondeo nuevecito y equipado con toda clase de gadgets) y viajamos a los alrededores de Munich para asistir a la boda, que se celebraba en las proximidades del lago Amersee, junto a Dessing. Un pueblecito de ensueño, con los Alpes recortados en el horizonte. Todo cubierto de un verde casi plástico, como salido de los pinceles de un impresionista.
Ignoro si todas las bodas alemanas son como la de Jörg y Corinna, pero la susodicha le da mil vueltas a todas las bodas españolas a las que hemos asistido. Juegos típicos para matar el rato durante las noches de acampada , interpretar obras de teatro, una extensa variedad de pasteles elaborados por los mismos asistentes, conversaciones tranquilas, ambiente general ausente de humo y ruido, pasteles (¿ya lo dije?)... y, en general, un aire ingenuo, casi infantil, realmente reconfortante. Estar en un paraje arcádico, en un local de madera tenuemente iluminado con velas y rodeados de gente bienintencionada similar a la de cualquier filme de Capra, reconforta; máxime si uno proviene de un país en el que el incremento deliberado de los decibelios de tu motocicleta tuning es proporcional a tu grado de hombría. Ah, y había mucha comida. Y pasteles.
Al día siguiente partimos hacia Austria. Recomendamos la experiencia de viajar por las sinuosas carreteras austriacas mientras rodeas los imponentes montículos de los Alpes Salzburgueses. Inolvidable. Sobre todo si en la radio suena algún tema musical tirolés. Vimos muchas vacas. Y a Heidi y su abuelito. Nuestro destino eran las Cuevas de Hielo, Eisriesenwelt.
Tras dejar atrás Salzburgo y adentrarnos por un extraordinario paisaje de cristalinos ríos y majestuosas cumbres, llegamos a Werfen, donde atisbamos el castillo de Hohenwerfen (donde se rodó la película Muere otro día). Desde allí ascenderíamos en coche hasta el estacionamiento. Luego hay que seguir a pie por una senda durante unos 20 o 30 minutos por la cara oeste del monte Hochkögel hasta llegar a las taquillas, a unos mil metros de altitud. Desde allí se toma un teleférico que te sube otros quinientros metros, hasta el merendero. La pendiente desde el funicular era muy pronunciada, y las vistas, vertiginosas. Era como estar colgado en el vacío. Una vez en tierra firme, hay que recorrer otra etapa de ascenso, todavía más dura que la anterior, de otros 20 minutos. Por fin, la entrada de la cueva está a la vista. Un tosco agujero en la pared desnuda de piedra, como el impacto de un mortero, de 20 metros de ancho y 18 de alto. Desde ahí, todo un sistema de cuevas se extiende a lo largo de unos 40 kilómetros. La gruta de hielo más grande del mundo.
La visita guiada se limita a un recorrido de 1 kilómetro, en el que ascenderemos otros 700 metros por el interior del glaciar y subiremos y bajaremos 1700 escalones. El trayecto dura 70 minutos. La experiencia es impresionante, y fría: la temperatura era de unos 0 grados centígrados. El circuito no está iluminado artificialmente para no aumentar la temperatura del interior. Así que, una vez cruzada la puerta de entrada, un gélido viento te abofetea en la cara para dejarte claro que acabas de entrar en otro mundo. Sin duda, la primera imagen que nos vino a la cabeza fue la de Minas Tirith de El señor de los anillos. La oscuridad no es total, sin embargo, pues a algunos de nosotros nos han prestado candiles de aceite, y el guía, además, transporta barritas de magnesio que prende a fin de iluminar las areas que merecen especial explicación. El trayecto es agotador, el frío se cuela por tus fosas nasales, resollas, te encuentras perdido en las entrañas de una montaña helada. La sensación es única. Hay tramos claustrofóbicos. Pero hay otros que son abrumadoramente gigantescos. Tan grandes que ni siquiera se atisban las paredes. Como si ascendieras por un campo de fútbol. Túneles de hielo, gélidas estalactitas gigantes, una ominosa estalagmita de hielo con forma de oso, una explanada por la que el guía patinaba a sus anchas... las fotos y los videos que conseguimos sacar no hacen justicia a la magnificencia del lugar. Lugar, por cierto, descubierto por el fundador de la espeleología en Salzburgo, Alexander von Mörk. Fallecido durante la I Guerra Mundial, sus cenizas descansan en una urna en la cueva catedral. Capturé una piedra del interior de las cuevas, tras caminar por el hielo hasta un rincón. Me pareció un recuerdo mucho mejor que los manufacturados que más tarde nos tratarían de endilgar.
Eisriesenwelt significa Mundo Gigante de Hielo. Y con razón.
Al día siguiente, aún aguijoneados por las tremendas agujetas del tour de force de Eisriesenwelt, visitamos el Castillo de Oscuroverde (Burg Finstergrün), en Ramingstein, a 100 kilómetros al sudeste de Salzburgo. Era un antojo personal, pues la novela Jitanjáfora transcurre en su mayor parte en dicho castillo y resultaba muy divertido contemplar lo que sólo habíamos imaginado. Oscuroverde es una hospedería para jóvenes de la organización juvenil de la Iglesia Evangélica en Austria, ahí es nada. Aún no sé cómo pero, cámara de video en ristre, logramos colarnos de rondón por las estancias interiores del castillo y, al estilo de intrépido documental, filmamos los pasillos y las habitaciones interiores, esquivando los pasos de otros huéspedes que pudieran delatarnos. Subimos muchas escaleras de caracol y hasta accedimos a un gran refrectorio presidido por una armadura de caballero en el que aún quemaban los troncos de la chimenea. Logramos salir indemnes con nuestro tesoro: el video y una piedra de la pared, que seguro nos transmitirá la energía teúrgica de los hechiceros laicos de Austria.
El resto del viaje consistió en visitar Innsbruck, al otro lado de Austria, revisitar Munich para tomar algo con Corinna y probar más especialidades gastronómicas autriacas, como el escalope a la vienesa (wiener Schintzel) y tarta de chocolate (sachertorte).
Revisitamos Stuttgart, no tan interesante y bonita como Munich, pero, sin duda, mucho más cerca de una estampa del pueblo de Las chicas Gilmore (Stars Hollow) que del ambiente cañí, cholo y macarra que cada vez más lo impregna todo en España (¿el desierto avanza?, tal vez). Asistimos a la Volkfest (una especie de Oktoberfest) y, exceptuando los tenderetes y las atracciones de barraca, los grandes salones de mesas alargadas atestadas de alemanes bebiendo cerveza y tragando salchichas y cochinillo nos resultaron gratamente pintorescos. Cenamos un bocadillo de steak (un grueso fragmento de cochinillo) con el que casi veo las estrellas. Dios mío, estaba delicioso. El truco consiste en que la carne alemana se suele vender dopada con toda clase de especias. Lástima que en España sea imposible encontrarla.
Al día siguiente alquilamos un coche (un Ford Mondeo nuevecito y equipado con toda clase de gadgets) y viajamos a los alrededores de Munich para asistir a la boda, que se celebraba en las proximidades del lago Amersee, junto a Dessing. Un pueblecito de ensueño, con los Alpes recortados en el horizonte. Todo cubierto de un verde casi plástico, como salido de los pinceles de un impresionista.
Ignoro si todas las bodas alemanas son como la de Jörg y Corinna, pero la susodicha le da mil vueltas a todas las bodas españolas a las que hemos asistido. Juegos típicos para matar el rato durante las noches de acampada , interpretar obras de teatro, una extensa variedad de pasteles elaborados por los mismos asistentes, conversaciones tranquilas, ambiente general ausente de humo y ruido, pasteles (¿ya lo dije?)... y, en general, un aire ingenuo, casi infantil, realmente reconfortante. Estar en un paraje arcádico, en un local de madera tenuemente iluminado con velas y rodeados de gente bienintencionada similar a la de cualquier filme de Capra, reconforta; máxime si uno proviene de un país en el que el incremento deliberado de los decibelios de tu motocicleta tuning es proporcional a tu grado de hombría. Ah, y había mucha comida. Y pasteles.
Al día siguiente partimos hacia Austria. Recomendamos la experiencia de viajar por las sinuosas carreteras austriacas mientras rodeas los imponentes montículos de los Alpes Salzburgueses. Inolvidable. Sobre todo si en la radio suena algún tema musical tirolés. Vimos muchas vacas. Y a Heidi y su abuelito. Nuestro destino eran las Cuevas de Hielo, Eisriesenwelt.
Tras dejar atrás Salzburgo y adentrarnos por un extraordinario paisaje de cristalinos ríos y majestuosas cumbres, llegamos a Werfen, donde atisbamos el castillo de Hohenwerfen (donde se rodó la película Muere otro día). Desde allí ascenderíamos en coche hasta el estacionamiento. Luego hay que seguir a pie por una senda durante unos 20 o 30 minutos por la cara oeste del monte Hochkögel hasta llegar a las taquillas, a unos mil metros de altitud. Desde allí se toma un teleférico que te sube otros quinientros metros, hasta el merendero. La pendiente desde el funicular era muy pronunciada, y las vistas, vertiginosas. Era como estar colgado en el vacío. Una vez en tierra firme, hay que recorrer otra etapa de ascenso, todavía más dura que la anterior, de otros 20 minutos. Por fin, la entrada de la cueva está a la vista. Un tosco agujero en la pared desnuda de piedra, como el impacto de un mortero, de 20 metros de ancho y 18 de alto. Desde ahí, todo un sistema de cuevas se extiende a lo largo de unos 40 kilómetros. La gruta de hielo más grande del mundo.
La visita guiada se limita a un recorrido de 1 kilómetro, en el que ascenderemos otros 700 metros por el interior del glaciar y subiremos y bajaremos 1700 escalones. El trayecto dura 70 minutos. La experiencia es impresionante, y fría: la temperatura era de unos 0 grados centígrados. El circuito no está iluminado artificialmente para no aumentar la temperatura del interior. Así que, una vez cruzada la puerta de entrada, un gélido viento te abofetea en la cara para dejarte claro que acabas de entrar en otro mundo. Sin duda, la primera imagen que nos vino a la cabeza fue la de Minas Tirith de El señor de los anillos. La oscuridad no es total, sin embargo, pues a algunos de nosotros nos han prestado candiles de aceite, y el guía, además, transporta barritas de magnesio que prende a fin de iluminar las areas que merecen especial explicación. El trayecto es agotador, el frío se cuela por tus fosas nasales, resollas, te encuentras perdido en las entrañas de una montaña helada. La sensación es única. Hay tramos claustrofóbicos. Pero hay otros que son abrumadoramente gigantescos. Tan grandes que ni siquiera se atisban las paredes. Como si ascendieras por un campo de fútbol. Túneles de hielo, gélidas estalactitas gigantes, una ominosa estalagmita de hielo con forma de oso, una explanada por la que el guía patinaba a sus anchas... las fotos y los videos que conseguimos sacar no hacen justicia a la magnificencia del lugar. Lugar, por cierto, descubierto por el fundador de la espeleología en Salzburgo, Alexander von Mörk. Fallecido durante la I Guerra Mundial, sus cenizas descansan en una urna en la cueva catedral. Capturé una piedra del interior de las cuevas, tras caminar por el hielo hasta un rincón. Me pareció un recuerdo mucho mejor que los manufacturados que más tarde nos tratarían de endilgar.
Eisriesenwelt significa Mundo Gigante de Hielo. Y con razón.
Al día siguiente, aún aguijoneados por las tremendas agujetas del tour de force de Eisriesenwelt, visitamos el Castillo de Oscuroverde (Burg Finstergrün), en Ramingstein, a 100 kilómetros al sudeste de Salzburgo. Era un antojo personal, pues la novela Jitanjáfora transcurre en su mayor parte en dicho castillo y resultaba muy divertido contemplar lo que sólo habíamos imaginado. Oscuroverde es una hospedería para jóvenes de la organización juvenil de la Iglesia Evangélica en Austria, ahí es nada. Aún no sé cómo pero, cámara de video en ristre, logramos colarnos de rondón por las estancias interiores del castillo y, al estilo de intrépido documental, filmamos los pasillos y las habitaciones interiores, esquivando los pasos de otros huéspedes que pudieran delatarnos. Subimos muchas escaleras de caracol y hasta accedimos a un gran refrectorio presidido por una armadura de caballero en el que aún quemaban los troncos de la chimenea. Logramos salir indemnes con nuestro tesoro: el video y una piedra de la pared, que seguro nos transmitirá la energía teúrgica de los hechiceros laicos de Austria.
El resto del viaje consistió en visitar Innsbruck, al otro lado de Austria, revisitar Munich para tomar algo con Corinna y probar más especialidades gastronómicas autriacas, como el escalope a la vienesa (wiener Schintzel) y tarta de chocolate (sachertorte).
27 septiembre 2006
Enséñanos la pasta, colega
Estupefactos y cariacontecidos nos quedamos al recibir la siguiente misiva.
¡Un chollo, vamos! Lo más divertido se encuentra en las letras pequeñas: Cada pareja que nos enseñe 100 euros (sólo enseñarlos, sin dejar en prenda) recibirá UN REGALO SORPRESA QUE NO OLVIDARÁ JAMÁS.
Vamos, que hay que enseñar el parné, los billetes, al igual que si asistieras a una partida clandestina de Poker y estuvieses a punto de ser víctima de un mercachifle de feria. Dado lo chusco del reclamo y las condiciones, me pregunto qué clase de catadura intelectual caerá en estas especies de mafias. La teletienda pero en plan acoso y derribo. Y no te olvides de enseñar la pasta, colega.
Lo del regalo que no olvidará jamás... me pregunto si no lo olvidarás porque es algo equivalente a, por ejemplo, una mierda.
Nos estamos planteando acudir.
¡Un chollo, vamos! Lo más divertido se encuentra en las letras pequeñas: Cada pareja que nos enseñe 100 euros (sólo enseñarlos, sin dejar en prenda) recibirá UN REGALO SORPRESA QUE NO OLVIDARÁ JAMÁS.
Vamos, que hay que enseñar el parné, los billetes, al igual que si asistieras a una partida clandestina de Poker y estuvieses a punto de ser víctima de un mercachifle de feria. Dado lo chusco del reclamo y las condiciones, me pregunto qué clase de catadura intelectual caerá en estas especies de mafias. La teletienda pero en plan acoso y derribo. Y no te olvides de enseñar la pasta, colega.
Lo del regalo que no olvidará jamás... me pregunto si no lo olvidarás porque es algo equivalente a, por ejemplo, una mierda.
Nos estamos planteando acudir.
Capítulo 18 de Las gafas de Platón
Ya ha aparecido Tengo 17 años de la novela podcast (en mp3) Las gafas de Platón. Sin apenas retrasos.
¿De qué trata este capítulo? De sexo. De sexo salvaje, de sexo heterosexual (¿u homosexual?), de parafilias... del amor. Juan Andersen no puede permitir que su gran amigo, su gran creación, Javier Avogadro, merme sus cualidades intelectuales en aras de un compañero sexual. Así que, como ya hizo con su inusitada belleza, tendrá que poner remedio.
Que lo disfruten ustedes, y hasta la próxima semana.
Súscribete usando esta dirección en tu agregador.
¿De qué trata este capítulo? De sexo. De sexo salvaje, de sexo heterosexual (¿u homosexual?), de parafilias... del amor. Juan Andersen no puede permitir que su gran amigo, su gran creación, Javier Avogadro, merme sus cualidades intelectuales en aras de un compañero sexual. Así que, como ya hizo con su inusitada belleza, tendrá que poner remedio.
Que lo disfruten ustedes, y hasta la próxima semana.
Súscribete usando esta dirección en tu agregador.
25 septiembre 2006
El bigote de Venus, finalista
El cuento El bigote de Venus, que envié al II Concurso de Relato Corto de la Asociación Juvenil El Rural 2006, de Almería, ha resultado finalista.
El cuento ganador y los finalistas ya han sido publicados en una antología.
El cuento ganador y los finalistas ya han sido publicados en una antología.
22 septiembre 2006
PANEGÍRICO A LA ESPUMA DE LOS DÍAS
(Aviso a navegantes: el siguiente post es largo. Pero largo de verdad).
La espuma de los días es un extinto programa de radio. Fue emitido por Radio Hospitalet (Barcelona) durante dos años (1993-1994) y presentado por Jaume Balagueró.
La espuma de los días supuso un antes y un después en mi descarriada existencia.
Aún recuerdo con nostalgia cómo empezó todo. Yo no era un gran aficionado a la radio, ni mucho menos: apenas podían separarme de la televisión (en la que engullía indiscriminadamente Tranformers, Regreso al futuro o los filmes de Paco Martínez Soria) o de los libros (Elige tu propia aventura…). Recuerdo que, en ocasiones, cuando me iba a dormir y mi padre estaba de viaje, me acostaba en la cama de mis padres porque era un niño patológicamente aterrorizado. Demasiada imaginación, supongo. La cuestión es que la cama de mis padres tenía aires futuristas. Para mí era como la cama embrujada de La bruja novata. En el cabecero se hallaba insertado un panel con el que, mediante una rueda, podías sintonizar la FM y la AM. Una cama con radio incorporada, sí, señores, todo un hito en aquellos tiempos (mi padre siempre ha sido un pionero e cuanto asuntos tecnológicos se refiere). El altavoz, incluso, quedaba a la altura de la almohada, y así podías dormirte escuchando los boletines de noticias, el guirigay de un partido de fútbol o los cánticos árabes que llegaban allende las fronteras. Esa radio me salvó la vida, pues mi madre conciliaba el sueño con inusitada rapidez, empezaba a respirar fuerte (eufemismo de roncar), y yo me encontraba solo en una oscuridad encinta de monstruos.
Por aquel entonces, pues, la radio fue mi baliza, mi baya, mi faro para no perderme en el océano del miedo y la soledad (qué lírico estoy, por Dios). Para sentirme acompañado, en definitiva. Y tan desesperado me hallaba yo que el programa que sintonizaba lo conducía un joven José Manuel Parada (dejad de reíros), llamado, si no me equivoco, Sábanas Blancas. Hasta creo recordar que me gustaba. Ya se sabe, la infancia.
Pero no fue hasta que empecé primero de BUP, cuando yo contaba con 14 años, cuando, en clase de gimnasia, un compañero de clase (Alexis Mejías, para más señas) me desveló con aire confidencial la existencia de un programa nocturno de radio que radiaba la emisora municipal de su ciudad: Sábanas con chinchetas, perpetrado por José Miguel Cruz.
Seguro que cualquier habitante del área metropolitana de Barcelona tendrá constancia de este programa, aunque sólo sea de oídas. No en vano, sentó muchos precedentes en algunos aspectos y se mantuvo en antena durante más de 10 años. Casi era, para algunos, un referente vital, una secta, un modo de vida. Y estaba bien. A grandes rasgos, la estructura era sencilla: un programa temático cada noche, de lunes a viernes, de doce de la noche a seis de la mañana. Pero era mucho más: contenidos frescos, ágiles, irreverentes; casi una comunidad de nocturnos que se hacían compañía cuando la mayoría de gente ya dormía. Y repito: estaba muy bien, me distrajo, me acompañó mientras estudiaba para el examen del día siguiente o montaba los collages que nos encargaba el profesor de Ética, me ayudó a conocer a muchas de las personas más importantes de mi vida y fue la causa de que cada mañana llegase a clase con profundas ojeras. Para una información más exhaustiva, os sugiero visitar el artículo de Meloncorp. Pero, a pesar de todo, no me sacudió la masa gris tal y como lo hizo La espuma de los días, patricio programa radiofónico capitaneado por Jaume Balagueró (hoy laureado cineasta).
Los sábados y domingos, en idéntica frecuencia, en idéntico horario, un tipo de voz algo afeminada, timbrada, puntillosa con la ortología y la dicción y muy, muy pedante, cogía el relevo de la noche. Su franja de oyentes era mucho más limitada y exquisita, pues el fin de semana, por lo común, la gente joven lo suele consagrar a las discotecas, a los bares etílicos y demás. Así que la gente que escuchaba a Balagueró era joven, sí, pero jóvenes que, de algún modo, ya eran viejos prematuros. Gente rara. Esquinada. Gente que no encajaba. Gente interesantísima, en su mayoría, bien que a poco que les escuchara un facultativo entrarían derechitos a un frenopático.
¿Y de qué hablaba Jaume Balagueró? Absolutamente de todo, según se terciara, sin prejuicios, sin tabúes, sin imposturas. A veces, de asuntos absurdos y surrealistas, o de cuestiones de gran altura intelectual, o de niñerías. Sí, porque la verdadera enjundia del programa la constituía esa mezcla anárquica entre la clase y el saber estar decimonónico y la infantil y traviesa mirada de un niño de seis años.
Había una pequeña sección en los prolegómenos de cada programa, donde el señor Balagueró leía las cartas de los oyentes. Una de las misivas, muy crítica con el programa, describía, sin pretenderlo, la verdadera esencia de La espuma de los días. Paso a reproducirla:
Si era una carta fidedigna o no nunca lo sabremos, porque La espuma de los días siempre paseaba de puntillas sobre la línea que separa lo real y lo caricaturesco. Sin ir más lejos, el programa gozaba de una audiencia participativa tan escasa que, en más de una ocasión, era el propio Balagueró quien debía llamar al programa. Sí, se llamaba a él mismo, mantenía conversaciones telefónicas con él mismo en una suerte de esquizofrenia descacharrante. Y lo hacía tan bien que no siempre era fácil descubrir que detrás de la llamada se encontraba él mismo impostando la voz. ¿Quién iba a sospechar tal grado de endogamia desquiciada? O cuando llamaba un oyente bautizado como Zamorano y aseguraba envasar sus deposiciones en tarros de cristal fechados, y en plena llamada nos dedicaba la apertura de alguna hez matusalénica que, acto seguido, lanzaba por el balcón de su casa. Balagueró, agazapado y conteniendo una risa de diablura infantil, iba indagando sobre la suerte del zurullo, y Zamorano retransmitía el lanzamiento y posterior impacto en el mobiliario público como si de un partido de fútbol se tratase. O cuando, en la cúspide del delirio, con aires fellinianos, llamaban dos hermanos que aseguraban estar encerrados en un sanatorio mental. Según su versión de los hechos, eran adictos al programa, y en cuanto apagaban las luces de la habitación, todos dormían y el celador no andaba cerca, escapaban a hurtadillas hacia los pasillos, donde se encontraba la cabina de teléfonos, para hablar unos minutos con su ídolo. Cuantas veces tuvieron que cortar la llamada de improviso porque creyeron escuchar unos pasos aproximándose.
¿Realidad? ¿Ficción? Qué importa. Era algo nuevo, sin precedentes en la historia de la radiodifusión española.
Tampoco quiero dejarme en el tintero la esperpéntica sección Manicomio de travestis. En él, el presentador hacía mutis en el foro y daba todo el protagonismo al oyente. En el escaso tiempo concedido para cada llamada en este contestador automático granguiñolesco, podía escucharse cualquier cosa. Desde una profunda reflexión hasta una performance extravagante. Éste era el mensaje de bienvenida del contestador:
MANICOMIO DE TRAVESTIS.mp3
Pero, como he apuntado, no todo eran humoradas bizarras o iniciativas para freaks de circo. También había seso. Mucho seso pedante, esnob y patricio. Mis primeras elucubraciones más allá de los confines académicos surgieron de las brillantes reflexiones vertidas por Balagueró o su pléyade de oyentes más sibaritas. Ellos nos hicieron cuestionarnos lo que parecía incuestionable, nos obligaron a contemplar los asuntos más complejos y abstrusos desde otro punto de vista. Nos volvimos más agudos, más incisivos, más analíticos. Descubrimos que no hay una única verdad, sino que la verdad es miriónima, tiene mil nombres. Nos inculcaron el anhelo por aprender, por saber; por leer. Nos abrieron las puertas perceptivas a la buena música. Queríamos, en mayor o menor medida, ser como el señor Balagueró: poseer su oratoria, su sapiencia, incluso estudiar Periodismo, como él había hecho.
En esta línea, se me ocurren programas exquisitos como el dedicado al lenguaje. ¿En qué programa radiofónico podían cortar tu llamada si cometías más de tres errores al hablar? En ninguno, porque La espuma de los días fue único. Junto al ínclito Javier Insa (un hippie o seguidor del frugalismo más acérrimo, poseedor de unos conocimientos enciclopédicos y unas opiniones heteróclitas), Balagueró activaba una máquina que computaba con voz robótica todos los errores de los oyentes o de él mismo, incluso los ortológicos. La gente llamaba, se cuidaba de ser excelso en su modo de expresarse y, a la sazón, enumeraban sus palabras favoritas o sus palabras inventadas.
Palabras inventadas. Esto merece un renglón aparte. Balagueró era un apologeta de los diccionarios personales. Así que, gracias a las propiedades víricas de los memes, nos fue inoculando su particular jerga que, aún hoy, los espumaires de raza empleamos cotidianamente. ¿Quién no recuerda su ta caliente? Expresión comodín para indicar dicha extrema o denunciar situaciones comprometidas. ¡Ta caliente! O cuando definía algo como el over the top, lo máximo. O cuando trataba a los oyentes de amiguitos. O saludaba diciendo Buena noche (nótese el singular). O relupa, lentina, pirulacha… O el ¡Qué bonito!, o el ¡Concha!, o el trato de usted, como si todo fuéramos caballeros. La lista es infinita, y ello provoca que el universo balagueroniano aún fuera más incomprendido por el establishment.
Fueron dos años inolvidables. Dos años en los que aprendí mucho, en los que dejé de sentirme un bicho raro, en los que descubrí que no estaba obligado a ser como todo el mundo. En los que me di cuenta que había más gente como yo. Y, sí, puede que a un nivel freático, el germen ya anidara en nosotros. Pero La espuma de los días lo hizo germinar como una hiedra devoradora. Por eso no me importaba llegar a clase y hablar con palabras que nadie entendía, o ser un esnob, o un seguidor del cine gore, o un amigo de las réplicas, las contrarréplicas, los nudos gordianos, las discrepancias, los apotegmas, los desprecios, las soflamas, las algaradas contestatarias, los discursos filípicos, los anacolutos, las iconoclasias, las boutades de enfant terrible, las blasfemias, los anatemas o los denuestos.
La espuma de los días se terminó. Jaume Balagueró ya no volvió a hacer radio. Pero no importa. Siempre nos acordaremos de todo. Y como emotivo colofón, paso a transcribir las palabras con las que el señor Balagueró, el amiguito Balagueró, se despidió de nosotros. (Un servidor, cómo no, soltó una lagrimita cuando sus últimas palabras se desvanecieron en las ondas hercianas y empezó a sonar una de sus canciones favoritas y recurrentes en el programa: Here I go again, de Whitesnake)
Otrosí: conservo los tres últimos programas de La espuma de los días grabados en cintas, que posteriormente he convertido en mp3. También, un programa de la primera temporada, el dedicado al lenguaje. Este panegírico también es una llamada a todos aquellos espumaires que conserven retazos de este genial e inimitable programa para hacer trueque, para unirlo todo y formar la gran biblioteca que años ha nos hizo ver las cosas de otra manera. Si tienes cualquier grabación, ponte en contacto conmigo.
¡Ta caliente!
La espuma de los días es un extinto programa de radio. Fue emitido por Radio Hospitalet (Barcelona) durante dos años (1993-1994) y presentado por Jaume Balagueró.
La espuma de los días supuso un antes y un después en mi descarriada existencia.
Aún recuerdo con nostalgia cómo empezó todo. Yo no era un gran aficionado a la radio, ni mucho menos: apenas podían separarme de la televisión (en la que engullía indiscriminadamente Tranformers, Regreso al futuro o los filmes de Paco Martínez Soria) o de los libros (Elige tu propia aventura…). Recuerdo que, en ocasiones, cuando me iba a dormir y mi padre estaba de viaje, me acostaba en la cama de mis padres porque era un niño patológicamente aterrorizado. Demasiada imaginación, supongo. La cuestión es que la cama de mis padres tenía aires futuristas. Para mí era como la cama embrujada de La bruja novata. En el cabecero se hallaba insertado un panel con el que, mediante una rueda, podías sintonizar la FM y la AM. Una cama con radio incorporada, sí, señores, todo un hito en aquellos tiempos (mi padre siempre ha sido un pionero e cuanto asuntos tecnológicos se refiere). El altavoz, incluso, quedaba a la altura de la almohada, y así podías dormirte escuchando los boletines de noticias, el guirigay de un partido de fútbol o los cánticos árabes que llegaban allende las fronteras. Esa radio me salvó la vida, pues mi madre conciliaba el sueño con inusitada rapidez, empezaba a respirar fuerte (eufemismo de roncar), y yo me encontraba solo en una oscuridad encinta de monstruos.
Por aquel entonces, pues, la radio fue mi baliza, mi baya, mi faro para no perderme en el océano del miedo y la soledad (qué lírico estoy, por Dios). Para sentirme acompañado, en definitiva. Y tan desesperado me hallaba yo que el programa que sintonizaba lo conducía un joven José Manuel Parada (dejad de reíros), llamado, si no me equivoco, Sábanas Blancas. Hasta creo recordar que me gustaba. Ya se sabe, la infancia.
Pero no fue hasta que empecé primero de BUP, cuando yo contaba con 14 años, cuando, en clase de gimnasia, un compañero de clase (Alexis Mejías, para más señas) me desveló con aire confidencial la existencia de un programa nocturno de radio que radiaba la emisora municipal de su ciudad: Sábanas con chinchetas, perpetrado por José Miguel Cruz.
Seguro que cualquier habitante del área metropolitana de Barcelona tendrá constancia de este programa, aunque sólo sea de oídas. No en vano, sentó muchos precedentes en algunos aspectos y se mantuvo en antena durante más de 10 años. Casi era, para algunos, un referente vital, una secta, un modo de vida. Y estaba bien. A grandes rasgos, la estructura era sencilla: un programa temático cada noche, de lunes a viernes, de doce de la noche a seis de la mañana. Pero era mucho más: contenidos frescos, ágiles, irreverentes; casi una comunidad de nocturnos que se hacían compañía cuando la mayoría de gente ya dormía. Y repito: estaba muy bien, me distrajo, me acompañó mientras estudiaba para el examen del día siguiente o montaba los collages que nos encargaba el profesor de Ética, me ayudó a conocer a muchas de las personas más importantes de mi vida y fue la causa de que cada mañana llegase a clase con profundas ojeras. Para una información más exhaustiva, os sugiero visitar el artículo de Meloncorp. Pero, a pesar de todo, no me sacudió la masa gris tal y como lo hizo La espuma de los días, patricio programa radiofónico capitaneado por Jaume Balagueró (hoy laureado cineasta).
Los sábados y domingos, en idéntica frecuencia, en idéntico horario, un tipo de voz algo afeminada, timbrada, puntillosa con la ortología y la dicción y muy, muy pedante, cogía el relevo de la noche. Su franja de oyentes era mucho más limitada y exquisita, pues el fin de semana, por lo común, la gente joven lo suele consagrar a las discotecas, a los bares etílicos y demás. Así que la gente que escuchaba a Balagueró era joven, sí, pero jóvenes que, de algún modo, ya eran viejos prematuros. Gente rara. Esquinada. Gente que no encajaba. Gente interesantísima, en su mayoría, bien que a poco que les escuchara un facultativo entrarían derechitos a un frenopático.
¿Y de qué hablaba Jaume Balagueró? Absolutamente de todo, según se terciara, sin prejuicios, sin tabúes, sin imposturas. A veces, de asuntos absurdos y surrealistas, o de cuestiones de gran altura intelectual, o de niñerías. Sí, porque la verdadera enjundia del programa la constituía esa mezcla anárquica entre la clase y el saber estar decimonónico y la infantil y traviesa mirada de un niño de seis años.
Había una pequeña sección en los prolegómenos de cada programa, donde el señor Balagueró leía las cartas de los oyentes. Una de las misivas, muy crítica con el programa, describía, sin pretenderlo, la verdadera esencia de La espuma de los días. Paso a reproducirla:
Señor Balagueró,
Me he decidido a escribirle tras escuchar su programa La
espuma de los días en diversas ocasiones. En todas ellas he podido comprobar
como tanto usted como el programa en general se mueven por derroteros a veces
elegantes y casi siempre con una profesionalidad dignas de admiración. Pero al
mismo tiempo he comprobado como a menudo deja usted entrar en el programa temas
o cuestiones de dudoso gusto. A veces, incluso, ofensivos. Es más, en algunos
casos ha sido usted mismo el que ha fomentado estos temas. Como cuando hablaron
de excrementos, de pornografía y alguna otra cuestión que no recuerdo,
afortunadamente. También es usted, a mi juicio, el responsable único de cierto
tono absurdo e infantil que a menudo se adopta en el programa, como cuando se
dicen cosas como ta caliente, sin ningún sentido. O cuando se utiliza el trato
personal de amiguitos. Todo ello me parece innecesario y contradictorio con el
tono serio y erudito de otros momentos. Teniendo en cuenta que la suya es una
emisora pública, creo que esas cosas resultan intolerables. Acabaré sólo
sugiriéndole que entre la audiencia también nos encontramos muchos oyentes
serios y respetables que esperamos algo muy distinto de un programa de radio, y
no tonterías y aberraciones como las que a veces ofrece usted.
Sin más, se despide atentamente,
Lucas Camarasa.
Si era una carta fidedigna o no nunca lo sabremos, porque La espuma de los días siempre paseaba de puntillas sobre la línea que separa lo real y lo caricaturesco. Sin ir más lejos, el programa gozaba de una audiencia participativa tan escasa que, en más de una ocasión, era el propio Balagueró quien debía llamar al programa. Sí, se llamaba a él mismo, mantenía conversaciones telefónicas con él mismo en una suerte de esquizofrenia descacharrante. Y lo hacía tan bien que no siempre era fácil descubrir que detrás de la llamada se encontraba él mismo impostando la voz. ¿Quién iba a sospechar tal grado de endogamia desquiciada? O cuando llamaba un oyente bautizado como Zamorano y aseguraba envasar sus deposiciones en tarros de cristal fechados, y en plena llamada nos dedicaba la apertura de alguna hez matusalénica que, acto seguido, lanzaba por el balcón de su casa. Balagueró, agazapado y conteniendo una risa de diablura infantil, iba indagando sobre la suerte del zurullo, y Zamorano retransmitía el lanzamiento y posterior impacto en el mobiliario público como si de un partido de fútbol se tratase. O cuando, en la cúspide del delirio, con aires fellinianos, llamaban dos hermanos que aseguraban estar encerrados en un sanatorio mental. Según su versión de los hechos, eran adictos al programa, y en cuanto apagaban las luces de la habitación, todos dormían y el celador no andaba cerca, escapaban a hurtadillas hacia los pasillos, donde se encontraba la cabina de teléfonos, para hablar unos minutos con su ídolo. Cuantas veces tuvieron que cortar la llamada de improviso porque creyeron escuchar unos pasos aproximándose.
¿Realidad? ¿Ficción? Qué importa. Era algo nuevo, sin precedentes en la historia de la radiodifusión española.
Tampoco quiero dejarme en el tintero la esperpéntica sección Manicomio de travestis. En él, el presentador hacía mutis en el foro y daba todo el protagonismo al oyente. En el escaso tiempo concedido para cada llamada en este contestador automático granguiñolesco, podía escucharse cualquier cosa. Desde una profunda reflexión hasta una performance extravagante. Éste era el mensaje de bienvenida del contestador:
MANICOMIO DE TRAVESTIS.mp3
Pero, como he apuntado, no todo eran humoradas bizarras o iniciativas para freaks de circo. También había seso. Mucho seso pedante, esnob y patricio. Mis primeras elucubraciones más allá de los confines académicos surgieron de las brillantes reflexiones vertidas por Balagueró o su pléyade de oyentes más sibaritas. Ellos nos hicieron cuestionarnos lo que parecía incuestionable, nos obligaron a contemplar los asuntos más complejos y abstrusos desde otro punto de vista. Nos volvimos más agudos, más incisivos, más analíticos. Descubrimos que no hay una única verdad, sino que la verdad es miriónima, tiene mil nombres. Nos inculcaron el anhelo por aprender, por saber; por leer. Nos abrieron las puertas perceptivas a la buena música. Queríamos, en mayor o menor medida, ser como el señor Balagueró: poseer su oratoria, su sapiencia, incluso estudiar Periodismo, como él había hecho.
En esta línea, se me ocurren programas exquisitos como el dedicado al lenguaje. ¿En qué programa radiofónico podían cortar tu llamada si cometías más de tres errores al hablar? En ninguno, porque La espuma de los días fue único. Junto al ínclito Javier Insa (un hippie o seguidor del frugalismo más acérrimo, poseedor de unos conocimientos enciclopédicos y unas opiniones heteróclitas), Balagueró activaba una máquina que computaba con voz robótica todos los errores de los oyentes o de él mismo, incluso los ortológicos. La gente llamaba, se cuidaba de ser excelso en su modo de expresarse y, a la sazón, enumeraban sus palabras favoritas o sus palabras inventadas.
Palabras inventadas. Esto merece un renglón aparte. Balagueró era un apologeta de los diccionarios personales. Así que, gracias a las propiedades víricas de los memes, nos fue inoculando su particular jerga que, aún hoy, los espumaires de raza empleamos cotidianamente. ¿Quién no recuerda su ta caliente? Expresión comodín para indicar dicha extrema o denunciar situaciones comprometidas. ¡Ta caliente! O cuando definía algo como el over the top, lo máximo. O cuando trataba a los oyentes de amiguitos. O saludaba diciendo Buena noche (nótese el singular). O relupa, lentina, pirulacha… O el ¡Qué bonito!, o el ¡Concha!, o el trato de usted, como si todo fuéramos caballeros. La lista es infinita, y ello provoca que el universo balagueroniano aún fuera más incomprendido por el establishment.
Fueron dos años inolvidables. Dos años en los que aprendí mucho, en los que dejé de sentirme un bicho raro, en los que descubrí que no estaba obligado a ser como todo el mundo. En los que me di cuenta que había más gente como yo. Y, sí, puede que a un nivel freático, el germen ya anidara en nosotros. Pero La espuma de los días lo hizo germinar como una hiedra devoradora. Por eso no me importaba llegar a clase y hablar con palabras que nadie entendía, o ser un esnob, o un seguidor del cine gore, o un amigo de las réplicas, las contrarréplicas, los nudos gordianos, las discrepancias, los apotegmas, los desprecios, las soflamas, las algaradas contestatarias, los discursos filípicos, los anacolutos, las iconoclasias, las boutades de enfant terrible, las blasfemias, los anatemas o los denuestos.
La espuma de los días se terminó. Jaume Balagueró ya no volvió a hacer radio. Pero no importa. Siempre nos acordaremos de todo. Y como emotivo colofón, paso a transcribir las palabras con las que el señor Balagueró, el amiguito Balagueró, se despidió de nosotros. (Un servidor, cómo no, soltó una lagrimita cuando sus últimas palabras se desvanecieron en las ondas hercianas y empezó a sonar una de sus canciones favoritas y recurrentes en el programa: Here I go again, de Whitesnake)
Amiguitos, hemos llegado al fin de este programa. La despedida, la última
despedida de La espuma de los días. Nos vamos, aquí termina nuestra andadura en
esta emisora, en Radio Hospitalet. El 92.5 de la FM, a partir de ahora, por las
noches, los fines de semana, habrá otras cosas, distintas, maravillosas, seguro,
pero serán otras. Y nosotros nos habremos ido, ya no estaremos. Y no sé si
volveré. Me gustaría mucho volver, compartir otra vez estas madrugadas, y decir:
¡Ta caliente! Y decir: ¡Concha! Relupa, membroto… y otras cositas, que son
nuestras, que los demás no las entenderían. Los demás escuchan otras cosas, o
ven la tele… son distintos. Nuestras cositas son nuestras. Y no sé si
volveré.
Pero bueno. Siempre quedarán esas cositas. Más allá de un
programa de radio, más allá del fin de semana, más allá de una emisora de radio
quedarán los membrotos, quedará el ¡agua, agua!, quedarán todas las cosas que se
han dicho en dos años. ¿Sabéis la cantidad de cosas que se pueden llegar a
decir, sabéis la cantidad de sentimientos que se pueden expresar? No lo sabéis.
¿Sabéis la cantidad de gente que puede llegar a conocerse, que puede llegar a
contactar, que puede llegar a expresar e intercambiar? La cantidad de cosas que
se pueden aprender los unos de los otros, la cantidad de secretos…
Muchos no nos han querido bien. Es más, mucho nos han querido mal.
Ellos no entendían por qué, de pronto, ¡amiguito, ta caliente, cochinillo,
relupa, concha! Ellos no lo entendían. Claro, eran nuestras cosas. Y pensaban:
¿habéis visto lo que dicen? ¿Habéis visto de qué hablan? Hablan del cosmos, de
las caquitas, tiran heces a las calles, hablan de porno duro o de películas de
sangre, de Ingrid Bergman, de Nietzche. Peor todavía: se pasan la noche hablando
y escuchando jazz. Dicen adivinanzas, juegan a números, leen poemas, dicen cosas
aberrantes, de horror, cuentan chistes que no se entienden… hablan y hablan, y
nunca dejan de hablar. Ponen canciones de los payasos de la tele. Están un poco
locos.
Y tal vez lo estábamos. Quién sabe. Pero hemos dicho lo que
nos ha parecido. Y si algo he quedado que quedase estos dos años, un mensaje
último, quizás, es que cada uno de vosotros, amigos oyentes, seáis vosotros
mismos. Cada uno es distinto, y en esa diferencia radica lo mejor. Espero que
ahora que La espuma de los días no existirá, sigáis siendo vosotros mismos, y si
os apetece decir ¡ta caliente!, lo digáis. Y que no os importe lo que los demás
opinen. Y si os apetece comeros una pirulacha, si os apetece saltar por un
membroto, lo hagáis.
Amiguitos, yo me voy. Y quizá no volveré.
Quizá no me volveréis a escuchar, pero me gustaría que os acordarais un poquito
de mí. Bueno, de mí no, de mis cositas, de nuestras cositas, que no las
olvidéis. Todas las historias de pezones, de caminos y de puentes. Quiero que
sigáis yendo por la vida en helicóptero. Aunque los demás vayan en un coche, en
bicicleta o en el metro, vosotros siempre en helicóptero, porque vosotros sois
distintos, siempre lo fuisteis, y por eso os escogí para que fuerais mis
oyentes. Eso es así. Yo nunca os voy a olvidar. Siempre recordaré que me
escuchasteis y que yo os escuché a vosotros.
Antes de irme me
gustaría deciros también unos secretos que he guardado hasta ahora. Una relupa,
amiguitos, es lo mucho que os voy a echar de menos. Un membroto es lo mucho que
hemos aprendido todos juntos. Y una pirulacha, amiguitos… bueno, una pirulacha…
supongo que dejaréis que me vaya con algún secreto.
Otrosí: conservo los tres últimos programas de La espuma de los días grabados en cintas, que posteriormente he convertido en mp3. También, un programa de la primera temporada, el dedicado al lenguaje. Este panegírico también es una llamada a todos aquellos espumaires que conserven retazos de este genial e inimitable programa para hacer trueque, para unirlo todo y formar la gran biblioteca que años ha nos hizo ver las cosas de otra manera. Si tienes cualquier grabación, ponte en contacto conmigo.
¡Ta caliente!
21 septiembre 2006
Lost Park, la fusión
Desde aquí nos declaramos fans acérrimos de dos series totalmente distintas.
Por un lado, Perdidos, la serie con más cliffhangers que un servidor conoce (exceptuando la otra creación del señor JJ Abrams, Alias, también altamente recomendable recomendable). Quizá los guionistas nunca sepan desentrañar el nudo inextricable en el que se ha convertido la trama, cuya única aspiración ya parece ser epatar y enganchar al público. Es posible. Pero, aún así, no recuerdo haber permanecido toda una noche viendo espisodios de la susodicha, dando saltos de emoción en el sofá: ¿qué esconde la escotilla? ¿Qué son los números? ¿Qué arcanos objetivos busca Dharma? ¿Quién es el millonario filántropo Alvar Hanso? Hemos reído, hemos llorado, nos hemos quedado patidifusos ante las continuas vueltas de tuerca (que no tienen nada que envidiar a las del señor M Night Shyamalan). Con eso tengo más que suficiente, ya me ha dado mucho más que cualquier película de los últimos años. Personalmente, espero con ansia y reverencia la tercera temporada, que según lo previsto se estrenará en EEUU dentro de un par de semanas. Descorcharé las palomitas y disfrutaré, estoy seguro.
La otra serie que viene a colación es una de las más ácidas, divertidas, irreverentes y, a su vez, filosóficamente impecable serie de animación de los últimos tiempos (con permiso de Futurama, Padre de familia y Padre made in Usa): South Park. Parece que, como el vino, temporada tras temporada se superan. En un episodio pueden tratar la pederastía, en el otro, la creencia en Dios, y en el siguiente, un anílisis concienzudo de las flatulencias. Todo entra en la coctelera. Y el resultado, cuando menos, siempre produce carcajadas, amén de algún que otra reflexión profunda. Ah, y no olvidemos a Cartman, uno de los personajes más destroyers de la historia de la televisión, en la línea de Stewie, Bender o el señor Burns.
Así que no por más que rendirme a la siguiente hibridación entre los personajes de Perdidos y los de South Park. ¡Qué grande!
La imágen de marras.
Por un lado, Perdidos, la serie con más cliffhangers que un servidor conoce (exceptuando la otra creación del señor JJ Abrams, Alias, también altamente recomendable recomendable). Quizá los guionistas nunca sepan desentrañar el nudo inextricable en el que se ha convertido la trama, cuya única aspiración ya parece ser epatar y enganchar al público. Es posible. Pero, aún así, no recuerdo haber permanecido toda una noche viendo espisodios de la susodicha, dando saltos de emoción en el sofá: ¿qué esconde la escotilla? ¿Qué son los números? ¿Qué arcanos objetivos busca Dharma? ¿Quién es el millonario filántropo Alvar Hanso? Hemos reído, hemos llorado, nos hemos quedado patidifusos ante las continuas vueltas de tuerca (que no tienen nada que envidiar a las del señor M Night Shyamalan). Con eso tengo más que suficiente, ya me ha dado mucho más que cualquier película de los últimos años. Personalmente, espero con ansia y reverencia la tercera temporada, que según lo previsto se estrenará en EEUU dentro de un par de semanas. Descorcharé las palomitas y disfrutaré, estoy seguro.
La otra serie que viene a colación es una de las más ácidas, divertidas, irreverentes y, a su vez, filosóficamente impecable serie de animación de los últimos tiempos (con permiso de Futurama, Padre de familia y Padre made in Usa): South Park. Parece que, como el vino, temporada tras temporada se superan. En un episodio pueden tratar la pederastía, en el otro, la creencia en Dios, y en el siguiente, un anílisis concienzudo de las flatulencias. Todo entra en la coctelera. Y el resultado, cuando menos, siempre produce carcajadas, amén de algún que otra reflexión profunda. Ah, y no olvidemos a Cartman, uno de los personajes más destroyers de la historia de la televisión, en la línea de Stewie, Bender o el señor Burns.
Así que no por más que rendirme a la siguiente hibridación entre los personajes de Perdidos y los de South Park. ¡Qué grande!
La imágen de marras.
19 septiembre 2006
Ganadores del Premio Andrómeda 2006
Publicadas las ACTAS DE LOS PREMIOS ANDRÓMEDA DE FICCIÓN ESPECULATIVA 2006 (TEMA: El lenguaje y la comunicación), ADUYA, un cuento que presenté al premio, ha recibido una mención de honor. Bien por él.
Reunidos en la ciudad de Mataró, el día 14 de septiembre de 2006, el jurado compuesto por Judith Vives, Abel Rogés, Jordi Lopesino, Isidre Fontanet y Claudio Landete en relación a los 64 relatos aspirantes en esta convocatoria y después de las deliberaciones pertinentes, acuerdan:
1.- Reconocer como relato vencedor a:
Unión de José Sorribas Orth (Granollers, Barcelona)
2.- Declarar como finalistas por igual a:
Una llamada más de Antonio J. Cebrián Berruga (Albacete)
Reiskolem de Miguel Ángel López Muñoz (Madrid)
Por presentar habilidades narrativas, teorías científicas o hipótesis especulativas dignas de acreditación, se hace mención de honor de los siguientes trabajos:
* Monocerotis de Pablo Brito Altamira (Francia)
* Aduya de Sergio Parra Castillo (Tarragona)
* Qeqertarsuar de Antonio Moreno Álvarez (Sevilla)
Para quién le interese leer el cuento, una especulación sobre la literatura universal, la creatividad y los derechos de autor, sazonada con un toque de terror, aparecerá publicado en la Antología que el propio premio editará en breve. Seguiremos informando.
Reunidos en la ciudad de Mataró, el día 14 de septiembre de 2006, el jurado compuesto por Judith Vives, Abel Rogés, Jordi Lopesino, Isidre Fontanet y Claudio Landete en relación a los 64 relatos aspirantes en esta convocatoria y después de las deliberaciones pertinentes, acuerdan:
1.- Reconocer como relato vencedor a:
Unión de José Sorribas Orth (Granollers, Barcelona)
2.- Declarar como finalistas por igual a:
Una llamada más de Antonio J. Cebrián Berruga (Albacete)
Reiskolem de Miguel Ángel López Muñoz (Madrid)
Por presentar habilidades narrativas, teorías científicas o hipótesis especulativas dignas de acreditación, se hace mención de honor de los siguientes trabajos:
* Monocerotis de Pablo Brito Altamira (Francia)
* Aduya de Sergio Parra Castillo (Tarragona)
* Qeqertarsuar de Antonio Moreno Álvarez (Sevilla)
Para quién le interese leer el cuento, una especulación sobre la literatura universal, la creatividad y los derechos de autor, sazonada con un toque de terror, aparecerá publicado en la Antología que el propio premio editará en breve. Seguiremos informando.
14 septiembre 2006
Capítulo 17 de Las gafas de Platón
Pues sí. El milagro llegó. Después de eternas dilaciones, por fin, ¡por fin!, ha llegado el nuevo capítulo de Las gafas de Platón, Tengo 16 años. Mil perdones a la audiencia que esperaba ansiosa las aventuras de Juan Andersen (AKA Elvira Rodríguez), y sobre todo mil nonillones de perdones a los que me han enviado recordatorios en forma de correos, comentarios en el blog o llanos exabruptos mediante telepatía.
Para subsanar, en parte, la demora, el episodio que nos ocupa tiene una duración que casi roza los tres cuartos de hora. El capítulo más largo hasta la fecha. Espero que lo disfrutéis. Y prometo (sí, lo prometo, dejad de reiros) que volveremos a la regularidad de nuestros inicios.
¿Y de qué va esto? Situémonos, que después de tanto tiempo sospecho que muchos oyentes ya se habrán perdido. Elvira Rodríguez ya ha cumplido 16 años, así como su gran compañero de correrías intelectuales, Javier Avogadro. Sin embargo, algo terrible amenaza su amistad, algo llamado "adolescencia". Javier empieza a interesarse peligrosamente por las chicas, por ello no acabará de entender las batallas dialécticas de Elvira contra su tía, a propósito de la invocación de un espíritu del más allá. Como es habitual, Elvira enarbolará su sentido crítico y su mala leche, sazonado con sus conocimientos científicos, bien que Javier sólo parece interesado en enarbolar su miembro viril. Las cosas se complican, en el próximo episodio escucharemos cómo subsanan el problema. Por el momento, os dejamos con este ácido capítulo que empitona frontalmente contra las pseudociencias y, de rebote, contra la fe irracional de la que hace gala la mayoría de gente.
Que aproveche y hasta la próxima semana (lo prometo).
Para subsanar, en parte, la demora, el episodio que nos ocupa tiene una duración que casi roza los tres cuartos de hora. El capítulo más largo hasta la fecha. Espero que lo disfrutéis. Y prometo (sí, lo prometo, dejad de reiros) que volveremos a la regularidad de nuestros inicios.
¿Y de qué va esto? Situémonos, que después de tanto tiempo sospecho que muchos oyentes ya se habrán perdido. Elvira Rodríguez ya ha cumplido 16 años, así como su gran compañero de correrías intelectuales, Javier Avogadro. Sin embargo, algo terrible amenaza su amistad, algo llamado "adolescencia". Javier empieza a interesarse peligrosamente por las chicas, por ello no acabará de entender las batallas dialécticas de Elvira contra su tía, a propósito de la invocación de un espíritu del más allá. Como es habitual, Elvira enarbolará su sentido crítico y su mala leche, sazonado con sus conocimientos científicos, bien que Javier sólo parece interesado en enarbolar su miembro viril. Las cosas se complican, en el próximo episodio escucharemos cómo subsanan el problema. Por el momento, os dejamos con este ácido capítulo que empitona frontalmente contra las pseudociencias y, de rebote, contra la fe irracional de la que hace gala la mayoría de gente.
Que aproveche y hasta la próxima semana (lo prometo).
12 septiembre 2006
Jitanjáfora en la rampa de salida

Ya nos ha llegado la portada para Jitanjáfora del gran Alejandro Terán (si queréis disfrutar de unas buenas ilustraciones no dudéis en visitar su página).
No ha quedado mal. Atención a la espiral de la frente del personaje. Y a los edificios y la grúa a mano derecha, contrastando con el castillo de leyenda de la izquierda. La varita mágica, excepcional.
Ya falta poco para que salga a la luz.
24 julio 2006
Las gafas de Platón en los medios
La novela podcast Las gafas de Platón ha aparecido referenciada en diversos podcast, periódicos, revistas o páginas web. Pero esta vez es la radio la que habla de ella. Actualmente, sé que una radio local de Burgos (España) está emitiendo capítulos semanalmente. Y esta noche, según me informan, en el programa La Masmédula, en Radio Palermo (a las 23:00 horas de Buenos Aires, Argentina) hablarán de la Las gafas de Platón, revelando algunos secretos de su elaboración y otras cosillas que he tenido a bien contarles.
Para quienes no residan en Buenos Aires, como un servidor, desde la web de la emisora se puede escuchar el programa en directo.
Para quienes no residan en Buenos Aires, como un servidor, desde la web de la emisora se puede escuchar el programa en directo.
14 julio 2006
"Bitis tm" en la rampa de salida
El 30 de julio de 2006 aparecerá la novela Bitis tm, que fue galardonada con el I Premio Andrómeda 2005 de Ficción Especulativa, en la nueva colección de la Editorial Mundo Imaginario.
Bitis tm se remonta ya al año 2000, cuando fue redactado el primer borrador, con la ayuda inestimable de Albert Sans, que me sugirió innumerables detalles que terminaron por dar mucha más entidad al conjunto. El manuscrito, entonces, quedó descansando en un cajón. Hasta que en 2004, a propósito del anuncio del premio Andrómeda, sufrió un profundo lavado de cara, en la que casi se duplicó su número de páginas. La obra, finalmente, no sólo ganó en argumento, sino que se fortaleció en su estilo literario.
Ésta es la sinopsis que figurará en la contraportada del libro:
En un futuro próximo la humanidad creará diversos tipos de vida artificial, generándolos con el novedoso software Sky-Endelmman. A los hijos tecnológicos del hombre se les conocerá con un nombre: "biti". Palabra escueta que denota su origen informático aunque insuficiente para definir en su justa medida la complejidad de la conciencia artificial.
Pero lejos del uso responsable que cabría esperarse de un Creador o Hacedor, la sociedad se enfrascará en frívolas diversiones como el Certamen Mundial de Escenarios Biti. De esta forma, los entornos artificiales, dejarán de ser un gran descubrimiento para perder su enorme potencial y degradarse en poco más que entornos tecnológicos donde el hombre proyecta sus frustraciones y miserias. Aunque en términos de realidad las cosas pocas veces son lo que parecen...
Pero lejos del uso responsable que cabría esperarse de un Creador o Hacedor, la sociedad se enfrascará en frívolas diversiones como el Certamen Mundial de Escenarios Biti. De esta forma, los entornos artificiales, dejarán de ser un gran descubrimiento para perder su enorme potencial y degradarse en poco más que entornos tecnológicos donde el hombre proyecta sus frustraciones y miserias. Aunque en términos de realidad las cosas pocas veces son lo que parecen...
El libro se completa con la novela corta Empatía, en la que un tipo gris y taciturno, profesor de Filosofía, se descubre con una rara habilidad que le permite ponerse en la piel de los demás. Pero ¿qué ocurre cuando descubrimos que dos de las peronas que más queremos esconden un oscuro secreo? Si fuéramos capaces de ser partícipes de las motivaciones que llevan a las personas a cometer los actos más reprobables, ¿ya no nos parecerían tales? Detrás de todo ello, aguarda latente un ente biológico que se nutre de este tipo de experiencias.
06 julio 2006
"La moleskine" gana un premio
El pasado jueves 29 de junio, la novela La moleskine resultó ganadora del V Certamen Nacional de Narrativa Caja Castilla la Mancha "Valentín García Yebra". La ceremonia de entrega se celebró en el Teatro Auditorio Buero Vallejo de Guadalajara, y el premio fue entregado por Valentín García Yebra, de la RAE, y la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega. El premio consistió en un diploma, una escultura, 3.ooo euros y la futura edición de la novela.
Pero vayamos al meollo. He asistido, afortunadamente, a diversas entregas de premios, y ésta me ha parecido la más lujosa. Aún no he digerido la envergadura de un premio así, la verdad; y menos aún con una novela que yo consideraba tan mínima, tan humilde, que se limita a describir la relación espistolar entre dos mujeres: una, el paradigma del conservadurismo. La otra, el epítome de la iconoclasia.
Después de una largo viaje en coche desde Barcelona, deambulamos por Guadalajara con ánimo turístico. Una hora antes de la entrega de premios, nos personamos en el auditorio y entonces empezamos a percatarnos de la dimensión del evento. Varias televisiones (TVE incluida), docenas de periodistas y fotógrafos, cientos de personas, policía, agentes de paisano, seguridad y muchas, muchas corbatas. Debí causar sensación, porque mi atuendo era de lo más informal.
Al poco tiempo, tras presentarme a decenas de personas, entre ellas los galardonados con otro premio a toda la carrera (uno de ellos, un sacerdote, me interrogó acerca del argumento de mi novela, y yo tuve a bien ocultarle que se trababa de una relación lésbica), al poco, digo, llegó la marabunta. Un puñado de periodistas, flashes, hombres de negro con hechuras de armarios roperos. Todo el mundo rodeando a una figura menuda, de ropas chillonas: María Teresa Fernández de la Vega. Tragué saliva. Tuvimos, los organizadores y los premiados, que alinearnos como si fuéramos a recibir al Rey. Y, entonces, fue pasando por delante de nosotros, uno a uno, saludando y diciendo algunas palabras. Yo estaba en último lugar. Y allí se quedó más tiempo. Se sorprendió de mi juventud, y estuvimos un rato hablando sobre la novela.... aunque creo que lo que en verdad le sorprendió muy mi falta de protocolo y mi ropa de calle. Fue divertido.
Luego pasé el peor rato del día. La entrega de premio encima del escenario, ante la mirada de todo el mundo. Un presentador dio paso a los galardonados. Todos ellos, sacerdote incluido, se pusieron ante el atril y el micrófono y declamaron discursos aprendidos de memoria, llenos de adjetivos, enfáticos, protocolarios, bellísimos. La gente aplaudía y la vicepresidenta asentía con la cabeza. A esas alturas, lo prometo, lo juro y perjuro, yo estaba ahí sentado, amasándome las manos, y todavía no había pensado qué iba a decir. No había preparado nada, no sé por qué. Fue como si me diera más apuro decir algo de memoria que quedar en evidencia porque no sé hablar en público. De hecho, empecé a bromear mentalmente conmigo mismo mientras la gente se alargaba con sus discursos aburridos y meándricos. Me decía, entre chuflas y veras, va, Sergio, ahora dirás que te vas a fundir la pasta del premio y que hale, buenos días, buenas tardes y buenas noches, y entonces harás mutis por el foro dejando al auditorio enmudecido de estupor. Otra parte de mí, la más cabal, no se podía creer que tuviera ganas de bromear en aquellos momentos críticos, cuando sólo faltaban minutos para hacer el ridículo frente a tanta corbata y tanta deferencia de cartón piedra. Al final, segundos antes, medio hilvané cuatro ideas y eso fue lo que dije. Pasé por la mesa, recogí los premios de la mano de la vicepresidenta y de un enjuto y vetusto Valentín García Yebra (si me hubieran dicho que tiene 190 años, me lo creo), me puse ante el micrófono y pronuncié mi primera frase triunfal: Bueno, me parece que se me da mejor escribir que hablar en público. Luego, todo fluyo de manera bastante natural y los nervios se desvanecieron a medida que avanzaba por el discurso.
Luego volví a tener un intercambio de impresiones con la vicepresidenta (ella había pronunciado un largo discurso panfletario pero prefirió continuar hablando de mi n
Pero vayamos al meollo. He asistido, afortunadamente, a diversas entregas de premios, y ésta me ha parecido la más lujosa. Aún no he digerido la envergadura de un premio así, la verdad; y menos aún con una novela que yo consideraba tan mínima, tan humilde, que se limita a describir la relación espistolar entre dos mujeres: una, el paradigma del conservadurismo. La otra, el epítome de la iconoclasia.
Después de una largo viaje en coche desde Barcelona, deambulamos por Guadalajara con ánimo turístico. Una hora antes de la entrega de premios, nos personamos en el auditorio y entonces empezamos a percatarnos de la dimensión del evento. Varias televisiones (TVE incluida), docenas de periodistas y fotógrafos, cientos de personas, policía, agentes de paisano, seguridad y muchas, muchas corbatas. Debí causar sensación, porque mi atuendo era de lo más informal.
Al poco tiempo, tras presentarme a decenas de personas, entre ellas los galardonados con otro premio a toda la carrera (uno de ellos, un sacerdote, me interrogó acerca del argumento de mi novela, y yo tuve a bien ocultarle que se trababa de una relación lésbica), al poco, digo, llegó la marabunta. Un puñado de periodistas, flashes, hombres de negro con hechuras de armarios roperos. Todo el mundo rodeando a una figura menuda, de ropas chillonas: María Teresa Fernández de la Vega. Tragué saliva. Tuvimos, los organizadores y los premiados, que alinearnos como si fuéramos a recibir al Rey. Y, entonces, fue pasando por delante de nosotros, uno a uno, saludando y diciendo algunas palabras. Yo estaba en último lugar. Y allí se quedó más tiempo. Se sorprendió de mi juventud, y estuvimos un rato hablando sobre la novela.... aunque creo que lo que en verdad le sorprendió muy mi falta de protocolo y mi ropa de calle. Fue divertido.
Luego pasé el peor rato del día. La entrega de premio encima del escenario, ante la mirada de todo el mundo. Un presentador dio paso a los galardonados. Todos ellos, sacerdote incluido, se pusieron ante el atril y el micrófono y declamaron discursos aprendidos de memoria, llenos de adjetivos, enfáticos, protocolarios, bellísimos. La gente aplaudía y la vicepresidenta asentía con la cabeza. A esas alturas, lo prometo, lo juro y perjuro, yo estaba ahí sentado, amasándome las manos, y todavía no había pensado qué iba a decir. No había preparado nada, no sé por qué. Fue como si me diera más apuro decir algo de memoria que quedar en evidencia porque no sé hablar en público. De hecho, empecé a bromear mentalmente conmigo mismo mientras la gente se alargaba con sus discursos aburridos y meándricos. Me decía, entre chuflas y veras, va, Sergio, ahora dirás que te vas a fundir la pasta del premio y que hale, buenos días, buenas tardes y buenas noches, y entonces harás mutis por el foro dejando al auditorio enmudecido de estupor. Otra parte de mí, la más cabal, no se podía creer que tuviera ganas de bromear en aquellos momentos críticos, cuando sólo faltaban minutos para hacer el ridículo frente a tanta corbata y tanta deferencia de cartón piedra. Al final, segundos antes, medio hilvané cuatro ideas y eso fue lo que dije. Pasé por la mesa, recogí los premios de la mano de la vicepresidenta y de un enjuto y vetusto Valentín García Yebra (si me hubieran dicho que tiene 190 años, me lo creo), me puse ante el micrófono y pronuncié mi primera frase triunfal: Bueno, me parece que se me da mejor escribir que hablar en público. Luego, todo fluyo de manera bastante natural y los nervios se desvanecieron a medida que avanzaba por el discurso.
Luego volví a tener un intercambio de impresiones con la vicepresidenta (ella había pronunciado un largo discurso panfletario pero prefirió continuar hablando de mi n