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Lo que
a menudo se pregunta uno es cómo
pueden creer en el arte sus
críticos y marchantes, en la
política los senadores y
diputados, en la Iglesia los
obispos y cardenales. En
definitiva, cómo pueden seguir
creyendo quienes conocen la
tramoya y los entresijos del
Asunto –ese trasfondo poco
edificante sobre el que a menudo
se levanta el surtido de
nuestras instituciones
religiosas, laicas o simplemente
recreativas. ¿Cómo alguien que
sabe realmente de qué va una
institución, alguien lo bastante
astuto para haber sabido
situarse y prosperar en ella,
cómo alguien así puede creer aún
en lo que esta institución
postula y predica? ¿Cómo se
puede ser de un ente en el que
uno mismo ha escalado y sabe
cómo?
Dios, entre otros
inconvenientes.
Xavier Rubert de Ventós
-Te explicaré lo que es el arte
ignoto. Es justo lo que no estoy
recopilando ahora. Con mis
ganancias obtenidas vendiendo en
almoneda toda la cultura y arte
de saldo que atesoraba en mi
habitación, ya he arramblado con
una extensa colección de piezas
de arte de la más rara o valiosa
condición con las que especular
en el futuro. La amontono en una
habitación que tengo vacía en
casa, como antaño hacía
crónicamente en mi dormitorio de
juventud. Mi casa empieza a
parecer un abigarrado museo en
reformas, o un naufragio
artístico. Guardo soldados
macedonios de terracota, monedas
ensayadas de oro y plata,
exquisitas piezas de
ebanistería, litografías,
retablos medievales, tibores,
pieles de serpiente y de tigre y
del animal que quieras, títulos
nobiliarios, instrumentos
musicales, candelabros, lámparas
de araña, jarrones de porcelana,
primeras ediciones polvorientas
de muchos clásicos de la
literatura, tapices, quinqués,
joyas (que para mí sólo es
quincalla), carísimas trufas,
vinos añejos… especulo con
sueños, pero con sueños
infectos, que nacen del
adocenamiento y del afán de
sobresalir. Cuando abres la
puerta de esa habitación, te
golpea tal vaharada de tiempo
contenido, de Historia, que te
sientes aturdido como si
viajaras atrás en el tiempo.
>>Siempre que puedo, me recorro los anticuarios, asisto a mudanzas
y a subastas, examino revistas
de artículos de segunda mano,
inspecciono El Rastro y Los
Encantes, sigo las pistas que me
proporcionan mis contactos. Ya
me he convertido en traficante
de la droga más abstracta y
etérea que existe, me he
convertido en camello del arte
crematístico, ni mucho menos del
arte ignoto, porque este último
no se deja ni comprar ni vender,
porque no necesita, ni mucho
menos, ejercer de puta para
llamar la atención de la gente.
El arte convencional, por el
contrario, es una puta vieja
que, en vez de devaluarse con el
tiempo, incrementa su caché. Y
en esa habitación donde guardo
mi propio museo de vacuidad, el
tiempo transcurre inexorable,
embelleciendo su porte y su
categoría con cada corpúsculo de
polvo, con cada arruga y frunce,
con cada telaraña, con cada
verdín o moho, con cada
herrumbre, con cada falta de
lustre, con cada suspiro
valetudinario, como un
cargamento de lumias destinado a
un cliente gerontófilo ávido de
practicar arqueología
sicalíptica. Mi filosofía,
contenida en un sencillo
aforismo, se resume así: <<El
periódico de ayer es anacrónico,
el de antesdeayer, histórico>>.
Por esa razón, adoro el tiempo,
el tiempo es mi mejor socio (y
sus escupitajos corrosivos, mi
mejor arma), entre él y yo vamos
a desplumar al mundo, y cuando
seamos inmensamente ricos, le
cederé una parte de mi fortuna
para que me permita vivir
tranquilo y para siempre, sin la
senectud planeando sobre mi
cabeza. Ése es mi plan.
Observé a Salvador como si no lo reconociese, y tan petrificado me
hallaba ante su discurso, que le
dejé explayarse tanto como
quiso, mientras las horas se
deshacían a causa de los
escupitajos corrosivos a los que
había aludido.
-La gente merece que la desplume. No se dan cuenta de lo injusto
que resulta considerar a un
artista mejor que a un basurero,
un peón, un camarero, un pintor
de brocha gorda, un asalariado.
Pero ¿por qué razón un cantante
cobra sueldos millonarios por
siete u ocho canciones
discutiblemente buenas? Es obvio
que la razón reside en que mucha
gente respalda a ese cantante y
adquiere sus discos de forma
masiva, de acuerdo, pero tampoco
hay que olvidar la propaganda
que hay detrás. La publicidad es
la clave, muchas veces. Es
decir, a ver si me explico, que
cantantes en el mundo hay
muchos, miles, millones, cantar
no es tan difícil como parece
(al menos cantar como ese
Superventas) (y si acaso es tan
difícil como obtener la carrera
de ingeniero o desriñonarse cada
día un puñado de horas subido a
un andamio para cobrar un sueldo
miserable). Sin embargo, hay
discos que se venden mucho.
-Será porque a la gente les gusta sin más, ¿no? –razoné.
-¡No! –exclamó Salvador. –Ni hablar, a mí no me engañan. Mira, si
cogiéramos a un pintor de brocha
gorda, por decir algo, y lo
publicitáramos en todos los
medios tal que así: sus brochas
son de origen escandinavo,
contemplen la lisura de las
paredes que pinta. Y al pintor
lo vistiéramos a la moda, con un
mono psicodélico diseñado por
Versacce o Gucci, rompiendo
moldes tanto en su estética como
en su forma de comportarse,
conectando con el sector de la
clientela potencial, invirtiendo
millones en asesores de imagen,
para que cada mechón de su
cabello esté peinado o
despeinado de forma apropiada.
Videoclips, conciertos, giras
mundiales, entrevistas, actos
multitudinarios, demostraciones
de toda índole… y al final sus
brochazos se parecerán a las
pinturas del Louvre. ¿Para qué
limitarse a adquirir una obra de
arte pictórica? ¡Pinte las
paredes de su casa de forma que
sea todo una gran obra de arte!
¿No crees, entonces, que ese
pintor normal y corriente
dispondrá de un mayor número de
clientes y que, incluso, podrá
elevar sus honorarios hasta
alcanzar cifras astronómicas? Y
claro, es natural también que
cobre más por su trabajo, puesto
que sus gastos ya no sólo se
ciñen a un bote de pintura y una
brocha: detrás hay un centenar
de personas y millones en
promociones horteras. Por eso un
disco que en realidad tiene un
coste de pocos céntimos se
comercializa a catorce euros con
noventa y nueve céntimos, por
ejemplo. La mayoría de esa
fortuna se la reserva la
discográfica para costear sus
espectáculos circenses y
pueriles a fin de hipnotizar a
las masas. Que no siempre
funciona el invento, ¿eh? Que el
marketing no es una ciencia
exacta, pero si resulta
mínimamente bien, el cantante no
cobrará un sueldo normal como
cualquiera de nosotros, no,
cobrará millones y millones. Por
esa razón, Jonathan Hueso saltó
a la gloria, y más lo hubiera
hecho si la cosa no se hubiese
detenido en ese punto. Sí, sí,
me podrás decir que el cantante
también se lo merece porque él
ha trabajado mucho para llegar
ahí. Eso no se lo cree ni él: no
tiene una jornada laboral
agotadora, atrapado en la
telaraña de la monotonía, sin el
reconocimiento social de su
trabajo, sin gloria (aunque sea
de cartón piedra como la de
Jonathan Hueso). La prueba
definitiva: muchos pintores de
brocha gorda sueñan con ser
cantantes, por ejemplo, pero
ningún cantante sueña con ser
pintor de brocha gorda. Pero
¿cómo puede decir que trabaja
mucho? Tamaña afirmación es un
insulto para la inteligencia.
Ganas millones, te hospedas en
hoteles de lujo, te adoran… si
en realidad trabajases más que
el pintor de brocha gorda,
¡tampoco te podrías quejar!
Nadie es capaz de trabajar lo
suficiente para merecer todo lo
que recibe un artista de éxito,
Jonathan Hueso no trabajó mucho
más que yo su paisaje
puntillista, al menos no lo
suficiente para merecer todo lo
que obtuvo. Vamos, es
exasperante. ¡Trabaja mucho!
Encima, el Artista, se debe
creer que sus canciones
respaldadas por la propaganda
son muchísimo más importantes
que edificar viviendas o recoger
la basura. Por eso no se
avergüenza del dinero que cobra
y advierte que trabaja mucho.
Sin tu música, Artista, puedo
vivir, mejor o peor. Sin
vivienda y rodeado de
inmundicia, ya veremos si tú
eres capaz de vivir: poco
entonarías gorgoritos, me
figuro. Sin embargo, parece lo
contrario: sin tus canciones la
humanidad no puede seguir
adelante, no se pueden edificar
viviendas ni recoger la basura,
la tuya incluida, ni nada de
nada. –Salvador detuvo su
proclama unos instantes para
recuperar el aliento, sacudido
por la ira. –Perdona, pierdo el
control frente a tanta
estulticia. Yo sólo pregunto
¿por qué el descubridor de una
vacuna cualquiera no vive en una
mansión como los Rolling Stones?
¿Y por qué la gente no viste
camisetas con la estampa de su
cara? Sí, los Rolling Stones son
geniales, no lo niego, me
encanta su música… pero sin la
vacuna que me salvó la vida poco
habría podido escucharla. La
gente parece haberse olvidado de
sus prioridades y de sus
verdaderos héroes, y fíjate en
que el artífice de la vacuna ni
cobrará millones ni los quiere,
se conformará con una buena
recompensa para llevar adelante
otras investigaciones, porque ni
está endiosado ni lo han
endiosado, porque su producto se
vende solo. Lo que no precisa de
apoyo mediático para
comercializarse seguro que es
más necesario o mejor que
cualquier otra cosa. Y eso me
lleva a otro razonamiento: el
Artista, el cantante, para
seguir la línea, seguro que
adora cantar, está haciendo lo
que le gusta, se está realizando
profesionalmente, fornica mucho,
vive experiencias que ni podemos
imaginar… ha cumplido sus sueños
y los sueños de mucha gente que
nace y muere en el anonimato y
en la miseria, ¿qué más quiere?
Ni siquiera debería cobrar por
su trabajo. Es más, debería
trabajar en cualquier otro
empleo miserable y considerar el
subirse al escenario como un
privilegio. Y si su música no se
vende tampoco arriesgará nada,
porque apenas necesita un sueldo
base para vivir, no más. Y si te
mueres de hambre cantando, pues
serás como el pintor de brocha
gorda, el basurero o el peón,
que también a veces se mueren de
hambre.
>>Y todo esto, te lo aseguro, se puede extrapolar en mayor o menor
medida a todo el abanico
artístico contemporáneo. Arte
igual a engaño. Arte es todo,
arte no es nada. Sí, me emociona
mucho esa escultura de curva
praxiteliana, pero también me
emociona como mi padre madrugó
cada mañana, dejándose la piel
en un trabajo infecto, para
sacarnos adelante.
>>Y encima, a todos se nos juzga en nuestro trabajo según nuestra
pericia al desempeñarlo. Al
Artista, no. El Artista es
superior a todos, no está sujeto
a normas rígidas y estáticas,
tanto puede ser sublime un huevo
frito aplastado en un lienzo
bautizado con un nombre pomposo
como unas letras juntas
adscritas a alguna corriente
inventada sobre la marcha.
Porque el arte, en puridad, lo
es todo, porque el arte no es
nada, porque el arte no tiene
definición. Artista, terrorista
intelectual. Artista, estafador.
El Artista, si se lo propone, si
tiene suerte, si le apoyan con
publicidad, si los críticos le
avalan por el motivo que fuere
(también injusta y
arbitrariamente) siempre será
genial. Dalí siempre será
genial, aunque cometiera muchas
gilipolleces. Shakespeare
siempre será genial, aunque hay
un millar de shakespeares
anónimos que nunca han tenido la
oportunidad de dar el salto a la
gloria y se ganan la vida
pintando a brocha gorda,
edificando viviendas, salvando
vidas con sus vacunas.
>>Cuando uno es Artista, con mayúsculas, parece que se le mira a
través de la mirilla de medallón
de la puerta de mi casa, que
siempre desproporciona a los
visitantes, o que se mira el
reflejo de los espejos
deformantes del parque de
atracciones. Mira a Mickey
Mouse. ¡Es un ratón! Ni los
cocodrilos del Nilo, ni los
tigres, ni las serpientes
venenosas, ni los leones, ni los
tiburones… toda esa fauna
resulta casi angelical en
comparación con las ratas y los
ratones, que pueden transmitir
al hombre más de una veintena de
agentes patógenos. En el último
milenio, estas pequeñas
criaturas han matado a más
personas que todas las guerras
juntas. Y, sin embargo, Mickey
Mouse es el icono de una
factoría de dibujos animados
melifluos, almibarados y
blandengues: se ha convertido en
una estrella de los buenos
sentimientos gracias al
marketing. Por eso los artistas
son considerados geniales cuando
en el fondo suelen ser
deleznables. ¡Un ratón! Es como
si un dibujo animado de Adolf
Hitler se convirtiera en el
logotipo de una caja de cereales
infantiles; y con 88 códigos de
barras se regalara el llavero de
una esvástica. Y mira al
Espíritu Santo, es una paloma,
que a efectos mortíferos es casi
como una rata con alas.
>>Artistas. Ni hablar. Muerte al artista y muerte a la gente que
entrevista a una modelo por su
oficio de modelo, sin percatarse
que es igual de absurdo que
entrevistar a un lienzo sobre su
función de lienzo o a un bloque
de arcilla sobre su función de
bloque de arcilla. El Artista.
Pero ¿y el Ingeniero, el Peón,
el Mecánico, el Panadero? Me
alegro de que el fracaso me
ayudara a abrir los ojos y
descubrir la tramoya que se
oculta entre tanta pirotecnia de
mentira.
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