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El cine que de verdad nos gustó (Primera Parte): el cine de acción

 

De pequeño era un ferviente seguidor del cine de acción. De hecho, toda mi vida ha estado ligada de algún modo a las películas que visionaba.


Recuerdo los mamporros de Bruce Lee, <<el único hombre capaz de romper una tabla de madera en el aire de un puntapié>>, frase antológica que se me quedó grabada en la memoria desde que la escuché en un documental sobre su trayectoria cinematográfica y las oscuras circunstancias que rodeaban su muerte. En mi habitación imitaba sus gritos, sus volteretas y sus temblores al estallar en un gran golpe de rabia contenida que se iban apaciguando con el trémolo de su voz; temblores que a mi madre le preocuparon mucho durante meses y que ella achacaba a un principio de epilepsia o algo similar. No en vano y arrastrado por la espectacularidad de aquellas cabriolas, acabé consiguiendo que mis padres me inscribieran a un cursillo de Karate-Do, estilo Shotokan, que a la hora de la verdad me decepcionó bastante. ¿Dónde estaban los japoneses enemigos y los americanos conniventes con su causa, las doncellas chinas a las que rescatar, las técnicas milenarias que te permitían romper un ladrillo con el canto de la mano? ¿Dónde estaban los músculos y aquella agilidad felina? Y sobretodo ¿cuándo sonaría aquella melodía característica preñada de elementos de percusión que precedía a toda escena de combate?


Terminé por desapuntarse del cursillo, defraudado, y mis miras se centraron en otro héroe que comenzaba a despuntar y que precisamente se había estrenado en un papel de americano traidor en uno de los filmes de Bruce Lee: Chuck Norris y su célebre patada lateral, que mil veces recreé, máxime si tenía que levantarse de la cama y necesitaba de impulso para brincar de ella con resolución y donaire.


La fiebre por las artes marciales también acabó atemperándose y nació Rocky, y en consecuencia mi obsesión por el boxeo y por entrenarme para… para lo que fuese, no importaba el motivo sino experimentar la sensación de superación que acontecía en la película. Por repugnancia resolví omitir beberme un vaso con tres o cuatro huevos cascados, como hacía el protagonista cada mañana, sin embargo comencé a dirigirme a clase corriendo, mientras hacía sonar mentalmente el famoso tema del filme, y luego, en el recreo, hacía flexiones y abdominales para aumentar mi musculatura.


Cuando se estrenó Supermán, intenté volar en diversas ocasiones, también probé si podía lanzar rayos láser por los ojos, y hasta me congratulé de llevar gafas durante aquella época para corregir una pequeña disfunción ocular, señal inequívoca de que yo también podía ser un superhéroe y parapetarme tras ellas para disimular mi verdadera identidad.


Más tarde, el mismo actor que interpretaba a Rocky, Sylvester Stallone, se puso bajo la piel del hiperbólico Rambo. La primera parte de aquella trilogía fílmica me pasó desapercibida, como aquella otra película sobre el mundo de los pulsos, cuya influencia apenas se tradujo en un par de meses participando en campeonatos de pulsos que yo mismo organizaba en el patio del colegio. No obstante, la segunda, que se desarrollaba en Vietnam, captó la atención de mi ánimo escopofílico. En concreto hubo dos imágenes que me hicieron dar un respingo en el sofá del salón, apretar los puños, sonreír de satisfacción, segregar adrenalina a raudales. Dejando a un lado estampas de gran impacto, como la de su ominoso machete con un tercio del filo aserrado que sajaba una hoja de papel con una leve caricia, sus músculos aceitosos y relieves de venas contorsionándose en unos brazos nudosos mientras se anudaba las botas militares o las torturas eléctricas a las que era sometido en calidad de prisionero del bando enemigo, las dos imágenes que hicieron saltar todos mis resortes de la maravilla fueron, en primer lugar, la escena casi orgásmica en la que John Rambo, disparando por doquier las ametralladoras del helicóptero que pilotaba, lanzando cohetes de las toberas laterales como si la munición fuese infinita, rodeado de chozas volando por los aires, vietnamitas despanzurrados y atalayas acribilladas por la lluvia de proyectiles, emite un alarido de furia por una esquina de su boca torcida (que yo tanto había imitado en la intimidad) para dejar patente que aquel es el instante culmen de su venganza, que no va a dejar a nadie con vida en aquel poblado, que el mundo ha rebasado la transigencia de sus gónadas. En segundo lugar, la imagen de su triunfal regreso a la base, donde con una gran cólera acumulada por las negligencias cometidas por sus superiores, se introduce en el edificio que alberga las computadoras, los radares y demás tecnología militar, levanta su mastodóntica ametralladora y rocía de plomo todo cuanto se le pone a tiro, también agotando los miles de cartuchos con un grito catártico.


A partir de revisionar decenas de veces la película, mis cajones se llenaron de pistolas, fusiles, metralletas, arcos de flechas de punta explosiva y lanzacohetes, en su mayoría reproducciones muy fieles de las originales con capacidad para disparar balines, petardos o detonadores. Y cuando parecía que Sylvester Stallone iba a ostentar para siempre el título de hombre de acción, apareció en mi vida otro actor aún más musculoso, más fuerte, más alto, más espectacular: Arnold Schwarzenegger. Un héroe de apellido impronunciable que amplió mi repertorio gestual hasta límites que bordeaban la esquizofrenia actoral. A partir de entonces, si me levantaba de una silla o cruzaba una puerta lo hacía esbozando la máscara pétrea de Terminator y moviéndose lentamente, como en las secuencias ralentizadas del cine. Si me levantaba del suelo (por ejemplo, tras una serie de flexiones) lo hacía impulsándome con los puños y frunciendo el ceño, como en En último gran héroe; y hasta escuchaba la música heavy en mi cabeza y me imaginaba contemplándome desde el exterior, como un espectador de mí mismo, desde planos cenitales, travellings, contrapicados y demás. Si barría, mi escoba hacía las veces de espada de Conan. Mientras compraba el pan, por ejemplo, lanzaba aquella mirada torva, oblicua, que tanto empleaba en toda su filmografía, para vigilar la puerta ante una posible agresión por parte de enemigos en la sombra. Si consultaba el reloj, trazaba un arco que bien podría ser el gancho de izquierda que dejaría KO a mi contrincante. Si subía al metro lo hacía como si subiera al estribo de una camioneta militar, siempre fanfarrón, con la barbilla pujante, haciendo crujir los dedos, como desentumeciéndolos, como amartillándolos para disparar, siempre con mucha pompa y ceremonia. En mis manos, los objetos más anodinos cobraban un protagonismo fílmico.


Después de Schwarzenegger aparecieron otros personajes de acción y, en consecuencia, iba asimilando sus gestos: sus modos de andar, de subirse las solapas, de mirar, de hablar, de lanzar ocurrencias socarronas, de soportar el dolor con estoicismo. De Jean Claude Van Damme adquirió su particular manera de luchar, más próxima a la danza que a las artes marciales. De Bruce Willis, su cautivador fruncimiento de labios. De James Bond (normalmente el interpretado por Sean Connery), su dandismo. De Dolph Lundgren, su escorzo hierático. De Robocop, su fría determinación e imperturbabilidad. De Harrison Ford (sobretodo en la trilogía de Indiana Jones), su manera de reírse o mostrar sorpresa, arqueando las cejas y dibujando una V invertida con los labios. Y de este modo me fui arrogando la personalidad de numerosas estrellas del celuloide, como si fuera un experto fregolista.


Con el transcurrir de los años, mi capacidad de análisis del cine de acción y aventuras se afinó hasta el punto de confeccionarme listas con mis directores granguiñolescos predilectos, de los que estudiaba sus obras al milímetro. Por ejemplo, había descubierto la importancia del estrépito manufacturado que acompañaba a una explosión o a un disparo: si éste no estaba graduado adecuadamente, una escena de acción magistral podía perder fuelle hasta el punto de que no suscitara ninguna emoción. Es obvio que dichos detalles eran personales, sin embargo existían ciertas concordancias entre directores de éxito y sonidos de explosiones y disparos. Sin ir más lejos, una de las explosiones mejor elaboradas a mi entender (no por la espectacularidad, que también, sino por el montaje y los efectos sonoros que la enfatizaban) era la del explosivo plástico C-4 alojado en el edificio Nakatomi Plaza de La jungla de cristal; y su director siempre conseguía reventar taquillas. Asimismo, este realizador, como otros de similar éxito, empleaba idénticos efectos de sonido para los disparos de pistolas beretta. Estas correlaciones que poco a poco iba descubriendo en mis filmes de culto me convencían de que mi filtro estético no estaba viciado de manías, obsesiones o sibaritismos injustificados sino que coincidía con la sensibilidad de mis ídolos. Aunque peregrina, aquella certeza me ayudaba a sentirme menos solo: allí fuera existían personas que veían el mundo como yo.



Las películas de acción influyeron decisivamente en mi vida, qué duda cabe. Pero quede por delante que también lo hicieron otras de diversos géneros, como Regreso al futuro, Gremlins, El vuelo del navegante, Star Wars, Krull, El chip prodigioso, las de Paco Martínez Soria y Louis de Funes, Aventuras en la gran ciudad o Dragon Ball. Obras de arte marginal, desprestigiadas por la crítica esnob, condenadas a las galerías de la nostalgia íntima e intransferible, que merecen, sin duda, otro estudio aparte.

 



 

 

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