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Quienes intenten encontrar un motivo de esta historia serán procesados; quienes traten de encontrar en ella una moraleja serán desterrados; quienes intenten encontrarle un argumento serán fusilados.

Huckleberry Finn, de Mark Twain

 

 Cuando empecé a escribir yo escribía mucho. Descripciones, diálogos, metáforas, nombres de personajes, todo en gran abundancia y aderezado por una especie de trama mal hilvanada. Sin embargo, también asumía que tal vez lo que escribía fueran palabras anémicas y textos apenas llamados por la inspiración del arte, porque en gran medida no escribía con el ánimo de plasmar historias de ficción sino que me limitaba a recrear la pose de escritor, cruzando los dedos y aguardando ser reconocido, recompensado por mi sacrificio y mi transpiración; esperando imbuirme algún día en la personalidad enigmática de un aventurero de las letras que se pierde en la madrugada, fumando en pipa, rodeado del humo y del silencio, con la cabeza levemente inclinada aguardando la llegada de la inspiración, nimbado por una aureola de bohemia, los ojos sagaces pero la mente perpetuamente enturbiada por el alcohol y la absenta, la barba entrecana de veteranía, confinado en la luz de un flexo, creando una obra que conmovería al mundo.


La verdadera imagen que inspiraba en aquellos momentos no era ésa, ni mucho menos, más bien era la de un maniático y obsesivo clérigo amanuense encorvado sobre una actividad frenética de mera reproducción de textos. Porque no tenía mundología ni experiencias vitales que comunicar. ¿Qué podía narrar, entonces? ¿Mi manías? ¿Mis dificultades en clase? ¿Mis crisis de adolescente? ¿O debía buscar en mi imaginación? Lo desconocía, porque por más que lo intentaba no conseguía delimitar un tema y desarrollarlo con gracia. Sólo parecía capacitado para ejecutar el movimiento pendular de la escritura con el ritmo de un apéndice mecánico en una cadena de montaje. Y no se me ocurría otra solución para superar semejante ineptitud que aquella suerte de encierro monacal: si no poseía talento, de puro tesón lograría que los demás me admirasen.


Porque ¿qué otra opción me quedaba más que conjurar al espíritu del azar? Y para ello debía adquirir boletos en gran abundancia, creando masivamente obras de todo tipo, cuentos, novelas, ensayos, cualquier cosa, y probar suerte en los miles de premios literarios que se convocaban cada año. Poco importaba, según mi criterio, si mi producción resultaba pésima o carecía de una trama sólida y unos personajes bien definidos. Porque ¿qué era el arte?
Arte podía ser también el batiburrillo enfermizo que yo escribía, como acabó siendo arte una obra pictórica impresionista o unas manchas caprichosas originadas por los aspavientos de una niña de cuatro años. Arte era una novela de aventuras, entretenida y audaz, y también lo era uno de aquellos soporíferos mamotretos, llamados clásicos, que mi profesora de literatura me obligaba a leer. En clase escogíamos un texto de un autor célebre e intentábamos descifrar el sentido profundo que trataba de transmitir con ese adjetivo, con aquella oración o con el nombre del protagonista, y muchas veces me preguntaba si leer entre líneas no era una actividad personal e intransferible que tenía que ver más con uno mismo que con las aspiraciones del autor. ¿Quién garantizaba que tras una descripción existía el propósito consciente de dar a entender una ideología política, por ejemplo? No existía una máquina capaz de, objetivamente, detectar la intencionalidad de una obra. Todo estudio de la misma estaba sujeta al arbitrio de su exegeta, a suposiciones más o menos razonadas, pero jamás nadie (y en ocasiones ni el mismo artífice) podría interpretar una metáfora tal y como fue concebida. ¿Quién aseguraba que Hamlet no era producto de la casualidad? ¡Una obra producida en el caos de un centenar de monos tecleando máquinas de escribir atribuida injustamente a Shakespeare! Es más, ¿quién me aseguraba que los profesores de literatura de todo el país no se habían confabulado para entresacar más de lo que existía en Hamlet a fin de elevarla a su máxima esencia a la par que modificaban el filtro estético del alumnado (educando la sensibilidad, como afirmarían de manera eufemística)? ¿Por qué Hamlet y no un tebeo? ¿El arte no era más que una mera especulación y unos elegidos, la crítica, entre otros, acordaban el valor de la obra, encumbrándola o condenándola al olvido o al ludibrio del esnobista, por intereses económicos, políticos y/o históricos? ¿Por qué debía sonreír allí donde me indicaban que debía sonreír, llorar allá donde me indicaban que debía llorar… o maravillarme con algo que no me inspiraba ninguna emoción, más que el hastío? ¿La mayoría era dócil y mansa por temor al rechazo de resultar diferentes o al terror de parecer inferiores culturalmente? ¿Al final nadie descubría este engaño y se habituaba a vivir en él por costumbre, como por costumbre un hombre se alimenta de gusanos aunque en la sociedad occidental resulte un plato repugnante? ¿Mo educaban o me manipulaban? Si cabía la posibilidad de que fuese, al menos en una parte, lo segundo y que una creación recibía el calificativo de arte por casualidad, porque la mercadotecnia ha suscitado la admiración de las masas o porque alguien con potestad para hacer dicha determinación ha optado por abrir una nueva vía artística con aquella obra, pensaba que no perdía el tiempo, que algún día, llegando mi texto a las manos adecuadas, leído por unos ojos puros (o no tan influenciados por la estética vigente) o lanzado por un especulador avispado, creador de tendencias y de modas, triunfaría. Me lo tomaba, pues, como si en verdad participase en un sorteo: cada día que transcurría me hacía con otra papeleta; imponiéndome creer a pie juntillas en la posibilidad de resultar vencedor el día menos pensado a fin de no desfallecer en mi empeño.


Irrelevante resultaba si escribía un nuevo Hamlet, un tebeo o el desatino más esperpéntico de la historia: mis profesores de Literatura y de Historia del Arte me habían demostrado en sobradas ocasiones que cualquiera de aquellas manifestaciones eran viables para consagrarme como artista.


Porque el arte no existía, o arte era todo aquello que su artífice tuviera la intención de que fuera arte: lo importante era que alguien legitimado para ello reconociese ese arte porque resulta económicamente viable, se amolda a la pauta cultural vigente (si es que existe), pretende romper moldes o le cae en gracia a alguien y es su espíritu romántico el que decide apostar. El gregarismo (mil y una corrientes indomables, unas, e indetectables, otras) hacían el resto.
 

 

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