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   Siempre que salía al patio interior del instituto, situado en el primer piso, lo hacía con movimientos estratégicos, avanzando como si fuese una pieza de ajedrez, con sus ventajas y limitaciones. Primero sorteaba a Carmela Barceló, La Vaca, en una suerte de enroque, una chica gigantesca que realmente parecía la torre y que siempre le obstaculizaba el paso en el pasillo. Carmela no se atrevía a salvar el patio y exponerse al mordaz escrutinio del resto del instituto, así que se estribaba siempre en una de las paredes del pasillo, sumida en la penumbra que originaba la diferencia de luz del exterior con el interior, para hablar esporádicamente con alguna compañera o escuchar música con sus auriculares. José seguía avanzando entonces por el suelo ajedrezado con la trayectoria oblicua de un alfil hasta alcanzar la pared del fondo del patio, y allí se quedaba al fin contemplando como se desarrollaba la partida sin participar. Le hubiera gustado leer o escribir, pero aquellas actividades hubiesen llamado la atención de sus compañeros de clase, y no había nada que desease más que pasar desapercibido, apretándose contra la pared como si de ese modo lograse fundirse con ella, desayunando uno de los sándwiches de jamón y queso envuelto en papel de aluminio que le preparaba su madre. Luego, con las manos enfundadas en los bolsillos se limitaba a otear los grupos que se formaban por doquier, con ojos de perro apaleado, desprendiendo un profundo rencor, manteniéndose siempre al margen, tanto de ellos como de su forma de vestir, sus peinados, sus gestos, sus andares. Había grupos esquivos y lacónicos, como si fueran soldados, firmes, escrutadores. También los había risueños, o exaltados. Algunos parecían haber conquistado una esquina del patio, haciéndose fuertes con sus posturas y sus miradas, siempre fumando y escupiendo por una esquina de la boca. Otros no hacían nada relevante, bien que simulaban estar enfrascados en decisiones que podían modificar el futuro del mundo. Otros calibraban las curvas de las chicas, que siempre reían, se contoneaban o se dedicaban también a mirar a los otros chicos entornando los ojos y frunciendo los labios sensualmente, rastrillándose el pelo, ellos, y mesándoselo, ellas. La mayoría fumaba siguiendo una solemne liturgia consistente en arrugar el rostro y entrecerrar los ojos cuando el humo se remansaba ante ellos, como vigías persiguiendo algún pensamiento furtivo. Luego, antes de dar una calada, le propinaban unos golpecitos al cigarro con el dedo índice a fin de que la punta de ceniza siempre se mostrase bien delineada, perfecta, como cinceladores retocando sin descanso una estatua que se empecina en regresar a sus orígenes de bloque de mármol. Por último succionaban aquellos cilindros de marcas americanas de moda e inflaban un instante la boca para a continuación escupir el humo con donaire, y de nuevo comenzaban el ritual, repitiendo los mismos pasos hipnotizados hasta que consumían la nicotina de rigor.
Y recortado en la puerta del patio, el señor Lobeznos, el director de aquel instituto, el hombre más temido a la par que más respetado de todo el centro, que parecía custodiar su rebaño de ovejas gregarias.
Por la periferia de su visión, José atisbó a Sergio Estrellas y Javier Peral carcajeándose de él mientras le observaban con la cabeza torcida en una de las esquinas de aquel tablero en el que él no era el alfil que había recorrido en diagonal toda la extensión del patio, ni la torre que había enrocado; ni siquiera, en aquellos instantes de parálisis contemplativa se había convertido en el rey. José era un anodino peón al que se podía sacrificar en cualquier momento. Simuló no haber reparado en aquel choteo, mirando al lado contrario para no insuflarles mayores motivos para captar su atención, y frunciendo el ceño (en parte para demostrar que se hallaba sumergido en sus cavilaciones) se dijo con la mandíbula crispada y rozando el mentón con su hombro que pronto, muy pronto, el peón se transfiguraría en una reina de movilidad absoluta, fugaz, poderosa, temida; vengativa.
Echó un vistazo a la puerta, tras el profesor Lobeznos, y observó como la silueta de Carmela, la Vaca, se fundía en la penumbra como un fantasma.

 



 

 

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