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A las seis y media de la mañana sonó el despertador, que apagué de un manotazo desabrido. Al menos ya es viernes, pensé. Sin concederme ni un segundo, salté de la cama y me dirigí, sonámbula, al cuarto de baño. Después de años madrugando, primero en el instituto, luego en la universidad (y más todavía cuando debía repasar para algún examen) y por último para acudir a mi hospital, había tenido tiempo más que suficiente para evaluar las distintas reacciones de mi cuerpo al levantarme capeando el sueño, y la conclusión a la que había llegado tras un prolongado proceso de prueba y error es que debía superar el tránsito de la modorra a la vigilia lo más rápido posible. Si, como mucha gente hace, me concedía cinco o diez minutos extra, incluso adelantando la hora de la alarma a fin de merecérmelos sin el acoso de los remordimientos, lo único que conseguía era revivir dos y tres veces el terrible trance de sentirme una proscrita del paraíso. Sé de quienes, valiéndose de la tecnología puntera de los relojes despertadores, adelantan la hora hasta cuarenta minutos y encadenan cuatro despertares, cuatro <<mamá, un poquito más>>, para regodearse en las sábanas, rehuyendo la árida obligación de luchar contra las legañas, que es similar a enfrentarse a un estómago hambriento, una boca sedienta o, imagino, un pene erecto. Yo era incapaz de hacer tal cosa, para mí el primer despertar era tan traumático como el segundo, el tercero o el cuarto, máxime si éstos tenían lugar la misma mañana. Tiemblo al imaginarme madrugando veinte veces a la semana en vez de las cinco pertinentes. Otra artimaña muy recurrida, sólo apta para voluntades férreas o espíritus temerarios, consiste en detener el estridente pitido pulsátil y dejarse arropar de nuevo por las sábanas sin la amenaza de un próximo despertar. El quid de la maniobra residía en abrir los ojos (<<de acuerdo, ya estoy despierto y no volveré a dormirme, lo juro>>) y mantenerlos así todo el tiempo. De este modo se podía disfrutar un momento más de la calidez de la cama sin ninguna perturbación futura, sin embargo yo evitaba esta modalidad de duermevela porque desconfiaba demasiado de mi fuerza de voluntad, y cada mañana se me revelaría como un arriesgado juego a la ruleta rusa; con cuatro balas en el tambor. Por último, llegué a experimentar también una variedad de esta última maniobra, eficaz sólo en época invernal, que consistía en destaparse, quedando a merced del frío matutino. Un frío que te obligaba a cruzar el umbral de la vigilia una y otra vez sin dormirte nunca del todo. Salvo sentirme como un escalador al que le ha sorprendido una tormenta de nieve en plena noche, lo único que conseguía con esta treta masoquista era volver a caer en el pecado y despertarme mucho más tarde con los músculos entumecidos; amén de que llegaba tarde de todos modos.
Intercambiando algunos factores, modificando otros y añadiendo unos pocos de mi propia cosecha descubrí al fin la forma más llevadera de madrugar: el despertador no debía emitir ni pitidos ni zumbidos ni ninguna otra enervante escandalera capaz de provocarme taquicardias, sino sintonizar con una emisora de radio escogida al azar. De esta manera, cada mañana era diferente: me despertaba una voz masculina o una femenina, una canción animada o una melancólica, un boletín informativo o los últimos coletazos de un contestatario magacine conducido por una tal Elvira Rodríguez. Entonces, en cuanto emergía del sueño, no daba tiempo a mi cuerpo para protestar porque de un salto espasmódico, como impulsada por un muelle ajeno a mi cansancio y pereza, franqueaba la puerta del baño y me sumergía en la ducha. La travesía hasta espabilarme se tornaba tan efímera que enseguida olvidaba los placeres soñolientos de la cama, con la ventaja de que en vez de eludir mis obligaciones las acometía con brío, con el entusiasmo aventurero que me embargaba de pequeña cuando mis padres me levantaban un domingo de madrugada para acudir a un parque de atracciones, al zoológico o a un pícnic en el campo.
Sí, admito que parezco rebuscada, y además soy propensa a caer en la fabulación, pero no recuerdo si he mencionado que soy una escritora frustrada. Las circunstancias me llevaron a diplomarme en enfermería: las amistades, mis calificaciones en ciencias, una serie de televisión ambientada en un hospital, mis padres... todos se cuidaron de reconducirme hacia esta disciplina, a la que adoro, por supuesto, pero que me arrebató el tiempo necesario para desarrollar mi verdadera vocación. Así es la vida, supongo; somos lo que nos obligan a ser, nuestra voluntad sólo puede asistir impotente y atónita a tamaña manipulación, y rebelarse requiere de un coraje y una tenacidad de la que carezco. No obstante, en cuanto tengo la oportunidad, me embadurno de la mejor literatura, como hacía cada noche con la leche hidratante antes de acostarme, y como si ésta tuviese la propiedad de hacerme levitar, emprendía viajes a mundos lejanos, me transformaba en mujeres enamoradas, en reos condenados a muerte, en millonarios con proyectos megalómanos, en ciegos en busca del sentido de su vida, en ladrones, en cantantes de éxito mundial, en extraterrestres bulbosos de inteligencia suprahumana que recorrían los cometas del espacio profundo. Me embadurnaba, en definitiva, de una manera peculiar de ver el mundo, hidratándome con el lirismo de los grandes narradores, con las metáforas, los retruécanos y demás figuras estilísticas que empleaban los maestros. Tal vez, cuando me jubile y el tiempo se me antoje una mercancía excedente, me enfrente a un folio en blanco. Inspiración no me faltaba, lo que echaba de menos era el momento adecuado, una suerte de recinto cercado que me nimbara y en cuyas fronteras se prohibiese el paso a las obligaciones diarias, a la velocidad, a las preocupaciones mundanas, al estrés y demás desórdenes incompatibles con la creatividad de un artista. Sé de escritores que han forjado sus mejores obras en concurridas cafeterías, rodeados de parroquianos vocingleros, continuamente afligidos por las tribulaciones sentimentales, la escasez económica y la opresión social. Pero yo no sería capaz ni de juntar unas letras bajo circunstancias tan adversas. Quizá no sea más que una excusa esgrimida por la pereza pero mi creatividad necesita de un ambiente sosegado, bucólico si me apuran, pero ante todo solitario y asceta, para desarrollarse libre y sin trabas. Además de mi trabajo en el hospital y las tareas domésticas compartidas con mi marido, Elisabeth era mi otra gran preocupación en aquel tiempo. El arte podía esperar, Eli, no. Los niños crecen muy deprisa y sabía que esos años con ella no se iban a repetir, así que me sentía casi en la obligación de exprimirlos al máximo, posponiendo para ello mi retiro espiritual.
Después de vestirme y recogerme el cabello en una cola, me dirigí a la habitación de Eli y la desperté con un beso en la frente, como cada mañana desde hacía seis años. Abrió sus ojillos azules y me miró confundida, aún regresando del universo onírico (la dificultad para madrugar debía de ser una afección congénita). Acto seguido me sonrió. Era una niña adorable con los ojos de Fred y mi mejor sonrisa. Creo que aquella suerte de mestizaje fisonómico en el que se aunaba mirada nórdica y ademán español inspiraba sosiego y agitación, hielo y fuego, a partes iguales, en un justo equilibrio que resultaba cautivador en cualquier rostro.
Cada vez que entraba en el habitación de Eli y me inundaba aquel perfume, mezcla de la colonia de los Teletubbies, la goma de borrar, el plástico de sus juguetes, los plastidecor y los dacs, la rosa de papel de seda que hizo en clase de manualidades y las sábanas festoneadas de rosa impregnadas de su olor corporal me retrotraía a mi infancia, a mis lecturas juveniles, y las imágenes que evocaba incrementaban la magia y color en aquella atmósfera alejada de la realidad azarosa de los adultos. En la habitación de Eli me sentía como aislada por un foco de luz en un escenario sumido en las tinieblas, en el que interpretaba una obra de enfáticos valores morales y sencillez en el discurso protagonizada por animales parlanchines. Un refugio arcádico en el que me gustaba internarme de vez en cuando. Creo que en aquel ambiente de dibujos animados también sería capaz de liberar a la escritora que anida en mi interior. Tal vez podría narrar las aventuras de alguna princesa atrapada en el torreón de un castillo o de un niño que encuentra un casco, perteneciente a los gnomos, cuya estrafalaria utilidad consiste en establecer comunicación telepática con los caracoles, seres que simulan ser lentos y apáticos bien que en realidad poseen una vasta sabiduría que emplean para controlar el ecosistema de los bosques encantados.
<<Los caracoles son babosos, son hermafroditas, no poseen percepción extrasensorial y, además, están deliciosos a la cazuela>> me decía una voz procedente del mundo adulto y desencantado, mecánico, matemático, al abandonar aquel refugio de elfos, náyades, el mago de Oz, la pantera rosa y demás criaturas de ensueño.
Bajamos a la cocina y Eli se sentó frente a su padre mientras yo le preparaba el desayuno.
-Buenos días, papá –dijo ella con la voz somnolienta.
-Hola, cariño –decía él con el mismo acento. Sin embargo, Fred hacía mucho que se había levantado, así que su somnolencia parecía crónica, inherente a su personalidad; una somnolencia que nunca se manifestó con tanta intensidad como a los pocos meses de contraer matrimonio conmigo. ¿Me habría casado con él de haberlo conocido tan bien como ahora lo conozco? Es una pregunta que cada vez me formulo con más asiduidad, aumentando la incertidumbre acerca de la vida que he decidido vivir, retroalimentando la misma pregunta. <<Pero tienes un marido, una hija, un hogar>>, me exhortaba moralmente mi voz interior, <<es un poco tarde para retroceder o arrepentirse de nada>>. Además, la culpa podría ser mía: o lo que ahora percibía siempre había estado allí y no me detuve lo suficiente para reparar en ello o no existía ningún problema, el problema era yo misma, yo y mi cabeza dispuesta a desbaratar una familia feliz. Feliz y tranquila. Sobretodo tranquila. No existía ningún conflicto ni creo que se produjese nunca, pero yo me empeñaba en ver un conflicto en la ausencia del mismo. Soy retorcida, lo sé. Será consecuencia de mi espíritu creativo que, sabiéndose confinado hasta mi jubilación, necesitaba desahogarse creando fantasmas donde no los había.
Serví un cuenco de cereales a Eli mientras Fred continuaba enfrascado en su desayuno. Siempre que me despertaba, o más bien salía despedida de la cama, él ya estaba duchado, vestido y con su desayuno preparado, sin ningún rastro de legañas ni de cansancio, salvo los connaturales a su forma de ser. Siempre se acostaba más tarde que yo y se levantaba antes. Envidiaba su forma de dormir, obviamente más eficaz que la mía, máxime si él no requería de ninguna ayuda acústica para desperezarse (ni de una maniobra casi espasmódica, propia de payasos saltando de cajas sorpresa, como era mi caso). Tal vez, me abandonaba a especular, su sueño era más descansado que el mío porque él no viajaba a lugares inhóspitos durante la noche. Si su sueño era tan pasivo como su vigilia, ni siquiera debía de abandonar nuestro dormitorio: permanecería allí tumbado, junto a su cuerpo físico, como si fuese una imagen especular de sí mismo. Dormía por partida doble, era lógico que no necesitara más horas de sueño ni que éstas se le acumulasen a lo largo de la semana, incrementando día a día las ojeras.
Tal vez Fred no soñase. Pero eso era imposible. Una vez leí que todo el mundo sueña, aunque luego no lo recuerde; es un modo de mantener en forma el cerebro.
Encendí el gas, puse a calentar la leche y me unté de margarina una tostada mientras contemplaba la pulcritud con la que se desenvolvía mi marido. Su rutina diaria ya resultaba metódica y su aspecto, impoluto: camisa limpia cada mañana, los faldones jamás desembozados, ni siquiera cuando estaba en casa, corbata anudada y apretada bajo su nuez, pantalones planchados, calcetines a juego, mocasines con herrajes dorados en el empeine, cabello ordenado. Pero en su manera de comer, maquinal, con la mesura y distancia de un maniático de la limpieza, dejaba paladina constancia de su desvinculación con el medio: desmenuzaba un bollo con todos los dedos y éstos se movían con la exactitud de una de aquellas pinzas que se empleaban en las operaciones quirúrgicas que había presenciado en el hospital, examinando y sopesando cada porción antes de llevársela a la boca. Luego limpiaba los instrumentos empleados en forma de falanges con una servilleta y comprobaba un par de veces que no hubiesen quedado migas en la comisura de sus labios, en la camisa, en la corbata y en los pliegues de los pantalones. Por último, como si aquellos restos orgánicos no fueran con él, como si alimentarse hubiera sido un penoso pero necesario trámite para sobrevivir, cerraba la bolsa de los bollos y retiraba el plato fuera de su delimitado espacio para desayunar. Sin más que hacer hasta que el reloj le indicara que era la hora de marcharse a trabajar, dejaba la cabeza vencida a un lado, la mirada inerte y, en general, suspendía cualquier movimiento de su cuerpo, cual estatua de hielo. Me imaginaba su corazón deteniéndose, sus pulmones dejando de hincharse. Sólo su estómago, presumo, se encontraría digiriendo las calculadas porciones de bollo de aquella mañana mientras sus dedos, aquellos apéndices precisos, se dedicaban a plegar la servilleta, repasando cada doblez, hasta que conseguía un triángulo perfecto e impecable, tal y como originariamente fue expuesto en su caja en la sección de menaje de algún centro comercial.
-Hoy tengo turno en la unidad de corta estancia –comenté a Fred cuando me hube sentado con ellos. En realidad, él no me escuchaba, nunca lo hacía, pero en los desayunos el silencio se me hacía incómodo: tuve que padecerlos con mis padres durante años, un matrimonio que sólo parecía funcionar en la cama y frente a la familia. En parte, también me consternaba el hecho de que mi matrimonio hubiese terminado de la misma manera. Sin embargo, ese sentimiento quedaba difuminado por el firme propósito de evitar que Eli creciese pensando que sus padres no se querían, eximiéndome de ese modo del autoengaño: el autoengaño se transformaba entonces en un engaño más admisible: no soterraba el silencio por mí sino por mi hija.
-Muy bien –contestó él sin apenas mover un músculo. Su voz tenía la propiedad ubicua de cubrir todo el ámbito de la cocina como si surgiese de un magnetofón resonando en una caverna. Y se atrincheró de nuevo en un silencio lúgubre y sin fisuras.
 



 

 

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