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 Al sur de Dresde, los copos de nieve se habían ido afinando hasta convertirse en cellisca y se precipitaban en grandes racimos que cambiaban de sentido caprichosamente.
Las ametralladoras del tren de abastecimiento de las fábricas de Oschersleben y Magdeburgo para la Luftwaffe tabletearon tratando estérilmente de detener el convoy aéreo de cazabombarderos P-51D de tripulación inglesa y americana. Los aliados no debían temer al fuego antiaéreo ni a la Luftwaffe, pues Elijah W. Bean, del servicio de inteligencia británico, camuflado en aquel tren que recorría la red de ferrocarriles de Dresde, ya se había encargado de programar la operación de los P-51D para el único día que el Tercer Reich permanecería temporalmente indefenso. Y el día para la incursión era aquél: 13 de enero de 1944.
De este modo, los cazabombarderos se limitaron a ejecutar algunos virajes y maniobras de evasión sin importancia, sintiéndose invulnerables ante aquel anémico fuego de ametralladora. Sin embargo, uno de los aviones, probablemente pilotado por un americano engreído, descendió en barrena rompiendo la formación y disparó fuego intenso contra el tren de abastecimiento. Elijah Bean se apartó de la ventanilla, que estalló en un millar de esquirlas, y se tiró al suelo, maldiciendo a aquellos pilotos que luchaban en su mismo bando. ¿No recordaban que él podría estar viajando en ese tren?
Una algarabía de gritos y pasos se desencadenó en todos los vagones de pasajeros. Bean se incorporó de nuevo y oteó el cielo por la ventanilla. No podía creerlo. Otro cazabombardero de doble asiento e instrumental óptico de gran precisión barrió el tren de munición y desapareció a una velocidad que superaba las cien millas por hora, agitando las copas de los abetos a su paso.
El estruendo de los motores del convoy aéreo creció. Se disponían a atacar a aquel insignificante tren de abastecimiento, tal vez para calentar las armas y los músculos.
Bean corrió por el vagón, sorteando a otros soldados nazis tan desconcertados como él, y abrió la compuerta que lo enfrentó a la ventisca que se colaba por los agujeros de las balas. Estaban muy cerca de Oschersleben: ni siquiera si los nazis avisaban por radio en aquel justo momento evitarían el ataque de los aliados en la fábrica de aviones de la Luftwaffe. Pero de todos modos a Bean le pareció un despropósito ensañarse de esa manera con un tren desarmado, y más teniéndole a él como infiltrado.
Se ajustó la chaqueta, se subió la cremallera hasta el cuello y saltó del mercancías, rodando por la nieve hasta una hondonada. Un desafortunado golpe contra el robusto tronco de un abeto le originó una brecha en la cabeza que empezó a teñir la nieve de rojo, pero ello no fue impedimento para que Bean se levantara de un salto y desoyendo las protestas de sus músculos empezase a correr por el bosque.
A los pocos minutos, desaceleró un poco el ritmo, ya que las detonaciones y el fragor de los motores de la aviación aliada se confundían, ya distantes, con las fuertes ráfagas de viento que amenazaban con tirarle al suelo. Avanzó, no obstante, un poco más, rodeando una colina, barruntando cómo iba a salir de aquel paraje helado y yermo.
Continuó corriendo a buen ritmo y entonces recordó que por allí no debía quedar muy lejos una base de entrenamiento secreta, un Lechbaum donde el Fhürer pretendía instruir a niños pequeños para que crecieran puros de mente y de cuerpo y bajo los preceptos del nacionalsocialismo. Y entonces, tras una roca sepultada de nieve, Bean se detuvo, jadeando y con el pulso tronándole en los oídos. Un hombre se mantenía en pie, muy erguido, frente a él. Pero le daba la espalda, con los brazos rectos apuntando hacia el suelo. Vestía de negro, como un oficial de las SS, por ello resaltaba en aquella geografía como una mosca en un vaso de leche.
Bean no daba crédito a aquella aparición con trazas de espejismo. ¿Qué hacía un hombre allí plantado en plena tormenta invernal? ¿Pertenecería, quizás, al Lechbaum? No atisbaba ninguna esvástica, de todas formas, ni calaveras, pantalones de montar, morriones o demás cacharrería propia de un oficial de las SS.
Se aproximó al hombre con paso vacilante, hollando la nieve virgen con mucho tiento, como si avanzara por un campo trufado de minas.
-¿Oiga? –le espetó en alemán.
Apenas tenía acento inglés, nadie podía descubrirle su faceta de espía, ni siquiera aquel siniestro personaje ataviado con abrigo negro. -¿Oiga?
El hombre de negro giró sobre sus propios talones como un maniquí expuesto en un escaparate rotatorio. En su rostro se dibujaba una sonrisa mefistofélica que intimidó a Bean. Y entonces, el hombre de negro avanzó hacia él con apabullante determinación, pisando la nieve con sus botas claveteadas y haciéndola crujir bajo las suelas. Apuntó con el dedo índice a la cabeza de Bean. Masculló algo ininteligible. A Bean le sobrevino un repentino vahído y se desplomó mientras todo a su alrededor giraba y giraba y giraba.






PRIMERA PARTE

El ser humano se halla a medio camino entre los dioses y las bestias.

PLOTINO



Filiflama alabe cundre
Ala olalúnea alífera
Alveolea jitanjáfora
Liris balumba salífera
Olivea oleo olorife
Alalai cánfora sandra
Milingítara girófora
Ula ulalundre calandra


MARIANO BRULL (1891-1956), poema del que el escritor mexicano Alfonso Reyes tomó el término jitanjáfora.




1



Conrado Marchale acudía al psicoterapeuta dos veces por semana, los martes y los jueves, desde hacía ya un año. En aquellas sesiones, el excéntrico psicoterapeuta solía pronunciar aforismos, frases lapidarias o dichos populares, como buen aficionado a la paremiología que era. <<Las palabras encierran grandes verdades>>, solía sentenciar, <<una frase bien dicha, redonda, bella y armónica es como una ecuación matemática, resulta igual de arrolladora que los más intrincados ambages o los argumentos más apodícticos>>. Conrado, sin embargo, nunca atendía demasiado a aquellas lecciones sintetizadas en unas pocas palabras bien escogidas: no en vano, carecía de estudios superiores, tampoco era muy leído y el síndrome de abstinencia, el tormento del mono, no le permitía concentrarse en tamañas sutilezas. Pero de algo sí estaba seguro: toda declaración pontificada por un personaje que, por uno u otro motivo, ha trascendido en la historia debe ser, por prudencia, observada de soslayo, pues fácilmente se puede tropezar con un argumento de autoridad. Conrado, que había tenido que soportar las clases de los maristas durante toda su juventud, había levantado este muro de protección hacia las verdades diáfanas y absolutas sin apenas esfuerzo, con la naturalidad de una planta que sintetiza un veneno para evitar que los insectos la devoren. Todo y así, a Conrado siempre le llamó la atención una de las verdades paremiológicas de su psicoterapeuta, una máxima que empezó a repetirse durante una etapa de su vida en la que a punto estuvo de enloquecer si pasaba un día más sin unos gramos de heroína: <<Los locos abren los caminos que más tarde seguirán los sabios>>. Porque Conrado era como un loco dispuesto a abrir cualquier camino en la espesura de lo desconocido, como un orate dispuesto a transitar las vías que nadie había transitado antes con tal de inyectarse unos gramos de heroína para desprenderse momentáneamente de su conjuro.
Por esa razón, quizás, Conrado respondió a aquella anodina carta de publicidad que tenía muchos visos de ser un timo. Porque tenía miedo. Porque no tenía nada que perder. Porque todavía no era un sabio, acaso un protosabio, un audaz pionero, pero ciego e impulsivo, arrastrado bovinamente por las circunstancias (<<yo soy yo y mis circunstancias>>, que decía su psicoterapeuta), hacia veredas inhóspitas que aún no han sido endurecidas por los mil pies del tiempo, que no están avaladas por una infraestructura, que no han sido iluminadas ni estudiadas. Fue, pues, la inercia, el hartazgo o la huida hacia delante del loco lo que le persuadió para centrar su atención en aquel reclamo insignificante.
El sobre era alargado y blanco, como el de los recibos bancarios, aunque carecía de esa ventanita transparente a través de la cual se lee el destinatario. En este sobre el destinatario figuraba en un adhesivo pegado a el anverso, bajo el logotipo de la empresa (un laurel) y el nombre (Weinberg & Waterhouse). Así pues, la carta podría haber pasado desapercibida en la montonera de correspondencia, pero no lo hizo. Conrado la sopesó y la escudriñó al trasluz, sin abrirla, y luego la volvió a dejar sobre la mesa de baquelita, junto a los demás sobres sin abrir.
Se asomó al balcón para tomar un poco el fresco, y a sus pies quedaron las calles patibularias por las que deambulaban borrachos de paso bizco, asiduos de casas de lenocinio de ínfima estofa y traficantes de estupefacientes adulterados, como en todo barrio portuario. Ya había anochecido, pero en la esquina todavía funcionaba una aceitosa freiduría ambulante, que atufaba el ambiente a fritanga.
Al entrar de nuevo en casa y toparse con la mesa de baquelita, el sobre que había llamado su atención pareció fulgurar. No obstante, Conrado continuó hacia el baño, ignorándolo, porque una opresión y tormento secuestraba ya todos sus sentidos: el síndrome de abstinencia. Se lavó la cara contemplándose frente al espejo, y aquel rostro narigudo y de cejas circunflejas más bien feo, le escupió que era un maldito toxicómano. Evitar la recaída es como intentar resolver un rompecabezas infinito, pensó en los instantes de lucidez que las almuerzas de agua fresca le proporcionaron. Pero el limo denso y oscuro regresó enseguida y su pensamiento se espesó otra vez, obligándole a deambular como un muerto viviente por el piso. Se impuso entonces alguna tarea. Preparar la cena. Su cuerpo no tenía hambre más que de una cosa, pero a pesar de ello rebuscó en el frigorífico y se hizo con una bolsa de patatas congeladas a medio consumir, que frió en una sartén, y a las que luego añadió una cebolla picada. Sabía que no conseguiría tragar más que un par de bocados, y el resto se pudriría en la basura, porque aquella patética cena no saciaría su hambre. Y también era probable que vomitara, pero tan sólo seguía los consejos de su psicoterapeuta: <<Comida abundante, mucha comida, derróchala, y siéntate cada día delante de ella aunque no te la termines>>.
Se sentó en el sofá con el plato en la mano y un tenedor en la otra, y tan concentrado se hallaba en aquella liturgia en la que trataba de invocar el apetito y ahuyentar los fantasmas del asco, que no se dio cuenta hasta transcurrido un buen rato que el televisor estaba apagado. No tenía ánimos de dejar el plato, levantarse y buscar el mando a distancia: si soltaba el plato o el tenedor, esa noche ya no cenaría. Cogió aire, como si se propusiera engullir un insecto vivo y culebreante, y se metió en la boca un puñado de patatas que masticó al igual que si fuera algo excesivamente mantecoso. Deglutió, y para olvidarse de los accesos de vómito, se entretuvo en agarrar el sobre de antes, el de Weinberg & Waterhouse, y lo abrió abstrayéndose todo el rato del emético pingüe que se revolvía en su estómago.
El sobre sólo contenía una hoja de papel doblada como un tríptico, en cuya cabecera, con enfáticas letras rojas, se leía: ¡Enhorabuena, ha sido usted seleccionado para disfrutar de esta increíble oferta! El cuerpo del mensaje estaba escrito con versalitas negras y se reducía a la manida propaganda para atraer a curiosos e incautos y endosarles algún producto de mercachifle. Si usted asiste a nuestra exposición de baterías de cocina, será obsequiado con una colección de cuchillos de fibra de tungsteno, si nos llama a este número de teléfono de tarificación adicional le tomaremos los datos personales para reservarle dos noches de hotel en algún lugar de ensueño, si comparece en una de nuestras charlas pedagógicas acerca de la antigua Grecia o la filosofía presocrática... le lavaremos el cerebro a fin de que milite en nuestra secta new age. No obstante, aquella estrategia publicitaria era diferente: te remuneraban una tarea, no había regalo alguno, sólo una recompensa por el tiempo y el esfuerzo invertidos. Rellene nuestros tests sobre tendencias de mercado, y te retribuían con una suntuosa cantidad de dinero, nada desdeñable a tenor de la situación crítica de Conrado.
A pesar de la aparente sencillez del aquel asunto y de que le sobrevino el impulso mostrenco de llamar al número que indicaban (toda una rareza en aquella etapa de su vida en la que la abulia amordazaba su iniciativa), al final abandonó la carta sobre la mesa, desentendiéndose de ella, y se aturdió con la programación televisiva de aquella noche. Tampoco el dinero saciaría su verdadera hambre, ni siquiera aquél tan fácil.
Durante las siguientes dos horas se amasó las manos ansiosamente, incapaz de concentrarse en el aparato de televisión. Le sudaba la frente, hacía calor. Tampoco encontraba una posición cómoda en el sofá de dos cuerpos: se tumbaba, se sentaba con el talón del pie apoyado en el borde, se recostaba como en una chaise-longue, hospedaba el almohadón en el regazo cuando se colocaba en postura califal y demás probaturas extenuantes, siempre con todos los sentidos secuestrados por la felicidad inyectable; incluso la metadona obraría como un buen sustituto en aquellas circunstancias.
Tal vez debía intentar cenar algo más, pero sólo el imaginarse el plato de grasa sólida y caliente, palpitante, se le revolvía el estómago. Tal vez debía bajar un momento a la calle, de aquella guisa, en camiseta y calzoncillos, en alpargatas, buscar al Manco en cualquier esquina del barrio y, por fin, dejarse llevar, deslizarse pendiente abajo hasta el sumidero de la nada, puesto que la escalada era eterna y siempre dificultosa, y ¿merecía la pena vivir una pesadilla de hambre sin fin?
Conrado maldecía el sortilegio que lo mantenía encadenado. Se desembarazaría de él si supiera cómo, pero no lo sabe. Y aún era domingo, quedaban demasiadas horas para su próxima visita al psicoterapeuta.
Danzaron sus ojos por aquel piso de reducidas dimensiones, anhelando hallar algo que mitigase su desasosiego: la ventana salpicada de excremento de paloma, el papel pintado de las paredes, la bombilla desnuda y ocre que pendía de un solo hilo, las manchas de humedad del techo, en las que, como en las nubes, entreveía conejos, árboles y rostros humanos, las raspaduras y las muescas de la mesa de baquelita, el charco de cerveza de la alfombra que días antes había extraviado el teodolito de su existencia y, de nuevo, como si le hubiera silbado para llamar su atención, aquella misiva que le ofrecía dinero fácil a cambio de su tiempo. Pensó que era lo más parecido a un empleo, y hacía mucho que no encontraba un empleo. Y también pensó que tenía algo de proceder de jíbaro el reducir todos sus problemas, sus desasosiegos e intranquilidades y su hambre, sobretodo su hambre, a un anodino anuncio que podría tener mucho de timo y poco de provecho, ensalzándolo a la categoría de omnímoda panacea. Pero acabó dejándose llevar por el cardumen de acontecimientos, esa corriente causal que nos arrastra a las decisiones más extravagantes. Al fin y al cabo, era un loco, y <<los locos abren los caminos que más tarde seguirán los sabios>>, psicoterapeuta dixit.
Cogió la carta, se sentó junto al teléfono (que todavía, milagrosamente, no le habían cortado) y desplegó el tríptico, releyendo todas las líneas. Podía ser una trampa, ¿y qué? Cuando un animal ha sido apresado ya por un cepo ¿qué miedo debe tener a otro cepo?
Ya era tarde, ya era domingo, y, a pesar de todo, contestaron a su llamada: tras marcar el número de teléfono y aguardar cinco tonos, a punto ya de desistir, descolgaron al otro lado de la línea.
–Weinberg & Waterhouse, ¿dígame? –Era una voz masculina y grave, en perfecto español.
Conrado aludió a la oferta que había recibido y formuló toda clase de preguntas a fin de desentrañar el engaño.
–Y en lo tocante a los emolumentos que le ofrecemos –explicaba aquella voz inalterable, como siguiendo un guión preestablecido–, únicamente se le retribuirán estos sin completa satisfactoriamente todos nuestros tests.
–¿Satisfactoriamente? –inquirió Conrado, suspicaz.
–No debe superarlos, si es lo que le preocupa. Quizás me he expresado mal. Lo que quiero decirle es que es obligatorio someterse a todos los tests y entrevistas y responder a todas las preguntas, sin excepción.
Hablando por teléfono, Conrado se sentía menos abrumado por la ansiedad, y el número de teléfono, además, era gratuito y podía explayarse como si le hablara a su psicoterapeuta sin la amenaza de una factura desorbitada.
–¿Cuánto dura eso? –continuó Conrado sus pesquisas.
–No más de cuatro horas.
Conrado efectuó un cálculo rápido: tanto por cuatro horas, tal precio por hora. No estaba mal, podría tapar muchos agujeros negros y pagar todos los retrasos en el alquiler. Pero lo cierto era que todo lo que se había presentado como fácil o asequible en su vida, con el tiempo se transfiguraba en una amenaza.
Tras colgar el teléfono, la idea de acudir a aquella entrevista remunerada desapareció por completo de su campo mental, con la misma inmediatez con la que la voz de su interlocutor telefónico se había ausentado de su oído, porque al cortar la comunicación también había cortado las promesas que todo lo presentaban fácil y asequible (y que luego devenían en amenazas).
Con todo, aquella noche soñó que volvía a llamar y que concertaba una cita. El lunes, a las cuatro de la tarde.


 



 

 

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