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…los
vericuetos de la imaginación, a
años luz de lo conocido. Esta
vez llegaría al final, cruzando
las fibras del pensamiento
tejidas por la reflexión. Me
adentré un poco más. La
realidad, hilos de material
vítreo, se retorcía alrededor
como una culebra irritada. Pero
no iba a desistir, no de nuevo.
Mi propiocepción se había
alterado, ya no era nada
concreto… quizás para siempre.
Seguí alejándome-acercándome a
mi objetivo.
Avancé durante mucho tiempo.
Y entonces lo hallé al fin,
entré en aquel vórtice de
corrientes indomables y comencé
a caer y a caer... y a caer. ¡El
Éxodo! El Éxodo me absorbía. Lo
había encontrado. Era mi primera
visita a este cosmos delirante,
pero enseguida lo supe todo
sobre él; ahora yo era
omnisciente. Puse en
funcionamiento mis recién
entrenados multisentidos y
contemplé una casa de dos pisos
que se precipitaba en el vacío
del Éxodo. Era de madera oscura,
ajada por la continua agresión
del clima. Onabarnacel tenía su
taller de trabajo en la
habitación más grande de la
casa, en el piso de arriba.
La suave luz de las velas
tartaleaba sobre retortas,
morteros, botellas, frascos y
alambiques en los que subían y
bajaban líquidos de vivos
colores. La aleación, compuesta
por una parte de platino, cien
de níquel y diez de estaño,
gorgoteaba sobre el quemador.
Onabarnacel realizaba sus
trabajos de joyería y utensilios
de mesa con esa mezcla de su
invención, ya que eran así
inatacables por el aire y
conservaban su pulimento durante
mucho más tiempo.
La puerta del taller se abrió
con estrépito, Onabarnacel no
tuvo que levantar la vista para
adivinar que era su hija,
Aneléis. Esa menuda niña de ocho
años rezumaba más energía que su
mujer y él juntos.
-¡Papá! ¡Papá! .-Escuchó su
rápido correteo por el piso
hasta llegar a la mesa de
trabajo. -¡Papá, tienes que
bajar!
Onabarnacel se quitó las lentes
de montura metálica y examinó
los ojos de su hija, siempre
había percibido un brillo
sobrenatural en ellos.
-¿Qué ocurre? -preguntó en su
habitual tono sosegado. -Ya
sabes que debes llamar a la
puerta antes de entrar, ¿no lo
recuerdas? Cuando estoy
preparando la aleación no…
-Sí, sí, pero es que es muy
importante. Un Desconocido está
afuera, en la puerta.
El corazón de Onabarnacel se
aceleró. Jamás había visto a un
Desconocido. Sabía que existían,
pero desde la antigüedad sus
visitas ya no eran comunes.
Se levantó como impulsado por un
resorte, cogió de la mano a
Aneléis y bajaron las escaleras
con diligencia.
-Ona, hay alguien ahí fuera. No
le reconozco. -Su mujer,
Bezirtae, le agarró del brazo.
-¿Y si nos quiere hacer daño?
Onabarnacel negó con la cabeza,
en parte para borrar de su mente
esa posibilidad.
-Tranquilizaos, los Desconocidos
no suelen aparecer con malas
intenciones-. <<Al menos es lo
que afirmaban los libros de la
Biblioteca>>, añadió para sí
mismo.
Escrutó el exterior a través del
cristal de las ventanas. Todo
parecía normal: continuaban
descendiendo en el vacío,
todavía atravesando aquellas
densas nubes que auguraban un
buen temporal de nieve, y
aparentemente no se habían
desconectado de la Red. Entonces
escuchó como algo rascaba la
puerta, un rumor débil.
Onabarnacel juntó su cara al
cristal lo más que pudo para
descubrir qué provocaba ese
ruido.
Sin ninguna duda era un
Desconocido. Sus ropas eran
extrañas y portaba en la espalda
un objeto ahusado de un material
que parecía ónice bruñido.
-¿Lo ves, papá?
-Sí, sí, lo veo. -Se separó de
la ventana y trató de serenarse.
-Bien, no hay nada que temer.
Abriremos la puerta y le
dejaremos entrar, parece que
está exhausto y se avecina una
tormenta.
Bezirtae cogió de la mano a la
pequeña Aneléis, que sonreía
emocionada por el
acontecimiento.
-¿Estás seguro, Ona? ¿Crees que
es buena idea dejar entrar a un
Desconocido en casa?
Onabarnacel asintió con gesto
grave.
-Debemos ser hospitalarios, son
las normas. Además, puede morir
ahí fuera. Hay que hacerlo.
-Levantó los tres cerrojos de la
puerta y giró la llave. Antes de
tirar del pomo, empuñó un
garrote que colgaba de la pared.
-Bien, poneos detrás de mí.
Respiró hondo y abrió la puerta
con cautela.
Y allí se encontraba el
Desconocido, exánime.
Aneléis se soltó de la mano de
su madre y se acercó más a la
puerta, parapetándose tras su
padre.
-¿Estás muerto, papá? -preguntó
con un bisbiseo.
-No lo sé. Creo que sí.
Sin previo aviso, el Desconocido
trató de incorporarse emitiendo
un gruñido ahogado. Onabarnacel
reprimió un grito, pero no pudo
evitar sobresaltarse de forma
visible. Bezirtae volvió a coger
del brazo a Aneléis para
alejarla del Desconocido.
-¿Quién es usted? -jadeó
Onabarnacel, aferrando con más
fuerza el garrote.
El Desconocido se adentró en la
estancia, trastabillando. Sus
ojos estaban ocultos tras unas
enormes gafas protectoras,
sujetas a su cabeza por una
correa de cuero. Avanzó un par
de pasos, moviendo la boca sin
emitir sonido alguno, y se
desmayó. El suelo tembló cuando
el Desconocido se desplomó cuan
largo era.
Ik abrió los ojos a pesar de que
sus párpados encontraron la
traba legañosa que se produce
tras un largo periodo de sueño.
Se los frotó, incorporándose en
la cama, y consiguió enfocar la
vista.
Entre las sombras de la
habitación en penumbra, se movió
una figura que lo contemplaba.
-Veo que ya ha despertado -dijo
Onabarnacel. Encendió las velas
de la habitación y las sombras
se retiraron.
Ik se sentía aturdido.
-¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
-Tranquilícese, está en un lugar
seguro. Le encontramos tendido
en la puerta de nuestra casa,
¿no lo recuerda? Por cierto,
¿cual es su gracia? No me
gustaría tener que llamarle
Desconocido cada vez que me
dirija a usted.
-Ik, me llamo Ik. Sí, ahora me
acuerdo. Estoy vivo de milagro.
Gracias por su hospitalidad.
Onabarnacel fue ganando
seguridad, no parecía un
Desconocido peligroso. Sin
embargo, algo le inquietaba de
ese joven de piel cetrina y
cabello alborotado. No eran sus
ropas oscuras de una dureza
inusual. Ni siquiera ese objeto
fusiforme que había transportado
en su espalda, que ahora
descansaba en el suelo junto a
unas gafas protectoras y un
costal de arpillera cuyo
contenido no había osado
comprobar. Lo que le turbaba
realmente era ese extraño brillo
en los ojos del Desconocido, un
fulgor sólo comparable al de su
hija.
-Era lo mínimo que podíamos
hacer, señor Ik. La verdad es
que no es muy común recibir la
visita de un Desconocido.
Digamos que es nuestra primera
vez y…
Ante la incredulidad de
Onabarnacel, el Desconocido se
levantó de la cama y se atusó
sus ropas y su cabello rojizo.
Se sentó en una silla para
calzarse las botas.
-Así llaman a los de Arriba o
Abajo, ¿no?
Onabarnacel titubeó, temeroso de
haber ofendido a Ik.
-Eh… bueno, llamamos así a todos
los que no pertenecen a la
comunidad de Airos.
Ik anudó los últimos cordones de
sus botas y se levantó de la
silla, era muy alto y enjuto.
-Bonito nombre para una
comunidad. Por cierto, ¿el suyo
cuál es?
-Onabarnacel.
-Bien, muchas gracias por todo,
señor Onaban…
-Onabarnacel -se apresuró a
deletrear.
-De acuerdo. Ha sido muy amable.
Ik se ajustó a la espalda con
correas de cuero aquel objeto
ahusado de enigmática finalidad
y se colgó el costal de
arpillera de un hombro. Las
gafas protectoras las dejó
colgando de su cuello.
-¿Ya se marcha? -preguntó
Onabarnacel, sorprendido.
-Exacto, tengo poco tiempo que
perder.
-Pero… si debe de estar aún muy
débil. Tenemos comida de sobra
para usted. Y puede quedarse
todo el tiempo que quiera.
Los borborigmos del estómago del
Desconocido resonaron por la
habitación.
-Bueno, me quedaré a comer; no
me irá mal -musitó arqueando una
ceja.
Ik embaulaba lonchas de
cochinillo a una velocidad
sobrehumana, tragando sin
masticar.
Al otro lado de la mesa,
Onabarnacel, Bezirtae y Aneléis
contemplaban asombrados al
Desconocido. La más entusiasmada
era la pequeña Aneléis, que no
perdía detalle de los
movimientos impulsivos del
forastero.
-Está muy bueno, señora -señaló
Ik con la boca llena.
-Gracias -contestó tímidamente
Bezirtae.
Ik tragó la última rodaja de esa
delicia.
-Hacía mucho que no probaba
cochinillo. -Esbozó una sonrisa
al reparar en algo. -Bueno, la
verdad es que hacía mucho que no
probaba nada.
Aneléis no pudo dominar su
curiosidad.
-¿De donde viene, señor Ik?
-preguntó con su característico
tono impetuoso.
-Perdone a mi hija, si no quiere
no es necesario que conteste -se
diculpó Onabarnacel-. En Airos
respetamos completamente a…
-No, me encantan las personas
con ganas de aprender –dijo Ik,
guiñandole un ojo a Aneléis.
-Pues vengo de Arriba. Sí, ya sé
que no es muy común venir de
Arriba; y más lo debe de ser en
Airos, que cae a tanta
velocidad. Pero es cierto,
utilizo el cachivache que llevo
a la espalda para acelerar mi
caída.
Onabarnacel le miró asombrado.
-¿Quiere decir que ha abandonado
su hogar... por su propia
voluntad?
-Exacto. Salté al vacío y el
cohete de mi espalda me impulsó
hasta aquí. La verdad es que
llevo mucho tiempo descendiendo,
no es el primer lugar donde
recalo en mi viaje.
Aneléis se levantó de su silla y
se acercó a la espalda del
Desconocido.
-¿Puedo ver el cohete?
Onabarnacel se encontraba
demasiado desconcertado para
reprender a su hija.
-Claro -asintió Ik-, pero no lo
toques. Es un trasto muy
peligroso.
Aneléis examinó el exótico
objeto, deteniéndose
especialmente en la tobera que
asomaba por la parte inferior.
-Es fantástico -exclamó la niña.
-¿Papá? ¿Cómo funciona un
cohete?
Onabarnacel entrelazó sus dedos
con ademán inquieto.
-Eh… pues un mecanismo para
descender más rápido -contestó,
sorteando como pudo la
interpelación de su hija.
-Pero, ¿cómo funciona? -Aneléis
no se rendía con tanta
facilidad.
-En el interior ocurre una
reacción química cuando lo
activo y por el orificio de la
parte inferior expulsa fuego
-medió Ik, apiadándose de su
anfitrión.
-Fantástico.
Bezirtae, que había permanecido
en silencio, también fue
asaltada por la curiosidad.
-Señor Ik, ¿por qué desciende a
gran velocidad con ese
artilugio?
Ik respiró hondo, había
contestado a esa cuestión en
miles de ocasiones. No obstante,
jamás conseguía satisfacer a la
gente con sus razonamientos.
-¿Nunca se han preguntado por
qué caemos hacia abajo?
-Claro, todo el mundo se lo ha
preguntado una vez en su vida
por lo menos -contestó
Onabarnacel. -Pero no hay
respuesta. Caemos porque el
Éxodo es así, las cosas son así.
-Ya. Sin embargo, he visitado
lugares, mucho más Arriba de lo
que puedan imaginar, donde
poseen leyendas que dicen que
antes vivíamos en tierra firme,
en grandes planicies estáticas,
sin caer nunca; quietos en un
suelo firme.
-Sólo son eso, leyendas.
-¿Usted cree? ¿No cree que es un
poco absurdo lo que nos ocurre?
Yo opino que caer sin motivo es
absurdo, el Éxodo es absurdo. He
hablado con sabios de Arriba que
no comprenden por qué hemos sido
creados con estos cuerpos si
nuestro sino es caer al vacío.
Por ello sufrimos daños en el
corazón y en los huesos
continuamente. Aquí hay algo que
no funciona, o quizás sí, y es
que no lo entendemos. La
cuestión es que quiero averiguar
qué sentido tiene esto.
Onabarnacel vaciló un momento.
-¿Sentido? Pues… vivir. ¿Qué más
puede ser?
-Pero, ¿por qué? ¿Para qué? ¿Qué
hay al final de esta caída, si
es que hay final? ¿Moriremos
aplastados? Llegó un momento en
que no podía continuar viviendo
sin buscar una respuesta. Así
que recurrí al científico de mi
lugar de nacimiento, la
comunidad de Lerudeos Torchy, y
le mandé construir este cohete.
Desde ese día desciendo a toda
velocidad. A lo largo de mi
viaje he encontrado comunidades
y más comunidades, incluso me
topé con una gran extensión de
tierra que se precipitaba a una
velocidad tremenda. Pero aún no
he encontrado el final de esta
caída. Así que continuaré
bajando hasta encontrarlo.
Quizás allí esté la respuesta a
todo.
-Es lo más fantástico que he
escuchado nunca -afirmó Aneléis
sentándose de nuevo en su silla.
-Pero… -bufó Onabarnacel-, es un
suicidio. Es…
-No, no, yo ya estoy muerto. No
podía vivir allí Arriba pensando
que en cualquier momento
ocurriría el Gran Aplastamiento,
preguntándome qué sentido tenía
caer, o qué nos espera al final
de la caída. No encontré ánimos
para hacer nada si no respondía
a eso. Así que hasta que no
encuentre una respuesta es como
si estuviera muerto. Quizás
exagero, pero ahora no puedo
parar; es tarde para volver
atrás.
Ik escrutó los rostros de
Onabarnacel, Bezirtae y Aneléis.
Lo suponía, sus mohínes de
desconcierto revelaban que no
comprendían su inquietud. Se
olvidó de ello y continuó
hablando.
-No sé si más Abajo encontraré
alguna comunidad, este último
descenso ha sido muy largo, me
quedé sin comida y agua y casi
no lo cuento. Suerte de haber
chocado con su casa y su
hospitalidad. -Puso sobre la
mesa su costal de arpillera, lo
abrió y extrajo un tarro lleno
de tierra. -¿Dónde puedo comprar
provisiones por aquí?
Onabarnacel revisó las lecturas
del Sistema de Navegación de la
casa, que consistía en un
barroco cuadro de mandos y
clavijas junto a la puerta.
Señaló unos números de una
pantalla rectangular.
-La velocidad de caída de la
casa es bastante variable, hay
corrientes térmicas que provocan
que la velocidad se reduzca a
veces, etcétera.
Ik asintió, sabía muy bien en
qué consistía aquello.
-El velocímetro marca… 192. Mmm,
es una velocidad bastante
moderada, perfecta para salir.
-Papá, ¿de verdad que no puedo
ir?
-No, Aneléis; hace mal tiempo y
dentro de poco aún será peor.
Volveremos enseguida.
Bezirtae besó a su marido.
-Ten cuidado.
Onabarnacel y Ik ya habían
ajustado sus arneses a la Red,
así que abrieron la puerta. El
viento se coló con furia.
-¡Vamos! -vociferó Onabarnacel,
haciéndose oír por encima del
fragor del viento.
Se lanzaron al vacío, pero la
casa se precipitaba un poco más
rápido que ellos, así que pronto
acabaron boca abajo, arrastrados
por la Red.
La Red consistía en una
inextricable agrupación de
maromas de acero que conectaban
toda la comunidad de Airos.
Hacía las veces de medio de
transporte entre las casas y era
la manera de mantener unida a
una comunidad a merced de las
corrientes de aire.
Onabarnacel y Ik comenzaron a
deslizarse a través de la maroma
con las manos, luchando contra
el viento.
-¡El centro de la Red está a
unos cien metros!
Ik contempló la casa de
Onabarnacel, mientras seguía
impulsándose con las manos.
Ahora que reparaba en ella con
más calma, se percató de que era
enorme. Poseía una ligera forma
de huso y estaba libre de
protuberancias, para evitar las
vibraciones y las turbulencias.
Pero la casa no era del todo
aerodinámica, disponía de unas
enormes planchas que sobresalían
varios metros de los laterales y
se controlaban dede dentro para
corregir trayectorias o rebajar
la velocidad. En el tejado,
sobresalían los captores, que
recogían la nieve de las
tormentas, y unas mallas que
atrapaban Restos para su
posterior utilización o trueque.
Nadie sabía de donde provenían
los Restos; esto es, fragmentos
de madera, piedra u otros
materiales, semillas e incluso
animales pequeños como insectos.
Unos aseguraban una procedencia
divina, un regalo de Dios.
Aunque los más sensatos sugerían
que no eran más que los restos
de las otras comunidades
repartidas por el Éxodo.
-¡Esto es el centro de la Red!
-. Onabarnacel y Ik habían
llegado a una construcción de
piedra, en cuyo interior las
maromas se cruzaban y se unían
con las demás en una intrincada
obra de ingeniería.
-¡Hacia la izquierda, este
camino desemboca en las demás
casas! ¡Si seguimos hacia
adelante veremos la Iglesia y
las granjas! ¡Nuestro destino
está hacia la derecha, por esta
cuerda!
Onabarnacel soltó su arnés una
vez asido con las piernas a los
salientes de la construcción de
piedra y lo enganchó en la
maroma que surgía hacia la
derecha. Ik lo imitó con igual
destreza y siguieron avanzando.
Ésta vez el camino fue más
sencillo, ya que el viento
soplaba a favor.
A lo lejos se escuchó un trueno.
La tormenta no se demoraría
mucho más.
Ik dirigió la vista hacia donde
se encontraba la iglesia. Pudo
distinguir entre la bruma la
figura de un edificio. Las
líneas y detalles eran vagos a
semejante distancia, sin embargo
se podía adivinar un aspecto
ominoso e intimidante. ¿Qué
religión practicarían en la
comunidad de Airos? ¿Suplicarían
a Dios que el Gran Aplastamiento
no llegará nunca? ¿Concebían,
quizás, un lugar idílico donde
permanecer eternamente después
de la muerte? Un lugar estático,
donde nada cayera continuamente,
una recompensa a cambio de
sobrevivir en el Éxodo sin
perder la fe ni las ganas de
vivir. Quién sabe, no era asunto
suyo. Ik sólo anhelaba conocer
la verdad, y no le satisfacía
llenar sus lagunas de
conocimiento con mitos. Él
reconocía su ignorancia y
trataba de paliarla. Y tal vez
jamás encontrase la verdad, pero
cada vez se hallaba más cerca
del fin de la caída gracias a su
cohete; se acercaba gradualmente
a la verdad, y se sentía más
libre al hacerlo.
El tañido de la campanilla
retiró a Ticolásketto de su
meditación. Cerró el libro y
tiró de una palanca situada a su
derecha. La puerta que daba al
exterior, en el piso de abajo,
se abrió automáticamente.
Onabarnacel y Ik penetraron en
la Sala de Pensamiento del
filósofo Ticolásketto y su
hermano Pepe. La sala estaba
dominada por una chimenea, y el
suelo y las paredes se
encontraban forrados de mullidos
colchones que descansaban sobre
bolsas de aire. No era la
primera vez que Ik observaba
algo así, muchos buscaban
sobrevivir al Gran Aplastamiento
de cualquier modo. Entonces
reparó en el filósofo, y su
hermano, en una esquina del
cubículo, tras una mesa enorme.
Aquél monstruo se encontraba
echado en el suelo, rodeado de
libros y hojas de papel
garabateadas. Sí, el filósofo
era un monstruo, una
malformación compuesta de dos
individuos que disponían de un
ombligo común y se encontraban
unidos lateralmente por el
tronco; un ectópago. Ik no pudo
repimir un escalofrío, a pesar
de que una túnica blanca
ocultaba la mayor parte del
cuerpo.
-Saludos, señor Ticolásketto y
hermano Pepe -musitó Onabarnacel
haciendo una reverencia.
De los dos, Ticolásketto parecía
el más despierto. Pepe
permanecía en un estado de
abatimiento continuo,
contemplando el suelo con la
mirada perdida.
-Oh, es algo ecuménico que no me
agradan las zalemas y las
genuflexiones, Ona -espetó
Ticolásketto.
-Eh… sí -titubeó Onabarnacel,
analizando las oscuras palabras
del filósofo. No llegó a
comprenderlas, no obstante captó
la inflexión en la voz; así que
recuperó rápidamente su posición
normal para resarcirse. -No era
mi intención -se apresuró a
añadir por si acaso. La
ampulosidad y verborragia
desatada de Ticolásketto eran
legendarias.
El rostro anciano del filósofo
se arrugó en una mueca
indescifrable, lanzando una
mirada al Desconocido.
-¿Cuál es el motivo de su
visita?
-Trueque -señaló Onabarnacel.
-Mi acompañante respode al
nombre de Ik y es un
Desconocido, de Arriba, que
desea hacer trueque con usted.
-Oh, Ik, oriundo de Arriba;
harto curioso. ¿Cómo ha arribado
a Airos? ¿Un accidente, quizás?
Ik se aclaró la garganta, aún no
se había recuperado de la
impresión de encontrarse ante un
ectópago pedante tendido sobre
una montaña de colchones para
sobrevivir al Gran
Aplastamiento.
-No, desciendo a toda velocidad
para llegar al final de esta
caída eterna. Me gustaría
descubrir por qué caemos y qué
hay al final.
-Vaya, un aventurero, un
buscador.
De súbito, Pepe despertó de su
letargo y escudriñó a Ik.
-¡Muchos nos llaman filósofos
sedicentes! -exclamó con voz
aflautada. -¡Envidia cochina!
¡Deberían sustituir ese
malogrado adjetivo por el de
prócer! ¡Próceres filósofos!
¡Qué os quede claro, arredrados
ciudadanos de Airos! -Y entonces
se hundió de nuevo en aquella
placidez que rozaba el coma.
Ik lanzó una mirada de
incomprensión a Onabarnacel.
-No hagan caso a las jeremiadas
de mi hermano -se disculpó
Ticolásketto-, sufre episodios
ciclotímicos y puede pasar de
las más airada excitación a la
más profunda depresión, tanto
del ánimo como de todas las
actividades orgánicas. Uno se
llega a acostumbrar a esta
psicosis maniaco-depresiva.
Obviemos este desafortunado
inciso, ¿de qué dispone para
realizar el trueque, señor Ik?
Ik volvió a carraspear. Sin duda
alguna, aquel personaje era el
más insólito que había tenido la
ocasión de encontrarse. Abrió su
costal de arpillera y extrajo el
tarro de tierra.
-Esta tierra por provisiones.
Ticolásketto abrió los ojos
desmesuradamente, hasta Pepe
pareció sobrecogerse.
-¡Albricias! Por esa suntuaria
cantidad de tierra estoy
dispuesto a colmarle de
provisiones. La necesito para
mis cultivos en el piso de
abajo.
-Entonces perfecto -zanjó
Onabarnacel.
El costal de arpillera fue
rellenado hasta casi rebosar.
Aún así el trueque había sido
justo, la tierra era un bien muy
preciado en el Éxodo. Ik revisó
de nuevo sus provisiones:
empanadas de gazapos en masa
dulce y de benazón, cigotes de
capones, costradas de
limoncillos, fruta de pestiños,
salomos de platos, tres litros
de agua y medio litro de sirope
de vida hipogloso.
Pepe volvió a despertar de su
vida contemplativa.
-¡La existencia es una mierda!
¡Qué se jodan todos y todo! ¿De
qué sirve todo ésto? ¿Para qué
luchar? ¡Es una estupidez, coño!
¡A la mierdaaaa!
Y volvió a mirar el suelo con
cara de bobo.
-Cáspita. Ya empieza con las
palabras soeces. También es
coprolálico, discúlpenle. Sus
despertares son como
nictinastias intelectuales, sí.
Para mí es un ectoparásito, y
para más inri, no puede
controlar su esfínter anal y es
proclive a expulsar sus gases
entéricos a tutiplén. Emético
divino, se lo garantizo.
Onabarnacel y Ik asintieron,
confundidos.
-Ha… sido un placer hacer
trueque con usted, señor
Ticolásketto -dijo Ik.
-El placer ha sido mútuo. Pero
antes de que se marchen, me
hostiga una curiosidad. ¿Dónde
ha conseguido tanta tierra y de
tan buena calidad?
-De Callormadsen -contestó Ik.
-Es un enorme pináculo de tierra
muy Arriba, habitado por unas
cincuenta personas.
-Fascinante. ¿Por qué no se
quedó en ese paraíso?
-Quiero llegar al final de mi
viaje, por eso lo inicié.
Ticolásketto pareció
reflexionar.
-Comprendo. Puede que el Éxodo
sea eviterno. Trataré de ser
perspicuo, puede que tenga un
principio pero no un fin; al
igual que su viaje. Quede por
delante que mis palabras no
esconden añagazas ni inquina,
pero creo que se encamina usted
hacia la nada más absoluta.
Reconozco que yo he caído en el
ostracismo, aquí junto a mi
hermano Pepe, libando
conocimientos de mis libros. No
obstante, yo, y no quiero darme
ínfulas, busco realmente un
sentido a todo esto. Usted se
sacrifica con vehemencia y sin
ningún motivo, más que ocultar
sus inseguridades. ¿No cree que
la búsqueda es interior y no
exterior?
Ik ponderó lo que había dicho
Ticolásketto, algo desorientado
por su rebuscada oratoria.
-Es posible. -Trató de aclarar
sus pensamientos. -Es posible
que en sus libros encuentre
datos sobre los Desconocidos,
tanto de Arriba como de Abajo;
pero yo los he visto y he
hablado con ellos. Es posible
que incluso vea dibujos de
alguna otra comunidad o
descripciones muy detalladas,
pero yo he visto y tocado
montañas enormes, comunidades
rutilantes y maravillas técnicas
que ensombrecerían a la Red de
Airos. Que la búsqueda sea
interior o exterior es quizás
relativo; pero yo prefiero
sentir el final de esta caída y
usted prefiere meditar sobre
ella. La verdad es que no sé
cual es el mejor camino. Pero
supongo que nosotros no elegimos
los caminos, ellos nos eligen a
nosotros.
Hubo un silencio reflexivo en la
sala. Onabarnacel escrutaba al
Desconocido con una mezcla de
antipatía y admiración. No
comprendía ese ansia por buscar
que mostraban algunas personas.
Él nunca la había sentido, ¿por
qué? ¿Miedo? Quizás en alguna
ocasión fue asediado por el
prurito de esa búsqueda pero fue
él quién la aplacó para ser
feliz y ahorrarse quebraderos de
cabeza. Ser feliz. ¿Ik sería
feliz? ¿Y el filósofo
Ticolásketto? Una inquietud
floreció en el interior de
Onabarnacel, ¿él era feliz?
-Una argumentación muy lúcida
-señaló Ticolásketto. -No
tenemos más que hablar. Le deseo
suerte, señor Ik. Porfíe usted
en su objetivo y no se deje
deslumbrar por los andurriales.
-Lo haré.
-Tenga cuidado, señor Ik y…
espero que encuentre el final
del Éxodo -dijo Onabarnacel.
-Muchas gracias por todo, han
sido muy amables.
Bezirtae y Aneléis controlaban
el velocímetro de la casa y
Onabarnacel mantenía la puerta
abiera, luchando contra el
rugiente viento.
-Caemos a 213 -informó Bezirtae.
-¿Seguro que no quiere quedarse
hasta que pasemos la tormenta?
Ik se ajustó sus gafas
protectoras. Aspiró
profundamente la ráfaga de aire
que le azotó el rostro, era
fresca y húmeda.
-Si me quedo jamás podré irme
-sentenció-, una tormenta no
puede detenerme.
Onabarncel advirtió como su
pequeña Aneléis sonreía,
fascinada por las palabras del
Desconocido.
-¿Activará el cohete? -preguntó
Aneléis con su característico
tono vivaracho.
-Claro. Pero primero descenderé
en caída libre unos metros, el
cohete podría explotar y no me
gustaría dañar a nadie. Cabeza
abajo puedo llegar a una
velocidad de trescientos sin
poner en funcionamiento el
cohete, así que no habrá
problema para alejarme lo
suficiente.
Aneléis volvió a examinar el
cohete.
-Fantástico -murmuró.
Onabarnacel se percató de ello.
Su hija nunca había prestado
mucha atención a su trabajo, ni
siquiera a los preciosos objetos
de joyería que realizaba para el
trueque. Pero ese tosco
armatoste de material parecido
al ónice bruñido era digno de su
admiración. ¿Por qué?
Enfrascado en sus cavilaciones,
no reparó en que Ik se había
lanzado al vacío sin previo
aviso. Bezirtae y Aneléis se
asomaron por la puerta de la
casa, conteniendo el aliento.
Contemplaron como el cuerpo de
Ik se perdía entre las nubes de
la tormenta. Unos instantes
después, un estallido de luz
lechosa difuminó los contornos
de las nubes, y luego se escuchó
un retumbar como el de un
trueno.
Aneléis se giró para ver a su
padre, que permanecía detrás de
ellas, absorto.
-Papá, el cohete se ha activado.
¿Lo has oído? Pero papá, míralo.
¡Es fantástico!…, ¿papá?
-¿Ona? -Bezirtae se acercó a su
marido, preocupada. -¿Qué
ocurre?
Onabarnacel miró a los ojos de
su hija. Entonces comprendió que
ese brillo refulgente en los
ojos de Aneléis era el mismo
brillo del que estaba
contaminado Ik; la luz del que
busca más allá de…
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