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CONTENIDO
 

 

…los vericuetos de la imaginación, a años luz de lo conocido. Esta vez llegaría al final, cruzando las fibras del pensamiento tejidas por la reflexión. Me adentré un poco más. La realidad, hilos de material vítreo, se retorcía alrededor como una culebra irritada. Pero no iba a desistir, no de nuevo.

Mi propiocepción se había alterado, ya no era nada concreto… quizás para siempre. Seguí alejándome-acercándome a mi objetivo.

Avancé durante mucho tiempo.

Y entonces lo hallé al fin, entré en aquel vórtice de corrientes indomables y comencé a caer y a caer... y a caer. ¡El Éxodo! El Éxodo me absorbía. Lo había encontrado. Era mi primera visita a este cosmos delirante, pero enseguida lo supe todo sobre él; ahora yo era omnisciente. Puse en funcionamiento mis recién entrenados multisentidos y contemplé una casa de dos pisos que se precipitaba en el vacío del Éxodo. Era de madera oscura, ajada por la continua agresión del clima. Onabarnacel tenía su taller de trabajo en la habitación más grande de la casa, en el piso de arriba.

La suave luz de las velas tartaleaba sobre retortas, morteros, botellas, frascos y alambiques en los que subían y bajaban líquidos de vivos colores. La aleación, compuesta por una parte de platino, cien de níquel y diez de estaño, gorgoteaba sobre el quemador. Onabarnacel realizaba sus trabajos de joyería y utensilios de mesa con esa mezcla de su invención, ya que eran así inatacables por el aire y conservaban su pulimento durante mucho más tiempo.

La puerta del taller se abrió con estrépito, Onabarnacel no tuvo que levantar la vista para adivinar que era su hija, Aneléis. Esa menuda niña de ocho años rezumaba más energía que su mujer y él juntos.

-¡Papá! ¡Papá! .-Escuchó su rápido correteo por el piso hasta llegar a la mesa de trabajo. -¡Papá, tienes que bajar!

Onabarnacel se quitó las lentes de montura metálica y examinó los ojos de su hija, siempre había percibido un brillo sobrenatural en ellos.

-¿Qué ocurre? -preguntó en su habitual tono sosegado. -Ya sabes que debes llamar a la puerta antes de entrar, ¿no lo recuerdas? Cuando estoy preparando la aleación no…

-Sí, sí, pero es que es muy importante. Un Desconocido está afuera, en la puerta.

El corazón de Onabarnacel se aceleró. Jamás había visto a un Desconocido. Sabía que existían, pero desde la antigüedad sus visitas ya no eran comunes.

Se levantó como impulsado por un resorte, cogió de la mano a Aneléis y bajaron las escaleras con diligencia.

-Ona, hay alguien ahí fuera. No le reconozco. -Su mujer, Bezirtae, le agarró del brazo. -¿Y si nos quiere hacer daño?

Onabarnacel negó con la cabeza, en parte para borrar de su mente esa posibilidad.

-Tranquilizaos, los Desconocidos no suelen aparecer con malas intenciones-. <<Al menos es lo que afirmaban los libros de la Biblioteca>>, añadió para sí mismo.

Escrutó el exterior a través del cristal de las ventanas. Todo parecía normal: continuaban descendiendo en el vacío, todavía atravesando aquellas densas nubes que auguraban un buen temporal de nieve, y aparentemente no se habían desconectado de la Red. Entonces escuchó como algo rascaba la puerta, un rumor débil. Onabarnacel juntó su cara al cristal lo más que pudo para descubrir qué provocaba ese ruido.

Sin ninguna duda era un Desconocido. Sus ropas eran extrañas y portaba en la espalda un objeto ahusado de un material que parecía ónice bruñido.

-¿Lo ves, papá?

-Sí, sí, lo veo. -Se separó de la ventana y trató de serenarse. -Bien, no hay nada que temer. Abriremos la puerta y le dejaremos entrar, parece que está exhausto y se avecina una tormenta.

Bezirtae cogió de la mano a la pequeña Aneléis, que sonreía emocionada por el acontecimiento.

-¿Estás seguro, Ona? ¿Crees que es buena idea dejar entrar a un Desconocido en casa?

Onabarnacel asintió con gesto grave.

-Debemos ser hospitalarios, son las normas. Además, puede morir ahí fuera. Hay que hacerlo. -Levantó los tres cerrojos de la puerta y giró la llave. Antes de tirar del pomo, empuñó un garrote que colgaba de la pared. -Bien, poneos detrás de mí.

Respiró hondo y abrió la puerta con cautela.

Y allí se encontraba el Desconocido, exánime.

Aneléis se soltó de la mano de su madre y se acercó más a la puerta, parapetándose tras su padre.

-¿Estás muerto, papá? -preguntó con un bisbiseo.

-No lo sé. Creo que sí.

Sin previo aviso, el Desconocido trató de incorporarse emitiendo un gruñido ahogado. Onabarnacel reprimió un grito, pero no pudo evitar sobresaltarse de forma visible. Bezirtae volvió a coger del brazo a Aneléis para alejarla del Desconocido.

-¿Quién es usted? -jadeó Onabarnacel, aferrando con más fuerza el garrote.

El Desconocido se adentró en la estancia, trastabillando. Sus ojos estaban ocultos tras unas enormes gafas protectoras, sujetas a su cabeza por una correa de cuero. Avanzó un par de pasos, moviendo la boca sin emitir sonido alguno, y se desmayó. El suelo tembló cuando el Desconocido se desplomó cuan largo era.





Ik abrió los ojos a pesar de que sus párpados encontraron la traba legañosa que se produce tras un largo periodo de sueño. Se los frotó, incorporándose en la cama, y consiguió enfocar la vista.

Entre las sombras de la habitación en penumbra, se movió una figura que lo contemplaba.

-Veo que ya ha despertado -dijo Onabarnacel. Encendió las velas de la habitación y las sombras se retiraron.

Ik se sentía aturdido.

-¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?

-Tranquilícese, está en un lugar seguro. Le encontramos tendido en la puerta de nuestra casa, ¿no lo recuerda? Por cierto, ¿cual es su gracia? No me gustaría tener que llamarle Desconocido cada vez que me dirija a usted.

-Ik, me llamo Ik. Sí, ahora me acuerdo. Estoy vivo de milagro. Gracias por su hospitalidad.

Onabarnacel fue ganando seguridad, no parecía un Desconocido peligroso. Sin embargo, algo le inquietaba de ese joven de piel cetrina y cabello alborotado. No eran sus ropas oscuras de una dureza inusual. Ni siquiera ese objeto fusiforme que había transportado en su espalda, que ahora descansaba en el suelo junto a unas gafas protectoras y un costal de arpillera cuyo contenido no había osado comprobar. Lo que le turbaba realmente era ese extraño brillo en los ojos del Desconocido, un fulgor sólo comparable al de su hija.

-Era lo mínimo que podíamos hacer, señor Ik. La verdad es que no es muy común recibir la visita de un Desconocido. Digamos que es nuestra primera vez y…

Ante la incredulidad de Onabarnacel, el Desconocido se levantó de la cama y se atusó sus ropas y su cabello rojizo. Se sentó en una silla para calzarse las botas.

-Así llaman a los de Arriba o Abajo, ¿no?

Onabarnacel titubeó, temeroso de haber ofendido a Ik.

-Eh… bueno, llamamos así a todos los que no pertenecen a la comunidad de Airos.

Ik anudó los últimos cordones de sus botas y se levantó de la silla, era muy alto y enjuto.

-Bonito nombre para una comunidad. Por cierto, ¿el suyo cuál es?

-Onabarnacel.

-Bien, muchas gracias por todo, señor Onaban…

-Onabarnacel -se apresuró a deletrear.

-De acuerdo. Ha sido muy amable.

Ik se ajustó a la espalda con correas de cuero aquel objeto ahusado de enigmática finalidad y se colgó el costal de arpillera de un hombro. Las gafas protectoras las dejó colgando de su cuello.

-¿Ya se marcha? -preguntó Onabarnacel, sorprendido.

-Exacto, tengo poco tiempo que perder.

-Pero… si debe de estar aún muy débil. Tenemos comida de sobra para usted. Y puede quedarse todo el tiempo que quiera.

Los borborigmos del estómago del Desconocido resonaron por la habitación.

-Bueno, me quedaré a comer; no me irá mal -musitó arqueando una ceja.





Ik embaulaba lonchas de cochinillo a una velocidad sobrehumana, tragando sin masticar.

Al otro lado de la mesa, Onabarnacel, Bezirtae y Aneléis contemplaban asombrados al Desconocido. La más entusiasmada era la pequeña Aneléis, que no perdía detalle de los movimientos impulsivos del forastero.

-Está muy bueno, señora -señaló Ik con la boca llena.

-Gracias -contestó tímidamente Bezirtae.

Ik tragó la última rodaja de esa delicia.

-Hacía mucho que no probaba cochinillo. -Esbozó una sonrisa al reparar en algo. -Bueno, la verdad es que hacía mucho que no probaba nada.

Aneléis no pudo dominar su curiosidad.

-¿De donde viene, señor Ik? -preguntó con su característico tono impetuoso.

-Perdone a mi hija, si no quiere no es necesario que conteste -se diculpó Onabarnacel-. En Airos respetamos completamente a…

-No, me encantan las personas con ganas de aprender –dijo Ik, guiñandole un ojo a Aneléis. -Pues vengo de Arriba. Sí, ya sé que no es muy común venir de Arriba; y más lo debe de ser en Airos, que cae a tanta velocidad. Pero es cierto, utilizo el cachivache que llevo a la espalda para acelerar mi caída.

Onabarnacel le miró asombrado.

-¿Quiere decir que ha abandonado su hogar... por su propia voluntad?

-Exacto. Salté al vacío y el cohete de mi espalda me impulsó hasta aquí. La verdad es que llevo mucho tiempo descendiendo, no es el primer lugar donde recalo en mi viaje.

Aneléis se levantó de su silla y se acercó a la espalda del Desconocido.

-¿Puedo ver el cohete?

Onabarnacel se encontraba demasiado desconcertado para reprender a su hija.

-Claro -asintió Ik-, pero no lo toques. Es un trasto muy peligroso.

Aneléis examinó el exótico objeto, deteniéndose especialmente en la tobera que asomaba por la parte inferior.

-Es fantástico -exclamó la niña. -¿Papá? ¿Cómo funciona un cohete?

Onabarnacel entrelazó sus dedos con ademán inquieto.

-Eh… pues un mecanismo para descender más rápido -contestó, sorteando como pudo la interpelación de su hija.

-Pero, ¿cómo funciona? -Aneléis no se rendía con tanta facilidad.

-En el interior ocurre una reacción química cuando lo activo y por el orificio de la parte inferior expulsa fuego -medió Ik, apiadándose de su anfitrión.

-Fantástico.

Bezirtae, que había permanecido en silencio, también fue asaltada por la curiosidad.

-Señor Ik, ¿por qué desciende a gran velocidad con ese artilugio?

Ik respiró hondo, había contestado a esa cuestión en miles de ocasiones. No obstante, jamás conseguía satisfacer a la gente con sus razonamientos.

-¿Nunca se han preguntado por qué caemos hacia abajo?

-Claro, todo el mundo se lo ha preguntado una vez en su vida por lo menos -contestó Onabarnacel. -Pero no hay respuesta. Caemos porque el Éxodo es así, las cosas son así.

-Ya. Sin embargo, he visitado lugares, mucho más Arriba de lo que puedan imaginar, donde poseen leyendas que dicen que antes vivíamos en tierra firme, en grandes planicies estáticas, sin caer nunca; quietos en un suelo firme.

-Sólo son eso, leyendas.

-¿Usted cree? ¿No cree que es un poco absurdo lo que nos ocurre? Yo opino que caer sin motivo es absurdo, el Éxodo es absurdo. He hablado con sabios de Arriba que no comprenden por qué hemos sido creados con estos cuerpos si nuestro sino es caer al vacío. Por ello sufrimos daños en el corazón y en los huesos continuamente. Aquí hay algo que no funciona, o quizás sí, y es que no lo entendemos. La cuestión es que quiero averiguar qué sentido tiene esto.

Onabarnacel vaciló un momento.

-¿Sentido? Pues… vivir. ¿Qué más puede ser?

-Pero, ¿por qué? ¿Para qué? ¿Qué hay al final de esta caída, si es que hay final? ¿Moriremos aplastados? Llegó un momento en que no podía continuar viviendo sin buscar una respuesta. Así que recurrí al científico de mi lugar de nacimiento, la comunidad de Lerudeos Torchy, y le mandé construir este cohete. Desde ese día desciendo a toda velocidad. A lo largo de mi viaje he encontrado comunidades y más comunidades, incluso me topé con una gran extensión de tierra que se precipitaba a una velocidad tremenda. Pero aún no he encontrado el final de esta caída. Así que continuaré bajando hasta encontrarlo. Quizás allí esté la respuesta a todo.

-Es lo más fantástico que he escuchado nunca -afirmó Aneléis sentándose de nuevo en su silla.

-Pero… -bufó Onabarnacel-, es un suicidio. Es…

-No, no, yo ya estoy muerto. No podía vivir allí Arriba pensando que en cualquier momento ocurriría el Gran Aplastamiento, preguntándome qué sentido tenía caer, o qué nos espera al final de la caída. No encontré ánimos para hacer nada si no respondía a eso. Así que hasta que no encuentre una respuesta es como si estuviera muerto. Quizás exagero, pero ahora no puedo parar; es tarde para volver atrás.

Ik escrutó los rostros de Onabarnacel, Bezirtae y Aneléis. Lo suponía, sus mohínes de desconcierto revelaban que no comprendían su inquietud. Se olvidó de ello y continuó hablando.

-No sé si más Abajo encontraré alguna comunidad, este último descenso ha sido muy largo, me quedé sin comida y agua y casi no lo cuento. Suerte de haber chocado con su casa y su hospitalidad. -Puso sobre la mesa su costal de arpillera, lo abrió y extrajo un tarro lleno de tierra. -¿Dónde puedo comprar provisiones por aquí?





Onabarnacel revisó las lecturas del Sistema de Navegación de la casa, que consistía en un barroco cuadro de mandos y clavijas junto a la puerta. Señaló unos números de una pantalla rectangular.

-La velocidad de caída de la casa es bastante variable, hay corrientes térmicas que provocan que la velocidad se reduzca a veces, etcétera.

Ik asintió, sabía muy bien en qué consistía aquello.

-El velocímetro marca… 192. Mmm, es una velocidad bastante moderada, perfecta para salir.

-Papá, ¿de verdad que no puedo ir?

-No, Aneléis; hace mal tiempo y dentro de poco aún será peor. Volveremos enseguida.

Bezirtae besó a su marido.

-Ten cuidado.

Onabarnacel y Ik ya habían ajustado sus arneses a la Red, así que abrieron la puerta. El viento se coló con furia.

-¡Vamos! -vociferó Onabarnacel, haciéndose oír por encima del fragor del viento.

Se lanzaron al vacío, pero la casa se precipitaba un poco más rápido que ellos, así que pronto acabaron boca abajo, arrastrados por la Red.

La Red consistía en una inextricable agrupación de maromas de acero que conectaban toda la comunidad de Airos. Hacía las veces de medio de transporte entre las casas y era la manera de mantener unida a una comunidad a merced de las corrientes de aire.

Onabarnacel y Ik comenzaron a deslizarse a través de la maroma con las manos, luchando contra el viento.

-¡El centro de la Red está a unos cien metros!

Ik contempló la casa de Onabarnacel, mientras seguía impulsándose con las manos. Ahora que reparaba en ella con más calma, se percató de que era enorme. Poseía una ligera forma de huso y estaba libre de protuberancias, para evitar las vibraciones y las turbulencias. Pero la casa no era del todo aerodinámica, disponía de unas enormes planchas que sobresalían varios metros de los laterales y se controlaban dede dentro para corregir trayectorias o rebajar la velocidad. En el tejado, sobresalían los captores, que recogían la nieve de las tormentas, y unas mallas que atrapaban Restos para su posterior utilización o trueque. Nadie sabía de donde provenían los Restos; esto es, fragmentos de madera, piedra u otros materiales, semillas e incluso animales pequeños como insectos. Unos aseguraban una procedencia divina, un regalo de Dios. Aunque los más sensatos sugerían que no eran más que los restos de las otras comunidades repartidas por el Éxodo.

-¡Esto es el centro de la Red! -. Onabarnacel y Ik habían llegado a una construcción de piedra, en cuyo interior las maromas se cruzaban y se unían con las demás en una intrincada obra de ingeniería.

-¡Hacia la izquierda, este camino desemboca en las demás casas! ¡Si seguimos hacia adelante veremos la Iglesia y las granjas! ¡Nuestro destino está hacia la derecha, por esta cuerda!

Onabarnacel soltó su arnés una vez asido con las piernas a los salientes de la construcción de piedra y lo enganchó en la maroma que surgía hacia la derecha. Ik lo imitó con igual destreza y siguieron avanzando. Ésta vez el camino fue más sencillo, ya que el viento soplaba a favor.

A lo lejos se escuchó un trueno. La tormenta no se demoraría mucho más.

Ik dirigió la vista hacia donde se encontraba la iglesia. Pudo distinguir entre la bruma la figura de un edificio. Las líneas y detalles eran vagos a semejante distancia, sin embargo se podía adivinar un aspecto ominoso e intimidante. ¿Qué religión practicarían en la comunidad de Airos? ¿Suplicarían a Dios que el Gran Aplastamiento no llegará nunca? ¿Concebían, quizás, un lugar idílico donde permanecer eternamente después de la muerte? Un lugar estático, donde nada cayera continuamente, una recompensa a cambio de sobrevivir en el Éxodo sin perder la fe ni las ganas de vivir. Quién sabe, no era asunto suyo. Ik sólo anhelaba conocer la verdad, y no le satisfacía llenar sus lagunas de conocimiento con mitos. Él reconocía su ignorancia y trataba de paliarla. Y tal vez jamás encontrase la verdad, pero cada vez se hallaba más cerca del fin de la caída gracias a su cohete; se acercaba gradualmente a la verdad, y se sentía más libre al hacerlo.





El tañido de la campanilla retiró a Ticolásketto de su meditación. Cerró el libro y tiró de una palanca situada a su derecha. La puerta que daba al exterior, en el piso de abajo, se abrió automáticamente.

Onabarnacel y Ik penetraron en la Sala de Pensamiento del filósofo Ticolásketto y su hermano Pepe. La sala estaba dominada por una chimenea, y el suelo y las paredes se encontraban forrados de mullidos colchones que descansaban sobre bolsas de aire. No era la primera vez que Ik observaba algo así, muchos buscaban sobrevivir al Gran Aplastamiento de cualquier modo. Entonces reparó en el filósofo, y su hermano, en una esquina del cubículo, tras una mesa enorme. Aquél monstruo se encontraba echado en el suelo, rodeado de libros y hojas de papel garabateadas. Sí, el filósofo era un monstruo, una malformación compuesta de dos individuos que disponían de un ombligo común y se encontraban unidos lateralmente por el tronco; un ectópago. Ik no pudo repimir un escalofrío, a pesar de que una túnica blanca ocultaba la mayor parte del cuerpo.

-Saludos, señor Ticolásketto y hermano Pepe -musitó Onabarnacel haciendo una reverencia.

De los dos, Ticolásketto parecía el más despierto. Pepe permanecía en un estado de abatimiento continuo, contemplando el suelo con la mirada perdida.

-Oh, es algo ecuménico que no me agradan las zalemas y las genuflexiones, Ona -espetó Ticolásketto.

-Eh… sí -titubeó Onabarnacel, analizando las oscuras palabras del filósofo. No llegó a comprenderlas, no obstante captó la inflexión en la voz; así que recuperó rápidamente su posición normal para resarcirse. -No era mi intención -se apresuró a añadir por si acaso. La ampulosidad y verborragia desatada de Ticolásketto eran legendarias.

El rostro anciano del filósofo se arrugó en una mueca indescifrable, lanzando una mirada al Desconocido.

-¿Cuál es el motivo de su visita?

-Trueque -señaló Onabarnacel. -Mi acompañante respode al nombre de Ik y es un Desconocido, de Arriba, que desea hacer trueque con usted.

-Oh, Ik, oriundo de Arriba; harto curioso. ¿Cómo ha arribado a Airos? ¿Un accidente, quizás?

Ik se aclaró la garganta, aún no se había recuperado de la impresión de encontrarse ante un ectópago pedante tendido sobre una montaña de colchones para sobrevivir al Gran Aplastamiento.

-No, desciendo a toda velocidad para llegar al final de esta caída eterna. Me gustaría descubrir por qué caemos y qué hay al final.

-Vaya, un aventurero, un buscador.

De súbito, Pepe despertó de su letargo y escudriñó a Ik.

-¡Muchos nos llaman filósofos sedicentes! -exclamó con voz aflautada. -¡Envidia cochina! ¡Deberían sustituir ese malogrado adjetivo por el de prócer! ¡Próceres filósofos! ¡Qué os quede claro, arredrados ciudadanos de Airos! -Y entonces se hundió de nuevo en aquella placidez que rozaba el coma.

Ik lanzó una mirada de incomprensión a Onabarnacel.

-No hagan caso a las jeremiadas de mi hermano -se disculpó Ticolásketto-, sufre episodios ciclotímicos y puede pasar de las más airada excitación a la más profunda depresión, tanto del ánimo como de todas las actividades orgánicas. Uno se llega a acostumbrar a esta psicosis maniaco-depresiva. Obviemos este desafortunado inciso, ¿de qué dispone para realizar el trueque, señor Ik?

Ik volvió a carraspear. Sin duda alguna, aquel personaje era el más insólito que había tenido la ocasión de encontrarse. Abrió su costal de arpillera y extrajo el tarro de tierra.

-Esta tierra por provisiones.

Ticolásketto abrió los ojos desmesuradamente, hasta Pepe pareció sobrecogerse.

-¡Albricias! Por esa suntuaria cantidad de tierra estoy dispuesto a colmarle de provisiones. La necesito para mis cultivos en el piso de abajo.

-Entonces perfecto -zanjó Onabarnacel.





El costal de arpillera fue rellenado hasta casi rebosar. Aún así el trueque había sido justo, la tierra era un bien muy preciado en el Éxodo. Ik revisó de nuevo sus provisiones: empanadas de gazapos en masa dulce y de benazón, cigotes de capones, costradas de limoncillos, fruta de pestiños, salomos de platos, tres litros de agua y medio litro de sirope de vida hipogloso.

Pepe volvió a despertar de su vida contemplativa.

-¡La existencia es una mierda! ¡Qué se jodan todos y todo! ¿De qué sirve todo ésto? ¿Para qué luchar? ¡Es una estupidez, coño! ¡A la mierdaaaa!

Y volvió a mirar el suelo con cara de bobo.

-Cáspita. Ya empieza con las palabras soeces. También es coprolálico, discúlpenle. Sus despertares son como nictinastias intelectuales, sí. Para mí es un ectoparásito, y para más inri, no puede controlar su esfínter anal y es proclive a expulsar sus gases entéricos a tutiplén. Emético divino, se lo garantizo.

Onabarnacel y Ik asintieron, confundidos.

-Ha… sido un placer hacer trueque con usted, señor Ticolásketto -dijo Ik.

-El placer ha sido mútuo. Pero antes de que se marchen, me hostiga una curiosidad. ¿Dónde ha conseguido tanta tierra y de tan buena calidad?

-De Callormadsen -contestó Ik. -Es un enorme pináculo de tierra muy Arriba, habitado por unas cincuenta personas.

-Fascinante. ¿Por qué no se quedó en ese paraíso?

-Quiero llegar al final de mi viaje, por eso lo inicié.

Ticolásketto pareció reflexionar.

-Comprendo. Puede que el Éxodo sea eviterno. Trataré de ser perspicuo, puede que tenga un principio pero no un fin; al igual que su viaje. Quede por delante que mis palabras no esconden añagazas ni inquina, pero creo que se encamina usted hacia la nada más absoluta. Reconozco que yo he caído en el ostracismo, aquí junto a mi hermano Pepe, libando conocimientos de mis libros. No obstante, yo, y no quiero darme ínfulas, busco realmente un sentido a todo esto. Usted se sacrifica con vehemencia y sin ningún motivo, más que ocultar sus inseguridades. ¿No cree que la búsqueda es interior y no exterior?

Ik ponderó lo que había dicho Ticolásketto, algo desorientado por su rebuscada oratoria.

-Es posible. -Trató de aclarar sus pensamientos. -Es posible que en sus libros encuentre datos sobre los Desconocidos, tanto de Arriba como de Abajo; pero yo los he visto y he hablado con ellos. Es posible que incluso vea dibujos de alguna otra comunidad o descripciones muy detalladas, pero yo he visto y tocado montañas enormes, comunidades rutilantes y maravillas técnicas que ensombrecerían a la Red de Airos. Que la búsqueda sea interior o exterior es quizás relativo; pero yo prefiero sentir el final de esta caída y usted prefiere meditar sobre ella. La verdad es que no sé cual es el mejor camino. Pero supongo que nosotros no elegimos los caminos, ellos nos eligen a nosotros.

Hubo un silencio reflexivo en la sala. Onabarnacel escrutaba al Desconocido con una mezcla de antipatía y admiración. No comprendía ese ansia por buscar que mostraban algunas personas. Él nunca la había sentido, ¿por qué? ¿Miedo? Quizás en alguna ocasión fue asediado por el prurito de esa búsqueda pero fue él quién la aplacó para ser feliz y ahorrarse quebraderos de cabeza. Ser feliz. ¿Ik sería feliz? ¿Y el filósofo Ticolásketto? Una inquietud floreció en el interior de Onabarnacel, ¿él era feliz?

-Una argumentación muy lúcida -señaló Ticolásketto. -No tenemos más que hablar. Le deseo suerte, señor Ik. Porfíe usted en su objetivo y no se deje deslumbrar por los andurriales.

-Lo haré.





-Tenga cuidado, señor Ik y… espero que encuentre el final del Éxodo -dijo Onabarnacel.

-Muchas gracias por todo, han sido muy amables.

Bezirtae y Aneléis controlaban el velocímetro de la casa y Onabarnacel mantenía la puerta abiera, luchando contra el rugiente viento.

-Caemos a 213 -informó Bezirtae. -¿Seguro que no quiere quedarse hasta que pasemos la tormenta?

Ik se ajustó sus gafas protectoras. Aspiró profundamente la ráfaga de aire que le azotó el rostro, era fresca y húmeda.

-Si me quedo jamás podré irme -sentenció-, una tormenta no puede detenerme.

Onabarncel advirtió como su pequeña Aneléis sonreía, fascinada por las palabras del Desconocido.

-¿Activará el cohete? -preguntó Aneléis con su característico tono vivaracho.

-Claro. Pero primero descenderé en caída libre unos metros, el cohete podría explotar y no me gustaría dañar a nadie. Cabeza abajo puedo llegar a una velocidad de trescientos sin poner en funcionamiento el cohete, así que no habrá problema para alejarme lo suficiente.

Aneléis volvió a examinar el cohete.

-Fantástico -murmuró.

Onabarnacel se percató de ello. Su hija nunca había prestado mucha atención a su trabajo, ni siquiera a los preciosos objetos de joyería que realizaba para el trueque. Pero ese tosco armatoste de material parecido al ónice bruñido era digno de su admiración. ¿Por qué?

Enfrascado en sus cavilaciones, no reparó en que Ik se había lanzado al vacío sin previo aviso. Bezirtae y Aneléis se asomaron por la puerta de la casa, conteniendo el aliento.

Contemplaron como el cuerpo de Ik se perdía entre las nubes de la tormenta. Unos instantes después, un estallido de luz lechosa difuminó los contornos de las nubes, y luego se escuchó un retumbar como el de un trueno.

Aneléis se giró para ver a su padre, que permanecía detrás de ellas, absorto.

-Papá, el cohete se ha activado. ¿Lo has oído? Pero papá, míralo. ¡Es fantástico!…, ¿papá?

-¿Ona? -Bezirtae se acercó a su marido, preocupada. -¿Qué ocurre?

Onabarnacel miró a los ojos de su hija. Entonces comprendió que ese brillo refulgente en los ojos de Aneléis era el mismo brillo del que estaba contaminado Ik; la luz del que busca más allá de…

 

 

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