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1. C-245 entre
Viladecans y Cornellá.
Medulla oblongata
Me abotoné la gabardina por
encima de mi suéter rancio y mis
pantalones de pinza, cubriendo
la mediocridad, ensombreciendo
los zapatos de corte clásico con
herrajes en el empeine: había en
mi nuevo atuendo más parte de
presunción que de conveniencia.
Entonces, la seguridad me nimbó,
una fuerza atávica que parecía
resurgir de mis entrañas, como
si me hubiera enfundado el
disfraz de algún superhéroe o
Como cada lunes por la mañana,
antes de acudir a la oficina, me
envolví en la bata de estar por
casa y frente al espejo del baño
me restañé los ojos pitañosos e
inquirí mi acusada alopecia
frontal, que convertía el
cabello que me crecía en los
aladares de la cabeza y en el
cogote en abrojos en un terreno
de fértil dermis. Qué cínica es
la naturaleza: mientras el
cráneo amanecía cada vez más
despejado, una barba fea y
desaliñada pugnaba por devorarme
el rostro. Como cada lunes por
la mañana, agarré unas tijeras
del cajoncito de debajo del
espejo del baño y me podé los
pelos más díscolos con trémula
morosidad de viejo recién
jubilado, apartado de la
vicisitud y de la vertiginosa
corriente del mundo, de viejo
achacoso que se ha desprendido
de la rueda de la Historia, así,
con enfática mayúscula. Un viejo
recién jubilado levantándose
como cada lunes por la mañana y
tratando de crear cierta
uniformidad capilar en su cráneo
desierto de pelo, y de ideas,
tratando de transformar las
malas hierbas en un remedo de
césped cuidado y esplendoroso,
aunque escaso, escasísimo, como
las ideas, vacío, también como
las ideas. Un viejo jubilado que
lleva en el mundo sesenta y
cinco años y todavía no entiende
casi nada, y menos entiende cada
lunes por la mañana al
levantarse, con unos miles de
neuronas menos, extinguidas para
siempre, y unos cientos de
cabellos menos, que otrora
perseveraban en semejar un
césped cuidado y esplendoroso.
Con las tijeras mínimas que
empleaba para escardar las fosas
nasales podaba también los
abrojos craneales, sin embargo,
no era capaz de podar las
neuronas moribundas que
contaminaban de senectud al
resto de mi cerebro, por eso yo
era un viejo jubilado
levantándome un lunes por la
mañana con el único objetivo de
consumir una existencia sin
alicientes, naufragada en el
tedio del que espera su turno en
la consulta del médico para que
le diagnostiquen cáncer terminal.
Sí, aunque muchos tildaran esta
opinión de chochez de viejo
senil, creo que la muerte no es
nada en comparación con la
senectud: hasta puede revelarse
como una liberación de ésta. Y
la jubilación tampoco es la
asignación de un descanso
merecido sino el retiro de un
estorbo. Cuando consigues asumir
esta gran verdad, compruebas
como los aparejos con el que te
equipó Dios se tornan inútiles,
lo cual no hace más que
intensificar la sensación de que
eres un trasto averiado. La
vejez es una avería que repara
un inepto: se parchea el
desperfecto y termina yendo a
peor, los medicamentos no curan,
sólo hacen más soportable la
agonía. El pene no se levanta,
sufres silencios en el
pensamiento, todo te agota con
mayor facilidad. Unos tapones en
los oídos disminuyen tu
audición, unas gafas graduadas
bajo los parámetros de la
presbicia y las cataratas
enturbian y desenfocan la
realidad, una suerte de chaleco
reforzado te impide realizar los
movimientos habituales con
agilidad, unas articulaciones
fijas se adhieren como
sanguijuelas en los codos,
tobillos y rodillas mermando tu
flexibilidad, unos pesos de
plomo en muñecas y pies lastran
tu avance, unas cormas te
obligan a caminar como el
monstruo de Frankenstein y unos
guantes de paño y caucho limitan
la prensibilidad de tu mano y un
refuerzo para la palma elimina
el juego de los nudillos. El
cuerpo no responde, y encima se
halla en sincronía estética con
su propia decrepitud: cabello
blanco e hirsuto, rostro de pasa
seca, barriga prominente, papada
y mejillas abolsadas, orejas de
lóbulos colgantes, ojos de pez
ahogado, acuosos y abultados,
festoneados de líneas, pliegues
y más pliegues de paquidermo.
Dicen, en contraposición, que
eres un reducto de experiencia
(hasta que te engulla el
sepulcro, por supuesto), pero
¿qué utilidad tiene la
mundología cuando te levantas
tres y cuatro veces de madrugada
y se te olvida hasta el día de
tu cumpleaños? ¿Qué utilidad hay
en vivir sesenta y cinco años
para terminar levantándote un
lunes por la mañana para
disimular la calvicie (del
cráneo y del cerebro) cuando ya
te han apartado del mundo
laboral?
No veo ninguna ventaja en la
vejez. Soy una lata de conservas
que ha superado su fecha de
caducidad, aboyada, salpicada de
verdín, malsana; viejo senil
dixit.
<<Ahora puedes aprovechar para
entretener tus ocios, no sé,
puedes construir maquetas de
locomotoras o de barcos. Anda
que no te espera una buena vida,
ladrón>>. <<Todo el día de campo
y playa, viajes, conocer mozas,
pasear, ver la televisión, jugar
al billar, ahora empieza tu
vida, Narbona>>, me decían entre
serios y jacarandosos el cabo
Mateo y el agente Norte,
acodados en el techo de su
flamante Peugot 406 de la
Guardia Civil. Yo sólo les
sonreía, diplomático,
reprimiendo la cuestión que se
sobreponía a sus palabras de
aliento: ¿Por qué mi vida iba a
empezar cuando precisamente
todos los indicios
(enfermedades, vacíos mentales,
torpeza, la guadaña de la muerte
silbando cerca, la frustración
de acometer empresas llamadas a
perdurar sólo durante el efímero
tramo final de tu vida)
apuntaban lo contrario?
¿La película de tu vida
comenzaba cuando aparecían los
títulos de crédito finales? ¿Qué
broma era aquella? Prolegómenos
y postrimerías permutaban sus
acepciones en un cáustico juego
de metáforas que pretendía
embaucar al viejo achacoso a fin
de que éste aceptara con
mansedumbre las directrices de
la gente joven y sana. Sí, viejo
senil dixit. A pesar de la
niebla mental que lleva años
arremansándose en mi cabeza, aún
soy capaz de detectar camelos
tan burdos como aquél. Construir
maquetas… las maquetas las
quiero construir con treinta
años, si acaso. Con treinta años
todavía hay tiempo para hacer
cosas, con treinta años un
minuto no es un minuto fugaz,
sino que posee una naturaleza de
perdurabilidad. Con treinta años
un minuto debería llamarse
minuminuminuminuminuto, para
dejar paladina constancia de su
verdadera extensión. Con sesenta
y cinco, un minuto debería
llamarse min.
Devolví las tijeras mínimas al
cajoncito del espejo del baño,
resignándome a exhibir aquella
frente ancha y despejada,
ligeramente deformada por dos
bultos en las sienes cual
esquejes óseos de una futura
osamenta mefistofélica, y me
dediqué a ultimar mi equipaje,
no tanto con expresión madura y
sobria como desamparada por la
penuria de mis expectativas. El
camión de la mudanza no llegaría
hasta las nueve, aún tenía
tiempo de embadurnarme del
ambiente del que había sido mi
hogar durante más de treinta
años: un estudio de apenas
cuarenta metros cuadrados en el
centro de Barcelona, junto a Las
Ramblas.
No sin cierta vergüenza he de
admitir que aquella madriguera
de aire enrarecido la había
escogido deliberadamente por su
parecido con el típico despacho
de detective privado, a pesar de
que el alquiler sobrepasaba en
mucho el de cualquier piso en el
extrarradio. Incluso lo había
decorado como uno de esos
despachos de cine negro: mesa de
madera en la que descansaban una
máquina de escribir cirílica
adquirida en El Rastro a la que
le faltaban un par de letras y
la barra espaciadora, un
ordenador (que era lo que usaba
realmente para escribir), un
cactus mustio de tanto absorber
radiaciones malsanas de éste,
una pipa de adorno (no fumaba
por prescripción médica), un
reloj de cuco en la pared, un
par de sillas que crujían al
sentarme, un sofá cama, una
nevera desvencijada, un
infiernillo de gas, algunos
cacharros de cocina, ropa
colgada, un violín a lo Holmes,
un mueble bar atestado de
licores (aunque también soy
abstemio por prescripción
médica) y, por último, una
puerta con cristal esmerilado en
la que se leía Lázaro Narbona.
Perito. Sólo me faltaba la
gabardina gris y el sombrero de
fieltro, detalles tan
escandalosos que destaparían mis
ingenuos intentos de emular a
Spader o a Marlowe, si es que el
cristal esmerilado no era ya un
exceso. ¿Llamaría a mi puerta la
estereotipada mujer fatal de
pechos opulentos, abrigo de
visón y pitillera pertrechada de
cigarrillos turcos reclamando
mis servicios? Patético, máxime
si yo no trabajaba como
detective privado y ni siquiera
había leído más de dos o tres
novelas del género y apenas
recordaba la película El halcón
maltés. De este modo había
discurrido mi vida: entre el
escenario de cartón piedra de
una existencia a la que en vano
trataba de aferrarme. O más
atinadamente: tras las
bambalinas de dicho escenario,
porque ni siquiera gozaba de las
hechuras ni poseía conocimiento
preciso de la idiosincrasia de
un sabueso de mandíbula cuadrada
me encasqueté el sombrero de
fieltro, lanzando un reojo de
perfil, como los gallos,
infundiéndome arrestos; por
primera vez me sentía dueño de
mis actos, por primera vez no me
dejaba arrastrar, errático, por
las corrientes del mundo.
2. TV-3147
entre Cambrils y Salou.
Mesencéfalo
Me abotoné la gabardina gris por
encima de He señalado que yo no
era detective privado, no
obstante mi trabajo tenía
ciertas similitudes con aquella
profesión de leyenda, tan
recreada por el cine y la
literatura, aunque se hallaba
despojada de la aureola de
misterio y audacia: tal vez por
ello intentaba insuflarle alguna
magia a mi ir y venir por la
telaraña de carreteras que me
habían asignado, pernoctando
entre el atrezzo de un despacho
de detectives.
Soy un detective privado de la
carretera, investigo siniestros
con muertos y heridos, y también
persigo a asesinos en serie o
psycokillers, llamados puntos
negros, o más eufemísticamente:
Tramos de Concentración de
Accidentes (TCA).
En España ocurre un accidente de
tráfico cada diecinueve
segundos. Ni todos los asesinos
juntos siegan tantas vidas,
porque al volante todos somos
homicidas en potencia:
cansancio, eres un homicida.
Consumo de alcohol, eres un
homicida. Velocidad excesiva,
eres un homicida. Todos
homicidas de todos. De joven,
cuando llevaba horas de
retención en la carretera,
siempre me preguntaba quién
sería el condenado que originaba
aquella caravana infinita de
vehículos, quién sería el
primero, el que conducía su
coche a ritmo de sepelio, ya que
mi concepción del tráfico era
algo fluido cual cardumen de
peces. Hoy sé que el responsable
directo de estos apiñamientos es
la retención en sí, la sucesión
sincopada de vehículos, las
frenadas continuas que se
transmiten de un conductor al
siguiente de forma nada fluida,
en una correa de transmisión de
actos y pensamientos, como un
acordeón expandiéndose y
contrayéndose, emitiendo una
melodía horrísona de cláxones.
Todos los actos y pensamientos
conectados en un única ente
trufado de errores humanos y
deficiencias en la
infraestructura; los expertos
hablan de una equivocación cada
quinientas decisiones al
volante.
Por ello, mi trabajo como perito
reconstructor de accidentes para
SDADE, una empresa del sector
privado, me lo tomaba como si
investigase un asesinato
cinematográfico: interrogaba a
las víctimas y testigos,
inspeccionaba el terreno en
busca del arma del crimen,
comprobaba las heridas tanto de
los lesionados y fallecidos como
de los vehículos implicados en
el siniestro, una rozadura allí,
un tajo sangrante allá, unos
neumáticos de líneas poco
profundas. Y un enjambre de
bomberos, sanitarios y guardias
civiles lo borra todo, y una
muesca en las estadísticas de la
Dirección General de Tráfico es
la única prueba de que una hora
antes allí había acaecido un
accidente automovilístico. Al
final introducía algunos datos
en el ordenador y éste
reverberaba calculando las
velocidades, la energía de la
deformación del chasis,
distancias, ángulos… ¿Por qué
entonces la profesión de
investigador de carreteras no
gozaba de tanta reputación ni de
un halo aventurero como el de
detective privado? ¿Por qué los
productores de cine y los
editores literarios cometían
tamaña injusticia? Quizá si esta
diferencia abismal no se
originara no me hubiese visto
obligado a recrear en mi propio
hogar el despacho de Marlowe ni
soñaría con gabardinas,
sombreros de fieltro o mujeres
fatales.
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