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1
La
inacción es una de las
muchas formas del miedo,
una forma fértil en
excusas. El principal
pretexto para mi
esclerosis era mi madre.
De aquel miedo mezclado
con mi ceguera surgía
una aleación alpina, el
material de las que
están construidas las
atalayas eremíticas.
Hacía veinticinco años
que era ciego. Hacía
veintitrés años que no
abandonaba mi
habitación. Hacía
veintidós años que
escuchaba la radio
veinticuatro horas al
día. Ése era yo.
Mi
madre me había encerrado
en aquella habitación,
según ella, por mi bien;
porque los monstruos
deben permanecer
confinados en sus
respectivos armarios.
Sin embargo, con el
tiempo había conseguido
no odiarla. No la
culpaba porque ella no
era responsable de sus
actos. En su cabeza todo
estaba teñido de
coherencia y
simplicidad. Sé que no
era su intención hacerme
daño. Su decisión,
aunque atípica, era
comprensible; al igual
que lo es que un niño
deduzca que el gato se
ha morido cuando éste lo
encuentra muerto, porque
le enseñaron que la
planta ha crecido o la
tortuga se ha dormido. O
que un organismo debe
digerir alimentos,
fabricar proteínas o
restaurar las células de
la piel. Mi madre
actuaba con arreglo a
esta espontaneidad que
no conoce las normas
gramaticales más
sencillas o es incapaz
de reprimir la
fisiología más básica.
¿Cómo podía odiarla por
un acto tan natural y
lógico? ¿Cómo iba a
culparla sin ni siquiera
atisbar sus verdaderos
motivos? ¿Cómo juzgarla
sin comprenderla? Ni
siquiera nos
comprendemos a nosotros
mismos, únicamente nos
rodeamos de edificios
teóricos fundados en
mitos culturales y
dogmas, en estereotipos
tomados de oídas y en
explicaciones falsas
pero ampliamente
divulgadas y admitidas.
Existe una escasa
correspondencia entre
cómo se ve uno mismo y
cómo nos ven los demás.
La incompetencia priva
de la facultad de
reconocer la propia
incompetencia. Sí, ya sé
que entonces nadie
podría ser culpable de
nada. Lo tengo en
cuenta, no soy tan
ingenuo. Radio también
me dijo en qué consiste
el síndrome de Estocolmo
y en ciertas ocasiones
cuestionaba mis
sentimientos favorables
hacia mi madre. Quizás
mi interpretación acerca
de sus actos no era más
que una de tantas
mentiras que seguimos
creyendo sin
reflexionarlas
demasiado, como que los
malos tienen cara de
malo, que las espinacas
tienen mucho hierro, que
el agua engorda, que la
posición de los astros
condiciona nuestra vida,
que la vitamina C
previene la gripe o que
los psicoterapeutas
resultan útiles. Pero
algo era incuestionable,
un niño siempre piensa
que su madre es mala
cuando lo castiga por
haber jugado con un
mechero. La pregunta
sería entonces, ¿soy un
niño todavía?
Creo que ha quedado
patente que dos décadas
en una habitación dan
para reflexionar mucho,
y Radio me había hablado
con tantas voces
diferentes, me había
dicho tantas cosas
distintas al mismo
tiempo, me había
mostrado tantas facetas
de la realidad y me
había enseñado que la
verdad es miriónima en
tantas ocasiones que
procuraba cuestionarme
mil veces cualquier
pensamiento; y luego me
lo cuestionaba otras
mil, por si acaso.
Mi
nombre es Seis Copto,
porque fui el sexto hijo
que logró nacer. Uno,
Dos, Tres, Cuatro y
Cinco fueron abortos.
Así era mi madre. Era un
nombre extraño pero no
por ello traumático.
Decenas de trastornos
psíquicos infantiles que
los terapeutas atribuyen
a los padres estriban en
suposiciones endebles,
al menos eso me dijo
Radio.
Mi
madre se llamaba
Cristobalina y era
prácticamente
analfabeta. Aunque,
ironías de la vida, fue
la persona más
inteligente con la que
mantuve contacto hasta
los treinta años. Radio,
a efectos prácticos mi
mejor amigo, no podía
considerarlo una persona
real. Mi padre
desapareció un año antes
de que yo perdiera la
vista, así que tampoco
soy consciente de
haberle conocido. Mi
madre lo había echado de
casa, creo. Aquellos
acontecimientos
permanecen nublados en
mi memoria. Ella
consideraba que el
trabajo dignificaba al
hombre, lo sujetaba al
mundo y, en el caso de
su marido, también
garantizaba su regreso a
casa todas las noches.
Así que cuando mi padre
perdió su empleo de
guarda diurno en un
aparcamiento en el
centro, la
susceptibilidad inundó a
mi madre porque el
alcohol inundaba el
gaznate de su esposo.
Bien que primaria e
ingenua, aquella mujer
era trabajadora y
responsable. No dejó de
recriminarle nunca que
se comportaba como un
vago, que ya no era útil
para nada.
Sin el paro de mi padre,
habíamos perdido nuestro
único sustento. No
teníamos nada.
-Nos tenemos el uno al
otro, hijo –me repetía
mi madre.
No
le contesté, me limitaba
a afirmar con mirada
compungida. Mi estómago,
mediante un sonoro
borborigmo, era quien le
replicaba.
Entonces perdí la vista,
y eso nos salvó la vida;
aunque me condenó a
estar solo.
Paseando en bicicleta
por el parque que hay
junto a mi casa, me
alejé un poco de mis
padres persiguiendo a un
perro. Al cruzar un paso
de peatones, una
furgoneta de reparto me
embistió, provocando que
cayera de bruces contra
el asfalto. Mi cabeza
impactó con el bordillo
y quedé inconsciente. El
conductor de la
furgoneta asumió la
culpa desde el
principio, ya que el
peatón tenía preferencia
y él conducía distraído,
ajustando el dial de su
radio.
El
conductor que me
atropelló tenía
contratado un seguro en
una de las mayores
aseguradoras españolas.
A
consecuencia del
traumatismo
craneoencefálico: dos
semanas en coma y
ceguera total.
Fui atendido en primera
instancia en el Hospital
San Juan de Dios de
Barcelona y luego
ingresé en una clínica
privada. La aseguradora
corría con los gastos.
Al poco tiempo,
recibimos la visita del
señor Merino, jefe de
siniestros de zona. Era
un hombre de mediana
edad, obeso y estevado,
que solía hablar con voz
altisonante, como un
presentador de un
concurso radiofónico.
Sin embargo, a
diferencia de éstos, en
sus ojos redondos y
pequeños brillaba la
suspicacia y la astucia
propia de un excelente
profesional de su
oficio. Si hubiese
corregido la aureola de
zorro que desprendía,
quizás mi madre no
hubiera desconfiado de
él desde el principio.
Las aseguradoras no
infunden seguridad en
nadie, y menos si de por
medio existe una
indemnización
millonaria. El señor
Merino hubiera sido más
eficaz en su trabajo si
hubiese advertido que no
basta con la verborrea,
la buena presencia y el
ingenio para seducir a
la gente; si esas
cualidades eran
demasiado evidentes y
palpables, entonces se
volvían contra uno
mismo. Las cualidades
deben poseerse pero no
exhibirse.
-Señora de Copto, ¿ha
pensado qué cantidad
espera obtener de la
indemnización? –recuerdo
que preguntó como si de
un personaje escapado de
la televisión se
tratase. Escoja entre la
casilla uno, dos o tres.
Pausa dramática.
-Ya no soy señora de
Copto. Alejandro Copto
era un vago y un
malnacido. Me llamo
Cristobalina Sebastián,
oriunda de Valverde del
Camino.
Risas y aplausos.
El
señor Merino continuó
sonriendo, pero la
sonrisa se había tensado
en sus labios deviniendo
en una mueca demasiado
postiza. Cuando reparó
en ello, se puso serio y
carraspeó.
-Disculpe, señora
Sebastián...
-La verdad es que no he
hecho ningún cálculo,
pero me han dicho que
puedo pedir unos
cuarenta millones de
pesetas –continuó mi
madre mirando de soslayo
al inspector.
El
señor Merino recuperó la
seguridad de inmediato,
aquella mujer comenzaba
a comportarse como
esperaba, a seguir el
guión. Un ligero
traspiés lo tenía
cualquiera. Sonrió de
nuevo:
-Pues le han
correspondido unos cien
millones, señora
Sebastián. A su hijo le
corresponde una
indemnización de cien
millones de pesetas,
como lo oye.
-¿Tanto? ¿Dónde está el
engaño?
Nos aseguró que no había
engaño, que él era capaz
de conseguirnos esa
cifra como mínimo. Nos
bombardeó con legalismos
ininteligibles acerca de
la mecánica que seguían
las compañías
aseguradoras para
calcular el coste de las
indemnizaciones y cómo
se debía reclamar para
obtener el máximo
rendimiento. Se citaron
al día siguiente para
concretar las
condiciones.
A
mi madre se la veía
entusiasmada, así que no
comprendo el cambio de
actitud que sufrió en el
siguiente encuentro con
el inspector. El señor
Merino reclamaba una
comisión del diez por
ciento por hacer
efectiva su estrategia.
-No pienso darle ni una
sola peseta –replicó mi
madre, airada.
Frente al rechazo de su
propuesta, el señor
Merino borró su sonrisa
de presentador y se
despojó del disfraz
imperfecto de
negociante, prometiendo
que no recibiríamos
ninguna indemnización,
que ya se cuidaría él de
que fuese así. Tras un
fuerte enfrentamiento
verbal, nunca más vimos
al señor Merino. Sin
embargo, cumplió su
promesa de demostrar a
la aseguradora que todo
era un montaje
organizado por mi madre
y el conductor de la
furgoneta, y la compañía
terminó por querellarse
contra ellos por unos
supuestos delitos de
estafa y extorsión.
La
aseguradora elaboró su
acusación fundándose en
el informe de una
prestigiosa agencia de
detectives. Al no
hallarse pruebas, se las
inventaron. Se
falsificaron historiales
médicos y atestados de
la policía, se relacionó
a mi madre y al
conductor de la
furgoneta e incluso se
determinó que yo no
estaba ciego, a pesar de
que se considera ceguera
una agudeza visual
inferior a 3/60 (0,05),
y yo sufría ceguera
total.
Como había prometido el
inspector Merino, no
recibimos ningún dinero
de la aseguradora. La
Audiencia Provincial, en
una sentencia contra la
que no cabía recurso,
confirmó que mi
accidente había sido
fortuito y que el
conductor de la
furgoneta no tenía
ninguna responsabilidad
por el mismo.
No
obstante, se nos
adjudicó una pensión
vitalicia por
incapacidad. Aunque no
habíamos obtenido lo que
nos correspondía por
ley, nos pudimos sentir
afortunados. Sobretodo
mi madre, que mostraba
una satisfacción
desmesurada que sólo
ahora soy capaz de
interpretar.
2
Vivíamos en un barrio
periférico de Barcelona,
en un piso de edificios
altos y rectangulares,
todos iguales,
acompañados del
incesante rumor de la
autopista que discurría
a lo lejos como un
enjambre de abejas en el
ambiente.
Me
resulta difícil
describir el piso porque
hacía veintitrés años
que no abandonaba mi
habitación. Además de
los lógicos cambios de
mobiliario, decoración o
distribución llevados a
cabo por mi madre
durante aquel largo
intervalo de tiempo, mis
recuerdos acerca del
Exterior eran vagos y
confusos. Radio llevaba
veintidós años filtrando
la realidad exterior y
en ocasiones me
preguntaba si ésta sería
fiel a la realidad
objetiva. Sé que es un
piso sin oxígeno,
oscuro, interior, de
unos setenta metros
cuadrados. Un pasillo
que desembocaba en el
salón comedor, la cocina
y los dormitorios. Mi
habitación se encontraba
al principio del
pasillo, junto a la
puerta de entrada.
Podría haber huido en
cualquier momento de
allí sin tropezarme con
mi madre, pero el
cerrojo de mi puerta, la
costumbre y el miedo
fueron la anestesia
necesaria para sofocar
mis movimientos. En
parte, era un recluso
voluntario.
Mi
habitación sí que soy
capaz de describirla, la
conozco palmo a palmo,
centímetro a centímetro;
átomo a átomo. Era
rectangular, de dos
metros por cuatro. Las
paredes eran de tacto
rugoso y frío, pero
quien la pintó se saltó
los rincones y las
molduras de escayola. Mi
única iluminación
consistía en una antigua
lámpara de mesa que
apenas arrojaba luz; del
techo asomaban los
cables de la instalación
eléctrica que antes
había allí pero que mi
madre no consideró
necesaria para mi
supervivencia.
-En tu estado no hace
falta demasiada luz,
mejor la penumbra para
que yo pueda verte y
basta. Además, no
podemos despilfarrar el
dinero –recuerdo que me
señaló al encerrarme en
aquella habitación.
Dormía en una esquina,
en un colchón ajado, de
olor agrio y tacto
blando que descansaba
sobre un adoquinado
irregular, como una
dentadura que precisa de
ortodoncia. El cojín
estaba en unas
condiciones de higiene
similares, pero con el
tiempo dejé de percibir
el desagradable olor que
aspiraba por mis fosas
nasales al posar la
cabeza sobre él. A todo
se habitúa uno, incluso
a vivir encerrado. Junto
a la puerta, había una
pila de zapatos que me
venían pequeños, así
como la mayoría de ropa
que colgaba de los
percheros de mi armario.
A medida que fui
creciendo, mi cuerpo
sobresalía de mi
vestimenta y mis zapatos
hasta que fue imposible
contenerlo en su
interior. Temía que
algún día tampoco mi
habitación pudiese
contener mi crecimiento,
pero Radio ya me había
advertido que no es
corriente seguir
creciendo y
expandiéndose a partir
de los veinticinco años
de edad.
La
suciedad necesitaba un
párrafo aparte. Dominaba
toda la estancia, las
paredes desnudas, el
suelo, los baldosines,
los rincones y el las
grietas. Disponía de un
orinal en un rincón pero
mi madre sólo entraba
una vez al mes a
vaciarlo, así que me
encontraba rodeado de
mis propios excrementos.
Me sentía como ese gran
duque de la Toscana,
Gian Gastone de Medici;
un apático soberano,
según me contó Radio,
que no abandonaba jamás
su habitación y pasó su
reinado en cama,
conviviendo de forma
voluntaria con sus heces
y orines.
Vivía en un agujero
infecto y en condiciones
infrahumanas. Sin
embargo, aquel agujero
era como una suerte de
placenta, que nos
negamos a abandonar con
terquedad. Mi cordón
umbilical lo constituía
una pequeña portezuela
en la parte inferior de
la puerta, por donde mi
madre entraba mi
alimento. ¿Patatas?
¿Carne? ¿Verdura? Nunca
había tocado semejantes
alimentos, así que no sé
realmente si los
ingería. Mis platos se
limitaban a una pasta
uniforme, bien que de
diferentes texturas cada
día, sabía básicamente
igual. Por ello no comía
demasiado y era delgado,
sin músculos; sin fuerza
para nacer y abandonar
aquella placenta. O
abortar. Cualquier
cambio. Admito que poseo
un carácter escasamente
emprendedor y que soy
muy poco dado a los
cambios pero siempre he
creído que, en gran
parte, Radio me retuvo
allí, cual obstreta
empecinado en retrasar
su trabajo lo máximo
posible. Mi madre fue
muy astuta al
obsequiarme con ese
transistor; sobretodo
ahora que conozco toda
la verdad. Pero no
quiero adelantar
acontecimientos.
A
través de una pequeña
ventana que comunicaba
con el patio de luces
podía escuchar a todo el
vecindario. Además del
fragor de los cubiertos,
los borboteos de las
cisternas, el agua de
los inodoros
precipitándose por las
cañerías, el crujir de
camas, el abrir y cerrar
de puertas, las toses y
el sempiterno olor a
pollo hervido, también
se colaban fragmentos de
vidas dispares. La de
una pareja de lesbianas,
un matrimonio con dos
hijos pequeños, tres
dominicanas y una
filipina, una madre
divorciada, dos viudas,
un adicto al trabajo que
cambiaba los muebles de
sitio a las cuatro de la
mañana, una pareja
hambrienta de sexo, una
aficionada a las
rancheras de Rocío
Durcal, Pimpinela,
Dyango y la salsa más
desenfrenada, un
matrimonio que sólo
abría la boca para
insultarse mutuamente,
una anciana y su nieto
retrasado mental, un
chico que parecía ser el
protagonista de todas
las películas que
emitían por la
televisión y un
psiquiatra de mediana
edad del que nadie sabía
ni comentaba nada, ni
siquiera yo.
Resulta sorprendente que
conociese tan bien a mis
vecinos, sus costumbres
y manías, si nunca los
había visto y ni
siquiera había
abandonado mi
habitación. Pero el
sonido es una
herramienta muy
poderosa. Un sonido
puede contener gran
cantidad de información,
como el canto de una
ballena, tal y como me
había explicado Radio.
El oído es un sentido
tan importante como la
vista. Al principio de
mi encierro, aquel patio
de luces era mi canal de
comunicación más
cercano, real y
tangible. Después, tras
conocer a Radio,
descubrí que el patio de
luces me aportaba una
insignificante
información en
comparación. A través de
aquel transistor mi
vecindario crecía, mis
vecinos eran toda la
humanidad; un
caleidoscopio mucho más
interesante y
heterogéneo. Y, a
efectos prácticos,
resultaba tan real y
palpable como mis
vecinos, porque para un
ciego como yo cuyo radio
de acción se
circunscribía a una
habitación de cuatro
metros por dos, todo lo
que captaban mis oídos
recibían la misma
clasificación: o todo es
real o nada lo es.
Trajes de payaso,
globos, una bicicleta,
una bañera, el mar, la
arena, la televisión, la
montaña, la gente...
todas esas imágenes
anidaban en mi cabeza
como un pase de
diapositivas. Sin
embargo, el exceso de
tiempo las había
distorsionado,
decolorándolas, hasta
convertirlas en una
sucesión de trallazos de
luz residual de
distintas intensidades y
colores.
Era un ciego sin
movilidad, así pues no
podía cotejar la
información que recibía
a través de mis oídos.
No obstante, yo era un
voyeur ciego, si se me
permite el oxímoron. O
un voyeur herziano, para
ser justos. El carecer
de un sentido tan
importante me había
dotado de una especial
sensibilidad para el
exterior. Como si los
canales sensitivos de
una persona fueran cinco
agujeros practicados en
la caja de cartón donde
cada uno vive (en mi
caso la comparación
resulta muy atinada).
Entonces, de repente,
alguien tapona uno de
los agujeros. Los otros
cuatro sobreviven, pero
el temor a quedar
aislado completamente si
algún día alguien los
tapona también, se
agudiza. Y se comienzan
a mimar esos cuatro
agujeros restantes. Se
limpian cada día, se
comprueba que no se
hayan reducido o que
alguna partícula extraña
se haya alojado en
ellos, entorpeciendo el
paso del aire, la luz y
la información.
Siguiendo un paralelismo
nutricional, el que
conserva los cinco
sentidos se puede
permitir ser folívoro,
frugívoro, carnívoro,
vegetariano... el que
pierde uno se transforma
en omnívoro por
necesidad. |