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Tengo 0 años



Recapitulemos: Me llamo Juan Andersen y mi madre tuvo a bien alumbrarme en La Habana, Cuba, el mismo año que nació Mickey Mouse. Al igual que aquel ratón, durante mi infancia mantuve un aire de inocencia y timidez y una profunda afición por la música. Aunque pronto dejé de ser un dibujo animado puesto al servicio del entertaining de mis mayores para convertirme en un modesto pintor impresionista.

Decían que con el transcurrir de los años mi carácter se había agriado, que era un misántropo y un cínico contumaz, y que me cuidara de ello porque las personas hostiles tienen mayor probabilidad de fallecer prematuramente. Quizás en lo segundo (aunque resultara perogrullesco) tenían razón y por eso había muerto, pero no reparaban en que lo primero no era más que una relación causa-efecto que podría dividirse con arreglo al siguiente esquema cuatripartito:

(1) Incapacidad para alcanzar mis elevados pensamientos.

(2) Incompatibilidad con mis gustos.

(3) Gregarismo animal.

(4) Incultura y juicio contaminado de oscurantismo y basura teológica.

Sí, no me he confundido, yo estaba muerto. Sucumbí de camino al hospital y ahora me encuentro aquí, sumergido en agua y, paradójicamente, vivo y sin problemas de oxígeno.

Ante tal insólito suceso, los estultos (y aquí incluyo a los que me tildaban de huraño) exclamarían: ¡Oh! ¡Inaudito! ¡Ay! ¡Oh!, en un uso magistral del ritmo trocaico. Pero yo no soy dado a los devaneos sentimentales, y menos aún a una expresión banal de los mismos en forma de tartajeos e interjecciones. Yo encaro lo que la vida me pone por delante con templado análisis, rigor matemático y objetividad. Me asquea la lógica tosca de los que me rodean, huyo de las viscosas aguas de una conjetura determinada por factores emocionales y rodeo los resortes líricos que tachan de sobrenatural todo lo que se ignora.

Los primeros balbuceos filosóficos postularon que el agua era la materia originaria del universo, y ahora esa inmadura teoría se me revelaba como plausible. No porque hubiese descubierto, alcanzado por una experiencia mística (la llama viva de San Juan de la Cruz, el éxtasis de Santa Teresa o la luz que sobrepasa el entendimiento de San Pablo), que el esperma es húmedo a la par que fertilizante, sino porque un infarto de miocardio me había segado la vida y ahora me encontraba, de nuevo consciente, en una suerte de caldo primordial, en un medio acuoso turbio y cálido. Continuando con este fecundo empleo de la subordinación oracional, admito que todo tenía visos de ser una reencarnación, una especie de pacto faústico en el que se me concedía una segunda oportunidad a cambio de algo que aún desconocía; una reencarnación imperfecta porque la niebla que oculta nuestras vidas anteriores se había disipado de algún modo. No obstante, extraer esta rudimentaria inferencia supondría reconocer la existencia del Cielo, o hasta de Dios, o un administrador de almas. Y no podía permitir que se tambalease mi ateísmo (o más atinadamente, mi contrateísmo anticlerical) por una serie de evidencias circunstanciales. Así que, como hijo de la Ilustración que soy, mantuve la férrea opinión de que el Espíritu Santo no es más que una lobotomía propagandística que ha perdurado casi dos mil años.

Sin embargo, tengo por evidente que la inteligencia baja y media daría por válida la reencarnación como explicación a lo que me sucedía. Entonces ¿cómo deduje que me encontraba en la placenta de una madre, sin abandonar el rigor y la objetividad? Sencillo: tras los primeros balbuceos filosóficos, Anaxímenes descartó el agua y propuso el aire como materia originaria del universo; como el gélido aire que me rodeaba. Con mi recién estrenada visión vislumbré el ámbito de un hospital y que yo había surgido de la vagina de una mujer. De ahí mi deducción. Ahora bien, aún quedaban por desentrañar los motivos que me habían empujado de nuevo al nacimiento con plena consciencia de mi pasado.

Pronto llegó una mejor articulación filosófica que superó a Anaxímenes. Heráclito desdeñó que todo fuera aire en diferentes grados de rarefacción y condensación y presentó la fuerza del Cambio como precursora de la totalidad de lo que existe. Confiaba en la continuidad de la secuencia lógico-causal de acontecimientos que acontecían a mi alrededor y que mi situación Cambiase de inmediato, a fin de zambullirme en el misterio de mi regreso a la vida.

Bingo. Tras una dolorosa interrupción del aflujo de sangre oxigenada, el gas carbónico que se acumulaba en mi interior despertó la respiración, que traduje en un grito. Entonces dispuse de unos minutos confortables entre los brazos de mi madre para reflexionar.

Había leído que, debido a la inmadurez de las habilidades mentales que se utilizan para la memoria, los niños olvidan el intervalo de vida antes de los cuatro años de edad. Era posible que lo ocurrido fuese natural y que al nacer todo el mundo recordase su antigua vida, pero luego se olvidara de que era capaz de recordarla.

Me estaba avanzando, todo encajaba si partía del supuesto de que aquel fenómeno era una reencarnación, y no había forma de poder asegurarlo. Tal vez todo se reducía a una pesadilla o... me quedé dormido.





La fase REM es el tiempo que soñamos cuando dormimos. Todo el mundo es invadido por sueños cada noche, al menos durante un par de horas. No obstante, el bebé humano pasa dieciséis horas del día dormido, y la mitad de ese tiempo permanece en fase REM; toda una exageración. Me quedé dormido...

A mi cabeza acudieron de forma distorsionada retazos de mi antigua vida. Mi niñez en La Habana, los continuos viajes por Europa, los años de colegio en Londres, los libros de Historia de mi padre y los clásicos griegos y latinos de mi madre, el primer cuadro que conseguí vender, mi exposición en el museo Joffen-Valen. Todos aquellos recuerdos parecían diluirse en una de mis pinturas, combinándose unos con otros con esa extraña cualidad que posee el mundo onírico. Eurípides, Felipe II, Londres, Tíbulo, Javier Vila, Propercio, Marsella, Aristófanes, Alejandro Magno, Calímaco, Ciudad del Vaticano, Sófocles... todos juntos, confusos e indefinidos, superpuestos como un palimpsesto.

Había logrado estabilidad, vivía holgadamente de mis cuadros y me permitía un par de viajes al año. El sueño se decoloró, perdiendo la luminosidad original, para transformarse en un triste film en blanco y negro. Yo me hospedaba en un hotel de Bruselas. Un restaurante. Platicaba con un compañero de profesión al que visitaba a menudo, y de súbito un dolor terebrante se instauró en mi pecho, irradiándose a la garganta, al cuello y al brazo izquierdo. Creo que mis copiosas comidas, y el consiguiente colesterol acumulado en mis arterias, fueron la causa principal del infarto, y no las zarandajas acerca de mi temperamento esgrimidas por mis enemigos (la mayoría de la humanidad).

Me removí, inquieto.

Reconozco que mi rechazo a la oligofrenia y cierta insociabilidad me han conducido, a lo largo de mi vida, a una solitaria existencia alpina. Pero como los gatos, poseo un rango de respuestas divergentes a lo que me sucede, y cualquiera de ellas puede dispararse en un instante si el estímulo es el adecuado. De esta manera puedo mudar mi carácter de escalpelo felino a uno más cordial y afable. Aunque debido a la abundante debilidad mental que me rodeaba es de prever que primaba mi faceta incisiva sobre la algodonosa. Sea como fuere, se me había concedido otra vida. Espero que hasta el último de mis enemigos se revuelva de envidia.

Me desperté y la luz lechosa volvió a cegarme. A pesar del breve lapso de tiempo que había permanecido en los dominios de Morfeo, aún me sentía invadido por mi sueño. Los tocólogos me pesaron y me lavaron sin compadecerse por mi aturdimiento, me auscultaron pulmonarmente, desinfectaron el muñón del cordón umbilical seccionado y me vertieron unas gotas de un antiséptico en los ojos. Me sentía como la carrocería de un coche avanzando por las distintas fases de la cadena de montaje.

Intentaba advertir a los que me rodeaban que yo no era un bebé normal, que yo era un pintor de cincuenta años encerrado en aquel proyecto de hombre. Pero de mi garganta sólo brotaban sonidos guturales y mis torpes movimientos semejaban al de una tortuga vuelta del revés. Me abandoné, rendido, a tamaña vulneración de mis derechos (y de mi cuerpo) y traté de evadirme mentalmente de aquella extravagante situación. Entonces... me quedé dormido.





Al fin fui devuelto a los brazos de mi madre, a los cálidos y reconfortantes brazos de una mujer. Recordaba haber leído que a las veintitrés semanas de la gestación, el feto ya duerme con fases REM. Me pregunto con qué soñaba aquel cuerpo antes de que yo apareciese en él. ¿Soñó quizás conmigo y por ello, de algún modo, me atrapó? Juan, deja de fantasear.

-Qué guapa es, ¿eh? –dijo una voz masculina.

¿Guapa? Traté de enfocar mi vista, pero permanecía constantemente enturbiada; sólo divisé que había hablado un hombre corpulento.

-Se parece a ti –añadió, besándome en la frente. –Elvirita va a ser tan guapa como su madre.

¿Elvirita?

Me desdigo: mis enemigos se entregarán a los excesos dionisíacos (para celebrarlo) cuando descubran que dispongo de otra vida... me quedé dormido.





Confirmado, me llamo Elvira Rodríguez y soy una niña. Han transcurrido varias semanas y la situación se me antoja indefinida. Al margen de mis cautelosos pasos en el mundo de los sentimientos, los prejuicios y la vehemencia me empecé a preocupar; mucho.

Veinticuatro horas después de nacer me habían obligado a chupar el calostro que secretaban los pezones de mi madre y mi cuerpo experimentó cambios asombrosos los días subsiguientes: aumentaba de peso, la piel de mis pies se descamaba, mis pensamientos se tornaban más fluidos a medida que mi cerebro crecía, mi visión se desprendía del enturbiamiento y me aguijoneaba un acentuado interés por los objetos de color rojo anaranjado.

Lo más traumático de semejante metamorfosis resultó permanecer impasible, comportarme como un bebé normal frente a los demás. Cuando mis torpes movimientos me permitían aferrar un bolígrafo con el que escribir quien era en realidad, frustraban con celeridad mi advertencia con un nooo, caca, arrebatándome mi varita de la comunicación. También había descartado hablar simplemente porque el camino que conecta la boca con la garganta en los bebés presenta una ligera curvatura que les permite que el aire fluya directamente de la nariz a los pulmones, sin pasar por la boca, y así poder respirar y comer al mismo tiempo (como había comprobado al ser amamantado sin necesidad de que me detuviese para respirar). Era una gozada evolutiva, bien que esta eventual singularidad anatómica me imponía una gama vocal que se reducía a quejidos, gimoteos, llantos y molestos berridos. Así que el procedimiento de escribir era el único que se me ocurría (intenté emplear el código Morse con el llanto pero cerca estuve de que me ingresasen en urgencias).

En todo caso, aunque hubiese tenido alguna oportunidad de comunicarme, me encontraba demasiado asustado para saber como empezar:



-Papis, en realidad soy un obeso pintor impresionista de cincuenta años.

O

-Basta de tonterías, me llamo Juan Andersen y he ocupado el cuerpo de vuestra hija, así que dejad que me vista y hasta nunca.



Cualquier opción se me antojaba una locura, una eficaz maniobra para que un alud de problemas me arrollase. No era capaz de cambiar lo que era, e intentar contravenir las leyes de la naturaleza me convertiría en una atracción de circo.



Vean al bebé con bigote, que fuma, dice tener cincuenta años y escupe improperios al público.



Era obvio que lo más inteligente a fin de no levantar sospechas era comportarme como un bebé normal. Aguardaría a que la solución a aquel trance apareciese por sí sola o hasta que mis habilidades psicomotrices se normalizasen lo suficiente para ser capaz de esclarecer mi situación por mis propios medios.

No fue una tarea sencilla, cada vez que me llamaban Elvira, Elvirita o cualquier otro hipocorístico que la imaginación más cursi pueda concebir, algo crujía en mi interior. Yo era Juan Andersen, aunque la firme seguridad en mí mismo vacilaba en ocasiones; a mi cabeza acudía la paradoja de la sorites o paradoja del montón de los filósofos megáricos: supongamos que tenemos un montón de mil granos de trigo. Si apartamos los granos uno a uno, ¿en qué punto cesa de ser un montón? A mí me habían extirpado mi realidad, mi vida, mi cuerpo, mi obesidad, mi piel rosada de cubano blanco, mi cabello rubio... hasta mi cerebro. Pero la mente persistía. ¿Hasta qué punto era Juan Andersen?

Sin embargo la parte que me interesaba de mi nueva existencia era yo, y yo residía en el cerebro. Ahí me cobijaría, olvidándome de mi cuerpo, de los pechos de mi madre y de los polvos de talco. Me zambullí en la ataraxia, en el autismo, en la abulia, en el mongolismo, en el estado vegetativo persistente, en el egocentrismo, en el estado catatónico y en todos los términos relacionados que el cultivado lector conocerá. Sumergí todo lo externo a mí en un estanque de brea, oscura e impenetrable, y Juan Andersen quedó a flote. No me fundiría jamás con Elvira, no renunciaría a mi vida por la suya (o la nuestra).

Aunque sólo contemplaba mi interior y mantenía la vista perdida en el infinito, notaba como peces de colores preparados para subsistir en la espesa brea se afanaban en llamar mi atención. Por más que mi alrededor perdía nitidez y mis pensamientos cobraban volumen y consistencia en detrimento de la indigesta realidad, no era capaz de detener por completo el torrente de información que se colaba de rondón por mis sentidos.

Descubrí con estupefacción que me hallaba en España y que había renacido un diecinueve de agosto de 1977, al unísono que desaparecían Elvis Presley, Groucho Marx y Antonio Machín. Dos años antes de ser alumbrado también había fallecido el dictador de mi nuevo país. En América ya teníamos experiencia con tipos execrables como Somoza o Trujillo, pero me encontraba en el continente con el récord de mandatarios que personificaban la antítesis de Gandhi y dejaban en ridículo a individuos como Pol Pot, Idi Amin Dada o Mobutu. Así que suspiré aliviado al renacer en un país europeo que se democratizaba y recuperaba las libertades perdidas.

Concretamente me hallaba en Barcelona, junto al Mar Mediterráneo, en pleno apogeo de la cultura progre. Rodeado de discos de Lluís Llach, manifestaciones pro amnistía y utópicas barbas.

Entonces entre mi muerte y mi renacimiento había transcurrido un intervalo de siete años. ¿Por qué tanto tiempo? ¿Por qué en otro país? ¿Por qué transformado en una niña? Descubriría la verdad y me fugaría de mi nuevo hogar de barrotes de madera llamado cuna, como por el entonces popular Eleuterio Sánchez, El Lute, y... me quedé dormido.





No voy a relatar todos los pormenores... me quedé dormido.







Tengo 1 año



No voy a relatar todos los pormenores que padecí con mi nueva familia. No obstante considero oportuno enumerar someramente algunas atrocidades consubstanciales al hecho de ser pequeño a fin de borrar la idea errónea de que nacer con tu bagaje cultural, tu mundología y tu veteranía es una experiencia atractiva y seductora. Creo que el individuo que sueña con una oportunidad semejante debería apretar los tornillos de su perspectiva. A modo de destornillador:

xSer remojado en una bañera de plástico por una mujer ataviada con bata de boatiné y gafas que, a la sazón, es mi madre sedicente. Desnudo por completo frente una desconocida, sometido a un manoseo continuo. Sí, puedo haber emergido por su vagina pero ¡yo no la conozco!

xDormir con un pato deforme de ojos azules. Dormir con un pijama con dos patos estampados y una frase que rezaba un patito + un patito= dos patitos. Dormir en una habitación enmoquetada en color verde y con las paredes salpicadas por toda suerte de aviones pilotados por muñecas: el papel pintado mostraba repeticiones secuenciales de los cazas de combate F-14 y el Messerschmitt 262 de la Segunda Guerra Mundial, el bombardero Avro Lancaster, los aviones comerciales Boeing 747, el Concorde, el Douglas DC-3 y el GAF Nomad 22 y el incipiente helicóptero VS-300 de Igor Sikorsky.

xTomar el biberón como si te estoquearan el gaznate con él. Te inmovilizaban con una manta y el abrazo maternal del oso y tu boca era lo único que sobresalía en aquel amasijo de ropa.

xLas papillas, es la experiencia más agónica que he sufrido jamás; no te permiten respirar ni comer a tu ritmo.

xLas vejaciones de naturaleza jaranera, como las sesiones fotográficas donde lucía mis mejores galas y me retrataban con un gorro conoidal confeccionado con la portada de un Interviú o con un cigarrillo entre los dedos cual consumado fumador de cincuenta años (ejem) o con un teléfono de juguete o tocando un piano en forma de elefante o devolviéndoles la instantánea con una cámara de plástico de la que surgía impulsado por un muelle una amorfa cabeza de payaso o en una bicicleta a fin de ponerme en forma.

xRevivir las dolorosas vacunas, como la del tétanos, la tos ferina, la difteria o la poliomielitis.





Mis padres respondían al nombre de Rodrigo Rodríguez y Dolores Vila, de veinticinco y veintitrés años respectivamente. Él era oriundo de Antequera, provincia de Málaga, y ella de Barcelona. A mis ojos eran una pareja atípica y sin nada en común, pero ya se sabe que el amor es ciego (además de un poco lerdo).

La vida de mi madre orbitaba alrededor de la cocina, la limpieza de la casa y su hija (yo). La de mi padre no era mucho más rica y heterogénea: su trabajo de mantenimiento en el Banco Hispanoamericano, los automóviles y el fútbol. Supongo que por este motivo acontecía la paradoja de que, siendo una familia humilde con un salario paterno de 26.880 pesetas, dispusiéramos de un Mercedes 280 SL del 71 con un adhesivo del Barça en la luna trasera. Porque mi padre pertenecía a esa clase de hombres que ostentan su coche como una extensión espléndida y apabullante de su pene. Abrillantan semanalmente la carrocería, someten las entrañas a una revisión constante y decoran las paredes de su despacho con pósters de Buicks, Cadillacs, Pontiacs, Chevrolets, Lincolns y una extensa colección de automóviles europeos.

No eran unos padres perfectos, pero sí constituían un ejemplo paradigmático de matrimonio joven; no había, pues, lugar para la sorpresa.

Por mi parte, yo daba ejemplos de esfuerzo y tesón infinitos para hacerme pasar por su hija y encubrir el rechazo que sentía por ellos con objeto de que no me descubrieran (si no me delataban antes mis mohines claramente adultos). Sobretodo me arrastraba, gateaba y lo tocaba todo en una sublime imitación de los compañeros de torturas que había visto en hospitales, farmacias y, sobretodo, televisión. Porque la televisión se había convertido en el principal miembro de mi familia y, por añadidura, en mi mayor fuente de información acerca de la época y el lugar en el que había renacido. Me sentaban a menudo frente a ella para olvidar por unos minutos (u horas) que tenían un monstruo en forma de hija pero, con todo, mi tedio era baladí en comparación con la angustia de permanecer confinado en el País de Nunca Jamás (mi parque). En calidad de televidente absorbía El hombre y la tierra, Un dos tres..., La casa de la pradera, Barrio Sésamo, El circo de TVE y Curro Jiménez. Y cuando mi padre me acompañaba, fútbol.

-Esta temporada será muy favorable para nosotros, Elvira. Hemos quedado subcampeones de Liga. Hemos sido eliminados en la Copa, en octavos. Y eliminados en la UEFA, en cuartos. Pero este año será grande, ya lo verás. El Michels ese es muy competente. Y con estrellas como Cruyff y Neeskens seremos imparables. Fíjate, fíjate en ese pase.

Por más que agudizaba la vista, lo único que conseguía divisar eran veintidós hombres de rasgos simiescos tras un pedazo esférico de cuero compuesto por veinte hexágonos y doce pentágonos cosidos, pegados o vulcanizados. El señor Rodríguez pretendía transformarme en un ferviente seguidor de aquella bazofia, empujarme al declive inexorable de la sinrazón y el fanatismo; convertirme en un reflejo especular de él. No lo conseguiría, mi cabeza ya estaba formada.

A los ocho meses de mi esmerada interpretación cuadrúpeda, comencé a andar.

Mis padres empezaron a preocuparse a menudo por mi bienestar (y no sólo por mi precoz posición bípeda):

-Doctor, siempre veo a Elvira muy seria. Doctor, a veces parece que me mira con desprecio y sonríe de una forma extraña. Doctor, se frota mucho el mentón y resopla como si estuviese harta de algo. Doctor...

Por ello, aunque era capaz de pronunciar algo más que monosílabos como sí, no, agua para lograr beneficios inmediatos de mis progenitores y demás parentela, no creía oportuno empezar mis primeros balbuceos con algo similar a lo que sigue: perdona, mami, ¿tú crees que los excesos escatológicos de Saló o los 120 días de Sodoma de Pier Paolo Pasolini tienen algo que ver con la decadencia del fascismo italiano y, permite que me aventure, cierta relación con el posterior asesinato de Pasolini? Adelantándome ya a sus reacciones, asevero que mi madre hubiese caído de bruces, de espalda o de costado (el modo de caer resulta irrelevante si con ello consigo transmitir que sufriría un vahído a resultas del disgusto). La prudencia era la única virtud que me permitiría salir indemne de una legión de científicos ávidos de escudriñar un cerebro invadido por un extranjero muerto; amén de que los niños no articulaban sus primeras frases hasta los dos años de edad. Mi supervivencia residía en echar mano del método Stanislavskij en presencia de un adulto, minimizar mis tics de hombre maduro que ha resucitado en un país que no es el suyo, desterrar el aborrecimiento sin parangón que experimentaba hacia mi familia y disfrazar mi incontinencia verbal con berridos catárticos.

-Toma el chupete, Elvira. –Y yo, aunque me sentía identificado con las felaciones de las prostitutas del Club Tropicana Rojo, obedecía sin rechistar.

-Cu-cu –graznaba mi padre brincando como un orate, pero yo sonreía.

-A, e, i, o, u –me repetían siempre que recibíamos alguna visita con la intención de que repitiese la secuencia de vocales cual muñeco de Barrio Sésamo.

-Uno, dos, tres, cuatro... -.Parecían contabilizar, en el colmo del sadismo, los segundos tremebundos que transcurrían.

-La p con la i, pi –y yo pensaba en el 3,1416 para que no amodorraran mi intelecto.- La l con la a, la. –Nota musical, la produce un diapasón vibrando 870 veces por segundo.- La n con la o, no. –No, no quiero seguir.- La r con la a, ra. –Dios egipcio. Como decía el papiro Ebers, la sacerdotisa Tefmut curó una jaqueca de Ra usando un té confeccionado con cabezas de adormidera, precisamente lo que necesitaba.

Era hábil hilvanando un comportamiento coherente con el de una niña de un año. Parte del mérito es justo atribuirlo a la enciclopedia sobre puericultura en dos tomos que corría por casa, en la que me zambullía en cuanto tenía la oportunidad. No obstante, me resultaba imposible investigar acerca del fenómeno de mi reencarnación imperfecta debido a que la bibliografía disponible en aquellos anaqueles abarrotados de adornos se reducía a los tradicionales (y obligados) Poldark, Maravillas del mundo, 1080 recetas de cocina, de Simone Ortega, No me matéis, Imatges de Catalunya i Illes balears, La Biblia y el Tele Programa; colección que se repetía de manera incesante en todas y cada una de las casas que visitaba. Ni siquiera un mísero texto científico. Nada. De resultas de ello experimenté una profunda desazón, porque yo adoro los libros, me gusta hojearlos, releerlos, subrayar párrafos interesantes; y normalmente en primeras ediciones polvorientas y mohosas. No por sibaritismo (que también) sino porque al aficionarme a las lecturas de los clásicos en Bruselas de los años cuarenta, mi interés se dirigía a libros muy raros, y era más económico encontrar una edición del siglo diecisiete de La Falsaria de Lucano, que ir en busca del mismo libro en una edición moderna.

Dejando a un lado aquella preocupante escasez de letras que versaran acerca de temas interesantes, por el momento era más importante fingir con escrupulosidad frente a mis padres, así que he de admitir que me complació tener acceso a tal avalancha de información sobre el tema. Ya pisaría una biblioteca en cuanto surgiera la ocasión. El tiempo de espera se presentaba prolongado, pero no tenía otra alternativa; cuando eres un bebé no te dejan demasiado margen de actuación.

A este martirio se le sumaba que yo pertenecía al sexo femenino. Me miraba en el espejo, contemplando mi cuerpo alienígena de hembra y no podía evitar sentir un escalofrío. Me sentía incómodo con aquel vacío en mi ingle. Y el futuro se avecinaba mucho más inquietante: abultamiento de la orografía pectoral, pezones sensibles, vello púbico, la menstruación, migrañas tres veces más frecuentes, menor tolerancia al alcohol, mayor propensión al insomnio, probabilidad inferior a ser bígamo... y estoy compuesto de un cincuenta y cinco por ciento de agua, a diferencia del sesenta por ciento masculino.

Tal vez era el precio que se debía pagar por una nueva vida.





Aún no me habían crecido todos mis dientes, sólo ocho, pero era mejor que verme con las encías desnudas cual viejo decrépito (sin dentadura postiza). Ya era capaz de alimentarme de algo más que leche y papilla, aunque no era conveniente el alcohol: en alguna ocasión bebí un sorbo de vino, pero ante las consecuencias adversas en mi organismo tomé la determinación de no repetirlo hasta alcanzar la pubertad. Por el contrario, mis padres sí eran proclives a los excesos alcohólicos y de toda índole festiva. Si no me dejaban al cuidado de mi abuela para acudir al cine a visionar un filme (-Echan Harry, el ejecutor, Dolores. –Si quieres vamos, cariño, pero me encantaría ir a ver Asignatura pendiente), a un concierto (-Viene Ramoncín a Barcelona, vamos a verlo, Dolores. –Si quieres vamos, cariño, pero me encantaría escuchar la voz de Ana Belén en directo) o a cenar a un restaurante de lujo (¿Icaria, Dolores? –Pues... –De acuerdo, vamos al Racó de la Mariona), se desembarazaban de mí embalándome con mantas para depositarme en la cuna o en el País de Nunca Jamás, y con el chupete en la boca haciendo las veces de tapón de mi verborrea monosilábica. Cualquier obstrucción de mi autonomía o cualquier censura de mi derecho de expresión era válida a fin de evitar importunarles en sus pueriles competiciones con mis tíos en los Juegos Reunidos Geyper, mientras fumaban, bebían y se carcajeaban. En más de una ocasión frustré sus sábados intelectuales llorando con todas mis fuerzas, orinándome y defecándome encima a propósito y clamando entre balbuceos por un trato más digno de mi persona. Tal vez era cruel y desconsiderado por mi parte, pero fastidiarles la diversión me proporcionaba tal dosis de placer que las consideraciones morales se esfumaban de inmediato. Además, creo que tenía derecho a amonestarles de algún modo ya que, a su retorcida manera, me explotaban a menudo. Por ejemplo, el día de mi cumpleaños. Supuestamente yo no tengo la capacidad para hablar, escribir, ni exigir mis derechos con alambicado vocabulario, pero me cocinaron un pastel de chocolate con una velita. ¿Pretendían que la apagase? Es decir, por poco me trasladan a urgencias porque un día cometí el error de cortarme las uñas de los pies y después esperaban que uniera los labios, exhalase una ráfaga de aire dirigida a una llama mientras entonaban una ridícula canción y la apagase. Pues no. ¡Sólo faltaría! A mí no me engañan, yo no era capaz de apagar velas ni de comer pastel (ya me hubiese gustado para variar un poco más mi dieta), así que todo aquel montaje tenía el propósito de usarme cual prostituta del Club Tropicana Rojo: para disparar sus fotos, para reírse de mis reacciones y seguidamente llenar sus barrigas con mi pastel, en el colmo de la depredación, y demás tropelías innombrables. Y no olvidemos el champagne, que también debían descorcharlo para mí. ¡Pero yo prefería un buen chute de leche caliente dosificado con un biberón, por supuesto!

Inaudito. La naturaleza fue sabía al entontecer a los bebés a fin de que las injusticias para con los mismos no trascendieran, aunque en ocasiones la tontería se prolongara demasiado en el tiempo; incluso hasta la senectud.

Sacando a colación el cumpleaños del primer año de mi nueva vida, me gustaría referirme a la costumbre de mi familia de celebrar todas las bobadas religiosas empapadas en convencionalismos que la cultura española había tenido a bien difundir. La palma, Navidad, Año Nuevo, mi santo o el de mis padres, la Mona, Carnaval, los Reyes Magos, San Jordi, San Juan, San Valentín, San, San, San... pero ¿qué locura era aquella? Y lo más preocupante resultaba ser que no me consultaban si deseaba participar en semejantes debacles gregario-festivas carentes de todo sentido; siempre presuponían mi consentimiento.

Mis enemigos me acusaban de ser una persona de brillante superficialidad, y supongo que mis progenitores pretendían evitar que mi forma de ser se repitiera en su vástago. Sin embargo, yo prefería ser superficial a hundirme en las ciénagas de su hondura. Aunque sería más atinado acusarme de frívolo. Sé que existen temas importantes, sin embargo contemplo lo que me circunda con escepticismo y bajo el prisma de la sátira mordaz, siembro de desdén los caminos argumentativos de mis graves y metafísicamente omnívoros interlocutores y me mofo de su incapacidad para discernir entre lo trascendental y lo insulso, salpicando de un nihilismo feroz cualquier afirmación o dogmatismo, provenga de donde provenga.

Ése soy yo, mal que les pese a mis enemigos, y a mis padres, por supuesto.





Las penurias y el delirio se extenuaban al llegar la noche, entonces me iba a dormir con un pijama en cuyo estampado aparecía la efigie de Blas, un personaje amarillo de Barrio Sésamo, que decía a través de un bocadillo de cómic: ¿Vamos a dormir? Epi, su compañero de piso homosexual, también descansaba a mi lado en forma de muñeco naranja fosforescente, junto al pato deforme de ojos azules. ¿A que no adivina el perspicaz lector qué mostraba el estampado de mi almohada? Patos, evidentemente. Estaba seguro que tras esta insistencia palmípeda subyacía alguna derivación sexual o una zoolatría primitiva.

Y allí, en la soledad de mi habitación, a la par caleidoscopio de la aviación femenina, podía sumirme en la paz y el reposo; no me importaba que mi madre frunciera el ceño al advertir mi imperturbabilidad frente a las sombras y los monstruos aculebrinados que acechaban tras ellas. Era mi descanso, mi intermedio para regresar a Cuba con la imaginación y mitigar la soledad que me mortificaba. No permitiría que el exceso de cautela o un inocente desliz en mi cuidada interpretación de retrasado mental me lo arrebatase. Me lo merecía, a pesar de los riesgos.

En mi cuna me imaginaba el destino de mis pertenencias habida cuenta de mi carencia de familiares y la ausencia de un testamento que repartiese mis posesiones a los señalados en el mismo. De mi hogar no me preocupaba porque jamás había disfrutado de una residencia fija, mi espíritu nómada y aventurero había puesto mis pies en los hoteles y pensiones de media Europa y era capaz de transportar mi vida en media docena de maletas (la mitad conteniendo mis cuadros impresionistas). Sí que me regodeaba, sin embargo, en las circunstancias en que se hallaría mi cuerpo original tras el infarto. ¿Ya habría empezado a descomponerse, a emitir un olor pútrido? Su vientre repleto de miasmas. Bajo la pesada tierra. Colonias de gusanos necrófagos devorándome y moscas ávidas de hallar un sitio adecuado para sus huevos, colonizando hasta el último rincón de mi cadáver. Nunca más vería mi cuerpo (y atendiendo a su actual estado tampoco me apetecía retornar a él). También me abandonaba (sobretodo al recordar las prostitutas del Club Tropicana Rojo) a saciar mis necesidades sexuales (que existían aunque profundamente mermadas por mi recién estrenada fisiología), practicando el onanismo una vez a la semana. Acariciarme los labios vaginales me reportaba cierto placer, bien que insuficiente para alcanzar el orgasmo. Sin embargo, rozarme el clítoris (un pene atrofiado) con el dedo índice durante unos segundos (rememorando como las prostitutas cubanas que frecuentaba me deleitaban con el guaguancó –danza explícitamente sexual-, mientras yo les insistía con el vacunao –contacto de la pelvis-) me sumía en una sucesión de orgasmos encadenados que para sí quisiera cualquier hombre. ¡Oh, ah! (un orgasmo clitoriano, no confundir con el anteriormente mentado ritmo trocaico). Por fortuna la Iglesia ya no castigaba como antaño la masturbación con quince años de prisión (y, en el colmo de la buena suerte, en mi nueva condición de mujer, la pena que se me imputaba se reducía a sólo seis años). (Por cierto, este párrafo en su conjunto lo dedico al crítico lector que me acuse del abuso de las oraciones parentéticas, amén de a los que gustan de señalar que los infantes carecen de experiencias sexuales).

¿Cómo pude soportar aquella etapa durante tanto tiempo? Supongo que a todo se habitúa uno. Debe de ser algún sutil mecanismo de nuestro cerebro para procurarnos una vida más tolerable. Hasta conseguí entretenerme ligeramente construyendo castillos, haciendo volar aviones o recreando naumaquias en la bañera. Es grotesco pero real. Era mi condena, una condena rodeado de juguetes, besos y pellizcos en los mofletes.

Como cualquier reo también pensaba a diario en el adorado día de mi libertad. Entonces disfrutaría de una nueva vida auténtica y, como propina, si conseguía descubrir el motivo por el que se me concedía una segunda oportunidad, me invadiría también la satisfacción que sólo puede proporcionar el sentimiento de la maravilla.

Grandes acontecimientos me aguardaban.

 

 

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