|
Tengo 0 años
Recapitulemos: Me llamo Juan
Andersen y mi madre tuvo a bien
alumbrarme en La Habana, Cuba,
el mismo año que nació Mickey
Mouse. Al igual que aquel ratón,
durante mi infancia mantuve un
aire de inocencia y timidez y
una profunda afición por la
música. Aunque pronto dejé de
ser un dibujo animado puesto al
servicio del entertaining de mis
mayores para convertirme en un
modesto pintor impresionista.
Decían que con el transcurrir de
los años mi carácter se había
agriado, que era un misántropo y
un cínico contumaz, y que me
cuidara de ello porque las
personas hostiles tienen mayor
probabilidad de fallecer
prematuramente. Quizás en lo
segundo (aunque resultara
perogrullesco) tenían razón y
por eso había muerto, pero no
reparaban en que lo primero no
era más que una relación
causa-efecto que podría
dividirse con arreglo al
siguiente esquema cuatripartito:
(1) Incapacidad para alcanzar
mis elevados pensamientos.
(2) Incompatibilidad con mis
gustos.
(3) Gregarismo animal.
(4) Incultura y juicio
contaminado de oscurantismo y
basura teológica.
Sí, no me he confundido, yo
estaba muerto. Sucumbí de camino
al hospital y ahora me encuentro
aquí, sumergido en agua y,
paradójicamente, vivo y sin
problemas de oxígeno.
Ante tal insólito suceso, los
estultos (y aquí incluyo a los
que me tildaban de huraño)
exclamarían: ¡Oh! ¡Inaudito!
¡Ay! ¡Oh!, en un uso magistral
del ritmo trocaico. Pero yo no
soy dado a los devaneos
sentimentales, y menos aún a una
expresión banal de los mismos en
forma de tartajeos e
interjecciones. Yo encaro lo que
la vida me pone por delante con
templado análisis, rigor
matemático y objetividad. Me
asquea la lógica tosca de los
que me rodean, huyo de las
viscosas aguas de una conjetura
determinada por factores
emocionales y rodeo los resortes
líricos que tachan de
sobrenatural todo lo que se
ignora.
Los primeros balbuceos
filosóficos postularon que el
agua era la materia originaria
del universo, y ahora esa
inmadura teoría se me revelaba
como plausible. No porque
hubiese descubierto, alcanzado
por una experiencia mística (la
llama viva de San Juan de la
Cruz, el éxtasis de Santa Teresa
o la luz que sobrepasa el
entendimiento de San Pablo), que
el esperma es húmedo a la par
que fertilizante, sino porque un
infarto de miocardio me había
segado la vida y ahora me
encontraba, de nuevo consciente,
en una suerte de caldo
primordial, en un medio acuoso
turbio y cálido. Continuando con
este fecundo empleo de la
subordinación oracional, admito
que todo tenía visos de ser una
reencarnación, una especie de
pacto faústico en el que se me
concedía una segunda oportunidad
a cambio de algo que aún
desconocía; una reencarnación
imperfecta porque la niebla que
oculta nuestras vidas anteriores
se había disipado de algún modo.
No obstante, extraer esta
rudimentaria inferencia
supondría reconocer la
existencia del Cielo, o hasta de
Dios, o un administrador de
almas. Y no podía permitir que
se tambalease mi ateísmo (o más
atinadamente, mi contrateísmo
anticlerical) por una serie de
evidencias circunstanciales. Así
que, como hijo de la Ilustración
que soy, mantuve la férrea
opinión de que el Espíritu Santo
no es más que una lobotomía
propagandística que ha perdurado
casi dos mil años.
Sin embargo, tengo por evidente
que la inteligencia baja y media
daría por válida la
reencarnación como explicación a
lo que me sucedía. Entonces
¿cómo deduje que me encontraba
en la placenta de una madre, sin
abandonar el rigor y la
objetividad? Sencillo: tras los
primeros balbuceos filosóficos,
Anaxímenes descartó el agua y
propuso el aire como materia
originaria del universo; como el
gélido aire que me rodeaba. Con
mi recién estrenada visión
vislumbré el ámbito de un
hospital y que yo había surgido
de la vagina de una mujer. De
ahí mi deducción. Ahora bien,
aún quedaban por desentrañar los
motivos que me habían empujado
de nuevo al nacimiento con plena
consciencia de mi pasado.
Pronto llegó una mejor
articulación filosófica que
superó a Anaxímenes. Heráclito
desdeñó que todo fuera aire en
diferentes grados de rarefacción
y condensación y presentó la
fuerza del Cambio como
precursora de la totalidad de lo
que existe. Confiaba en la
continuidad de la secuencia
lógico-causal de acontecimientos
que acontecían a mi alrededor y
que mi situación Cambiase de
inmediato, a fin de zambullirme
en el misterio de mi regreso a
la vida.
Bingo. Tras una dolorosa
interrupción del aflujo de
sangre oxigenada, el gas
carbónico que se acumulaba en mi
interior despertó la
respiración, que traduje en un
grito. Entonces dispuse de unos
minutos confortables entre los
brazos de mi madre para
reflexionar.
Había leído que, debido a la
inmadurez de las habilidades
mentales que se utilizan para la
memoria, los niños olvidan el
intervalo de vida antes de los
cuatro años de edad. Era posible
que lo ocurrido fuese natural y
que al nacer todo el mundo
recordase su antigua vida, pero
luego se olvidara de que era
capaz de recordarla.
Me estaba avanzando, todo
encajaba si partía del supuesto
de que aquel fenómeno era una
reencarnación, y no había forma
de poder asegurarlo. Tal vez
todo se reducía a una pesadilla
o... me quedé dormido.
La fase REM es el tiempo que
soñamos cuando dormimos. Todo el
mundo es invadido por sueños
cada noche, al menos durante un
par de horas. No obstante, el
bebé humano pasa dieciséis horas
del día dormido, y la mitad de
ese tiempo permanece en fase
REM; toda una exageración. Me
quedé dormido...
A mi cabeza acudieron de forma
distorsionada retazos de mi
antigua vida. Mi niñez en La
Habana, los continuos viajes por
Europa, los años de colegio en
Londres, los libros de Historia
de mi padre y los clásicos
griegos y latinos de mi madre,
el primer cuadro que conseguí
vender, mi exposición en el
museo Joffen-Valen. Todos
aquellos recuerdos parecían
diluirse en una de mis pinturas,
combinándose unos con otros con
esa extraña cualidad que posee
el mundo onírico. Eurípides,
Felipe II, Londres, Tíbulo,
Javier Vila, Propercio,
Marsella, Aristófanes, Alejandro
Magno, Calímaco, Ciudad del
Vaticano, Sófocles... todos
juntos, confusos e indefinidos,
superpuestos como un
palimpsesto.
Había logrado estabilidad, vivía
holgadamente de mis cuadros y me
permitía un par de viajes al
año. El sueño se decoloró,
perdiendo la luminosidad
original, para transformarse en
un triste film en blanco y
negro. Yo me hospedaba en un
hotel de Bruselas. Un
restaurante. Platicaba con un
compañero de profesión al que
visitaba a menudo, y de súbito
un dolor terebrante se instauró
en mi pecho, irradiándose a la
garganta, al cuello y al brazo
izquierdo. Creo que mis copiosas
comidas, y el consiguiente
colesterol acumulado en mis
arterias, fueron la causa
principal del infarto, y no las
zarandajas acerca de mi
temperamento esgrimidas por mis
enemigos (la mayoría de la
humanidad).
Me removí, inquieto.
Reconozco que mi rechazo a la
oligofrenia y cierta
insociabilidad me han conducido,
a lo largo de mi vida, a una
solitaria existencia alpina.
Pero como los gatos, poseo un
rango de respuestas divergentes
a lo que me sucede, y cualquiera
de ellas puede dispararse en un
instante si el estímulo es el
adecuado. De esta manera puedo
mudar mi carácter de escalpelo
felino a uno más cordial y
afable. Aunque debido a la
abundante debilidad mental que
me rodeaba es de prever que
primaba mi faceta incisiva sobre
la algodonosa. Sea como fuere,
se me había concedido otra vida.
Espero que hasta el último de
mis enemigos se revuelva de
envidia.
Me desperté y la luz lechosa
volvió a cegarme. A pesar del
breve lapso de tiempo que había
permanecido en los dominios de
Morfeo, aún me sentía invadido
por mi sueño. Los tocólogos me
pesaron y me lavaron sin
compadecerse por mi
aturdimiento, me auscultaron
pulmonarmente, desinfectaron el
muñón del cordón umbilical
seccionado y me vertieron unas
gotas de un antiséptico en los
ojos. Me sentía como la
carrocería de un coche avanzando
por las distintas fases de la
cadena de montaje.
Intentaba advertir a los que me
rodeaban que yo no era un bebé
normal, que yo era un pintor de
cincuenta años encerrado en
aquel proyecto de hombre. Pero
de mi garganta sólo brotaban
sonidos guturales y mis torpes
movimientos semejaban al de una
tortuga vuelta del revés. Me
abandoné, rendido, a tamaña
vulneración de mis derechos (y
de mi cuerpo) y traté de
evadirme mentalmente de aquella
extravagante situación.
Entonces... me quedé dormido.
Al fin fui devuelto a los brazos
de mi madre, a los cálidos y
reconfortantes brazos de una
mujer. Recordaba haber leído que
a las veintitrés semanas de la
gestación, el feto ya duerme con
fases REM. Me pregunto con qué
soñaba aquel cuerpo antes de que
yo apareciese en él. ¿Soñó
quizás conmigo y por ello, de
algún modo, me atrapó? Juan,
deja de fantasear.
-Qué guapa es, ¿eh? –dijo una
voz masculina.
¿Guapa? Traté de enfocar mi
vista, pero permanecía
constantemente enturbiada; sólo
divisé que había hablado un
hombre corpulento.
-Se parece a ti –añadió,
besándome en la frente. –Elvirita
va a ser tan guapa como su
madre.
¿Elvirita?
Me desdigo: mis enemigos se
entregarán a los excesos
dionisíacos (para celebrarlo)
cuando descubran que dispongo de
otra vida... me quedé dormido.
Confirmado, me llamo Elvira
Rodríguez y soy una niña. Han
transcurrido varias semanas y la
situación se me antoja
indefinida. Al margen de mis
cautelosos pasos en el mundo de
los sentimientos, los prejuicios
y la vehemencia me empecé a
preocupar; mucho.
Veinticuatro horas después de
nacer me habían obligado a
chupar el calostro que
secretaban los pezones de mi
madre y mi cuerpo experimentó
cambios asombrosos los días
subsiguientes: aumentaba de
peso, la piel de mis pies se
descamaba, mis pensamientos se
tornaban más fluidos a medida
que mi cerebro crecía, mi visión
se desprendía del enturbiamiento
y me aguijoneaba un acentuado
interés por los objetos de color
rojo anaranjado.
Lo más traumático de semejante
metamorfosis resultó permanecer
impasible, comportarme como un
bebé normal frente a los demás.
Cuando mis torpes movimientos me
permitían aferrar un bolígrafo
con el que escribir quien era en
realidad, frustraban con
celeridad mi advertencia con un
nooo, caca, arrebatándome mi
varita de la comunicación.
También había descartado hablar
simplemente porque el camino que
conecta la boca con la garganta
en los bebés presenta una ligera
curvatura que les permite que el
aire fluya directamente de la
nariz a los pulmones, sin pasar
por la boca, y así poder
respirar y comer al mismo tiempo
(como había comprobado al ser
amamantado sin necesidad de que
me detuviese para respirar). Era
una gozada evolutiva, bien que
esta eventual singularidad
anatómica me imponía una gama
vocal que se reducía a quejidos,
gimoteos, llantos y molestos
berridos. Así que el
procedimiento de escribir era el
único que se me ocurría (intenté
emplear el código Morse con el
llanto pero cerca estuve de que
me ingresasen en urgencias).
En todo caso, aunque hubiese
tenido alguna oportunidad de
comunicarme, me encontraba
demasiado asustado para saber
como empezar:
-Papis, en realidad soy un obeso
pintor impresionista de
cincuenta años.
O
-Basta de tonterías, me llamo
Juan Andersen y he ocupado el
cuerpo de vuestra hija, así que
dejad que me vista y hasta
nunca.
Cualquier opción se me antojaba
una locura, una eficaz maniobra
para que un alud de problemas me
arrollase. No era capaz de
cambiar lo que era, e intentar
contravenir las leyes de la
naturaleza me convertiría en una
atracción de circo.
Vean al bebé con bigote, que
fuma, dice tener cincuenta años
y escupe improperios al público.
Era obvio que lo más inteligente
a fin de no levantar sospechas
era comportarme como un bebé
normal. Aguardaría a que la
solución a aquel trance
apareciese por sí sola o hasta
que mis habilidades
psicomotrices se normalizasen lo
suficiente para ser capaz de
esclarecer mi situación por mis
propios medios.
No fue una tarea sencilla, cada
vez que me llamaban Elvira,
Elvirita o cualquier otro
hipocorístico que la imaginación
más cursi pueda concebir, algo
crujía en mi interior. Yo era
Juan Andersen, aunque la firme
seguridad en mí mismo vacilaba
en ocasiones; a mi cabeza acudía
la paradoja de la sorites o
paradoja del montón de los
filósofos megáricos: supongamos
que tenemos un montón de mil
granos de trigo. Si apartamos
los granos uno a uno, ¿en qué
punto cesa de ser un montón? A
mí me habían extirpado mi
realidad, mi vida, mi cuerpo, mi
obesidad, mi piel rosada de
cubano blanco, mi cabello
rubio... hasta mi cerebro. Pero
la mente persistía. ¿Hasta qué
punto era Juan Andersen?
Sin embargo la parte que me
interesaba de mi nueva
existencia era yo, y yo residía
en el cerebro. Ahí me cobijaría,
olvidándome de mi cuerpo, de los
pechos de mi madre y de los
polvos de talco. Me zambullí en
la ataraxia, en el autismo, en
la abulia, en el mongolismo, en
el estado vegetativo
persistente, en el egocentrismo,
en el estado catatónico y en
todos los términos relacionados
que el cultivado lector
conocerá. Sumergí todo lo
externo a mí en un estanque de
brea, oscura e impenetrable, y
Juan Andersen quedó a flote. No
me fundiría jamás con Elvira, no
renunciaría a mi vida por la
suya (o la nuestra).
Aunque sólo contemplaba mi
interior y mantenía la vista
perdida en el infinito, notaba
como peces de colores preparados
para subsistir en la espesa brea
se afanaban en llamar mi
atención. Por más que mi
alrededor perdía nitidez y mis
pensamientos cobraban volumen y
consistencia en detrimento de la
indigesta realidad, no era capaz
de detener por completo el
torrente de información que se
colaba de rondón por mis
sentidos.
Descubrí con estupefacción que
me hallaba en España y que había
renacido un diecinueve de agosto
de 1977, al unísono que
desaparecían Elvis Presley,
Groucho Marx y Antonio Machín.
Dos años antes de ser alumbrado
también había fallecido el
dictador de mi nuevo país. En
América ya teníamos experiencia
con tipos execrables como Somoza
o Trujillo, pero me encontraba
en el continente con el récord
de mandatarios que
personificaban la antítesis de
Gandhi y dejaban en ridículo a
individuos como Pol Pot, Idi
Amin Dada o Mobutu. Así que
suspiré aliviado al renacer en
un país europeo que se
democratizaba y recuperaba las
libertades perdidas.
Concretamente me hallaba en
Barcelona, junto al Mar
Mediterráneo, en pleno apogeo de
la cultura progre. Rodeado de
discos de Lluís Llach,
manifestaciones pro amnistía y
utópicas barbas.
Entonces entre mi muerte y mi
renacimiento había transcurrido
un intervalo de siete años. ¿Por
qué tanto tiempo? ¿Por qué en
otro país? ¿Por qué transformado
en una niña? Descubriría la
verdad y me fugaría de mi nuevo
hogar de barrotes de madera
llamado cuna, como por el
entonces popular Eleuterio
Sánchez, El Lute, y... me quedé
dormido.
No voy a relatar todos los
pormenores... me quedé dormido.
Tengo 1 año
No voy a relatar todos los
pormenores que padecí con mi
nueva familia. No obstante
considero oportuno enumerar
someramente algunas atrocidades
consubstanciales al hecho de ser
pequeño a fin de borrar la idea
errónea de que nacer con tu
bagaje cultural, tu mundología y
tu veteranía es una experiencia
atractiva y seductora. Creo que
el individuo que sueña con una
oportunidad semejante debería
apretar los tornillos de su
perspectiva. A modo de
destornillador:
xSer remojado en una bañera de
plástico por una mujer ataviada
con bata de boatiné y gafas que,
a la sazón, es mi madre
sedicente. Desnudo por completo
frente una desconocida, sometido
a un manoseo continuo. Sí, puedo
haber emergido por su vagina
pero ¡yo no la conozco!
xDormir con un pato deforme de
ojos azules. Dormir con un
pijama con dos patos estampados
y una frase que rezaba un patito
+ un patito= dos patitos. Dormir
en una habitación enmoquetada en
color verde y con las paredes
salpicadas por toda suerte de
aviones pilotados por muñecas:
el papel pintado mostraba
repeticiones secuenciales de los
cazas de combate F-14 y el
Messerschmitt 262 de la Segunda
Guerra Mundial, el bombardero
Avro Lancaster, los aviones
comerciales Boeing 747, el
Concorde, el Douglas DC-3 y el
GAF Nomad 22 y el incipiente
helicóptero VS-300 de Igor
Sikorsky.
xTomar el biberón como si te
estoquearan el gaznate con él.
Te inmovilizaban con una manta y
el abrazo maternal del oso y tu
boca era lo único que sobresalía
en aquel amasijo de ropa.
xLas papillas, es la experiencia
más agónica que he sufrido
jamás; no te permiten respirar
ni comer a tu ritmo.
xLas vejaciones de naturaleza
jaranera, como las sesiones
fotográficas donde lucía mis
mejores galas y me retrataban
con un gorro conoidal
confeccionado con la portada de
un Interviú o con un cigarrillo
entre los dedos cual consumado
fumador de cincuenta años (ejem)
o con un teléfono de juguete o
tocando un piano en forma de
elefante o devolviéndoles la
instantánea con una cámara de
plástico de la que surgía
impulsado por un muelle una
amorfa cabeza de payaso o en una
bicicleta a fin de ponerme en
forma.
xRevivir las dolorosas vacunas,
como la del tétanos, la tos
ferina, la difteria o la
poliomielitis.
Mis padres respondían al nombre
de Rodrigo Rodríguez y Dolores
Vila, de veinticinco y
veintitrés años respectivamente.
Él era oriundo de Antequera,
provincia de Málaga, y ella de
Barcelona. A mis ojos eran una
pareja atípica y sin nada en
común, pero ya se sabe que el
amor es ciego (además de un poco
lerdo).
La vida de mi madre orbitaba
alrededor de la cocina, la
limpieza de la casa y su hija
(yo). La de mi padre no era
mucho más rica y heterogénea: su
trabajo de mantenimiento en el
Banco Hispanoamericano, los
automóviles y el fútbol. Supongo
que por este motivo acontecía la
paradoja de que, siendo una
familia humilde con un salario
paterno de 26.880 pesetas,
dispusiéramos de un Mercedes 280
SL del 71 con un adhesivo del
Barça en la luna trasera. Porque
mi padre pertenecía a esa clase
de hombres que ostentan su coche
como una extensión espléndida y
apabullante de su pene.
Abrillantan semanalmente la
carrocería, someten las entrañas
a una revisión constante y
decoran las paredes de su
despacho con pósters de Buicks,
Cadillacs, Pontiacs, Chevrolets,
Lincolns y una extensa colección
de automóviles europeos.
No eran unos padres perfectos,
pero sí constituían un ejemplo
paradigmático de matrimonio
joven; no había, pues, lugar
para la sorpresa.
Por mi parte, yo daba ejemplos
de esfuerzo y tesón infinitos
para hacerme pasar por su hija y
encubrir el rechazo que sentía
por ellos con objeto de que no
me descubrieran (si no me
delataban antes mis mohines
claramente adultos). Sobretodo
me arrastraba, gateaba y lo
tocaba todo en una sublime
imitación de los compañeros de
torturas que había visto en
hospitales, farmacias y,
sobretodo, televisión. Porque la
televisión se había convertido
en el principal miembro de mi
familia y, por añadidura, en mi
mayor fuente de información
acerca de la época y el lugar en
el que había renacido. Me
sentaban a menudo frente a ella
para olvidar por unos minutos (u
horas) que tenían un monstruo en
forma de hija pero, con todo, mi
tedio era baladí en comparación
con la angustia de permanecer
confinado en el País de Nunca
Jamás (mi parque). En calidad de
televidente absorbía El hombre y
la tierra, Un dos tres..., La
casa de la pradera, Barrio
Sésamo, El circo de TVE y Curro
Jiménez. Y cuando mi padre me
acompañaba, fútbol.
-Esta temporada será muy
favorable para nosotros, Elvira.
Hemos quedado subcampeones de
Liga. Hemos sido eliminados en
la Copa, en octavos. Y
eliminados en la UEFA, en
cuartos. Pero este año será
grande, ya lo verás. El Michels
ese es muy competente. Y con
estrellas como Cruyff y Neeskens
seremos imparables. Fíjate,
fíjate en ese pase.
Por más que agudizaba la vista,
lo único que conseguía divisar
eran veintidós hombres de rasgos
simiescos tras un pedazo
esférico de cuero compuesto por
veinte hexágonos y doce
pentágonos cosidos, pegados o
vulcanizados. El señor Rodríguez
pretendía transformarme en un
ferviente seguidor de aquella
bazofia, empujarme al declive
inexorable de la sinrazón y el
fanatismo; convertirme en un
reflejo especular de él. No lo
conseguiría, mi cabeza ya estaba
formada.
A los ocho meses de mi esmerada
interpretación cuadrúpeda,
comencé a andar.
Mis padres empezaron a
preocuparse a menudo por mi
bienestar (y no sólo por mi
precoz posición bípeda):
-Doctor, siempre veo a Elvira
muy seria. Doctor, a veces
parece que me mira con desprecio
y sonríe de una forma extraña.
Doctor, se frota mucho el mentón
y resopla como si estuviese
harta de algo. Doctor...
Por ello, aunque era capaz de
pronunciar algo más que
monosílabos como sí, no, agua
para lograr beneficios
inmediatos de mis progenitores y
demás parentela, no creía
oportuno empezar mis primeros
balbuceos con algo similar a lo
que sigue: perdona, mami, ¿tú
crees que los excesos
escatológicos de Saló o los 120
días de Sodoma de Pier Paolo
Pasolini tienen algo que ver con
la decadencia del fascismo
italiano y, permite que me
aventure, cierta relación con el
posterior asesinato de Pasolini?
Adelantándome ya a sus
reacciones, asevero que mi madre
hubiese caído de bruces, de
espalda o de costado (el modo de
caer resulta irrelevante si con
ello consigo transmitir que
sufriría un vahído a resultas
del disgusto). La prudencia era
la única virtud que me
permitiría salir indemne de una
legión de científicos ávidos de
escudriñar un cerebro invadido
por un extranjero muerto; amén
de que los niños no articulaban
sus primeras frases hasta los
dos años de edad. Mi
supervivencia residía en echar
mano del método Stanislavskij en
presencia de un adulto,
minimizar mis tics de hombre
maduro que ha resucitado en un
país que no es el suyo,
desterrar el aborrecimiento sin
parangón que experimentaba hacia
mi familia y disfrazar mi
incontinencia verbal con
berridos catárticos.
-Toma el chupete, Elvira. –Y yo,
aunque me sentía identificado
con las felaciones de las
prostitutas del Club Tropicana
Rojo, obedecía sin rechistar.
-Cu-cu –graznaba mi padre
brincando como un orate, pero yo
sonreía.
-A, e, i, o, u –me repetían
siempre que recibíamos alguna
visita con la intención de que
repitiese la secuencia de
vocales cual muñeco de Barrio
Sésamo.
-Uno, dos, tres, cuatro...
-.Parecían contabilizar, en el
colmo del sadismo, los segundos
tremebundos que transcurrían.
-La p con la i, pi –y yo pensaba
en el 3,1416 para que no
amodorraran mi intelecto.- La l
con la a, la. –Nota musical, la
produce un diapasón vibrando 870
veces por segundo.- La n con la
o, no. –No, no quiero seguir.-
La r con la a, ra. –Dios
egipcio. Como decía el papiro
Ebers, la sacerdotisa Tefmut
curó una jaqueca de Ra usando un
té confeccionado con cabezas de
adormidera, precisamente lo que
necesitaba.
Era hábil hilvanando un
comportamiento coherente con el
de una niña de un año. Parte del
mérito es justo atribuirlo a la
enciclopedia sobre puericultura
en dos tomos que corría por
casa, en la que me zambullía en
cuanto tenía la oportunidad. No
obstante, me resultaba imposible
investigar acerca del fenómeno
de mi reencarnación imperfecta
debido a que la bibliografía
disponible en aquellos anaqueles
abarrotados de adornos se
reducía a los tradicionales (y
obligados) Poldark, Maravillas
del mundo, 1080 recetas de
cocina, de Simone Ortega, No me
matéis, Imatges de Catalunya i
Illes balears, La Biblia y el
Tele Programa; colección que se
repetía de manera incesante en
todas y cada una de las casas
que visitaba. Ni siquiera un
mísero texto científico. Nada.
De resultas de ello experimenté
una profunda desazón, porque yo
adoro los libros, me gusta
hojearlos, releerlos, subrayar
párrafos interesantes; y
normalmente en primeras
ediciones polvorientas y
mohosas. No por sibaritismo (que
también) sino porque al
aficionarme a las lecturas de
los clásicos en Bruselas de los
años cuarenta, mi interés se
dirigía a libros muy raros, y
era más económico encontrar una
edición del siglo diecisiete de
La Falsaria de Lucano, que ir en
busca del mismo libro en una
edición moderna.
Dejando a un lado aquella
preocupante escasez de letras
que versaran acerca de temas
interesantes, por el momento era
más importante fingir con
escrupulosidad frente a mis
padres, así que he de admitir
que me complació tener acceso a
tal avalancha de información
sobre el tema. Ya pisaría una
biblioteca en cuanto surgiera la
ocasión. El tiempo de espera se
presentaba prolongado, pero no
tenía otra alternativa; cuando
eres un bebé no te dejan
demasiado margen de actuación.
A este martirio se le sumaba que
yo pertenecía al sexo femenino.
Me miraba en el espejo,
contemplando mi cuerpo
alienígena de hembra y no podía
evitar sentir un escalofrío. Me
sentía incómodo con aquel vacío
en mi ingle. Y el futuro se
avecinaba mucho más inquietante:
abultamiento de la orografía
pectoral, pezones sensibles,
vello púbico, la menstruación,
migrañas tres veces más
frecuentes, menor tolerancia al
alcohol, mayor propensión al
insomnio, probabilidad inferior
a ser bígamo... y estoy
compuesto de un cincuenta y
cinco por ciento de agua, a
diferencia del sesenta por
ciento masculino.
Tal vez era el precio que se
debía pagar por una nueva vida.
Aún no me habían crecido todos
mis dientes, sólo ocho, pero era
mejor que verme con las encías
desnudas cual viejo decrépito
(sin dentadura postiza). Ya era
capaz de alimentarme de algo más
que leche y papilla, aunque no
era conveniente el alcohol: en
alguna ocasión bebí un sorbo de
vino, pero ante las
consecuencias adversas en mi
organismo tomé la determinación
de no repetirlo hasta alcanzar
la pubertad. Por el contrario,
mis padres sí eran proclives a
los excesos alcohólicos y de
toda índole festiva. Si no me
dejaban al cuidado de mi abuela
para acudir al cine a visionar
un filme (-Echan Harry, el
ejecutor, Dolores. –Si quieres
vamos, cariño, pero me
encantaría ir a ver Asignatura
pendiente), a un concierto
(-Viene Ramoncín a Barcelona,
vamos a verlo, Dolores. –Si
quieres vamos, cariño, pero me
encantaría escuchar la voz de
Ana Belén en directo) o a cenar
a un restaurante de lujo
(¿Icaria, Dolores? –Pues... –De
acuerdo, vamos al Racó de la
Mariona), se desembarazaban de
mí embalándome con mantas para
depositarme en la cuna o en el
País de Nunca Jamás, y con el
chupete en la boca haciendo las
veces de tapón de mi verborrea
monosilábica. Cualquier
obstrucción de mi autonomía o
cualquier censura de mi derecho
de expresión era válida a fin de
evitar importunarles en sus
pueriles competiciones con mis
tíos en los Juegos Reunidos
Geyper, mientras fumaban, bebían
y se carcajeaban. En más de una
ocasión frustré sus sábados
intelectuales llorando con todas
mis fuerzas, orinándome y
defecándome encima a propósito y
clamando entre balbuceos por un
trato más digno de mi persona.
Tal vez era cruel y
desconsiderado por mi parte,
pero fastidiarles la diversión
me proporcionaba tal dosis de
placer que las consideraciones
morales se esfumaban de
inmediato. Además, creo que
tenía derecho a amonestarles de
algún modo ya que, a su
retorcida manera, me explotaban
a menudo. Por ejemplo, el día de
mi cumpleaños. Supuestamente yo
no tengo la capacidad para
hablar, escribir, ni exigir mis
derechos con alambicado
vocabulario, pero me cocinaron
un pastel de chocolate con una
velita. ¿Pretendían que la
apagase? Es decir, por poco me
trasladan a urgencias porque un
día cometí el error de cortarme
las uñas de los pies y después
esperaban que uniera los labios,
exhalase una ráfaga de aire
dirigida a una llama mientras
entonaban una ridícula canción y
la apagase. Pues no. ¡Sólo
faltaría! A mí no me engañan, yo
no era capaz de apagar velas ni
de comer pastel (ya me hubiese
gustado para variar un poco más
mi dieta), así que todo aquel
montaje tenía el propósito de
usarme cual prostituta del Club
Tropicana Rojo: para disparar
sus fotos, para reírse de mis
reacciones y seguidamente llenar
sus barrigas con mi pastel, en
el colmo de la depredación, y
demás tropelías innombrables. Y
no olvidemos el champagne, que
también debían descorcharlo para
mí. ¡Pero yo prefería un buen
chute de leche caliente
dosificado con un biberón, por
supuesto!
Inaudito. La naturaleza fue
sabía al entontecer a los bebés
a fin de que las injusticias
para con los mismos no
trascendieran, aunque en
ocasiones la tontería se
prolongara demasiado en el
tiempo; incluso hasta la
senectud.
Sacando a colación el cumpleaños
del primer año de mi nueva vida,
me gustaría referirme a la
costumbre de mi familia de
celebrar todas las bobadas
religiosas empapadas en
convencionalismos que la cultura
española había tenido a bien
difundir. La palma, Navidad, Año
Nuevo, mi santo o el de mis
padres, la Mona, Carnaval, los
Reyes Magos, San Jordi, San
Juan, San Valentín, San, San,
San... pero ¿qué locura era
aquella? Y lo más preocupante
resultaba ser que no me
consultaban si deseaba
participar en semejantes
debacles gregario-festivas
carentes de todo sentido;
siempre presuponían mi
consentimiento.
Mis enemigos me acusaban de ser
una persona de brillante
superficialidad, y supongo que
mis progenitores pretendían
evitar que mi forma de ser se
repitiera en su vástago. Sin
embargo, yo prefería ser
superficial a hundirme en las
ciénagas de su hondura. Aunque
sería más atinado acusarme de
frívolo. Sé que existen temas
importantes, sin embargo
contemplo lo que me circunda con
escepticismo y bajo el prisma de
la sátira mordaz, siembro de
desdén los caminos
argumentativos de mis graves y
metafísicamente omnívoros
interlocutores y me mofo de su
incapacidad para discernir entre
lo trascendental y lo insulso,
salpicando de un nihilismo feroz
cualquier afirmación o
dogmatismo, provenga de donde
provenga.
Ése soy yo, mal que les pese a
mis enemigos, y a mis padres,
por supuesto.
Las penurias y el delirio se
extenuaban al llegar la noche,
entonces me iba a dormir con un
pijama en cuyo estampado
aparecía la efigie de Blas, un
personaje amarillo de Barrio
Sésamo, que decía a través de un
bocadillo de cómic: ¿Vamos a
dormir? Epi, su compañero de
piso homosexual, también
descansaba a mi lado en forma de
muñeco naranja fosforescente,
junto al pato deforme de ojos
azules. ¿A que no adivina el
perspicaz lector qué mostraba el
estampado de mi almohada? Patos,
evidentemente. Estaba seguro que
tras esta insistencia palmípeda
subyacía alguna derivación
sexual o una zoolatría
primitiva.
Y allí, en la soledad de mi
habitación, a la par
caleidoscopio de la aviación
femenina, podía sumirme en la
paz y el reposo; no me importaba
que mi madre frunciera el ceño
al advertir mi imperturbabilidad
frente a las sombras y los
monstruos aculebrinados que
acechaban tras ellas. Era mi
descanso, mi intermedio para
regresar a Cuba con la
imaginación y mitigar la soledad
que me mortificaba. No
permitiría que el exceso de
cautela o un inocente desliz en
mi cuidada interpretación de
retrasado mental me lo
arrebatase. Me lo merecía, a
pesar de los riesgos.
En mi cuna me imaginaba el
destino de mis pertenencias
habida cuenta de mi carencia de
familiares y la ausencia de un
testamento que repartiese mis
posesiones a los señalados en el
mismo. De mi hogar no me
preocupaba porque jamás había
disfrutado de una residencia
fija, mi espíritu nómada y
aventurero había puesto mis pies
en los hoteles y pensiones de
media Europa y era capaz de
transportar mi vida en media
docena de maletas (la mitad
conteniendo mis cuadros
impresionistas). Sí que me
regodeaba, sin embargo, en las
circunstancias en que se
hallaría mi cuerpo original tras
el infarto. ¿Ya habría empezado
a descomponerse, a emitir un
olor pútrido? Su vientre repleto
de miasmas. Bajo la pesada
tierra. Colonias de gusanos
necrófagos devorándome y moscas
ávidas de hallar un sitio
adecuado para sus huevos,
colonizando hasta el último
rincón de mi cadáver. Nunca más
vería mi cuerpo (y atendiendo a
su actual estado tampoco me
apetecía retornar a él). También
me abandonaba (sobretodo al
recordar las prostitutas del
Club Tropicana Rojo) a saciar
mis necesidades sexuales (que
existían aunque profundamente
mermadas por mi recién estrenada
fisiología), practicando el
onanismo una vez a la semana.
Acariciarme los labios vaginales
me reportaba cierto placer, bien
que insuficiente para alcanzar
el orgasmo. Sin embargo, rozarme
el clítoris (un pene atrofiado)
con el dedo índice durante unos
segundos (rememorando como las
prostitutas cubanas que
frecuentaba me deleitaban con el
guaguancó –danza explícitamente
sexual-, mientras yo les
insistía con el vacunao
–contacto de la pelvis-) me
sumía en una sucesión de
orgasmos encadenados que para sí
quisiera cualquier hombre. ¡Oh,
ah! (un orgasmo clitoriano, no
confundir con el anteriormente
mentado ritmo trocaico). Por
fortuna la Iglesia ya no
castigaba como antaño la
masturbación con quince años de
prisión (y, en el colmo de la
buena suerte, en mi nueva
condición de mujer, la pena que
se me imputaba se reducía a sólo
seis años). (Por cierto, este
párrafo en su conjunto lo dedico
al crítico lector que me acuse
del abuso de las oraciones
parentéticas, amén de a los que
gustan de señalar que los
infantes carecen de experiencias
sexuales).
¿Cómo pude soportar aquella
etapa durante tanto tiempo?
Supongo que a todo se habitúa
uno. Debe de ser algún sutil
mecanismo de nuestro cerebro
para procurarnos una vida más
tolerable. Hasta conseguí
entretenerme ligeramente
construyendo castillos, haciendo
volar aviones o recreando
naumaquias en la bañera. Es
grotesco pero real. Era mi
condena, una condena rodeado de
juguetes, besos y pellizcos en
los mofletes.
Como cualquier reo también
pensaba a diario en el adorado
día de mi libertad. Entonces
disfrutaría de una nueva vida
auténtica y, como propina, si
conseguía descubrir el motivo
por el que se me concedía una
segunda oportunidad, me
invadiría también la
satisfacción que sólo puede
proporcionar el sentimiento de
la maravilla.
Grandes acontecimientos me
aguardaban.
|