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Primero fueron los duelos, alguien abofeteaba con su guante a un hombre con el ánimo de vengar una ofensa y, si aceptaba el desafío, ambos se apoderaban de un arma de fuego, se alejaban de espaldas el uno del otro contando hasta diez... y se debía actuar más rápido que el contrario para conseguir salvar la vida.

Luego, con el nacimiento de la tecnología y la convicción de poder preverlo todo, aparecieron las predicciones económicas. Trabajadores bancarios y ordenadores se encerraban en mausoleos urbanos para aunar fuerzas y calcular así todos nuestros movimientos económicos y, por extensión, nuestras tendencias de cualquier índole.

Una Unidad de Supercomputación de la Teoría de la Gran Unificación (US-TGU) era la unión de estos dos conceptos. La afrenta, la belicosidad y el enfrentamiento más los operarios, los técnicos y los ordenadores biocuánticos confinados en un espacio limitado. Así se desarrollaban las Guerras Clementi.

-Aquí Navegación, detectada perturbación gravitatoria en 90, 36, 14.

El general Thrown activó el pad implantado en su mano y se dirigió a la cubierta de mando. –Reduzcan dos tercios.

La US-TGU Euclides encendió sus motores de fusión delanteros durante cuatro segundos.

Las US-TGU eran megalíticas naves generacionales preparadas para el combate, aunque su interior estaba ocupado en su mayoría por el ordenador biocuántico –el cerebro-, reduciendo considerablemente el espacio vital. Sin embargo, la humanidad se había acostumbrado a vivir en aquellas condiciones, ningún lugar era tan seguro como una US. Hasta los planetas y satélites –otrora cuna de grandes civilizaciones- se habían transformado en un lugar inhóspito ante la amenaza de las voladuras termonucleares subatmosféricas controladas.

-¿Saben qué es? –preguntó el general Thrown, tomando asiento en su butaca de mando.

-Señor, es otra US-TGU.

Thrown masculló un juramento, el último combate les había debilitado demasiado y necesitaban reparar los desperfectos.

-¿Se ha identificado?- un rastro de esperanza empañó la pregunta, tal vez perteneciese a la flota IV, perdida en la batalla de la nube de Oört.

-Sí, son clementi. Es un Nobremer.

-De acuerdo. –Les doblaban en tamaño, pero aún no estaban perdidos-. Lancen el campo.

Desde la Invasión Clementi, noventa años atrás, las guerras espaciales seguían un estricto protocolo. Las US-TGU crean una esfera de contención –que delimitará el campo de batalla- totalmente reflectante e impermeable a cualquier influencia. Ningún objeto material podía cruzarla, ya que ofrecía una resistencia elástica. Esta propiedad también era aplicable a las señales electromagnéticas, neutrinos o, incluso, los efectos de la gravitación; conformándose así una suerte de microuniverso con una clara especificación del estado inicial del mismo. Sin esta especificación la descripción de la realidad nunca sería completa, porque proporcionaría únicamente predicciones condicionales.

La US-TGU Euclides había generado una esfera de contención de varios miles de kilómetros de diámetro, lo suficiente para englobar a las dos fortalezas blindadas. De esta manera los ordenadores biocuánticos de las respectivas naves podrían conocer las posiciones y velocidades de todas las masas de aquel sistema aislado y calcular entonces donde se encontrarían dichas masas en cualquier momento posterior, o como se encontraban en cualquier momento anterior.

-Señor, tenemos un ochenta por ciento del espacio escaneado.

-Es suficiente, avise a artillería. Que los cazas se preparen.

Los dos gigantes de acero se escudriñaban mutuamente, tratando de adelantar al otro en sus movimientos en una locura que derribaba toda lógica: Si uno abre fuego y el otro lo detecta, abrirá fuego antes, pero si lo predice el primero, él lo hará antes, y así ad infinitum. Quien antes cometiese un error en esta sincronización retroactiva, perdía. Todo era lícito, desde vaticinar con antelación la ignición de un misil o la activación de un cañón hasta los movimientos musculares de un artillero. El grado de detalle lo imprimía la potencia informática de la US. La Euclides era célebre por su velocidad de cálculo y su versatilidad ofensiva. Sin embargo las naves alienígenas estaban, en su mayor parte, mejor equipadas.

La figura oblonga de la US-TGU enemiga se agrandó en la pantalla. El general Thrown la examinó frotándose el puente de la nariz. Por el momento todo era paz y quietud, hasta que el ordenador biocuántico mostrase el plan de ataque o decidiese automáticamente tomar el mando del armamento.

-¿Navegación y Computación?

-Negativo.

-¿Armamento?

-Baterías delanteras apuntando, misiles Z cargándose. Nada más, señor.

El general Thrown chasqueó la lengua, si el primer ataque se demoraba demasiado por ambas partes podía ser desastroso. Si ningún ordenador confirmaba una acción porque todos sus pronósticos estaban siendo sofocados por el contrario se podía desembocar en la siguiente situación: que la mayoría de armas se movilizasen, neutralizando las del contrario en un determinado instante, y que el primero que diese un paso en falso las accionara todas, desencadenando una confrontación relámpago.

Thrown no deseaba eso, así que decidió hacer algo por su cuenta, aunque actuase en detrimento del ordenador de la Euclides.

-Que despeguen todos los cazas, vamos a incrementar la incertidumbre.

Tres escuadrones completos de cazas –rémoras del escarceo en Oört- surgieron de los hangares a gran velocidad.

Y entonces ocurrió.

La nave clementi fue la primera en atacar –hecho que no era significativo para descubrir qué ordenador se había adelantado al otro, porque el que se mantenía en silencio ya pudo haber conjeturado como reaccionaría el contrario y preparar mucho antes una defensa efectiva-, treinta bombas táticas brotaron hacia la Euclides.

-Mierda –exclamó Thrown-, que los cazas inicien un ataque masivo.

De nada hubiera servido ordenar que los escuadrones les defendieran de aquella andanada, jamás llegarían a tiempo para ello. El único que pudo haber dispuesto algún tipo de defensa porque quizás sabía de aquella ofensiva, antes incluso de que los misiles abandonaran sus troneras, era el cerebro de la Euclides. Y así era, activó los generadores de contramedidas un segundo después de que la nave clementi abriese fuego.

El espacio se llenó de puntos luminosos. Decenas de estallidos de luz se sucedieron sólo a unos cientos de kilómetros de la Euclides.

-Señor, los escuadrones inician la maniobra de aproximación.

Las baterías láser de la nave alienígena derribaron a numerosos cazas con absoluta precisión, ya que conocían las trayectorias que seguirían de antemano; aunque media docena logró salir indemne y circunvalar aquella US, cañoneando con todo lo que tenían, a la vez que sorteaban las defensas de superficie.

Fue una buena ofensiva, derribaron algunas antenas de comunicaciones y varios pasillos y almacenes quedaron abiertos al vacío del espacio exterior. No obstante, una US-TGU no moría hasta que su núcleo quedaba inactivo.

La Euclides giró treinta grados sobre su eje.

-¿Qué sucede? –preguntó el general Thrown.- ¿Por qué maniobramos de ese modo? Dios...

La palabra se petrificó en su garganta. La nave clementi había soltado una oleada de misiles, más de un millar. Ni en su máximo rendimiento la US-TGU Euclides disponía de tanta munición.

-El ordenador nos sitúa en una posición más apropiada para salvaguardar el centro de computación.

-Y se olvida de nosotros. –Pensó rápido, los misiles se acercaban velozmente. Los cañones de la Euclides bascularon, interceptando algunos proyectiles; pero eran demasiados. No lo iban a conseguir. Debía actuar con determinación. Levantó la placa que protegía un pulsador negro y lo apretó. Cuando hubo la primera disrupción en la esfera de contención, dio la orden atusándose el uniforme con orgullo: -Disparen el atomizador.

Los clementi detectaron demasiado tarde que el microuniverso donde combatían se había esfumado y una nube de partículas galvanizadas se abalanzaba sobre ellos y les destruía por completo.

Antes, sin embargo, la US-TGU Euclides desapareció en un resplandor fluctuante. Los millones de personas que vivían en su interior murieron en un grito unánime, la tierra se desmenuzó, los ríos se evaporaron y el adivino de túnica salpicada de símbolos cabalísticos se extinguió junto con su bola de cristal.

El general Thrown conocía su destino incluso antes que el ordenador y decidió no irse solo al infierno, por esa razón desactivó el campo y así no fueron capaces de predecir su último y fatídico ataque; había hecho desaparecer una banda de la mesa de billar del cosmos, frustrando la carambola. Aguardó justo a ese momento para dar la orden, no podía arriesgarse a que detectaran que su boca iba a articularla, y por suerte la potencia informática de los clementi no era suficiente para adentrarse en el proceso cuántico que acontecía en sus sinapsis y hacer una prospección de sus ideas. Como tampoco eran capaces de controlar una esfera de contención tan colosal como el Universo.



 

 

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