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3
Perfecto era un
tipo extraño, se
fijaba en cosas
en las que los
demás ni
reparaban. Veía
más, como si
contemplase la
realidad con un
microscopio, y
con un
telescopio. Oía
como si
utilizara
siempre un
estetoscopio.
Manipulaba los
objetos en el
interior de una
vitrina típica
de los
laboratorios
virológicos, con
la puertezuela
siempre sellada
con cuatro
tuercas de
palomita e
introduciendo
las manos en los
gruesos guantes
de caucho que
traspasaban el
receptáculo por
la parte
frontal,
desmitificando
así cualquier
asunto,
objetivándolo;
separándose de
él. Percibía lo
que le rodeaba
de otro modo.
Por ejemplo,
cuando tarareaba
una canción no
se limitaba a la
melodía
principal como
todo el mundo,
sino que hacía
esfuerzos
sobrehumanos
para introducir
también el bajo,
la batería o la
guitarra. No me
extrañaría que,
si su larginge
fuese capaz de
tamaño prodigio,
incorporase
también el
fru-fru de
la ropa
frotándose
contra el cuerpo
del cantante.
También sus
opiniones
resultaban
excéntricas. Por
ejemplo, no
creía en Dios
porque, según
él, Jesucrito
debería haber
hablado el
lenguaje
universal de las
matemáticas y no
arameo, así su
mensaje no
hubiese sido
susceptible de
malas
interpretaciones
o perversas
adulteraciones.
También creía
que se deberían
destruir todos
los recuerdos
históricos,
desde retratos o
un medallón de
oro que nos
regaló nuestra
abuela al nacer
hasta las
catedrales o el
panteón de Roma.
<<En la Casa
Blanca adornan
las paredes
diversos
retratos de
antiguos
presidentes o en
pinacotecas, de
reyes déspotas.
¿No sería mejor
olvidarnos de
todo ese óxido
en forma de
persona humana
que arrasó con
la razón y la
lógica y el
progreso de un
país y
sustituirlo por
personas que en
verdad han
ayudado a la
humanidad? O de
savia nueva,
colgando
retratos de
personajes que
no han existido
aún pero que
podrían cambiar
el mundo algún
día>> Incluso,
para justificar
aquella manera
de pensar a
contracorriente,
de formar ideas
destinadas a
capear el
temporal de
inmovilidad y
estrechura de
miras imperante,
mantenía una
teoría también
extravagante:
<<Desde pequeño
cada mañana al
levantarme de la
cama he sufrido
accesos de
estornudos
encadenados que
podían durar
hasta una hora.
Creo que mi
mente es más
preclara,
discurre mejor,
gracias a esas
explosiones
nasales, que
cada nueva
jornada oxigenan
mi cerebro más
de lo habitual,
sobrealimentándolo
hasta que
alcanzo un
estado de
hiperlucidez>>.
Tanto creía en
la exclusividad
de su masa gris
que solía
apostillar sus
inconformistas
afirmaciones con
un <<Soy el
único ser humano
de la historia
que ha dicho
estas
palabras>>,
acompañándolo
con el canto de
la mano, como
dividiendo la
delicada
exactitud de su
razonamiento, a
fin de que fuese
más fácilmente
digerible por su
interlocutor.
Ahora me
cuestiono que
tal vez aquel
añadido
megalómono,
vanidoso en
grado sumo,
fuese un modo
inconsciente de
desviar la
atención de sus
aseveraciones,
sólidas en
apariencia, pero
quizá
sustentadas en
un formidable
absurdo; de
revestir de
comicidad lo que
el riguroso y
serio análisis
desmoronaría.
Recuerdo que al
conocernos
nuestra
conversación
derivó hacia
nuestros años de
estudiante. Él
opinaba que los
profesores nunca
le enseñaron
nada tangible o
útil, que más
bien su vida
había sido un
proceso de
desaprender lo
que aquellas
clases
pretendían
instilarle para
dejar vía libre
a los
pensamientos
verdaderamente
elevados,
encajados en un
molde, no
rígido, sino de
porexpán. Un
molde exento de
aletargada
inmovilidad,
capaz de
transfigurarse
según las
circunstancias.
Opinaba que los
adultos no eran
más que niños
con bigote, que
el concepto de
madurez que
ensalzaba la
sociedad no se
correspondía con
su concepto de
madurez. Y, por
lo general, a él
no le caía bien
la gente, así
que cabía
suponer que los
niños tampoco.
Pero no era así.
Un niño aún
podía ser
salvado, su
cabeza blanda e
inconsistente
era susceptible
de ser moldeada
a gusto del
consumidor
(padres,
educadores,
gobierno, series
de dibujos
animados,
anuncios de
televisión... la
doctrina de
Perfecto). Un
adulto era un
niño sin
capacidad de
absorción, lo
peor que existía
en el mundo. De
este modo se
vanagloriaba de
haber logrado
escapar de
aquella
manipulación
llamada
Educación y
mantenerse como
un niño,
dispuesto a
cambiar cada día
de idea si era
necesario;
dejándose
arrastrar (si lo
consideraba
oportuno tras un
exhaustivo
examen) por las
mareas de
pensamiento.
<<Yo siempre
seré un niño,
nunca creceré;
pero tú dejaste
de ser un niño
cuando
terminaste el
instituto>>. Yo,
por el
contrario,
defendía mis
años escolares,
escudándome en
la ingente
cantidad de
conocimientos
que me habían
proporcionado; y
las relaciones
sociales que se
originaron con
otros compañeros
de clase:
inolvidables
aventuras que me
habían curtido
para enfrentarme
al mundo real.
No había
acuerdo, no
obstante los dos
apoyábamos
nuestras
posiciones con
una nostalgia
tan sincera (las
horas de patio,
el primer beso,
los castigos del
profesor, la
diversificada
flora y fauna de
la clase, los
juegos, las
risas, los
secretos, el
amor platónico)
que el
desacuerdo se
transformó
enseguida en
complicidad. Y
ya nunca más
pudimos
separarnos,
ambos
respetábamos la
opinión del
otro; aunque
Perfecto se
obstinara en
hacer valer la
suya sobre la
mía.
Nos conocimos
como suele
conocerse la
mayoría de gente
hoy en día: a
través de
Internet. Me
encontraba
intercambiando
música en
formato mp3
mediante un
programa para
tal efecto
cuando uno de
los usuarios, un
tal MelvinUd, me
abrió un privado
para adular la
colección de
blues que
compartía. En
pocos minutos ya
estábamos
charlando. Yo me
sentía solo,
hacía pocos días
que había
sufrido un
fracaso
sentimental y me
estaba
distanciando de
mis antiguas
amistades
paulatinamente,
así que no
vacilé demasiado
en aceptar su
invitación a
tomar el café.
Mi primera
impresión fue
desastrosa, me
pareció la clase
de individuo con
el que nunca
podría tratar.
Sin embargo, no
fue así.
Compartíamos la
afición por el
blues y el jazz
y me cayó
simpático.
Sobretodo me
pareció buena
persona y
alguien en quien
podía confiar,
algo que hacía
tiempo que
echaba de menos.
Simpático pero
excéntrico; una
excentricidad
benévola que me
agradaba, que
sazonaba mi
aburrida y
monótona
existencia.
Perfecto nunca
terminó sus
estudios y
cuando hablaba
era algo
dislálico,
adoleciendo de
un vocabulario
irregular, donde
se mezclaban
términos
pedantes con
vulgarismos de
mal gusto. La
gente
necesitaría en
ocasiones una
piedra Rosseta
para descifrar
sus jeroglíficos
verbales;
siempre me creí
especial porque
era capaz de ver
un sustrato
interesante en
aquel caos, de
captar sus
susurros entre
el estruendoso
disón. Ahora me
cuestiono que
todo fuese una
ilusión
producida por mi
necesidad de
encontrar a un
amigo.
Perfecto
conciliaba sin
estridencias dos
estilos de
vestir
visualmente
antagónicos. Por
un lado, el
estilo
desenfadado, que
se caracterizaba
por un cabello
rabiosamente
alborotado,
hinchado,
despuntando en
mil direcciones,
duplicando el
tamaño de su
cabeza; y en
ocasiones
incluso
triplicándolo.
Aquel cabello
negro, denso,
era el sueño de
todo alopécico.
Un cabello que
le otorgaba
personalidad al
igual que a
Sansón le
otorgaba su
fuerza. Su forma
de vestir estaba
compuesta
entonces por
piezas anchas,
normalmente una
camiseta
descolorida de
algún grupo de
música
minoritario y
unos pantalones
de pana roídos.
En verano
completaba ese
desaguisado
estético con
unas chanclas y
en invierno con
unas chirucas
marrones enormes
y una camisa que
parecía haber
sobrevivido a
varias
generaciones de
Perfectos. Hasta
su modo de andar
se tornaba
tambaleante como
un tentempié.
Las ancianas,
entonces, se
apartaban a su
paso, apretando
el bolso contra
su pecho y
lanzándole las
miradas cargadas
con toda la
suspicacia que
eran capaces de
reunir, los
policías solían
exigirle que se
identificase y,
en general, todo
el mundo le
suponía un
despistado, un
sucio y un vago,
un parásito
social que vivía
del honrado
trabajo de los
demás, que
probablemente
hacía guiños a
los
estupefacientes
y que dormía
diez o doce
horas cada día,
usando de pijama
aquella misma
ropa. ¡Qué
equivocados
estaban todos!
Por el otro
lado, el estilo
que le hacía
pasar
desapercibido,
como si fuese
invisible,
transparente;
como si se
fundiese con su
entorno cual
camaleón. Su
pelo desaparecía
entonces. No sé
como lo lograba
pero aquella
escultura
capilar propia
de un genio del
arte abstracto,
que remedaba la
cola desplegada
y erguida de un
pavo real, se
hundía sobre sus
cimientos: aquel
paradigma del
enmarañamiento
devenía en dos
disciplinados,
ortodoxos y
engominados
montículos
divididos por
una raya
lateral. La
longitud del
cabello parecía
haberse
acortado, su
procacidad y
bravuconería se
habían esfumado.
Entonces su
nariz aguileña
hacía las veces
de andamiaje
para unas gafas
de montura
gruesa de pasta
negra. Se
afeitaba su
perilla de
chivo, afilada
como un puñal, y
su mentón se
transformaba en
un objeto romo,
inofensivo.
Pantalones de
pinza, camisas a
rayas estrecha,
dejando entrever
una tripa
incipiente,
abotonadas hasta
el cuello y con
los faldones
apresados por
los pantalones.
Zapatos naúticos
limpios. Su paso
muelle era
estilizado como
el de una
gacela. Las
ancianas
sonreían, pasaba
desapercibido
para la policía
y, en general,
todo el mundo lo
ignoraba;
alguien con ese
aspecto no podía
representar
ninguna amenaza.
Dos looks
opuestos que
proyectaba
sombras sobre la
verdadera
personalidad de
Perfecto. Dos
modos postizos
de mostrarse a
los demás a fin
de conseguir sus
objetivos. Era
la primera
persona que
conocía que no
usaba la ropa y
los complementos
para venderse ni
exhibir cómo es
o cómo le
gustaría ser
sino que
entendía el
aspecto externo
como una
herramienta, con
la que era capaz
de suscitar en
el prójimo el
estado de ánimo
oportuno.
Siempre me ha
parecido que
Perfecto no se
vestía, su
estado natural
era la desnudez;
pero poseía dos
trajes de
superhéroe. ¿Por
qué conformarse
con uno?
Supermán se
equivocaba al
emplear
calzoncillos
rojos por encima
de las mallas
azules para
salvar vidas por
sistema, porque
muchas veces se
requiere cierta
discreción y
sutileza para
salvar una vida:
su traje anodino
de Clark Kent,
por ejemplo.
Para su primera
cita con
Patricia, optó
por destacar. El
cabello aleonado
brotó y su ropa
arrugada
abandonó su
armario de
perdedor
insomne. Quería
exhibir sus
superpoderes con
el vestido
estrafalario de
Supermán, era lo
que necesitaba
esa clase de
mujer. Ya que
para él, una
mujer casada
siempre sueña en
secreto con un
príncipe azul
que la rescatará
de su vida gris
y monótona,
embarcándola en
una nueva vida
de aventuras y
pasión. Sí, es
una opinión
machista, lo
admito. No
obstante, estaba
acostumbrado a
ellas. Porque si
de algo me
percaté al poco
tiempo de
conocer a
Perfecto fue de
su profunda,
enquistada y
supurante
aversión a las
mujeres. Las
aborrecía. Las
odiaba. Pero no
le ponía enfermo
la mujer como
ser humano sino
como icono
cultural. <<A mí
no me importa
que mi mejor
amigo tenga
coño, lo que me
jode sobremanera
es que se tiña
el pelo, se
pinte los labios
y apeste a
perfume>>, me
dijo en una
ocasión. No
detestaba a la
mujer sino el
arquetipo actual
de mujer; según
él sus opiniones
no se podían
calificar de
machistas sino
clasistas.
Sinceramente, lo
ignoro; me
pierdo en
semejantes
matices
semánticos.
Por supuesto, yo
nunca me tomé en
serio tamaños
arrebatos en
contra del
género femenino.
Siempre he
creído que
generar tanto
odio y rencor
contra cualquier
persona o idea
no puede ser
beneficioso si
uno quiere gozar
de buena salud
mental. La vida
está para
vivirla,
preocupándonos
por ciertos
asuntos, claro
está, incluso
investigando en
profundidad
otros, pero sin
amargarse más
allá de aquellos
límites
razonables. Así
que solía
trivializar sus
puntos de vista,
como si
contemplara los
desmanes de un
forofo del
fútbol. Nunca le
reprendí por
ello ni
cuestioné el
fervor y
desmedida pasión
de su postura al
igual que
tampoco daría un
capón a un
fanático que se
gasta quinientos
euros en una
entrada para un
partido
decisivo. Así de
sencillo.
Por ello yo me
limitaba a
sonreír o a
ruborizarme
cuando, por
ejemplo, por la
calle nos
cruzábamos con
una chica
exageradamente
emperejilada. Lo
natural en esa
situación
hubiese sido que
la admirásemos
con delectación,
incluso alguien
osado (Perfecto,
no yo) podría
lanzarle algún
piropo, mientras
se giraba para
contemplar su
trasero
alejándose. La
característica
fundamental de
Perfecto
consiste en que
nunca se
comporta de un
modo natural.
<<Soy un maldito
robot>>,
solía exclamar.
Así que él no
hacía nada de
todo eso.
Normalmente
apartaba la
vista de forma
afectada, como
si no fuera
capaz de
soportar el
horror que se
acercaba hacia
nosotros.
-No le voy a dar
la satisfacción
de mirarlas.
-¿Por qué no?
–preguntaba yo
con genuino
interés.
-Joder, porque
es lo que
esperan, ¿no lo
ves? Mira
aquella.
Pantalones
vaqueros
ajustados, el
culo se le
perfila a la
perfección; y
encima es
respingón porque
se ayuda de unos
zapatos de tacón
kilométrico.
Mira el top
blanco, se le
transparentan
los pezones. Me
imagino que si
le despojaras
del top
no ganarías
mucha más
visión, porque
prácticamente
puedes adivinar
como son esas
tetas. Mira,
labios bien
delineados,
gruesos, con
destellos
plateados;
quizás posean
algún retoque de
cirugía
estética.
Maquillaje
profuso. El
cabello es
perfecto, todos
los pelos
parecen haberse
puesto de
acuerdo para
formar una gran
piña, un
monumento con
sus propios
cuerpos, una
estatua capilar
visible desde
las alturas. Ese
rubio es
artificial, que
lo sepas. Gafas
fashion.
Por Dios,
piercing en
la nariz. Debe
de tener treinta
años y lleva un
piercing
en la nariz, que
los han puesto
de moda los
adolescentes
para tocar los
huevos a los
mayores. Si
tienes buena
vista también
atisbarás
cristalitos
autoadhesivos
situados
estratégicamente
en la cara y en
el cuerpo.
Seguro que
también luce
lentillas de
colores:
violeta, verde,
miel,
fantasía... a
saber. Laca de
uñas metalizada
que brilla bajo
las luces de la
discoteca. Un
toque de
purpurina en el
escote.
Extensiones de
colores de quita
y pon fijados en
el pelo con
orquillas
fosforescentes.
Cuando pasemos
junto a ella
obsérvala,
contempla sus
ojos. No nos ha
mirado, ¿te das
cuenta? ¿Pero
has advertido
algo más?
-Pues...
–comencé con
inseguridad,
arrastrando las
sílabas.
-Que sí
nos quería mirar
–completó él,
ajeno a mi
vacilación. –Esa
zorra nos ha
calado por el
rabillo del ojo.
¿Sabes por qué?
Porque
esperaba...
deseaba
contemplar
nuestra reacción
frente a su
despampanante y
arrolladora
belleza. ¿Crees
que esa tía se
ha pasado dos
horas
arreglándose así
un miércoles por
la mañana para
acudir al
trabajo
contenta consigo
misma?
¡Claro! Claro
que está
contenta consigo
misma. Lo está
porque atrae a
los hombres,
porque es el
centro del
mundo, porque es
capaz de que un
hombre serio,
inteligente y
seguro de sí
mismo, se
deshaga al
contemplarla,
que reprima
bajarse los
pantalones allí
mismo para
hacerse una
paja. No sabes
como me joden
esas mujeres que
dicen cuidar su
aspecto, llevar
determinado
look o
machacarse en el
gimnasio porque
ellas quieren
(o les sale
de los ovarios),
para sentirse
mejor con ellas
mismas para...
–emitió una
sonora
carcajada-
gustarse. No me
jodas, yo
también voy al
cine porque me
hace sentir
bien, sino no lo
haría. Pero si
me hace sentir
bien es porque
me abstraigo de
mi realidad por
un rato, porque
me identifico
con tal o cual
personaje,
porque me
entretiene,
porque disfruto
con planos
magistrales,
porque me gusta
la fotografía,
porque siento
terror o
alegría,
etcétera. Si
ellas se ponen
sexys
porque quieren,
para sentirse
mejor con ellas
mismas o para
gustarse es una
obviedad, es
como no decir
nada; si se
gustan será por
algo, ¿no? Si se
gustan es porque
gustan a los
hombres y
provocan
envidias en las
mujeres. Porque
qué casualidad
que siempre se
gustan cuando
van como dictan
los cánones
vigentes de
belleza; ergo,
provocando deseo
masculino y
rencillas
femeninas. Sin
embargo, nunca
he visto a nadie
que se guste o
se sienta mejor
con él mismo
llevando una
plasta de vaca
en la cabeza o
ataviada como
una monja de
clausura, salvo
en las devotas
que quieren
gustar a Dios o
en las que
desean recrear
alguna fantasía
erótica. Por esa
razón, no voy a
darles el gusto
de mirarlas.
Y lo hacía. Y
trataba también
de comportarse o
reaccionar
frente a una
belleza
manufacturada
del modo más
inesperado
posible:
desviaba la
vista esbozando
un mohín de
repugnancia, se
tapaba la boca
con las dos
manos como si
quisiera
contener el
vómito, les
sonreía con
condescendencia
(<<pobrecilla,
lo intentas pero
no puedes; tanto
que te has
esmerado estos
últimos años y
no eres capaz de
meterte en mi
bragueta, y
mucho menos
captar mi
atención>>) o,
si yo le
acompañaba, me
comunicaba con
un grito que en
el mundo había
superpoblación
de putas y que
eso terminaría
devaluando la
profesión.
-A lo mejor se
creen que eres
gay –le
indicaba como
otra
posibilidad.
-A lo mejor.
Pero también es
posible que se
pregunten <<¿qué
ha pasado? ¿En
qué he fallado?
¿Me he
maquillado
demasiado? ¿El
tinte que me
recomendó Laura
me desfavorece?
¿Será una
bellaquería de
esa víbora
envidiosa?
¿Tengo un moco
en la nariz que
no he visto en
mi espejito
cinco minutos
antes? ¿O es
que... horror,
me estoy
haciendo
vieja?>> No
sabes lo bien
que me siento al
hacer tambalear
la seguridad de
esas esculturas
andantes. Me
parece tan
reprobable que
una mujer
construya sus
murallas de
autoestima con
pintalabios y
wonderbrás
que me siento un
héroe
desplantándolas.
Soy su héroe, el
que las salvará,
y ellas todavía
no se han dado
cuenta.>>
Emplear el sexo
o la belleza
para alcanzar
nuestros
objetivos es
comparable a
jugar con las
cartas marcadas.
Yo no repruebo
hacer trampas,
de ninguna
manera. Pero
observa que una
persona
habituada a
hacer trampas se
convierte en un
engreído, su ego
se hincha al
comprobar que es
lo
suficientemente
astuto (o guapo)
para embaucar a
los demás.
Entonces ¿por
qué no usar su
poder si lo
posee? Es como
pedirle a
Supermán que no
vuele o a
Spiderman que no
lance telarañas;
resultaría
absurdo
reprimirse. Sin
embargo, existe
un problema. Si
uno toma atajos
a menudo o echa
mano de sus
superpoderes al
menor percance,
si juega con
cartas marcadas,
el esfuerzo ya
no es tan
necesario, y la
evolución
tampoco:
Supermán no
sabrá como ir a
su casa en coche
porque no tiene
permiso de
conducir y
volando invierte
sólo unos
segundos. Y el
jugador no habrá
desentrañado los
misterios del
póquer porque
tan sólo jugando
con sus cartas
marcadas ya
consigue ganar.
Pero ¿y si
jugara con otras
cartas? Y ¿si
Supermán
perdiese sus
poderes? ¿Y si
no existiese un
atajo para
alcanzar nuestro
objetivo? Pero
no quiero que mi
línea argumental
discurra por esa
dirección,
porque de igual
modo ocurre que
si siempre
recurrimos a la
electricidad y
no aprendemos de
vez en cuando a
hacer fuego con
un pedernal,
también corremos
el riesgo de
quedar huérfanos
si nos cortan la
luz: el riesgo
es despreciable,
no tenemos
porqué aprender
todo eso. Ni
conducir si
volamos, ni
jugar al póquer
con otras cartas
si siempre lo
hacemos con las
marcadas. Lo que
quiero
transmitirte no
es eso, es que
dichos
individuos, que
Supermán y el
jugador, que el
que emplea el
sexo y la
belleza para sus
fines, es más
ignorante, menos
experimentado,
menos
interesante y
más inculto.
Ganar siempre no
equivale a
aprender
siempre. Tener
mucho poder
sexual requiere
mucha
responsabilidad,
porque te
condena a ganar
sin aprender.
Así que, como no
confío en dicha
responsabilidad,
es más probable
que alguien
atractivo según
los cánones
vigentes sea más
tonto que uno
que no lo es.
Sólo son
interesantes los
guapos y guapas
que renuncian a
menudo a sus
poderes. Y
también hay feos
tontos, claro;
pero son una
minoría en
comparación,
porque la
fealdad te
obliga a
potenciar otras
virtudes para
agradar a los
demás.
Y yo me reía.
Siempre me reía
con complicidad,
como si
entendiera todo
lo que me decía
y lo aprobara.
Era un loco
adorable, ni
siquiera creí
que debía
tomarme en serio
todas sus
palabras. Así
que tampoco
consideraba
ningún crimen
seguirle la
corriente.
-Tío, dime que
me entiendes. Lo
entiendes, ¿no?
Me defraudarías
mucho si no me
entendieses,
aunque no
estuvieras de
acuerdo. Pero al
menos me
gustaría que
recapacitaras
sobre lo que te
he dicho. Y si
no estás de
acuerdo conmigo,
pues estoy
abierto a la
discusión. A
pesar de mi
nombre, yo no
soy perfecto,
puedo estar
equivocado. Me
entiendes,
¿verdad?
Y yo le
aseguraba que
sí. ¿Qué iba a
decirle? Tal
vez, si hubiese
sospechado lo
que llegaría a
hacer con
Patricia, habría
zanjado nuestra
amistad de
inmediato. Le
hubiese gritado
que era un
lunático, que no
sabía lo que
decía. Pero yo
ignoraba lo que
comenzaba a
bullir en
aquella mente
esquinada, así
que le aseguré
que lo entendía
muy bien, que
estaba con él;
sus ojos lo
imploraban:
necesitaba a
alguien, no
sentirse tan
solo. Era mi
amigo. <<No, no
me parece de
juzgado de
guardia que
compres una
entrada para ese
partido tan
decisivo por
quinientos
euros. Ni
siquiera por
mil. No quiero
revelarte que yo
no creo que Papá
Noél exista, me
sentiría fatal
se descubres que
no comparto tu
pasión por ese
barbudo de risa
enervante. ¡No
siquiera envío
cartas al Polo
Norte!>> No, yo
no soy de esos.
Nunca me he
visto liderando
una rebelión del
tipo que fuere
ni cortando las
alas de la
ilusión a nadie,
y menos a un
amigo.
Desconozco la
razón. ¿Cuestión
de carácter?
¿Tal vez para no
perderle como
amigo y que,
además, creyera
que yo no era
tan bueno como
había
presupuesto, que
le había
decepcionado?
¿Falta de
personalidad?
¿Algún trauma
freudiano debido
a mi patético
propósito de
intentar que mi
padre, y por
ende todo aquel
que se arrogara
la figura
paterna en una
relación
conmigo, se
sintiese
orgulloso de mí.
No lo sé, y me
importa poco. Yo
era el seguidor
y él el
gobernante, yo
era el
espectador y él
el actor. Yo
debía merecerme
su amistad y no
a la inversa.
Sí, él era mi
jodido padre, en
cierta forma. Lo
que hay que oír,
¿verdad?
También lo
atribuyo a un
rasgo particular
en la forma de
relacionarse con
los demás. A
menudo Perfecto
solía echar mano
de las palabras
gruesas. Por
ejemplo, si en
una conversación
advertía que un
interlocutor no
había
comprendido su
argumentación o
la había
malinterpretado,
no se limitaba a
volverse a
explicar o a
articular el
manido <<Creo
que no me he
explicado
bien>>. Y mucho
menos un
sencillo e
inofensivo <<no,
lo que quiero
decir es...>>.
Perfecto no
creía en las
palabras
inermes. Es más,
gran parte de su
poder de
persuasión se
fundaba en la
erosión de la
autoestima del
contrario, y
para ello sus
palabras debían
ir equipadas con
contundentes
arietes. <<Tío,
me estás
asustando>>.
Boum, temblor y
esquirlas
desprendiéndose
del escudo
egotista del
otro. ¿Qué gran
delito habré
cometido que
incluso ha
pasado
desapercibido
para mí?
<<Joder, ahora
mismo lo que has
dicho me parece
una locura, es
increíble>>.
Boum, primeras
fisuras, la
estructura cede
un poco, aunque
continúa en pie,
replicando con
ferocidad. <<Me
estás
decepcionando
mucho, no sabía
esto de ti>>.
Boum, los
cimientos se
hunden tras las
continuas
arremetidas, tan
sólo sobrevive
un patético
pretil que
apenas ofrece
algún servicio.
<<No entiendo
nada, ahora
mismo te escucho
y no entiendo
nada de nada,
estoy
alucinando; me
parece que no
estás pensando
lo que dices y
te defiendes por
inercia>>. Boum.
El golpe de
gracia, la
última barrera
ha caído.
Perfecto se
erige como juez
de la realidad,
gestor de la
verdad y
magistrado de la
objetividad. El
interlocutor
comienza a dudar
de sus
opiniones,
catalogándolas
de segundo
orden. Tras
pasarlas por el
tamiz de
Perfecto, éste
les otorgará su
beneplácito. La
dinámica
seguidor-celebridad
ya se ha
instaurado en la
relación y ésta
permanecerá para
siempre,
confirmando cada
día la
superioridad de
Perfecto.
Tengo por
evidente que
esta dinámica
unida a mi
complejo
freudiano
resultaba
explosiva. |