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Perfecto era un tipo extraño, se fijaba en cosas en las que los demás ni reparaban. Veía más, como si contemplase la realidad con un microscopio, y con un telescopio. Oía como si utilizara siempre un estetoscopio. Manipulaba los objetos en el interior de una vitrina típica de los laboratorios virológicos, con la puertezuela siempre sellada con cuatro tuercas de palomita e introduciendo las manos en los gruesos guantes de caucho que traspasaban el receptáculo por la parte frontal, desmitificando así cualquier asunto, objetivándolo; separándose de él. Percibía lo que le rodeaba de otro modo. Por ejemplo, cuando tarareaba una canción no se limitaba a la melodía principal como todo el mundo, sino que hacía esfuerzos sobrehumanos para introducir también el bajo, la batería o la guitarra. No me extrañaría que, si su larginge fuese capaz de tamaño prodigio, incorporase también el fru-fru de la ropa frotándose contra el cuerpo del cantante.

También sus opiniones resultaban excéntricas. Por ejemplo, no creía en Dios porque, según él, Jesucrito debería haber hablado el lenguaje universal de las matemáticas y no arameo, así su mensaje no hubiese sido susceptible de malas interpretaciones o perversas adulteraciones. También creía que se deberían destruir todos los recuerdos históricos, desde retratos o un medallón de oro que nos regaló nuestra abuela al nacer hasta las catedrales o el panteón de Roma. <<En la Casa Blanca adornan las paredes diversos retratos de antiguos presidentes o en pinacotecas, de reyes déspotas. ¿No sería mejor olvidarnos de todo ese óxido en forma de persona humana que arrasó con la razón y la lógica y el progreso de un país y sustituirlo por personas que en verdad han ayudado a la humanidad? O de savia nueva, colgando retratos de personajes que no han existido aún pero que podrían cambiar el mundo algún día>> Incluso, para justificar aquella manera de pensar a contracorriente, de formar ideas destinadas a capear el temporal de inmovilidad y estrechura de miras imperante, mantenía una teoría también extravagante: <<Desde pequeño cada mañana al levantarme de la cama he sufrido accesos de estornudos encadenados que podían durar hasta una hora. Creo que mi mente es más preclara, discurre mejor, gracias a esas explosiones nasales, que cada nueva jornada oxigenan mi cerebro más de lo habitual, sobrealimentándolo hasta que alcanzo un estado de hiperlucidez>>. Tanto creía en la exclusividad de su masa gris que solía apostillar sus inconformistas afirmaciones con un <<Soy el único ser humano de la historia que ha dicho estas palabras>>, acompañándolo con el canto de la mano, como dividiendo la delicada exactitud de su razonamiento, a fin de que fuese más fácilmente digerible por su interlocutor. Ahora me cuestiono que tal vez aquel añadido megalómono, vanidoso en grado sumo, fuese un modo inconsciente de desviar la atención de sus aseveraciones, sólidas en apariencia, pero quizá sustentadas en un formidable absurdo; de revestir de comicidad lo que el riguroso y serio análisis desmoronaría.

Recuerdo que al conocernos nuestra conversación derivó hacia nuestros años de estudiante. Él opinaba que los profesores nunca le enseñaron nada tangible o útil, que más bien su vida había sido un proceso de desaprender lo que aquellas clases pretendían instilarle para dejar vía libre a los pensamientos verdaderamente elevados, encajados en un molde, no rígido, sino de porexpán. Un molde exento de aletargada inmovilidad, capaz de transfigurarse según las circunstancias. Opinaba que los adultos no eran más que niños con bigote, que el concepto de madurez que ensalzaba la sociedad no se correspondía con su concepto de madurez. Y, por lo general, a él no le caía bien la gente, así que cabía suponer que los niños tampoco. Pero no era así. Un niño aún podía ser salvado, su cabeza blanda e inconsistente era susceptible de ser moldeada a gusto del consumidor (padres, educadores, gobierno, series de dibujos animados, anuncios de televisión... la doctrina de Perfecto). Un adulto era un niño sin capacidad de absorción, lo peor que existía en el mundo. De este modo se vanagloriaba de haber logrado escapar de aquella manipulación llamada Educación y mantenerse como un niño, dispuesto a cambiar cada día de idea si era necesario; dejándose arrastrar (si lo consideraba oportuno tras un exhaustivo examen) por las mareas de pensamiento. <<Yo siempre seré un niño, nunca creceré; pero tú dejaste de ser un niño cuando terminaste el instituto>>. Yo, por el contrario, defendía mis años escolares, escudándome en la ingente cantidad de conocimientos que me habían proporcionado; y las relaciones sociales que se originaron con otros compañeros de clase: inolvidables aventuras que me habían curtido para enfrentarme al mundo real. No había acuerdo, no obstante los dos apoyábamos nuestras posiciones con una nostalgia tan sincera (las horas de patio, el primer beso, los castigos del profesor, la diversificada flora y fauna de la clase, los juegos, las risas, los secretos, el amor platónico) que el desacuerdo se transformó enseguida en complicidad. Y ya nunca más pudimos separarnos, ambos respetábamos la opinión del otro; aunque Perfecto se obstinara en hacer valer la suya sobre la mía.

Nos conocimos como suele conocerse la mayoría de gente hoy en día: a través de Internet. Me encontraba intercambiando música en formato mp3 mediante un programa para tal efecto cuando uno de los usuarios, un tal MelvinUd, me abrió un privado para adular la colección de blues que compartía. En pocos minutos ya estábamos charlando. Yo me sentía solo, hacía pocos días que había sufrido un fracaso sentimental y me estaba distanciando de mis antiguas amistades paulatinamente, así que no vacilé demasiado en aceptar su invitación a tomar el café. Mi primera impresión fue desastrosa, me pareció la clase de individuo con el que nunca podría tratar. Sin embargo, no fue así. Compartíamos la afición por el blues y el jazz y me cayó simpático. Sobretodo me pareció buena persona y alguien en quien podía confiar, algo que hacía tiempo que echaba de menos. Simpático pero excéntrico; una excentricidad benévola que me agradaba, que sazonaba mi aburrida y monótona existencia.

Perfecto nunca terminó sus estudios y cuando hablaba era algo dislálico, adoleciendo de un vocabulario irregular, donde se mezclaban términos pedantes con vulgarismos de mal gusto. La gente necesitaría en ocasiones una piedra Rosseta para descifrar sus jeroglíficos verbales; siempre me creí especial porque era capaz de ver un sustrato interesante en aquel caos, de captar sus susurros entre el estruendoso disón. Ahora me cuestiono que todo fuese una ilusión producida por mi necesidad de encontrar a un amigo.

Perfecto conciliaba sin estridencias dos estilos de vestir visualmente antagónicos. Por un lado, el estilo desenfadado, que se caracterizaba por un cabello rabiosamente alborotado, hinchado, despuntando en mil direcciones, duplicando el tamaño de su cabeza; y en ocasiones incluso triplicándolo. Aquel cabello negro, denso, era el sueño de todo alopécico. Un cabello que le otorgaba personalidad al igual que a Sansón le otorgaba su fuerza. Su forma de vestir estaba compuesta entonces por piezas anchas, normalmente una camiseta descolorida de algún grupo de música minoritario y unos pantalones de pana roídos. En verano completaba ese desaguisado estético con unas chanclas y en invierno con unas chirucas marrones enormes y una camisa que parecía haber sobrevivido a varias generaciones de Perfectos. Hasta su modo de andar se tornaba tambaleante como un tentempié. Las ancianas, entonces, se apartaban a su paso, apretando el bolso contra su pecho y lanzándole las miradas cargadas con toda la suspicacia que eran capaces de reunir, los policías solían exigirle que se identificase y, en general, todo el mundo le suponía un despistado, un sucio y un vago, un parásito social que vivía del honrado trabajo de los demás, que probablemente hacía guiños a los estupefacientes y que dormía diez o doce horas cada día, usando de pijama aquella misma ropa. ¡Qué equivocados estaban todos!

Por el otro lado, el estilo que le hacía pasar desapercibido, como si fuese invisible, transparente; como si se fundiese con su entorno cual camaleón. Su pelo desaparecía entonces. No sé como lo lograba pero aquella escultura capilar propia de un genio del arte abstracto, que remedaba la cola desplegada y erguida de un pavo real, se hundía sobre sus cimientos: aquel paradigma del enmarañamiento devenía en dos disciplinados, ortodoxos y engominados montículos divididos por una raya lateral. La longitud del cabello parecía haberse acortado, su procacidad y bravuconería se habían esfumado. Entonces su nariz aguileña hacía las veces de andamiaje para unas gafas de montura gruesa de pasta negra. Se afeitaba su perilla de chivo, afilada como un puñal, y su mentón se transformaba en un objeto romo, inofensivo. Pantalones de pinza, camisas a rayas estrecha, dejando entrever una tripa incipiente, abotonadas hasta el cuello y con los faldones apresados por los pantalones. Zapatos naúticos limpios. Su paso muelle era estilizado como el de una gacela. Las ancianas sonreían, pasaba desapercibido para la policía y, en general, todo el mundo lo ignoraba; alguien con ese aspecto no podía representar ninguna amenaza.

Dos looks opuestos que proyectaba sombras sobre la verdadera personalidad de Perfecto. Dos modos postizos de mostrarse a los demás a fin de conseguir sus objetivos. Era la primera persona que conocía que no usaba la ropa y los complementos para venderse ni exhibir cómo es o cómo le gustaría ser sino que entendía el aspecto externo como una herramienta, con la que era capaz de suscitar en el prójimo el estado de ánimo oportuno. Siempre me ha parecido que Perfecto no se vestía, su estado natural era la desnudez; pero poseía dos trajes de superhéroe. ¿Por qué conformarse con uno? Supermán se equivocaba al emplear calzoncillos rojos por encima de las mallas azules para salvar vidas por sistema, porque muchas veces se requiere cierta discreción y sutileza para salvar una vida: su traje anodino de Clark Kent, por ejemplo.

Para su primera cita con Patricia, optó por destacar. El cabello aleonado brotó y su ropa arrugada abandonó su armario de perdedor insomne. Quería exhibir sus superpoderes con el vestido estrafalario de Supermán, era lo que necesitaba esa clase de mujer. Ya que para él, una mujer casada siempre sueña en secreto con un príncipe azul que la rescatará de su vida gris y monótona, embarcándola en una nueva vida de aventuras y pasión. Sí, es una opinión machista, lo admito. No obstante, estaba acostumbrado a ellas. Porque si de algo me percaté al poco tiempo de conocer a Perfecto fue de su profunda, enquistada y supurante aversión a las mujeres. Las aborrecía. Las odiaba. Pero no le ponía enfermo la mujer como ser humano sino como icono cultural. <<A mí no me importa que mi mejor amigo tenga coño, lo que me jode sobremanera es que se tiña el pelo, se pinte los labios y apeste a perfume>>, me dijo en una ocasión. No detestaba a la mujer sino el arquetipo actual de mujer; según él sus opiniones no se podían calificar de machistas sino clasistas. Sinceramente, lo ignoro; me pierdo en semejantes matices semánticos.

Por supuesto, yo nunca me tomé en serio tamaños arrebatos en contra del género femenino. Siempre he creído que generar tanto odio y rencor contra cualquier persona o idea no puede ser beneficioso si uno quiere gozar de buena salud mental. La vida está para vivirla, preocupándonos por ciertos asuntos, claro está, incluso investigando en profundidad otros, pero sin amargarse más allá de aquellos límites razonables. Así que solía trivializar sus puntos de vista, como si contemplara los desmanes de un forofo del fútbol. Nunca le reprendí por ello ni cuestioné el fervor y desmedida pasión de su postura al igual que tampoco daría un capón a un fanático que se gasta quinientos euros en una entrada para un partido decisivo. Así de sencillo.

Por ello yo me limitaba a sonreír o a ruborizarme cuando, por ejemplo, por la calle nos cruzábamos con una chica exageradamente emperejilada. Lo natural en esa situación hubiese sido que la admirásemos con delectación, incluso alguien osado (Perfecto, no yo) podría lanzarle algún piropo, mientras se giraba para contemplar su trasero alejándose. La característica fundamental de Perfecto consiste en que nunca se comporta de un modo natural. <<Soy un maldito robot>>, solía exclamar. Así que él no hacía nada de todo eso. Normalmente apartaba la vista de forma afectada, como si no fuera capaz de soportar el horror que se acercaba hacia nosotros.

-No le voy a dar la satisfacción de mirarlas.

-¿Por qué no? –preguntaba yo con genuino interés.

-Joder, porque es lo que esperan, ¿no lo ves? Mira aquella. Pantalones vaqueros ajustados, el culo se le perfila a la perfección; y encima es respingón porque se ayuda de unos zapatos de tacón kilométrico. Mira el top blanco, se le transparentan los pezones. Me imagino que si le despojaras del top no ganarías mucha más visión, porque prácticamente puedes adivinar como son esas tetas. Mira, labios bien delineados, gruesos, con destellos plateados; quizás posean algún retoque de cirugía estética. Maquillaje profuso. El cabello es perfecto, todos los pelos parecen haberse puesto de acuerdo para formar una gran piña, un monumento con sus propios cuerpos, una estatua capilar visible desde las alturas. Ese rubio es artificial, que lo sepas. Gafas fashion. Por Dios, piercing en la nariz. Debe de tener treinta años y lleva un piercing en la nariz, que los han puesto de moda los adolescentes para tocar los huevos a los mayores. Si tienes buena vista también atisbarás cristalitos autoadhesivos situados estratégicamente en la cara y en el cuerpo. Seguro que también luce lentillas de colores: violeta, verde, miel, fantasía... a saber. Laca de uñas metalizada que brilla bajo las luces de la discoteca. Un toque de purpurina en el escote. Extensiones de colores de quita y pon fijados en el pelo con orquillas fosforescentes. Cuando pasemos junto a ella obsérvala, contempla sus ojos. No nos ha mirado, ¿te das cuenta? ¿Pero has advertido algo más?

-Pues... –comencé con inseguridad, arrastrando las sílabas.

-Que nos quería mirar –completó él, ajeno a mi vacilación. –Esa zorra nos ha calado por el rabillo del ojo. ¿Sabes por qué? Porque esperaba... deseaba contemplar nuestra reacción frente a su despampanante y arrolladora belleza. ¿Crees que esa tía se ha pasado dos horas arreglándose así un miércoles por la mañana para acudir al trabajo contenta consigo misma? ¡Claro! Claro que está contenta consigo misma. Lo está porque atrae a los hombres, porque es el centro del mundo, porque es capaz de que un hombre serio, inteligente y seguro de sí mismo, se deshaga al contemplarla, que reprima bajarse los pantalones allí mismo para hacerse una paja. No sabes como me joden esas mujeres que dicen cuidar su aspecto, llevar determinado look o machacarse en el gimnasio porque ellas quieren (o les sale de los ovarios), para sentirse mejor con ellas mismas para... –emitió una sonora carcajada- gustarse. No me jodas, yo también voy al cine porque me hace sentir bien, sino no lo haría. Pero si me hace sentir bien es porque me abstraigo de mi realidad por un rato, porque me identifico con tal o cual personaje, porque me entretiene, porque disfruto con planos magistrales, porque me gusta la fotografía, porque siento terror o alegría, etcétera. Si ellas se ponen sexys porque quieren, para sentirse mejor con ellas mismas o para gustarse es una obviedad, es como no decir nada; si se gustan será por algo, ¿no? Si se gustan es porque gustan a los hombres y provocan envidias en las mujeres. Porque qué casualidad que siempre se gustan cuando van como dictan los cánones vigentes de belleza; ergo, provocando deseo masculino y rencillas femeninas. Sin embargo, nunca he visto a nadie que se guste o se sienta mejor con él mismo llevando una plasta de vaca en la cabeza o ataviada como una monja de clausura, salvo en las devotas que quieren gustar a Dios o en las que desean recrear alguna fantasía erótica. Por esa razón, no voy a darles el gusto de mirarlas.

Y lo hacía. Y trataba también de comportarse o reaccionar frente a una belleza manufacturada del modo más inesperado posible: desviaba la vista esbozando un mohín de repugnancia, se tapaba la boca con las dos manos como si quisiera contener el vómito, les sonreía con condescendencia (<<pobrecilla, lo intentas pero no puedes; tanto que te has esmerado estos últimos años y no eres capaz de meterte en mi bragueta, y mucho menos captar mi atención>>) o, si yo le acompañaba, me comunicaba con un grito que en el mundo había superpoblación de putas y que eso terminaría devaluando la profesión.

-A lo mejor se creen que eres gay –le indicaba como otra posibilidad.

-A lo mejor. Pero también es posible que se pregunten <<¿qué ha pasado? ¿En qué he fallado? ¿Me he maquillado demasiado? ¿El tinte que me recomendó Laura me desfavorece? ¿Será una bellaquería de esa víbora envidiosa? ¿Tengo un moco en la nariz que no he visto en mi espejito cinco minutos antes? ¿O es que... horror, me estoy haciendo vieja?>> No sabes lo bien que me siento al hacer tambalear la seguridad de esas esculturas andantes. Me parece tan reprobable que una mujer construya sus murallas de autoestima con pintalabios y wonderbrás que me siento un héroe desplantándolas. Soy su héroe, el que las salvará, y ellas todavía no se han dado cuenta.>>

Emplear el sexo o la belleza para alcanzar nuestros objetivos es comparable a jugar con las cartas marcadas. Yo no repruebo hacer trampas, de ninguna manera. Pero observa que una persona habituada a hacer trampas se convierte en un engreído, su ego se hincha al comprobar que es lo suficientemente astuto (o guapo) para embaucar a los demás. Entonces ¿por qué no usar su poder si lo posee? Es como pedirle a Supermán que no vuele o a Spiderman que no lance telarañas; resultaría absurdo reprimirse. Sin embargo, existe un problema. Si uno toma atajos a menudo o echa mano de sus superpoderes al menor percance, si juega con cartas marcadas, el esfuerzo ya no es tan necesario, y la evolución tampoco: Supermán no sabrá como ir a su casa en coche porque no tiene permiso de conducir y volando invierte sólo unos segundos. Y el jugador no habrá desentrañado los misterios del póquer porque tan sólo jugando con sus cartas marcadas ya consigue ganar. Pero ¿y si jugara con otras cartas? Y ¿si Supermán perdiese sus poderes? ¿Y si no existiese un atajo para alcanzar nuestro objetivo? Pero no quiero que mi línea argumental discurra por esa dirección, porque de igual modo ocurre que si siempre recurrimos a la electricidad y no aprendemos de vez en cuando a hacer fuego con un pedernal, también corremos el riesgo de quedar huérfanos si nos cortan la luz: el riesgo es despreciable, no tenemos porqué aprender todo eso. Ni conducir si volamos, ni jugar al póquer con otras cartas si siempre lo hacemos con las marcadas. Lo que quiero transmitirte no es eso, es que dichos individuos, que Supermán y el jugador, que el que emplea el sexo y la belleza para sus fines, es más ignorante, menos experimentado, menos interesante y más inculto. Ganar siempre no equivale a aprender siempre. Tener mucho poder sexual requiere mucha responsabilidad, porque te condena a ganar sin aprender. Así que, como no confío en dicha responsabilidad, es más probable que alguien atractivo según los cánones vigentes sea más tonto que uno que no lo es. Sólo son interesantes los guapos y guapas que renuncian a menudo a sus poderes. Y también hay feos tontos, claro; pero son una minoría en comparación, porque la fealdad te obliga a potenciar otras virtudes para agradar a los demás.

Y yo me reía. Siempre me reía con complicidad, como si entendiera todo lo que me decía y lo aprobara. Era un loco adorable, ni siquiera creí que debía tomarme en serio todas sus palabras. Así que tampoco consideraba ningún crimen seguirle la corriente.

-Tío, dime que me entiendes. Lo entiendes, ¿no? Me defraudarías mucho si no me entendieses, aunque no estuvieras de acuerdo. Pero al menos me gustaría que recapacitaras sobre lo que te he dicho. Y si no estás de acuerdo conmigo, pues estoy abierto a la discusión. A pesar de mi nombre, yo no soy perfecto, puedo estar equivocado. Me entiendes, ¿verdad?

Y yo le aseguraba que sí. ¿Qué iba a decirle? Tal vez, si hubiese sospechado lo que llegaría a hacer con Patricia, habría zanjado nuestra amistad de inmediato. Le hubiese gritado que era un lunático, que no sabía lo que decía. Pero yo ignoraba lo que comenzaba a bullir en aquella mente esquinada, así que le aseguré que lo entendía muy bien, que estaba con él; sus ojos lo imploraban: necesitaba a alguien, no sentirse tan solo. Era mi amigo. <<No, no me parece de juzgado de guardia que compres una entrada para ese partido tan decisivo por quinientos euros. Ni siquiera por mil. No quiero revelarte que yo no creo que Papá Noél exista, me sentiría fatal se descubres que no comparto tu pasión por ese barbudo de risa enervante. ¡No siquiera envío cartas al Polo Norte!>> No, yo no soy de esos. Nunca me he visto liderando una rebelión del tipo que fuere ni cortando las alas de la ilusión a nadie, y menos a un amigo. Desconozco la razón. ¿Cuestión de carácter? ¿Tal vez para no perderle como amigo y que, además, creyera que yo no era tan bueno como había presupuesto, que le había decepcionado? ¿Falta de personalidad? ¿Algún trauma freudiano debido a mi patético propósito de intentar que mi padre, y por ende todo aquel que se arrogara la figura paterna en una relación conmigo, se sintiese orgulloso de mí. No lo sé, y me importa poco. Yo era el seguidor y él el gobernante, yo era el espectador y él el actor. Yo debía merecerme su amistad y no a la inversa. Sí, él era mi jodido padre, en cierta forma. Lo que hay que oír, ¿verdad?

También lo atribuyo a un rasgo particular en la forma de relacionarse con los demás. A menudo Perfecto solía echar mano de las palabras gruesas. Por ejemplo, si en una conversación advertía que un interlocutor no había comprendido su argumentación o la había malinterpretado, no se limitaba a volverse a explicar o a articular el manido <<Creo que no me he explicado bien>>. Y mucho menos un sencillo e inofensivo <<no, lo que quiero decir es...>>. Perfecto no creía en las palabras inermes. Es más, gran parte de su poder de persuasión se fundaba en la erosión de la autoestima del contrario, y para ello sus palabras debían ir equipadas con contundentes arietes. <<Tío, me estás asustando>>. Boum, temblor y esquirlas desprendiéndose del escudo egotista del otro. ¿Qué gran delito habré cometido que incluso ha pasado desapercibido para mí? <<Joder, ahora mismo lo que has dicho me parece una locura, es increíble>>. Boum, primeras fisuras, la estructura cede un poco, aunque continúa en pie, replicando con ferocidad. <<Me estás decepcionando mucho, no sabía esto de ti>>. Boum, los cimientos se hunden tras las continuas arremetidas, tan sólo sobrevive un patético pretil que apenas ofrece algún servicio. <<No entiendo nada, ahora mismo te escucho y no entiendo nada de nada, estoy alucinando; me parece que no estás pensando lo que dices y te defiendes por inercia>>. Boum. El golpe de gracia, la última barrera ha caído. Perfecto se erige como juez de la realidad, gestor de la verdad y magistrado de la objetividad. El interlocutor comienza a dudar de sus opiniones, catalogándolas de segundo orden. Tras pasarlas por el tamiz de Perfecto, éste les otorgará su beneplácito. La dinámica seguidor-celebridad ya se ha instaurado en la relación y ésta permanecerá para siempre, confirmando cada día la superioridad de Perfecto.

Tengo por evidente que esta dinámica unida a mi complejo freudiano resultaba explosiva.



 

 

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