Cuidado: quizá haya más de metáfora y de reflexión coyuntural que de genuina panacea en esta forma de asfixiar a ETA y, en general, de no dar coba a ningún tipo de terrorismo. Probablemente sea un modo de actuar demasiado tajante, difícil de llevar a cabo, complejo de hacer entender a las víctimas o al ciudadano de a pie. Pero… quién sabe. Tanto tiempo contemplando como se marea la perdiz, imagino, tanto tiempo asistiendo impotente y atónito a este juego político que (ignoro si consciente o inconscientemente) se tiende a perpetuar, sospecho, me ha hecho recordar un pequeño cuento que escribí hace mucho, mucho tiempo.
Su título era Números borrosos y nació como consecuencia del hartazgo que me producía el problema vasco. No tanto de sus vericuetos, que seguro que los tiene, como de la forma de abordarlo por la mayoría de gente.
No voy a copiar todo el cuento (no soy tan cruel), pero sí la parte final. Es una parábola bastante evidente sobre el asunto situada en un futuro imposible, de estilo llano y directo, cimentado en el diálogo de sus dos protagonistas. Contexto: un ascensor orbital que une la superficie terrestre con una estación espacial. Se abre el telón.
-¿Sabes lo del comando terrorista? –dijo de repente Juantonio tras una pausa.
Al escuchar el término terrorista, Kip examinó instintivamente sus correas de sujeción, comprobando un posible sabotaje.
-¿Hay terroristas? ¿Aquí?
-Es un comando poco relevante, sólo actúa en las inmediaciones del Cantábrico Palace.
-Espera, espera… ahí es donde tenemos el hotel, ¿no?
-Exacto.
-Por mil enteones. ¿Y me lo dices ahora?
-No quería asustarte.
-Pues me has asustado.
-No quería asustarte antes, drugui. Ahí abajo, ¿me entiendes? Se hacen llamar N-ETA-UN. ¿Te suena?
-Vagamente. ¿Reclaman la demolición del Cantábrico Palace porque viola el Tratado de Fronteras?
-Eso mismo, veo que te lo sabes mejor que yo.
-Me suelo dejar el holo encendido mientras duermo y se habrá grabado en mi subconsciente mientras lo decían en algún programa, porque no era consciente de que lo sabía. Me ha salido espontáneamente, como si estuviera hipnotizado.
-Ah, comprendo.
-En fin, espero que éste sea nuestro último trabajo y no tengamos que sufrir más riesgos.
-¿Riesgo? ¿De qué?
Kip enarcó una ceja.
-Me acabas de decir que ahí abajo opera un comando terrorista.
-Sí.
-Supongo que hace estallar toda clase de explosivos.
-Sí.
-Asesina a personas.
-Sí.
-Y secuestra.
-Sí.
-¡Por mil enteones, me refiero a ése riesgo!
-Ah. Por un momento pensé que te referías al riesgo de usar estos vetustos ascensores orbitales. Porque, sinceramente, no encuentro ningún riesgo en habitar un Palace amenazado por un comando terrorista.
-¿No? ¿Cómo que no? ¿Estás loco?
-Estoy completamente cuerdo, por eso he dicho lo que he dicho y no otra cosa.
-Pero… a ver… no entiendo nada. ¿No tienes miedo?
-Tengo miedo de tener un accidente en este ascensor, pero ni se me había pasado por la cabeza tener miedo de N-ETA-UN, un comando terrorista que asesina a una persona y hiere a dieciocho cada treinta días, por término medio. ¿Te percatas del poco peligro que representa algo así?
-Mmm… así dicho… ¡aterroriza! Ahora tengo más miedo que antes. Enhorabuena, lo has conseguido.
-No era mi intención. Supongo que es normal que te resulte aterrador. A pesar de todo, nuestros cerebros continúan anclados en la Edad de Piedra y esas cifras no son correctamente asimiladas.
-El que no las asimila creo que eres tú, ¿estás loco?
-Vuelves a insistir en mi locura. Adelantaré mi revisión psicológica de este año, no te preocupes. Pero antes, escúchame.
-Te escucho.
-Si lo piensas, hace relativamente poco que la población humana creció hasta extenderse por todo el Sistema Solar. Antes, lo más habitual era vivir en poblaciones pequeñas, de cincuenta, setenta individuos como máximo.
-Me estás hablando de la época de las cavernas.
-Sí, más o menos. Piensa que esa época duró muchísimo tiempo. Nuestros cerebros se acomodaron a esa realidad, a contar a su alrededor con un número tal de semejantes. Si en aquella época moría un individuo, era fatal. Uno menos en el clan repercutía en la supervivencia porque facilitaba el ataque de las bestias salvajes. Dificultaba el mantenimiento de la prole y recoger alimentos para el invierno. Uno, como he dicho, era fatal. Dos, peor. Diez, determinante. Ahora yo te pregunto… si ése clan hubiese sido formado por cincuenta millones de integrantes, ¿crees que la misma cifra de bajas de antes hubiese repercutido de igual modo en la supervivencia?
Kip pareció meditar.
-Supongo que no.
-Pues bien, imagina que nos trasladamos al siglo veinte. En la Tierra existían seis mil millones de seres humanos por aquel entonces, y en un país completamente anodino surgió lo que ahora se denomina N-ETA-UN. Sus atentados solían tener la misma regularidad actual. Ésas gentes poseían un cerebro habituado a alertarse por dos o tres bajas en el clan, porque de otra manera en el pasado no hubiese sobrevivido nadie: no es concebible una sociedad en la que la muerte de un semejante resulte totalmente cotidiana. Ahora bien, el cerebro no se había actualizado a la realidad del siglo veinte; a los seis mil millones de humanos que existían por entonces. Ahora extrapola estos datos a la actualidad.
-Creo que te capto, drugui. Te capto, te capto, sí. Pero adelanta esa revisión psicológica… ¡para mañana mismo!
Juantonio estalló en carcajadas.
-¿Por qué? –dijo fingiendo inocencia.
-¿Me estás dando a entender que no pasa nada porque un comando terrorista se cargue a mil personas porque somos muchos más en el Sistema Solar?
-No, yo no he dicho tal cosa. Lo que digo es que la importancia que se le concede a esas mil muertes es excesiva. Mira, ahora mismo, en las minas de los anillos de Saturno, está muriendo de silicosis, derrumbes y fugas de oxígeno a esta velocidad: Agg, uno. Agg, dos. Agg, tres. Agg, cuatro. Agg, cinco. Agg, seis. Agg, siete –y continuó contabilizando muertes a gran velocidad. En pocos segundos ya había alcanzado veinte víctimas.
-Basta, basta, ya lo entiendo, para de morirte que me das miedo.
-Lo que quiero que comprendas es que… –buscó las palabras adecuadas-, si fuéramos coherentes con nuestro miedo, nos aterrorizaría un millón de veces más sufrir un ataque cardíaco que pasear por Cantabria Palace. Y lloraríamos a todas horas pensando en las víctimas de los anillos de Saturno.
Kip se rascó la cabeza.
-Pero… –comenzó-. Es que existe una diferencia. Las muertes de las minas, por ejemplo, son accidentes. Sin embargo, N-ETA-UN ha asesinado, con premeditación. Ha organizado un grupo de personas instruidas para segar la vida de cientos de objetivos seleccionados por arcanos parámetros. Eso me parece mucho más igneto que morir en Saturno.
-Me ha gustado lo de arcanos parámetros. Pero te equivocas, es idéntico a la situación de Saturno. Hasta creo que lo de Saturno es peor. En Saturno, está comprobado que muchos trabajadores mueren porque sus máscaras están anticuadas o sus filtros, caducados. O porque no poseen la infrastructura robótica precisa. Se salvarían millones de vidas al año si se cumplieran determinadas normas de seguridad. No obstante, Don Madigan, Naddles Corporation o a quien quieras culpar de tamaña negligencia, no se molesta en cumplir una reglamentación básica. Les sale más barato responder frente a las víctimas que sustituir unos filtros o adquirir máscaras nuevas. ¿Qué es peor? N-ETA-UN asesina premeditadamente a una persona a fin de reivindicar una frontera. Don Madigan, un sólo indoviduo, asesina premeditadamente a mil cada mes para ahorrarse unos créditos.
-Joder.
-Eso mismo, joder. Las dos situaciones son reprobables, pero tú has temblado de miedo sólo ante la primera. Cuando tú y yo trabajamos en Saturno, no detecté tanta preocupación en el ambiente.
-Es que… no lo sabía.
-Exacto. Ahí radica la diferencia. Verás, es difícil asumir lo que he dicho con un cerebro de piedra, pero aún resulta más difícil si no se apoya mediáticamente.
-¿Cómo? ¿Cómo? Me he perdido.
-Cada vez que hay una víctima de N-ETA-UN tiene lugar manifestaciones, todos los holos dedican horas a disertar sobre motivaciones, soluciones y la víctima termina por formar parte de la familia, debido a las profusas informaciones sobre su vida personal a las que nos someten. Es decir, el defecto de nuestro cerebro se acentúa, consiguen sobredimensionar esa muerte hasta niveles alarmantes. De ahí proviene el terrorismo, de ese tipo de publicidad; de aprovecharse de la ínfima habilidad de nuestro cerebro para ser objetivo y desvincularse de los patrones numéricos del pasado.
-Joder.
-Te estás repitiendo, te estás tornando tan monótono como este ascensor.
-Perdona, perdona. Es que… nunca me lo había planteado así.
-Lo entiendo, por eso existen todavía comandos terroristas.
Kip miró fijamente a Juantonio.
-Entonces ¿qué propones para…?
-¿Erradicarlos?
-Eso mismo. Me encanta como hablas.
-Gracias. Pues temo responder a tu pregunta.
-¿Por qué?
-Preveo que volverás a sugerirme que adelante mi revisión psicológica. Lo de tildarme de loco lo omito porque ya te he advertido antes que lo repetías demasiado, así que te lo ahorraras o lo sustituirás por un sinónimo.
-Joder, qué listo que eres, drugui.
-Joder, vuelve la monotonía.
Kip se rió.
-De acuerdo, de acuerdo, te prometo que reflexionaré a fondo lo que me digas.
-Eso espero. No creo que tenga razón, pero al menos deja que mi argumento penetre en tu neocórtex y maduralo antes de hacerme una alusión personal.
-Te lo prometo. Adelante.
-Propongo emplear su principal arma contra ellos mismos.
-¿Los explosivos?
-No, druguin. Los holos. Yo haría salir a todo el mundo, en todos los canales, a decir algo como lo que sigue: Atentos, N-ETA-UN, éste es un comunicado de la población a la que tratáis de aterrorizar con vuestras toscas herramientas intelectuales. Jamás, y digo jamás, alcanzaréis vuestros objetivos, sean cuales sean, utilizando el terror. Pero si deseáis usar ese truco de mago barato, debéis saber que no nos infundís ni un ápice de miedo. Hemos comprendido que no hay motivo para tener miedo y los holos nunca más amplificarán vuestros actos. Así que os recomendamos que si queréis aterrorizarnos de verdad, deberéis matar a dos mil quinientas personas cada doce horas. Entonces tendremos en cuenta vuestros atentados, porque ya no serán comparables a los accidentes de minería, a los ataques cardíacos o a las cientos de muertes que acontecen porque uno se atraganta con un hueso de pollo. Si no queréis ser un mero accidente más, un accidente de la ignorancia, el fanatismo y la sinrazón, volarnos por los aires en serio. Entonces tendremos miedo de verdad y… ya veremos si queda alguien vivo para habitar vuestras fronteras. Por el momento, no desperdiciamos ni un minuto más en hablar de vosotros. Ah, por cierto, sabed que las lágrimas no sólo brotan por una emoción. Un bostezo de aburrimiento también puede provocarlas. Ahora pasemos al tiempo. Este fin de semana se presenta soleado, yupii. Con eso creo que sería suficiente para que ellos mismos se asfixiaran… como una llama sin oxígeno que quemar.
-Jo… –El ascensor comenzó a vibrar y las alarmas cobraron vida. -¿Qué pasa?
-…fallo mecánico.. fallo mecánico… fallo mecánico…
-Ahí tienes tu respuesta –respuso Juantonio.
-Lo sabía, lo sabía –comenzó a mascullar Kip mientras se aferraba a su butaca. -¡Esta semana ya han caído dos ascensores! ¡Dos!
A pesar de la difícil situación, Juantonio aún tuvo ánimos de enarbolar el sarcasmo:
-¡Y tú te preocupabas de un grupúsculo de descerebrados con subfusiles y demás pirotecnia propagandística? Las posibilidades de caer en un ascensor como éste…
-¡No me hables de probabilidades ahora, estamos decelerando!
-De acuerdo, entonces será mejor que crucemos los dedos.
-…fallo mecánico… fallo mecánico… fallo mecánico…
El silencio (aquel disón en forma de alarma y la voz robótica reiterando lo obvio no podía considerarse a la altura del sonido) alejó la inminente catástrofe, la empequeñeció hasta hacerla diminuta. Luego, la asunción de que cualquier intento por escapar de allí era una pérdida de tiempo, la desmenuzó. Juantonio, imperturbable, ya lo había captado desde un principio, no fue hasta entonces que lo hizo Kip. Levantó la vista al fin y, con una sonrisa socarrona, preguntó:
-¿Crees que saldremos hoy en algún holoinformativo?
Juantonio le contestó con tono distendido:
-Sólo si a alguien le interesa hundir al presidente de esta güendengui compañía de ascensores orbitales O… –otra sonrisa se dibujo en su rostro- si no tienen otra noticia con qué rellenar algún espacio en blanco, después de todo, ayer vi como hablaban durante cinco minutos de un hombre que había muerto al resbalar en su ducha sónica. Aunque… –su sonrisa se volvió torva- cuando descubran que pertenezco a N-ETA-UN y he saboteado el ascensor para que se estrelle contra el suelo, probablemente nos dedicarán una semana en los programas de máxima audiencia.
-¡Joder! Los frenos hidráulicos estallaron con un estrépito sordo.