Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for Febrero, 2006

¿Nos vamos a la isla?

Posted by Sergio Parra Castillo on 28th Febrero 2006

El otro día, documentándome para mi próxima novela (un libro de viajes cuyo título provisional es El buscador de sitios), descubrí Tokelau. Es un diminuto archipiélago del Océano Pacífico compuesto de tres islas y unos 125 islotes alrededore de ella. Su población disminuye a marchas forzadas, pues emigra a Nueva Zelanda. Apenas quedan mil (1000) personas. No hay infraestructura. No tiene capital. Sobrevive gracias a la ayuda exterior de Nueva Zelanda y de la pesca, que se reparte equitativamente entre todos sus habitantes.

En unos 25 años, Tokelau habrá sido engullido por el mar. Así que es un paraíso edénico con menos porvenir que una pavesa.

Llegar allí, para más inri, es harto complicado. Sólo se puede llegar por mar (y encima no hay puerto). Existe un barco que se acerca mensualmente desde Apia (Samoa) para llevar provisiones. El viaje es de tres días, y no es un barco, es un carguero. Una vez se aproxima a la costa, varias canoas salen a recoger lo que transporta el barco y, si hay algún incauto, transportarle también a él.

Es el típico paraíso con palmeras, silencio y aguas transparentes. En el interior de la isla existen lagos e inmensos corales. No van más de 8 o 10 turistas al año.

Sería como viajar a otro planeta.

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Seguimos con 2666 de Bolaño

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Febrero 2006

Pues sí, a pesar de que la novela es algo difusa, larga y, en ocasiones, aburrida todavía me niego a dejar de leer 2666 de Roberto Bolaño. Imagino que persisto porque de vez en cuando uno puede encontrarse con perlas como la que sigue. Quede por delante que me parece el típico onanismo literario, pero me ha gustado… todavía no sé por qué. Espero que alguien me lo explique. Ahí va:

–Bueno, es el típico intelectual mexicano preocupado básicamente
en sobrevivir –dijo Amalfitano.
–Todos los intelectuales latinoamericanos están preocupados
básicamente en sobrevivir, ¿no? –dijo Pelletier.
–Yo no lo expresaría con esas palabras, hay algunos que están
más interesados en escribir, por ejemplo –dijo Amalfitano.
–A ver, explícanos eso –dijo Espinoza.
–En realidad no sé cómo explicarlo –dijo Amalfitano–. La
relación con el poder de los intelectuales mexicanos viene de lejos.
No digo que todos sean así. Hay excepciones notables.
Tampoco digo que los que se entregan lo hagan de mala fe. Ni
siquiera que esa entrega sea una entrega en toda regla. Digamos
que sólo es un empleo. Pero es un empleo con el Estado. En
Europa los intelectuales trabajan en editoriales o en la prensa o
los mantienen sus mujeres o sus padres tienen buena posición y
les dan una mensualidad o son obreros y delincuentes y viven
honestamente de sus trabajos. En México, y puede que el ejemplo
sea extensible a toda Latinoamérica, salvo Argentina, los intelectuales
trabajan para el Estado. Esto era así con el PRI y sigue
siendo así con el PAN. El intelectual, por su parte, puede
ser un fervoroso defensor del Estado o un crítico del Estado. Al
Estado no le importa. El Estado lo alimenta y lo observa en silencio.
Con su enorme cohorte de escritores más bien inútiles,
el Estado hace algo. ¿Qué? Exorciza demonios, cambia o al menos
intenta influir en el tiempo mexicano. Añade capas de cal a
un hoyo que nadie sabe si existe o no existe. Por supuesto, esto
no siempre es así. Un intelectual puede trabajar en la universidad
o, mejor, irse a trabajar a una universidad norteamericana,
cuyos departamentos de literatura son tan malos como los de
las universidades mexicanas, pero esto no lo pone a salvo de recibir
una llamada telefónica a altas horas de la noche y que alguien
que habla en nombre del Estado le ofrezca un trabajo
mejor, un empleo mejor remunerado, algo que el intelectual
cree que se merece, y los intelectuales siempre creen que se merecen
algo más. Esta mecánica, de alguna manera, desoreja a los
escritores mexicanos. Los vuelve locos. Algunos, por ejemplo,
se ponen a traducir poesía japonesa sin saber japonés y otros,
ya de plano, se dedican a la bebida. Almendro, sin ir más lejos,
creo que hace ambas cosas. La literatura en México es como un
jardín de infancia, una guardería, un kindergarten, un parvulario,
no sé si lo podéis entender. El clima es bueno, hace sol,
uno puede salir de casa y sentarse en un parque y abrir un libro
de Valéry, tal vez el escritor más leído por los escritores mexicanos,
y luego acercarse a casa de los amigos y hablar. Tu sombra,
sin embargo, ya no te sigue. En algún momento te ha abandonado
silenciosamente. Tú haces como que no te das cuenta,
pero sí que te has dado cuenta, tu jodida sombra ya no va contigo,
pero, bueno, eso puede explicarse de muchas formas, la
posición del sol, el grado de inconsciencia que el sol provoca en
las cabezas sin sombrero, la cantidad de alcohol ingerida, el
movimiento como de tanques subterráneos del dolor, el miedo
a cosas más contingentes, una enfermedad que se insinúa, la
vanidad herida, el deseo de ser puntual al menos una vez en la
vida. Lo cierto es que tu sombra se pierde y tú, momentáneamente,
la olvidas. Y así llegas, sin sombra, a una especie de escenario
y te pones a traducir o a reinterpretar o a cantar la realidad.
El escenario propiamente dicho es un proscenio y al
fondo del proscenio hay un tubo enorme, algo así como una
mina o la entrada a una mina de proporciones gigantescas. Digamos
que es una caverna. Pero también podemos decir que es
una mina. De la boca de la mina salen ruidos ininteligibles.
Onomatopeyas, fonemas furibundos o seductores o seductoramente
furibundos o bien puede que sólo murmullos y susurros
y gemidos. Lo cierto es que nadie ve, lo que se dice ver, la entrada
de la mina. Una máquina, un juego de luces y de sombras,
una manipulación en el tiempo, hurta el verdadero contorno
de la boca a la mirada de los espectadores. En realidad,
sólo los espectadores que están más cercanos al proscenio, pegados
al foso de la orquesta, pueden ver, tras la tupida red de
camuflaje, el contorno de algo, no el verdadero contorno, pero
sí, al menos, el contorno de algo. Los otros espectadores no ven
nada más allá del proscenio y se podría decir que tampoco les
interesa ver nada. Por su parte, los intelectuales sin sombra están
siempre de espaldas y por lo tanto, a menos que tuvieran
ojos en la nuca, les es imposible ver nada. Ellos sólo escuchan
los ruidos que salen del fondo de la mina. Y los traducen o
reinterpretan o recrean. Su trabajo, cae por su peso decirlo, es
pobrísimo. Emplean la retórica allí donde se intuye un hura-
cán, tratan de ser elocuentes allí donde intuyen la furia desatada,
procuran ceñirse a la disciplina de la métrica allí donde sólo
queda un silencio ensordecedor e inútil. Dicen pío pío, guau
guau, miau miau, porque son incapaces de imaginar un animal
de proporciones colosales o la ausencia de ese animal. El escenario
en el que trabajan, por otra parte, es muy bonito, muy
bien pensado, muy coqueto, pero sus dimensiones con el paso
del tiempo son cada vez menores. Este achicamiento del escenario
no lo desvirtúa en modo alguno. Simplemente cada vez
es más chico y también las plateas son más chicas y los espectadores,
naturalmente, son cada vez menos. Junto a este escenario,
por supuesto, hay otros escenarios. Escenarios nuevos que
han crecido con el paso del tiempo. Está el escenario de la pintura,
que es enorme, y cuyos espectadores son pocos pero todos,
por decirlo de algún modo, son elegantes. Está el escenario
del cine y de la televisión. Aquí el aforo es enorme y siempre
está lleno y el proscenio crece a buen ritmo año tras año. En
ocasiones, los intérpretes del escenario de los intelectuales se
pasan, como actores invitados, al escenario de la televisión. En
este escenario la boca de la mina es la misma, con un ligerísimo
cambio de perspectiva, aunque tal vez el camuflaje sea más
denso y, paradójicamente, esté preñado de un humor misterioso
y que sin embargo apesta. Este camuflaje humorístico, naturalmente,
se presta a muchas interpretaciones, que finalmente
siempre se reducen, para mayor facilidad del público o del ojo
colectivo del público, a dos. En ocasiones los intelectuales se
instalan para siempre en el proscenio televisivo. De la boca de
la mina siguen saliendo rugidos y los intelectuales los siguen
malinterpretando. En realidad, ellos, que en teoría son los
amos del lenguaje, ni siquiera son capaces de enriquecerlo. Sus
mejores palabras son palabras prestadas que oyen decir a los espectadores
de primera fila. A estos espectadores se les suele llamar
flagelantes. Están enfermos y cada cierto tiempo inventan
palabras atroces y su índice de mortalidad es elevado. Cuando
acaba la jornada laboral se cierran los teatros y se tapan las bocas
de las minas con grandes planchas de acero. Los intelectua-
les se retiran. La luna es gorda y el aire nocturno es de una pureza
tal que parece alimenticio. En algunos locales se oyen canciones
cuyas notas llegan a las calles. A veces un intelectual se
desvía y penetra en uno de estos locales y bebe mezcal. Piensa
entonces qué sucedería si un día él. Pero no. No piensa nada.
Sólo bebe y canta. A veces alguno cree ver a un escritor alemán
legendario. En realidad sólo ha visto una sombra, en ocasiones
sólo ha visto a su propia sombra que regresa a casa cada noche
para evitar que el intelectual reviente o se cuelgue del portal.
Pero él jura que ha visto a un escritor alemán y en esa convicción
cifra su propia felicidad, su orden, su vértigo, su sentido
de la parranda. A la mañana siguiente hace un buen día. El sol
chisporrotea, pero no quema. Uno puede salir de casa razonablemente
tranquilo, arrastrando su sombra, y detenerse en un
parque y leer unas páginas de Valéry. Y así hasta el fin.
–No entiendo nada de lo que has dicho –dijo Norton.
–En realidad sólo he dicho tonterías –dijo Amalfitano.

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Una forma de acabar con ETA

Posted by Sergio Parra Castillo on 20th Febrero 2006

Cuidado: quizá haya más de metáfora y de reflexión coyuntural que de genuina panacea en esta forma de asfixiar a ETA y, en general, de no dar coba a ningún tipo de terrorismo. Probablemente sea un modo de actuar demasiado tajante, difícil de llevar a cabo, complejo de hacer entender a las víctimas o al ciudadano de a pie. Pero… quién sabe. Tanto tiempo contemplando como se marea la perdiz, imagino, tanto tiempo asistiendo impotente y atónito a este juego político que (ignoro si consciente o inconscientemente) se tiende a perpetuar, sospecho, me ha hecho recordar un pequeño cuento que escribí hace mucho, mucho tiempo.

Su título era Números borrosos y nació como consecuencia del hartazgo que me producía el problema vasco. No tanto de sus vericuetos, que seguro que los tiene, como de la forma de abordarlo por la mayoría de gente.

No voy a copiar todo el cuento (no soy tan cruel), pero sí la parte final. Es una parábola bastante evidente sobre el asunto situada en un futuro imposible, de estilo llano y directo, cimentado en el diálogo de sus dos protagonistas. Contexto: un ascensor orbital que une la superficie terrestre con una estación espacial. Se abre el telón.

-¿Sabes lo del comando terrorista? –dijo de repente Juantonio tras una pausa.
Al escuchar el término terrorista, Kip examinó instintivamente sus correas de sujeción, comprobando un posible sabotaje.
-¿Hay terroristas? ¿Aquí?
-Es un comando poco relevante, sólo actúa en las inmediaciones del Cantábrico Palace.
-Espera, espera… ahí es donde tenemos el hotel, ¿no?
-Exacto.
-Por mil enteones. ¿Y me lo dices ahora?
-No quería asustarte.
-Pues me has asustado.
-No quería asustarte antes, drugui. Ahí abajo, ¿me entiendes? Se hacen llamar N-ETA-UN. ¿Te suena?
-Vagamente. ¿Reclaman la demolición del Cantábrico Palace porque viola el Tratado de Fronteras?
-Eso mismo, veo que te lo sabes mejor que yo.
-Me suelo dejar el holo encendido mientras duermo y se habrá grabado en mi subconsciente mientras lo decían en algún programa, porque no era consciente de que lo sabía. Me ha salido espontáneamente, como si estuviera hipnotizado.
-Ah, comprendo.
-En fin, espero que éste sea nuestro último trabajo y no tengamos que sufrir más riesgos.
-¿Riesgo? ¿De qué?
Kip enarcó una ceja.
-Me acabas de decir que ahí abajo opera un comando terrorista.
-Sí.
-Supongo que hace estallar toda clase de explosivos.
-Sí.
-Asesina a personas.
-Sí.
-Y secuestra.
-Sí.
-¡Por mil enteones, me refiero a ése riesgo!
-Ah. Por un momento pensé que te referías al riesgo de usar estos vetustos ascensores orbitales. Porque, sinceramente, no encuentro ningún riesgo en habitar un Palace amenazado por un comando terrorista.
-¿No? ¿Cómo que no? ¿Estás loco?
-Estoy completamente cuerdo, por eso he dicho lo que he dicho y no otra cosa.
-Pero… a ver… no entiendo nada. ¿No tienes miedo?
-Tengo miedo de tener un accidente en este ascensor, pero ni se me había pasado por la cabeza tener miedo de N-ETA-UN, un comando terrorista que asesina a una persona y hiere a dieciocho cada treinta días, por término medio. ¿Te percatas del poco peligro que representa algo así?
-Mmm… así dicho… ¡aterroriza! Ahora tengo más miedo que antes. Enhorabuena, lo has conseguido.
-No era mi intención. Supongo que es normal que te resulte aterrador. A pesar de todo, nuestros cerebros continúan anclados en la Edad de Piedra y esas cifras no son correctamente asimiladas.
-El que no las asimila creo que eres tú, ¿estás loco?
-Vuelves a insistir en mi locura. Adelantaré mi revisión psicológica de este año, no te preocupes. Pero antes, escúchame.
-Te escucho.
-Si lo piensas, hace relativamente poco que la población humana creció hasta extenderse por todo el Sistema Solar. Antes, lo más habitual era vivir en poblaciones pequeñas, de cincuenta, setenta individuos como máximo.
-Me estás hablando de la época de las cavernas.
-Sí, más o menos. Piensa que esa época duró muchísimo tiempo. Nuestros cerebros se acomodaron a esa realidad, a contar a su alrededor con un número tal de semejantes. Si en aquella época moría un individuo, era fatal. Uno menos en el clan repercutía en la supervivencia porque facilitaba el ataque de las bestias salvajes. Dificultaba el mantenimiento de la prole y recoger alimentos para el invierno. Uno, como he dicho, era fatal. Dos, peor. Diez, determinante. Ahora yo te pregunto… si ése clan hubiese sido formado por cincuenta millones de integrantes, ¿crees que la misma cifra de bajas de antes hubiese repercutido de igual modo en la supervivencia?
Kip pareció meditar.
-Supongo que no.
-Pues bien, imagina que nos trasladamos al siglo veinte. En la Tierra existían seis mil millones de seres humanos por aquel entonces, y en un país completamente anodino surgió lo que ahora se denomina N-ETA-UN. Sus atentados solían tener la misma regularidad actual. Ésas gentes poseían un cerebro habituado a alertarse por dos o tres bajas en el clan, porque de otra manera en el pasado no hubiese sobrevivido nadie: no es concebible una sociedad en la que la muerte de un semejante resulte totalmente cotidiana. Ahora bien, el cerebro no se había actualizado a la realidad del siglo veinte; a los seis mil millones de humanos que existían por entonces. Ahora extrapola estos datos a la actualidad.
-Creo que te capto, drugui. Te capto, te capto, sí. Pero adelanta esa revisión psicológica… ¡para mañana mismo!
Juantonio estalló en carcajadas.
-¿Por qué? –dijo fingiendo inocencia.
-¿Me estás dando a entender que no pasa nada porque un comando terrorista se cargue a mil personas porque somos muchos más en el Sistema Solar?
-No, yo no he dicho tal cosa. Lo que digo es que la importancia que se le concede a esas mil muertes es excesiva. Mira, ahora mismo, en las minas de los anillos de Saturno, está muriendo de silicosis, derrumbes y fugas de oxígeno a esta velocidad: Agg, uno. Agg, dos. Agg, tres. Agg, cuatro. Agg, cinco. Agg, seis. Agg, siete –y continuó contabilizando muertes a gran velocidad. En pocos segundos ya había alcanzado veinte víctimas.
-Basta, basta, ya lo entiendo, para de morirte que me das miedo.
-Lo que quiero que comprendas es que… –buscó las palabras adecuadas-, si fuéramos coherentes con nuestro miedo, nos aterrorizaría un millón de veces más sufrir un ataque cardíaco que pasear por Cantabria Palace. Y lloraríamos a todas horas pensando en las víctimas de los anillos de Saturno.
Kip se rascó la cabeza.
-Pero… –comenzó-. Es que existe una diferencia. Las muertes de las minas, por ejemplo, son accidentes. Sin embargo, N-ETA-UN ha asesinado, con premeditación. Ha organizado un grupo de personas instruidas para segar la vida de cientos de objetivos seleccionados por arcanos parámetros. Eso me parece mucho más igneto que morir en Saturno.
-Me ha gustado lo de arcanos parámetros. Pero te equivocas, es idéntico a la situación de Saturno. Hasta creo que lo de Saturno es peor. En Saturno, está comprobado que muchos trabajadores mueren porque sus máscaras están anticuadas o sus filtros, caducados. O porque no poseen la infrastructura robótica precisa. Se salvarían millones de vidas al año si se cumplieran determinadas normas de seguridad. No obstante, Don Madigan, Naddles Corporation o a quien quieras culpar de tamaña negligencia, no se molesta en cumplir una reglamentación básica. Les sale más barato responder frente a las víctimas que sustituir unos filtros o adquirir máscaras nuevas. ¿Qué es peor? N-ETA-UN asesina premeditadamente a una persona a fin de reivindicar una frontera. Don Madigan, un sólo indoviduo, asesina premeditadamente a mil cada mes para ahorrarse unos créditos.
-Joder.
-Eso mismo, joder. Las dos situaciones son reprobables, pero tú has temblado de miedo sólo ante la primera. Cuando tú y yo trabajamos en Saturno, no detecté tanta preocupación en el ambiente.
-Es que… no lo sabía.
-Exacto. Ahí radica la diferencia. Verás, es difícil asumir lo que he dicho con un cerebro de piedra, pero aún resulta más difícil si no se apoya mediáticamente.
-¿Cómo? ¿Cómo? Me he perdido.
-Cada vez que hay una víctima de N-ETA-UN tiene lugar manifestaciones, todos los holos dedican horas a disertar sobre motivaciones, soluciones y la víctima termina por formar parte de la familia, debido a las profusas informaciones sobre su vida personal a las que nos someten. Es decir, el defecto de nuestro cerebro se acentúa, consiguen sobredimensionar esa muerte hasta niveles alarmantes. De ahí proviene el terrorismo, de ese tipo de publicidad; de aprovecharse de la ínfima habilidad de nuestro cerebro para ser objetivo y desvincularse de los patrones numéricos del pasado.
-Joder.
-Te estás repitiendo, te estás tornando tan monótono como este ascensor.
-Perdona, perdona. Es que… nunca me lo había planteado así.
-Lo entiendo, por eso existen todavía comandos terroristas.
Kip miró fijamente a Juantonio.
-Entonces ¿qué propones para…?
-¿Erradicarlos?
-Eso mismo. Me encanta como hablas.
-Gracias. Pues temo responder a tu pregunta.
-¿Por qué?
-Preveo que volverás a sugerirme que adelante mi revisión psicológica. Lo de tildarme de loco lo omito porque ya te he advertido antes que lo repetías demasiado, así que te lo ahorraras o lo sustituirás por un sinónimo.
-Joder, qué listo que eres, drugui.
-Joder, vuelve la monotonía.
Kip se rió.
-De acuerdo, de acuerdo, te prometo que reflexionaré a fondo lo que me digas.
-Eso espero. No creo que tenga razón, pero al menos deja que mi argumento penetre en tu neocórtex y maduralo antes de hacerme una alusión personal.
-Te lo prometo. Adelante.
-Propongo emplear su principal arma contra ellos mismos.
-¿Los explosivos?
-No, druguin. Los holos. Yo haría salir a todo el mundo, en todos los canales, a decir algo como lo que sigue: Atentos, N-ETA-UN, éste es un comunicado de la población a la que tratáis de aterrorizar con vuestras toscas herramientas intelectuales. Jamás, y digo jamás, alcanzaréis vuestros objetivos, sean cuales sean, utilizando el terror. Pero si deseáis usar ese truco de mago barato, debéis saber que no nos infundís ni un ápice de miedo. Hemos comprendido que no hay motivo para tener miedo y los holos nunca más amplificarán vuestros actos. Así que os recomendamos que si queréis aterrorizarnos de verdad, deberéis matar a dos mil quinientas personas cada doce horas. Entonces tendremos en cuenta vuestros atentados, porque ya no serán comparables a los accidentes de minería, a los ataques cardíacos o a las cientos de muertes que acontecen porque uno se atraganta con un hueso de pollo. Si no queréis ser un mero accidente más, un accidente de la ignorancia, el fanatismo y la sinrazón, volarnos por los aires en serio. Entonces tendremos miedo de verdad y… ya veremos si queda alguien vivo para habitar vuestras fronteras. Por el momento, no desperdiciamos ni un minuto más en hablar de vosotros. Ah, por cierto, sabed que las lágrimas no sólo brotan por una emoción. Un bostezo de aburrimiento también puede provocarlas. Ahora pasemos al tiempo. Este fin de semana se presenta soleado, yupii. Con eso creo que sería suficiente para que ellos mismos se asfixiaran… como una llama sin oxígeno que quemar.
-Jo… –El ascensor comenzó a vibrar y las alarmas cobraron vida. -¿Qué pasa?
-…fallo mecánico.. fallo mecánico… fallo mecánico…
-Ahí tienes tu respuesta –respuso Juantonio.
-Lo sabía, lo sabía –comenzó a mascullar Kip mientras se aferraba a su butaca. -¡Esta semana ya han caído dos ascensores! ¡Dos!
A pesar de la difícil situación, Juantonio aún tuvo ánimos de enarbolar el sarcasmo:
-¡Y tú te preocupabas de un grupúsculo de descerebrados con subfusiles y demás pirotecnia propagandística? Las posibilidades de caer en un ascensor como éste…
-¡No me hables de probabilidades ahora, estamos decelerando!
-De acuerdo, entonces será mejor que crucemos los dedos.
-…fallo mecánico… fallo mecánico… fallo mecánico…
El silencio (aquel disón en forma de alarma y la voz robótica reiterando lo obvio no podía considerarse a la altura del sonido) alejó la inminente catástrofe, la empequeñeció hasta hacerla diminuta. Luego, la asunción de que cualquier intento por escapar de allí era una pérdida de tiempo, la desmenuzó. Juantonio, imperturbable, ya lo había captado desde un principio, no fue hasta entonces que lo hizo Kip. Levantó la vista al fin y, con una sonrisa socarrona, preguntó:
-¿Crees que saldremos hoy en algún holoinformativo?
Juantonio le contestó con tono distendido:
-Sólo si a alguien le interesa hundir al presidente de esta güendengui compañía de ascensores orbitales O… –otra sonrisa se dibujo en su rostro- si no tienen otra noticia con qué rellenar algún espacio en blanco, después de todo, ayer vi como hablaban durante cinco minutos de un hombre que había muerto al resbalar en su ducha sónica. Aunque… –su sonrisa se volvió torva- cuando descubran que pertenezco a N-ETA-UN y he saboteado el ascensor para que se estrelle contra el suelo, probablemente nos dedicarán una semana en los programas de máxima audiencia.
-¡Joder! Los frenos hidráulicos estallaron con un estrépito sordo.

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Mickey Mouse Versus Mahoma

Posted by Sergio Parra Castillo on 19th Febrero 2006

Poco queda ya para decir acerca de las caricaturas de Mahoma. Así que trataré de saltar por encima de mi opinión al respecto y me limitaré a compararlas desapasionadamente con otros episodios similares.

El primero que me viene a la memoria es el de aquellos políticos alemanes que quisieron prohibir en toda Europa la insignia nazi después de que el príncipe Enrique de Inglaterra vistiera un brazalete con la esvástica e insignias reales nazis en una fiesta de disfraces. (Por cierto, odio el carnaval… pero no me parecería mal disfrazarme de Mahoma). La portavoz de los Liberales del Parlamento Europeo, de hecho, declaró que toda Europa ha sufrido en algún momento bajo los crímenes nazis, por lo que tiene sentido prohibir símbolos nazis en toda Europa. Claro. Qué tontos hemos sido.

Siguiendo este razonamiento tan lúcido también habrá que prohibir, digo yo, cualquier otro símbolo, icono o imagen que haya hecho sufrir a una parte considerable del mundo o que, como Mahoma, represente algo intocable, más allá de la sucia crítica humana.

Es un trabajo largo. Pero, por empezar por algún sitio (y así, de paso, me doy un gustazo), podríamos prohibir la representación de Mickey Mouse. Sí. El enervante ratón de voz aflautada. Porque señores, ni los cocodrilos del Nilo, ni los tigres, ni las serpientes venenosas, ni los leones, ni los tiburones han matado tanto como los roedores, que son capaces de transmitir al hombre más de una veintena de agentes patógenos. ¿Recuerdan la pandemia de la Peste Negra? Ni todas las guerras juntas han matado tanto como las ratas y los ratones. Pero ahí está Mickey Mouse tan pancho, como símbolo de una factoría de almibarados y blandengues dibujos animados, como epítome de la candidez y el divertimento. Visto desde esta perspectiva (la bizca perspectiva de los que quieren prohibir que nos ríamos de las cosas), el fenómeno de Disney se me antoja como si un dibujo animado de Adolf Hitler se convirtiera en el logotipo de una caja de cereales infantiles; y con 88 códigos de barras se regalara un llavero de una esvástica (o el Mein Kampft, que también su distribución es ilegal en Alemania).

Y ya puestos a prohibir cosas y a pedir perdón por ofender sensibilidades, primero pidamos perdón a los judíos y a los homosexuales, por ejemplo, porque millones de cristianos decoran sus casas y adornan sus cuerpos con la copia de un símbolo que causó una agonía de una crueldad inimaginable a personas que, como los mencionados, eran una molestia para los políticos romanos.

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Capítulo 12 de Las gafas de Platón

Posted by Sergio Parra Castillo on 18th Febrero 2006

Pues sí, por fin hemos subido el capítulo 12 de la novela podcast Las gafas de Platón (prometo que no me retrasaré tanto con el capítulo 13).

Ha sido un capítulo, correspondiente a los 11 años de el/la protagonista, largo, de los más largos que recuerdo, casi 30 minutos. Y, a diferencia del resto, se inicia una nueva historia, un punto de inflexión que derivarará en un argmento aún más delirante: Juan Andersen/Elvira Rodríguez acaba de conocer a Javier Avogadro, un compañero de clase con el que iniciará un loco proyecto. Pero Javier también tiene 11 años, así que lo primero será convertirlo en un hombre hecho y derecho.

Espero que lo disfrutéis. Y ya sabéis que estoy abierto a críticas de toda… índole.

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Archimboldi

Posted by Sergio Parra Castillo on 17th Febrero 2006

Después de leer El libro de las ilusiones, de Paul Auster, de nuevo tan austeriano como siempre, me he embarcado en la lectura de la voluminosa 2666, la obra que Roberto Bolaño dejaba antes de morir. Empecé su lectura con algo de desconfianza, predispuesto a abandonarla al menor signo de aburrimiento. Sin embargo, por el momento parece que la cosa marcha. Esperemos que no decaiga.

Sus cuatro protagonistas, obsesionados por un evanescente escritor que casi nadie ha visto jamás en persona, Benno von Archimboldi, consiguen acceder a una reseña aparecida en un periódico de Berlín a propósito de la publicación de Lüdicke, la primera novela de Archimboldi. La reseña, firmada por un tal Schleiermacher, intentaba fijar la personalidad del novelista con pocas palabras. Palabras que paso a reproducir, porque me han parecido (ejem) muy familiares:

Inteligencia: media

Carácter: epiléptico

Cultura: desordenada

Capacidad de fabulación: caótica

Prosodia: caótica

Uso del alemán: caótico

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