Pues ya hemos regresado de unos días por Alemania. ¿Motivos? Asistir a la boda laica de unos amigos teutones y descubrir un poco más el país. Cada vez cuesta más volver a este país vocinglero de pandereta. Cada vez queda menos para no volver más.
Revisitamos Stuttgart, no tan interesante y bonita como Munich, pero, sin duda, mucho más cerca de una estampa del pueblo de Las chicas Gilmore (Stars Hollow) que del ambiente cañí, cholo y macarra que cada vez más lo impregna todo en España (¿el desierto avanza?, tal vez). Asistimos a la Volkfest (una especie de Oktoberfest) y, exceptuando los tenderetes y las atracciones de barraca, los grandes salones de mesas alargadas atestadas de alemanes bebiendo cerveza y tragando salchichas y cochinillo nos resultaron gratamente pintorescos. Cenamos un bocadillo de steak (un grueso fragmento de cochinillo) con el que casi veo las estrellas. Dios mío, estaba delicioso. El truco consiste en que la carne alemana se suele vender dopada con toda clase de especias. Lástima que en España sea imposible encontrarla.
Al día siguiente alquilamos un coche (un Ford Mondeo nuevecito y equipado con toda clase de gadgets) y viajamos a los alrededores de Munich para asistir a la boda, que se celebraba en las proximidades del lago Amersee, junto a Dessing. Un pueblecito de ensueño, con los Alpes recortados en el horizonte. Todo cubierto de un verde casi plástico, como salido de los pinceles de un impresionista.
Ignoro si todas las bodas alemanas son como la de Jörg y Corinna, pero la susodicha le da mil vueltas a todas las bodas españolas a las que hemos asistido. Juegos típicos para matar el rato durante las noches de acampada , interpretar obras de teatro, una extensa variedad de pasteles elaborados por los mismos asistentes, conversaciones tranquilas, ambiente general ausente de humo y ruido, pasteles (¿ya lo dije?)… y, en general, un aire ingenuo, casi infantil, realmente reconfortante. Estar en un paraje arcádico, en un local de madera tenuemente iluminado con velas y rodeados de gente bienintencionada similar a la de cualquier filme de Capra, reconforta; máxime si uno proviene de un país en el que el incremento deliberado de los decibelios de tu motocicleta tuning es proporcional a tu grado de hombría. Ah, y había mucha comida. Y pasteles.
Al día siguiente partimos hacia Austria. Recomendamos la experiencia de viajar por las sinuosas carreteras austriacas mientras rodeas los imponentes montículos de los Alpes Salzburgueses. Inolvidable. Sobre todo si en la radio suena algún tema musical tirolés. Vimos muchas vacas. Y a Heidi y su abuelito. Nuestro destino eran las Cuevas de Hielo, Eisriesenwelt.
Tras dejar atrás Salzburgo y adentrarnos por un extraordinario paisaje de cristalinos ríos y majestuosas cumbres, llegamos a Werfen, donde atisbamos el castillo de Hohenwerfen (donde se rodó la película Muere otro día). Desde allí ascenderíamos en coche hasta el estacionamiento. Luego hay que seguir a pie por una senda durante unos 20 o 30 minutos por la cara oeste del monte Hochkögel hasta llegar a las taquillas, a unos mil metros de altitud. Desde allí se toma un teleférico que te sube otros quinientros metros, hasta el merendero. La pendiente desde el funicular era muy pronunciada, y las vistas, vertiginosas. Era como estar colgado en el vacío. Una vez en tierra firme, hay que recorrer otra etapa de ascenso, todavía más dura que la anterior, de otros 20 minutos. Por fin, la entrada de la cueva está a la vista. Un tosco agujero en la pared desnuda de piedra, como el impacto de un mortero, de 20 metros de ancho y 18 de alto. Desde ahí, todo un sistema de cuevas se extiende a lo largo de unos 40 kilómetros. La gruta de hielo más grande del mundo.
La visita guiada se limita a un recorrido de 1 kilómetro, en el que ascenderemos otros 700 metros por el interior del glaciar y subiremos y bajaremos 1700 escalones. El trayecto dura 70 minutos. La experiencia es impresionante, y fría: la temperatura era de unos 0 grados centígrados. El circuito no está iluminado artificialmente para no aumentar la temperatura del interior. Así que, una vez cruzada la puerta de entrada, un gélido viento te abofetea en la cara para dejarte claro que acabas de entrar en otro mundo. Sin duda, la primera imagen que nos vino a la cabeza fue la de Minas Tirith de El señor de los anillos. La oscuridad no es total, sin embargo, pues a algunos de nosotros nos han prestado candiles de aceite, y el guía, además, transporta barritas de magnesio que prende a fin de iluminar las areas que merecen especial explicación. El trayecto es agotador, el frío se cuela por tus fosas nasales, resollas, te encuentras perdido en las entrañas de una montaña helada. La sensación es única. Hay tramos claustrofóbicos. Pero hay otros que son abrumadoramente gigantescos. Tan grandes que ni siquiera se atisban las paredes. Como si ascendieras por un campo de fútbol. Túneles de hielo, gélidas estalactitas gigantes, una ominosa estalagmita de hielo con forma de oso, una explanada por la que el guía patinaba a sus anchas… las fotos y los videos que conseguimos sacar no hacen justicia a la magnificencia del lugar. Lugar, por cierto, descubierto por el fundador de la espeleología en Salzburgo, Alexander von Mörk. Fallecido durante la I Guerra Mundial, sus cenizas descansan en una urna en la cueva catedral. Capturé una piedra del interior de las cuevas, tras caminar por el hielo hasta un rincón. Me pareció un recuerdo mucho mejor que los manufacturados que más tarde nos tratarían de endilgar.
Eisriesenwelt significa Mundo Gigante de Hielo. Y con razón.
Al día siguiente, aún aguijoneados por las tremendas agujetas del tour de force de Eisriesenwelt, visitamos el Castillo de Oscuroverde (Burg Finstergrün), en Ramingstein, a 100 kilómetros al sudeste de Salzburgo. Era un antojo personal, pues la novela Jitanjáfora transcurre en su mayor parte en dicho castillo y resultaba muy divertido contemplar lo que sólo habíamos imaginado. Oscuroverde es una hospedería para jóvenes de la organización juvenil de la Iglesia Evangélica en Austria, ahí es nada. Aún no sé cómo pero, cámara de video en ristre, logramos colarnos de rondón por las estancias interiores del castillo y, al estilo de intrépido documental, filmamos los pasillos y las habitaciones interiores, esquivando los pasos de otros huéspedes que pudieran delatarnos. Subimos muchas escaleras de caracol y hasta accedimos a un gran refrectorio presidido por una armadura de caballero en el que aún quemaban los troncos de la chimenea. Logramos salir indemnes con nuestro tesoro: el video y una piedra de la pared, que seguro nos transmitirá la energía teúrgica de los hechiceros laicos de Austria.
El resto del viaje consistió en visitar Innsbruck, al otro lado de Austria, revisitar Munich para tomar algo con Corinna y probar más especialidades gastronómicas autriacas, como el escalope a la vienesa (wiener Schintzel) y tarta de chocolate (sachertorte).