Me entero el otro día que un inversor mexicano bate el récord mundial al pagar más de 109 millones de euros por Número 9, de Jackson Pollock.
No voy a entrar en discusiones bizantinas acerca del arte moderno o el arte el general, como han hecho muchos blogs al hacerse eco de la noticia. Tampoco voy a decir que Número 9 es una mierda como un piano, tampoco. Porque en mi idea sobre el arte, exenta de cánones absolutos, una obra cualquiera puede ser una mierda para uno pero una maravilla para otro.
Prefiero ahondar en las razones biológicas de que un lienzo pintado pueda venderse más caro que un terreno en Marbella. Todos los actos, todas las tendencias, en mayor o menor medida, surgen de un complejo y larguisimo proceso adaptativo. Si nos gustan los dulces es porque años ha el azúcar era fundamental para una paupérrima dieta cavernícola: sólo los adictos al azúcar sobrevivían. Si ponemos esa cara tan ridícula cuando algo nos da asco, es para cerrar las fosas nasales ante posibles contaminaciones tóxicas. Si nos atraen los pechos de una mujer, es porque sus mamas serán el alimento de nuestros vástagos durante las primeras semanas de vida.
Algo parecido sucede con el arte.
El problema es que aún no se ponen de acuerdo con las teorías evolutivas del arte. Hay corrientes que sostienen que el impulso de creación artísitca no es más que una táctica de apareamiento: una forma de impresionar a posibles compañeros sexuales o de matrimonio con la demostración de la calidad del propio cerebro y, con ello, indirectamente, de los propios genes. En pocas palabras, los artistas poseen un atrctivo sexual extra, como el que ostenta un coche caro o unas espaldas anchas. El artista escribe, pinta, canta…. pa follar, que diría Freud con unos güisquis de más.
La teoría quizá peca de reduccionista. Personalmente me seduce mucho más que la que postula que el arte es un subproducto de otras tres adaptaciones biológicas: el ansia de estatus, el placer estético de experimentar objetos y entornos adaptativos y la capacidad de diseñar artefactos para conseguir los fines deseados (de ahí el éxito del programa Bricomanía). Según esta teoría, el arte sería una tecnología de placer, como las drogas, el erotismo o la alta cocina.
En cualquier caso, el artista jamás admitirá que dedica tanto tiempo a sus creaciones para obtener estatus o tirarse a la vecina del quinto. Eso desvirtuaría la acción. Sería demasiado vergonzante para él. Preferimos hacer caso omiso de nuestras pulsiones viscerales y dotarlas de explicaciones más racionales.
Si no, que se lo digan al tilonorrinco de Australia y Nueva Guinea, al que acabo de bautizar como “pájaro Pollock”: los machos de esta ave construyen complicados nidos y los decoran primorosamente con objetos de color, como orquídeas, conchas de caracoles, bayas y cortezas de árbol. Algunos de ellos pintan literalmente esas enramadas con residuos de frutas que regurgitan, empleando hojas o cortezas como pincel. Las hembras valoran los nidos y se emparejan con los creadores de los más simétricos y más profusamente adornados.
Si entrevistásemos al pájaro de marras, probablemente admitiría sin reparo que él no se toma tantas molestias con su nido para echar un casquete ni para reproducirse con la hembra más adecuada, sino que siente la necesidad irreprimible de expresarse de ese modo, de jugar con el color y la forma. Que es algo que está más allá de lo cerebral, que es algo espiritual, mágico. Y sí, que es casual que las hembras asistan a la exposición y que la aprecien con grandes elogios, pero que ni mucho necesita de sus halagos. Lo que desea realmente el pájaro es realizarse como artista.
Y seguro que también dirá que si algún día muere, tampoco le importará que otras personas vendan su nido por cien millones de euros. Y que, encima, alguien lo compre porque a la larga será una sustanciosa inversión.