Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for Diciembre, 2006

Presentación de “La moleskine”

Posted by Sergio Parra Castillo on 23rd Diciembre 2006

El pasado lunes 19 tuvo lugar la presentación de la última novela de Sergio Parra (el que suscribe), La moleskine, en Toledo (12:00 h.) y Guadalajara (17:00 h.). Aunque, más que una presentación, los actos consistieron en reuniones en petit comité con los medios de comunicación.

Antes de entrar al trapo, quisiera agradecer el exquisito trato que Club Siglo Futuro tuvo conmigo, en especial a su director, Juan Garrido, que fue un excelente anfitrión en todo momento.

El tour de force dio comienzo a las nueve de la mañana en Guadalajara, donde Juan Garrido pasó a recogerme en coche al hotel donde me hospedaba. Durante el trayecto hacia Toledo viajamos solos, pues Valentín García Yebra, el matusalénico miembro de la Real Academia Española, no pudo acompañarnos debido a una indisposición. Fue, de todas formas, un entretenido viaje en el que descubrí que mi anfitrión estaba bregado en mil enjundiosas batallitas.

Ya en Toledo (preciosa ciudad, por cierto), nos dirigimos al Palacio Bezancón, donde volví a estrechar la mano del finalista del premio, José Ramón Navarro, gracias a su original y fresca El síndrome del niño-galgo.

A partir de entonces, todo empezó a desarrollarse con el tempo frenético de un screwball hawksiano. De pronto me vi inmerso en una avalancha de flashes, micrófonos, grabadoras y alguna que otra cámara de televisión. Presentamos la novela en una sala de actos de aire medieval ante la atenta mirada de los reporteros que, bolígrafo en ristre, tomaban nota de todo lo relevante.

Cuando me tocó el turno de hablar, lo hice con movimientos adamados y seriedad funérea (más que nada para enmascarar el cangueli), desgranando la filosofía de aquella relación epistolar entre dos chicas casi antagónicas, como si se tratase del culmen de la trascendencia. Hablé en un tono carente de mordiente (raro en mí), así que no fue hasta que llegaron las entrevistas posteriores, más íntimas y privadas, que me vi capaz de cometer alguna que otra trasgresión que espero que tengan el valor de publicar.

Acto seguido, sin pausa, acordé futuras entrevistas, atendí a llamadas telefónicas de la Cadena Cope, Onda Cero y la Cadena Ser, ya fuera para salir en antena en aquel mismo instante o para grabar la conversación para algún programa futuro. Sonrisas, apretones de manos, agradecimientos a tutiplén… la gripe y el agotamiento ya me estaba doblando como una torre de Pisa humana.

Sinceramente, no me esperaba semejante repercusión.

Sin tiempo para respirar, acudimos a una cafetería próxima que tenía aire de mezquita cordobesa, donde mantuvimos una protocolaria conversación diversos organizadores del evento y un servidor; y, sin terminar la taza de café, marchamos raudos y veloces a Guadalajara. Allí nos esperaban miembros del Club Siglo Futuro para comer en el mejor restaurante de la ciudad (sic).

He de admitir que a la gripe y a la fatiga se unió una somnolencia de aupa de resultas de la pantagruélica comida, donde corrió el cordero a la leña, las habas con jamón, los pimientos con atún, las patatas con cebolla, las croquetas caseras, los surtidos de pasteles y los bizcochos borrachos; y un vino que me dejó casi noqueado. Todo y así, fui capaz de cazar al vuelo muchos de los entresijos burocráticos que hay detrás de premios de semejante calado (hasta presencié en directo cómo se fraguaba un futuro certamen de poesía).

La presentación de la tarde se celebraba en la Cámara de Comercio de Guadalajara, a la que asistieron todavía más medios (incluso se me presentó la oportunidad de aparecer en un programa de televisión local: oferta que tuve que rechazar por cuestiones de agenda).

Con una terrible espesura mental, pues, opté por hablar en un tono lento y divagatorio a fin de que nadie se diera cuenta de mi oligofrenia galopante. Por suerte, sólo debía repetir las claves que ya había formulado en la presentación matinal y las diversas entrevistas, lo cual le ahorré mucho trabajo a mi depauperado hardware neuronal. (Un buen truco consistía en repetir por activa, por pasiva y por perifrástica qué era una moleskine: me limitaba a leerlo en mi guión mental, aunque tratar de indocumentado al auditorio me pudiera granjear cierta aureola de intelectual insoportable).

De nuevo posar para innumerables fotos, junto a aquella estatua, en aquel balcón, sosteniendo un ejemplar de la novela, a la vera de unas ¿fans? otoñales: ya estoy preparado para presentarme a Supermodelo 2007. Dediqué más libros, me sometí al tercer grado de dos periodistas muy bien pertetrachados con preguntas inquisitivas (uno de ellos, incluso, se había documentado profusamente sobre mi persona, buceando en este humilde blog) y, en suma, exprimí hasta la última gota de mi vitalidad antes de, al fin, parti de nuevo hacia Barcelona.

Sin duda, hasta para ser un aspirante a escritorzuelo hay que convertirse en un todoterreno hiperactivo.

Buf. 

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He venido a hablar de mi… ¿y mi libro?

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Diciembre 2006

A Blackonion le han robado la maleta mientras viajaba en tren. Le comprendo perfectamente, porque el lunes tuve que regresar de Madrid en tren, encajonado en un nicho que hacía las veces camastro, compartiendo el camarote con elementos recién salidos del videojuego GTA.

Blackonion hace una exhaustiva relación de los objetos que contenía su maleta, y en ella he podido detectar dos cosas:

-El sexto volumen de las aventuras del capitan torrezno, de Santiago Valenzuela, dedicado, con dibujo a página completa.
-Dos ejemplares de Siembra de tinta, uno de ellos dedicado, con un minicuento y un dibujo de Zapardiel.
-Un ejemplar de: Axiomático, de Egan; Jitanjafora, de Sergio Parra; Eric/Fausto, de Pratchett; La primera y segunda trilogía de la Dragonlance; La trilogía del viento helado de Forgotten Realms; El gran espectaculo secreto, de Clive Barker; Las cien vidas de Lazarus Long, de Heinlein; Blue Champagne, de Varley; Histórias imposibles, de Zoran Zikovic; Orix y Clarke, de Margaret Atwood
-El jueves especial Beber.

La primera cosa que me ha hecho gracia es que viaja con mucho material, lo cual aplaudo: nunca se sabe cuando vamos a necesitar abstraernos de la realidad circundante. Lo segundo, que le han sustraido Jitanjáfora.

Según la gente que estaba sentada al lado del guardaequipajes, el ladron es un moro con una cicatriz en el lado izquierdo de la cara, vestido con un traje azul y aspecto de yonki, que se ha puesto unos guantes antes de coger la maleta y largarse con mucha prisa. Les ha faltado decir que era un hombre manco y se reía haciendo Mwhahahahaha!!!

Espero que el señor moro, al menos, disfrute de la novela. Y si por uno de esos azares del destino acaba leyendo este blog, le ruego que nos haga llegar su parecer sobre la misma. Le estaremos infinitamente agradecidos. 

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Otro mito: el estrés laboral

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Diciembre 2006

Sí, muchos de nosotros denunciamos un insoportable estrés laboral. Las cosas parece que serían más sencillas lejos de toda esta vorágine de responsabilidades. Una vida bucólica, tal vez. O un trabajo manual, a tu aire, con una retribución económica menor pero, sin duda, mayores beneficios anímicos.

Pues parece ser que no.

La imagen arquetípica de un ataque al corazón por estrés acumulado es la de un tiburón de las finanzas, la de un alto ejecutivo cuya corbata hace las veces de horca. Sin embargo, las estadísticas dicen lo contrario: un trabajador de bajo estatus y de poca responsabilidad tiene muchas más posibilidades de morir por una enfermedad cualquiera (incluido el ataque al corazón) que su jefe. Y, a su vez, el jefe de su jefe, tendrá mejores perspectivas de salud. Y ello no tiene que ver fundamentalmente con la predisposición de las clases bajas a alimentarse peor y demás (que también), sino a que la salud favorece a los que se sienten importantes en el mundo. El estatus social y económico proporciona salud. (Existen interesante experimentos al respecto con ratas de laboratorio). Sentir que nuestros actos son relevantes para muchos, que los demás dependen de nosotros, fortalece nuestro estado anímico y nuestras defensas hasta niveles insospechados.

Y esta revelación arremete contra otro tópico muy manido: que en España, las gentes del sur viven mejor, saben disfrutar mucho más de la vida, que las gentes del norte. La mortalidad por cuestiones de salud y por depresión se dispara en zonas donde se suele vociferar “viva la virgen”, donde predominan los trabajos manuales, etc.

El estatus, la jerarquía, la responsabilidad, pues, incide frontalmente en nuestro estado anímico y, por extensión, en nuestra salud y nuestra esperanza de vida.

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¿Antes vivíamos mejor?

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Diciembre 2006

Hoy vamos a derribar unos cuantos mitos, nuestro deporte favorito (o, al menos, a hacer que se tambaleen un poco).

La gente, esa masa estólida (ya se sabe, cien individuos, por separado, pueden formar un conjunto distributivo de cien sabios, pero al unirse pueden constituir un conjunto atributivo formado por un único idiota), pues eso, que la gente suele manifestar, nostálgicos, que antes vivíamos mejor. También los hay que sostienen todo lo contrario: ahora no hay motivo para quejarse, pues nadamos en la abundancia, cuando antes apenas había para comer, para vestirse, etc.

Una cosa es incontrovertible. Nuestros abuelos vivían con menos. Sin embargo, también tenían menos donde elegir. Y ello les proporcionaba una nivel razonable de felicidad. Porque en las sociedades donde predomina la abundancia, sus habitantes también suelen mostrar más signos de infelicidad. Porque hay más que desear, porque hay más para comparar con el vecino, porque hay más por lo que competir.

De este modo, parece que podemos afirmar que hay más infelicidad porque hay más posibilidades de ser felices. Sobre todo hay más posibilidades de alcanzar beneficios a corto plazo. Ello conlleva una pérdida de ilusión por los beneficios a largo plazo, aquéllos que sólo reportan felicidad después de un largo ayuno, pues nos encandilan más fácilmente con chucherías inmediatas. Con un añadido interesante: la saturación de beneficios a corto plazo acaban por cansarnos, aburrirnos, con lo cual entramos en una espiral de insatisfacción de la que difícilmente podemos salir: de ahí surgen muchas compulsiones, de hecho: una postrero intento de exprimir las últimas gotas de satisfacción a los placeres inmediatos.

Así pues, parece ser que la abundancia no es garantía de satisfacción. Y más aún: también es fuente de conflictos con nuestros impulsos, pues instila en sus habitantes la idea de que pierden el tiempo en busca de grandes metas cuando nos rodean multitud de metas fáciles, próximas… y efímeras que, a la sazón, acabarán por hastiarnos.

Una salida: controlar los impulsos, no sucumbir a la abundancia de ofertas hedonistas per se, postergar los beneficios. Pero tampoco uno puede adscribirse al ascetismo a fin de alcanzar sólo metas elevadas y metafísicas. Sólo en la mezcla acertada entre las ambas posturas parece residir la solución a este mal endémico. 

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Y otra

Posted by Sergio Parra Castillo on 20th Diciembre 2006

Alfonso Merelo escribe otra estupenda reseña de Jitanjáfora. Bien por ella.

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Reseña de “Jitanjáfora” en Vórtice en línea

Posted by Sergio Parra Castillo on 20th Diciembre 2006

Gabriella Campbell, directora de la Colección Vórtice, de Ediciones Parnaso, ha escrito una excelente crítica de Jitanjáfora en la revista electrónica Vórtice en línea, que viene a decir que la obra puede suscitar la fascinación y el empacho a partes iguales, pero sin flaquear en su intento de buscar nuevas salidas a géneros trillados.

Os dejo con ella:

No es conveniente describir a la persona de la que uno se ha enamorado, porque en su exaltación el receptor encontrará una imagen completamente irreconocible. Por la misma razón es mala malísima idea describir, reseñar o intentar hacer crítica de un libro del que uno se ha enamorado, porque es posible que el lector potencial no reconozca la obra de la que le hablas.

Pero es inevitable, Sergio Parra me ha conquistado. Aunque se engalane de palabras altisonantes, como un polvo de mejillas con el que una mujer quiera simular un estado de post-coito.

Aunque te distraiga con disquisiciones bizarras, como un chaval que haga piruetas en bici para atraer la atención de la niña más rubia de la clase. Aunque abuse de términos recién sacados del diccionario de sinónimos, sí, ése en el que no nos molestamos en bucear para ver si realmente la lista interminable de sinónimos es tan sinonímica como pretende hacernos creer; aunque pretenda atosigarnos con conocimientos baladíes y/o cabalísticos; aunque jure con la mano en el corazón que, en lo que se refiere a retorcimiento y al rococó estilístico, más es más; aunque haya descolocado las entrañas de más de uno al atreverse a utilizar vocablos como (¡qué atrevimiento!) follar, ha conseguido crear una de las más fabulosas fábulas que he encontrado en mucho tiempo. Fue amor a primera vista, desde que tuve en mis manos su preciosa edición, en la que AJEC ha contado una vez más con el magistral Sr. Terán para dotar de imaginería propia a un autor, a una obra.

Jitanjáfora es Harry Potter para adultos, pero es mucho más: es Diane Wynne Jones en su vertiente más macabra, es The Worst Witch en sus peores sueños, es Clive Barker con menos vísceras y más mala leche. La narración, a pesar de (o tal vez gracias a) su presdigitación formal, consigue enredar al lector y dar forma a los personajes, tan redondos que parecen a punto de botar. Podemos perdonarle algunos tropiezos con los verbos porque suelen formar parte, por un lado u otro, de la semántica del placer y del sufrimiento, y sobre todo de esto último hay de sobra para el protagonista, un talentoso aprendiz de mago, de hermetista y de ser superior (sí, todo en uno). Pueden perdonarse algunas licencias poéticas o teorías adaptadas al argumento (como la extraña y muy discutible idea de que al descontextualizar los libros uniendo trozos de unos y otros quedándose sólo con lo fundamental uno pueda aprender más de ellos) ante la abrumadora sensación de ingenio, un ingenio convincente y manipulador, mediante el cual Parra nos lleva de la mano, como niños, exactamente al punto deseado, una y otra vez, con la genialidad de un narrador inteligente y experimentado, documentado e imaginativo.Y qué decir del final, de la conclusión. Mi terror a ver mis espectativas decepcionadas, a cerrar el libro con el sentimiento de haber sido narratario de una brillante obra mal rematada, era grande. Pero el fulgor de Jitanjáfora se mantiene hasta el final, donde se resuelve, cómo no, de manera erudita y compleja, final que tal vez no contente a lectores ansiosos de efectismo o de catársis. No hay catársis para el lector de Jitanjáfora, sólo hay un aprendizaje constante de la naturaleza de la mentira y del artificio. Tal como su título indica. Y si la magia existe o no, eso es irrelevante.

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Superhéroes (más) cotidianos

Posted by Sergio Parra Castillo on 15th Diciembre 2006

De pequeño quería ser Supermán. Lo que más deseaba en el mundo era volar y llevar la ropa interior por fuera. Y salvar a la gente. Bueno, siendo justos, imagino que mi verdadera motivación sería revelarme como alguien especial, ya fuera para suscitar la envidia de mis allegados o la fascinación de mi amor platónico.

Cuando nos hacemos mayores, enmascaramos ese deseo por sobresaltar mediante ardides menos llamativos: nos convertimos en artistas, millonarios, futbolistas o políticos, por ejemplo. Porque ésos son los verdaderos superhéroes: individuos que aprovechan sus habilidades para escalar socialmente (por supuesto, esto sólo es una tendencia inconsciente).

Pero aparco para otro día las sutilezas del altruismo, el egoísmo y el estatus, procelosos asuntos que requerirían un post aparte. Hoy me quiero centrar en la ingenuidad que destilan los superhéroes de ficción, los de portada de comic, los que llevan mallas.

Curiosamente, la mayoría de géneros de ficción basculan entre lo infantil y lo adulto, entre el encefalograma más plano y el infinitamente aserrado. Existen, por tanto, historias de amor tontas y predecibles, pero también las hay inteligentes y preñadas de matices. Lo mismo sucede con las historias de gangsters. Con las comedias. O, incluso, con las de naves espaciales surcando el espacio (sin hacer chiu chiu al disparar sus láser).

Con las historias protagonizadas por superhéroes, a mi juicio, no ocurre lo mismo. El fiel de la balanza se inclina indefectiblemente hacia la ramplonería y la lisura psicológica, cuando no hacia la simple tomadura de pelo.

Supongo que es un problema endémico en todas las narraciones que cuentan con elementos sobrenaturales o prodigiosos en su trama. La mayoría de las reacciones de los personajes de las películas de terror, por ejemplo, se nos antojan ridículas a poco que reflexionemos sobre ellas. Los fantasmas se comunican con sus seres queridos mediante susurros inquietantes, y ninguno de ellos se caracteriza por su claridad expositiva. Dan miedo, sí, bien que para ello nos vemos obligados a suspender nuestra incredulidad hasta niveles que rozan la oligofrenia.

No obstante, las historias de superhéroes no logran salir nunca del fango simbólico y cándido en el que fueron fraguados, condenadas normalmente a ser consumidas por nerds con acné y otros personajes disfuncionales e insulares. O gente que que no piensa, simplemente (a veces yo logro hacerlo, por lo tanto también las consigo disfrutar). Afortunadamente, en esta última década, parece que la cosa está cambiando, aunque aún quede un largo trecho por recorrer.

Taquillazos como X-men, Spiderman, Batman (la de Christopher Nolan, por supuesto) o Superman Returns intentan presentarnos unos personajes con más facetas en su personalidad (aparte del afán desmedido por matar malos). Son buenos intentos, engarzados con el aforismo barato de “un gran poder entraña una gran responsabilidad“, pero, por lo común, vuelven a atascarse en las mismas inconsistencias. ¿Quién se traga que un millonario que ha perdido sus padres a mano de un rufián catalice su tormento con látex negro y gadgets inverosímiles? Un servidor, al menos, no se fiaría de un tipo así. Pero más aún deberíamos reprocharle al blandengue de Supermán en su último filme. ¿Qué diablos pretende un extraterrestre salvando de sus desdichas ínfimas a cuatro, cinco o veinte norteamericanos por día? ¿Este fantoche ignora lo que supone que seamos seis mil millones de habitantes? ¿Conoce cuánta gente muere por segundo? ¿Ha visitado algun país del tercer mundo, como el Chad, para hacer algo por él? No, Supermán prefiere evitar el descarrilamiento de un tren. Porque Supermán no presta su ayuda en realidad, no se implica como debería: no es más que una noticia maniquea y en la sección de sucesos de un periódico sensacionalista.

(Aún recuerdo mi profunda indignación en el cine cuando Lois Lane tiene un hijo de este extraterrestre impresentable. Sin problemas de incompatibilidad genética, por supuesto. Supermán quiere ser papá, y su hijo habrá heredado sus poderes. Pero Supermán no donará su semen para que nazca un equipo de superhombres que ayuden de verdad al mundo. Ni tampodo se dejará someter a experimentos científicos que determinen la causa de sus poderes, pues Supermán no está interesado en las implicaciones que ello supondría: cura de enfermedades, la evolución de la humanidad, mayores conocimientos…).

A otro nivel muy superior se encuentra, por ejemplo, el filme El Protegido, de M. Night Shyamalan. Un comic de superhéroes narrado con un tempo lánguido, casi morfínico, donde se da prioridad a la psicología de los personajes en detrimento de la pirotecnia al uso. El salto fue importante, a pesar de algunas carencias, pues, al menos, ya no nos trataban como a idiotas. De hecho, a raíz de esta película tan injustamente denostrada por crítica y público, un servidor recondujo la visión de muchas de las historias que escribía. Frío y Jitanjáfora son buena muestra de ello. La primera, ciencia ficción disfrazada de novela rosa. La saegunda, hechiceros laicos que no creen en la magia sobrenatural sino en la real, en la cotidiana, mucho más fascinante, amén de creíble.

En esta línea, el siguiente paso evolutivo lo ha dado Tim Kring con su excepcional serie Heroes, que actualmente emite la cadena estadounidense NBC. Una mezcla de la primera parte de X-men y la patina de realismo y profundidad de El protegido, sazonado todo ello con los cliffhangers de Perdidos o Prison Break. (La serie puede descargarse en inglés con subtítulos en la mayoría de redes p2p). Personajes como el de Hiro Nakamura o Peter Petrelli nos resultan ciertamente próximos, no nos cuesta ningún esfuerzo identificarnos con sus reacciones ante el descubrimiento de sus superpoderes.

Los pasos, pues, parecen dirigirse hacia una normalización del género de los superhombres, que quizá culminará en la creación de historias tan maduras como puedan serlo otras. Historias sin acción, quizá. Y sin disfraces, ¡ojalá! Y sin mensajes mesiánicos. Historias mínimas. Y, si requieren cierta grandilocuencia, que ésta se produzca arrostrando todos los riesgos: nada de provincianismos, nada de síndromes de Frankenstein, nada de anumerismos, nada de saltarse a la torera la verosimilitud en aras de un mayor efectismo. Crear un superhéroe con capa y reflejos horteras no tiene ya ningún mérito. Crearlo con corbata, sida, feo o bajo los preceptos de una moral ambivalente, es decir, con problemas reales y humanos, sí, lo tiene, y mucho.

Por el momento, quiero aportar mi granito de arena al siguiente paso en este género tan desprestigiado por el establishment (con razón) con una noticia que hoy ha saltado a la prensa, aunque no sea nada nuevo, en realidad.

Un equipo científico internacional liderado por la Universidad de Cambridge (Reino Unido) han estudiado el caso de un niño que ha nacido inmune al dolor a fin de inspirar la búsqueda de futuros analgésicos. El niño se ganaba la vida como artista callejero en el norte de Pakistán, caminando sobre brasas y clavándose cuchillos en los brazos. Tenía una inteligencia, una salud y un crecimiento totalmente normales, hasata percibía correctamente el frío, el calor, el cosquilleo o la presión sobre la piel. Lo único que no sentía era el dolor, aunque sí era capaz de reconocer algunas de las acciones que debían de ser dolorosas y se retorcía teatralmente cuando, por ejemplo, sufría una entrada jugando al fútbol. Sin embargo, sufría pequeñas lesiones en los labios y la lengua debido a las modeduras fortuitas, y también pequeños moratones y cortes de resultas de su insensibilidad. La razón de esta habilidad nace de una rara alteración genética, una serie de mutaciones en un gen necesario para el buen funcionamiento de las neuronas especializadas en la percepción del dolor: tenía alterado el gen SCN9A, que produce una proteína de la membrana de las neuronas imprescindible para transmitir el impulso nervioso desde el punto donde se crea el dolor hasta el cerebro.

La mutación recuerda a la que padece Claire Bennet, la cheerleader cuyas heridas se regeneran en Heroes. Sin embargo, a diferencia de ésta, la presente es real, tiene implicaciones insospechadas en la vida del que la sufre, se derivan de ella avances científicos de gran calado, no convierte al protagonista en salvador sino en víctima, de hecho, no se considera que goce de algún tipo de habilidad sino de una tara.

También leo que los investigadores, tras ponerse en contacto con los padres del niño que no conocía el dolor, identificaron a otras tres familias, todas emparentadas, en las que otros seis menores eran insensibles al dolor.

¿Para cuándo una historia que se acerque más a esto? Aguardaremos con esperanza una Heroes 2.0.

Otrosí: puestos a buscar personajes para esta nueva versión de la serie, propongo otros, aparte del que habría de sustituir a la cheerleader.

Nathan, el personaje que puede volar, quizá debería parecerse más al protagonista de Mr. Vértigo, de Paul Auster.

Niki, alguien que sufriera doble personalidad. (o más de una, porque hay casos en los que los enfermos tienen hasta 8 personajes en el interior de su cabeza: como una delincuente que tuvo que comparecer ante un tribunal norteamericano y los abogados se vieron en la tesitura de interrogar a las 8 personalidades, una a una).

Cualquier idiot savant, como el personaje de Rain Man, podría encarnar a la camarera que es capaz de aprender cualquier cosa con suma facilidad.

Si leemos a Oliver Sacks descubriremos que están documentadas enfermedades neurológicas que provocan al afectado que contemple la realidad en una serie de instantáneas (el agua que brota de un grifo como una estalagtita, por ejemplo), así pues también hemos encontrado a Hiro Nakamura y su habilidad para detener el tiempo.

¿Alguien propone otra?

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Pinturas Martínez

Posted by Sergio Parra Castillo on 14th Diciembre 2006

El otro día me encontré con semejante papelucho prendido del limpiaparabrisas del coche.

La octavilla de marras

Sin entrar a matar con la evidente ausencia de marketing, buen gusto y elegancia (todas ellas, concuerdo, artificios sin ningún valor que, empero, resultan decisivas a la hora de depositar nuestra confianza en un desconocido), sin entrar en todo ello, digo, me quedé estupefacto ante el nivel cultural de alguien que se supone ha recibido una educación preceptiva. Y en ningún momento nos queremos mofar de la octavilla naïf, porque, por encima de las carcajadas que pueda suscitar, queda suspendida una sombría decepción.

Lo primero que uno detecta es que en la totalidad del texto se echa de menos, al menos, un punto o un punto aparte. Hay muchos signos de puntuación, demasiados, incluso, pero nada de puntos para respirar. Lo cual, lejos de experimentos literarios más o menos afortunados, asfixia la claridad expositiva. Luego, entrando en detalles tipográficos (quizá, también de incorrección ortográfica sideral), observamos una inquietante doble coma entre pintamos y chalets, como evidenciando una pausa mayor (¿el ansiado punto transfigurado?). A continuación, leémos un “e.t.c.”, como si la abreviación del etcétera se convirtiera en unas siglas. El siguiente etcétera, sin embargo, está separado por comas: “e,t,c,”. Y si comenzásemos a enumerar los errores ortográficos de menor calado, como las tildes o las confusiones entre B y V, se necesitaría otro post aparte.

No dudo de la pericia y profesionalidad de estos señores pintores. Ni de su honradez. Ni siquiera de su astucia, inteligencia y cultura (en otras áreas del saber humano que no comprometan la expresión escrita, se entiende). Pero si estos señores pintores no son dislálicos ni distribuyen este papelucho a modo de boutade contracultural, de lo que uno duda de veras es de la eficacia del sistema educativo español.

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Mi etiqueta del FNAC

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Diciembre 2006

En el FNAC de Barcelona ya puede adquirirse la novela Jitanjáfora, bien por ella. Sin embargo, en la etiqueta donde figura el precio y el código de barras, he podido advertir que en vez de Jitanjáfora pone Titanjáfora.

Eso me pasa por poner títulos raros.

Mi nombre sí que han sabido transcribirlo: a Dios gracias no me llamo Ciclopentanoperhidrofenantreno.

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Etimología del matrimonio

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Diciembre 2006

Muchas afirmaciones o sentencias, a fuerza de repetirlas, se vuelven apodícticas. Por ejemplo, que las espinacas tienen mucho hierro y ahí está el hiperbólico Popeye para demostrarlo. Nada más falso, pero la incercia de los memes no permite que la realidad cuaje en el acervo popular: las espinacas, nanai; si acaso, berberechos. O que la leche ayuda a crecer, por ello yo soy un jugador de la NBA.

Otra de las afirmaciones que se repiten sin una mínima investigación es que los matrimonios, etimológicamente, por definición, deben fraguarse entre miembros de distinto sexo; y, por lo tanto, las uniones entre miembros del mismo sexo deberían denominarse de otra forma. Mariconadas, por ejemplo. 

El argumento filológico, además de pueril y endeble (las palabras las forjan los usuarios de las mismas, no la Historia ni la tradición), es falso. Matrimonio, etimológicamente, significa “vínculo de las madres para la salvaguarda de sus posesiones (los hijos)”. Inicialmente, pues, el matrimonio era una institución homosexual. Fue el auge de las sociedades patriarcales lo que acabó trocando tal acepción para convertir a la mujer en un patrimonio (posesión del padre), conservando su denominación primigenia. 

Quede este granito de arena memético como contramedida al omnímodo meme que defiende lo contrario. Quizá no sirva para nada. Quizá el granito de arena sólo se convierta en el típico guijarro que molesta en el zapato de muchos. Nos damos por satisfechos con la segunda posibilidad.  

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