Es cierto que somos pésimos calculando las probabilidades relativas de que se produzcan sucesos raros. Por eso tenemos miedo a viajar en avión y no en coche. O tememos mucho más ser contagiados por el virus del VIH que resbalar en la ducha y desnucarnos.
El terrorismo, en todas sus manifestaciones, juega precisamente con ese defecto del cerebro para imponer su hegemonía.
El verdadero problema surge cuando, detrás de esa fortuita falla neuronal, existen intereses creados. Medios de comunicación, gobernantes y creadores de alarma en general, que alimentan nuestro miedo hasta límites insoportables. No cuesta imaginar qué le sucedería a las compañías aéreas si noche y día se emitieran noticias de accidentes, de secuestros, de errores en la maquinaria (con la intervención, incluso, de gremlins). Incluso, si se repitieran incesantemente los muertos que provocan los aviones en un año. Si se entrevistaran a los familiares de la víctimas. Si se disputaran debates. Si la carga electoral de cualquier partido dependiera de la forma de encarar el problema. En definitiva, si se diera una cobertura excepcional a un hecho que no lo es tanto.
No es tan díficil de imaginar porque tenemos un ejemplo casi paralelo: los accidentes automovilísticos. Por arcanas razones (eximir a Fomento de su decisiva responsabilidad, la venta de noticias truculentas o el simple morbo, serían algunas), los medios de comunicación y una inmensa campaña propagandística (Farruquito mediante), nos han inculcado la idea (falsa) de que circular en coche es casi circular en un ataúd con ruedas. Y sí, es cierto que los accidentes de tráfico son, por ejemplo, la primera o segunda causa de muerte entre los jóvenes españoles. Pero en este cálculo ¿se tiene en cuenta el porcentaje de tiempo empleado por un joven para circular con su coche? Si se añadiera esta variable (y otras) a la ecuación, ¿los resultados serían los mismos? Sólo un dato: hace 20 años, porcentualmente, los accidentes de tráfico mataban muchísimo más. ¿Alguien tiene la idea de que antes era más peligroso circular en coche que ahora? Hasta ahí el poder de las estadísticas maniqueas, el poder de los mass media y la implicación emocional en los hechos alentada por todo un universo de detalles machacones.
Pero volvamos al terrorismo. ¿Quién es ETA? Un pequeño grupo de personas que emplean las violencia para reivindicar su visión del mundo. ¿Cuál es la fuerza de su violencia? Unos mil muertos en 20 años y otros tantos heridos, amén de diversos daños materiales (el tabaco, como apunte, mata el equivalente a tres aviones Jumbo estrellándose cada día). Entretejido este dato en el inextricable telar de hechos, desastres, miedos y probabilidades, ETA no es más que una anécdota, como los comensales que han fallecido por tragar un hueso de pollo. ¿Por qué no somos capaces de vislumbrarlo? Porque ya se ha puesto en funcionamiento el miedo patológico, la misma fobia que nos asalta cuando tenemos que tomar un vuelo.
Visto así, sin alejarnos de la acepción de terrorismo, el verdadero enemigo no es ETA. El verdadereo enemigo es quien pretende sacarle rédito político a un atentado, son los periodistas que se regodean cual gorrinos en el dolor ajeno y en los detalles escabrosos. El verdadero terror nace de quienes dan poder mediático a ETA, de quien crean ecos innecesarios, reduntantes y excesivos. (Hoy podemos poner la televisión o comprar el periódico, da igual el día, habrá una noticia relacionada con ETA). Sin embargo, ETA desaparecería al instante si se colocara en su justo sitio: un accidente mínimo, una anécdota que no merece mayor trascendencia que el descarrilamiento de un tren en una localidad perdida, un apunte objetivo y matemáticamete coherente. ETA desaparecería si se tuviera el exigible código deontológico de no abundar en el miedo.
Lo sabemos: estas ideas son demasiado difíciles de asumir. Pero lo que ignoramos, lo que nos sorprende hasta el paroxismo, es que nadie, abolsutamente nadie, explore ni siquiera un poco este terreno a fin de contratacar la idea unitaria y monolítica de lo que es el terrorismo, de lo que es ETA.
Hasta que eso no suceda, hasta que no cale en la gente (cale de verdad) que es mucho más probale que a un estadounidense lo mate el virus de la gripe, una apendicitis o la propia Policía a que fallezca de un ataque de Al Qaeda, personajes como Bush podrán seguir alarmando a los votantes para eregirse como máximo salvador, obviando, quizá, otras necesidades más perentorias.
El trabajo mata 10 veces más gente que el terrorismo en EEUU, pero seguro que no se usa ni una porciúncula de la energía empleada contra el terrorismo para minimizar los accidentes laborales. O, de paso, para acabar con el trabajo.