Una cena fetén
Posted by Sergio Parra Castillo on 22nd Marzo 2007
Acabo de llegar de una cena superferolítica en un restaurante encantador.
El lugar estaba emplazado en el centro de Hospitalet del Llobrebregat (una ciudad que linda con Barcelona) y, sin embargo, si el ojo no estaba atento podía pasar desapercibido. Era pequeñito, como entremetido en la alineación de la fachada, de iluminación tenue y decoración reconfortante. Llovia y hacía un frío de mil demonios, así que este pequeño refugio aún ganaba más en hospitalidad. Música tranquila, camareros amables y cercanos (a pesar de los precios estratosféricos, todo tenía un aire muy casero, incluso la propia clientela). Los platos, a diferencia de otros lugares de alto copete, eran generosos, casi leviatanescos.
Para describir convenientemente las ambrosías que allí hemos paladeado debo activar mi registro de epítetos más barrocos (modo pedante ON):
PRIMER PLATO:
-Una cazuela de barro atestada de torteloni rellenos de queso manchego y crema de cacahuetes; todo ello, además, bañado en una fínísima crema de leche. La combinación parece extraña, pero levanta resortes en el paladar que parecían haber permanecido aletargados desde hacía mucho tiempo.
-Mi acompañante: una ensalada tibia con un generoso bloque de queso de cabra, salpicado todo ello por nueves caramelizadas y fresa líquida. Era una ensalada tan, tan grande y abundante que me ha recordado a un bosque; qué digo, a una jungla salvaje.
SEGUNDO PLATO:
-Una espaldita (gigante) de cordero deshuesada, intersectada de estragón y mostaza antigua. Bañana el cordero una melosa salsa decorada con un ramillete de espárragos trigueros y otro de zanahorias cortadas con gracia. Acompañaba la suave carne unas crujientes, crujientísimas patatas chips horneadas en el propio restaurante y unos filamentos finos y traslúcidos como el papel vegetal de ajos tiernos ligeramente horneados
-Mi acompañante: un risotto al curry con ralladura de pistachos y langostinos y, surgiendo erguido de un lateral, como un dolmen, una costra de queso parmesano horneado. Todo ello decorado con corpúsculos de cebollino.
Los postres tenían una aspecto espectacular, pero amenazaban con estallar las costuras y las botonaduras de nuestra ropa si continuábamos engullendo.
Otrosí: el pan artesanal, recién hecho, estaba delicioso, (modo pedante OFF) bueno de cojones.
Como bien rezaba la carta del establecimiento: cuina creativa de mercat (cocina creativa de mercado).
(Sentimos no poder ilustrar los platos con su correspondiente fotografía).
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