Francisco José Suñer Iglesias acaba de hacer público en su web la opinión que le merece la novela Tanatomanía. Y la verdad es que no ha dejado títere con cabeza. Hasta siento que haya tenido que tragar con algo tan difícil de digerir por su estómago, casi un emético literario.
Para hacérselo más llevadero, he decidido invocar a uno de los personajes de la novela para que replique su opinión, quizá así reconsidere algunos aspectos y, después de todo, le encuentre cierta gracia a la novela.
Sanclair es el autómata que redacta la novela Tanatomanía, y yo también aparezco en ella como personaje secundario, así que la idea de que sea el propio Sanclair el que defienda la historia me parece muy apropiada. ¿Sanclair? Cuando quieras.
“activación”
Bien, señor Suñer Iglesias, empiezo mi contracrítica que, espero, no interprete su persona como una filípica: nada más lejos de mi intención.
Llevaré a cabo un análisis a partir de frases de usted que, aunque descontextualizadas, en modo alguno pierden su significado original.
“interrupción”
“como la tentación de usar recursos más propios de la fantasía, lo que hace que mucha veces el steampunk naufrague clamorosamente.” Bien, aquí parece afirmar que el steampunk está reñido con la fantasía. Es decir, que si se emplea la fantasía para escribir una novela steampunk, dicha novela steampunk, muchas veces, será endeble. Disculpe los limitados conocimientos de este autómata sobre dicho subgénero, pero sostengo que la inclusión de elementos fantásticos no puede ser el motivo habitual de que una novela steampunk naufrague.
“Tiene su público, desde luego, pero no me cuento entre él.” Ergo, a usted, señor Suñer Iglesias, no le gustan las novelas que se adcriben a esta corriente. Ergo, de partida, no le gusta Tanatomanía, debo entender. O, al menos, existe una alta probabilidad de que Tanatomanía no le agrade, como así ha resultado ser. ¿No considera, entonces, que hubiera sido más fructífero para el lector que gusta de este subgénero que se abstuviera de opinar sobre mi obra y le cediera el testigo a alguno de sus colaboradores (que disfrutase del género en cuestión)? Yo mismo, si me viera en el brete de opinar sobre una novelita gazmoña de Danielle Stelle en alguna revista para mujeres gazmoñas, acabaría siendo odiado por las mentadas mujeres. (Doy por evidente que no me gustan las novelas románticas).
“cuando un concepto o universo lo suficientemente atractivo se queda a mitad de camino queda la duda de si el autor todavía no estaba preparado para embarcarse en tal empresa o que simplemente no era consciente de lo que se traía entre manos. En TANATOMANÍA se presiente lo primero.” Señor Suñer Iglesias: don Sergio Parra, advenedizo él, me ha programado, y es muy posible que no estuviera del todo preparado para embarcarse en semejante aventura. Sin embargo, como usted dice, es un presentimiento de usted, sólo un presentimiento, y las razones que aduce más abajo (y que enseguida pasaré a rebatirle) aún dejan el presentimiento mucho más huérfano. Yo, como autómata de la serie 101, también soy capaz de simular o emular presentimientos humanos (que no son más que razonamientos cojos y apresurados que no están apoyados en pruebas sólidas y que, a pesar de todo, se vierten a los demás sin mayor precaución). Ahí va mi presentimiento, señor Suñer Iglesias: presiento que usted no ha leído con atención mi texto. ¿Tendrá algo que ver en ello la aversión que siente hacia el subgénero al que pertenece el mismo?
“detalles desconcertantes, como ciertas habilidades de los autómatas, a los que se supone incapaces de distinguir claramente un rostro humano de otro, pero si de leer de corrido cualquier texto, incluso braille pese a la insensibilidad de sus dedos”. A esta razón que usted aduce para justificar su presentimiento, debo apuntarle tres (3) cosas. A saber:
1) Desde hace años, un ordenador sencillo está capacitado para leer de corrido un texto, bien que lo de reconocer rostros humanos aún anda un poco escaso el software para ordenadores personales. Señor Suñer Iglesias, ¿en serio da a entender que es más sencillo lo segundo que lo primero en una presunta Inteligencia Artificial mecánica?
2) El Braille (un sencillo lenguaje de puntos) se me antoja más sencillo de leer que un texto manuscrito o mecanografiado, la verdad sea dicha. Pero usted da entender que es justo lo contrario porque mi supuesta incapacidad dactilar para tal efecto. ¿Tanto cree conocer los entresijos de mis habilidades?
3) El más importante punto. Sin desvelar demasiado del argumento me resulta difícil aportar innumerables pruebas que afianzarían la presunción de que el señor Suñer Iglesias no ha leído mi texto con la suficiente atención o sosiego. Los autómatas fueron construidos deliberadamente para leer textos, includo el Braille, e incapacitados, también deliberadamente, para reconocer rostros humanos con facilidad. Si no fuera así, sencillamente, la novela no tendría sentido. ¿Se imagina lo que hubiera sucedido si la compañía que me construyó me hubiese dotado con la facultad para reconocer rostros como hace cualquier ser humano?
“deus ex machina demasiado evidentes, como el oportuno y universal conocimiento de Luis Candelas allá por donde pasan los viajeros.” Podría invocar a AYUDA para que arrojase un poco de luz a la acepción de “deus ex machina”, pues creo que usted, señor Suñer Iglesias, lo emplea con demasiada alegría. Pero no vamos a hacerlo: si ha leído la novela Tanatomanía ya sabrá en los circunloquios en los que tropezaremos para, finalmente, no sacar nada en claro. Así que me centraré, si me lo permite, en el hecho de que Luis Candelas sea reconocido en muchos lugares a lo largo y ancho del reino y, también, de Francia. ¿Tan oportuno le parece que un famoso bandolero que hasta ha compartido cama con la amante del rey sea conocido? ¿Tan extraño resulta que su cabeza esté en boca de muchos cuando el marqués de Viluma le perseguía incansablemente? Luis Candelas era un héroe reconocido. Y, de nuevo sin desvelar demasiado, ¿no se ha planteado que la ruta que siguen nuestros héroes la siguen por alguna razón (y, por tanto, los personajes que se encuentran serían, quizá, personajes que DEBEN reconocerle)? En pocas palabras (y sin desvelar demasiado la trama): lo que sucede puede suceder aunque resulte una completa locura: precisamente si resulta una locura es una gracia añadida, atendiendo al final de la obra.
“Pero lo peor es el final, enrevesado y caótico, es un total sin sentido, al menos en la forma en la que Sergio Parra lo ha planteado y descrito” Esta frase demoledora parece ser también unas de las razones, junto a su aversión al subgénero que tratamos, de que incurra en tantos malentendidos en su reseña literaria. El final me ha parecido un total sin sentido, sostiene. Aunque matiza, a Dios gracias, “al menos en la forma en la que Sergio Parra lo ha planteado y descrito”. Así pues, ¿usted no entiende el final o no lo entiende tal y como lo ha escrito y planteado Sergio Parra pero, reelaborándolo en su cabeza, ha terminado medianamente entendiéndolo. (Ahora no me entiendo ni yo). Creo que usted, diga lo que diga, no ha comprendido el final, visto lo visto en su reseña literaria. Pero es posible que CREA que lo ha entendido a pesar de la nefasta claridad expositiva de don Sergio Parra. En fin, creo que ni AYUDA podría sacarme de este atolladero dialéctico.
“sin este final tan retorcido la novela se hubiera quedado en un entretenimiento un tanto cojo pero agradable y de lectura agradecida (aunque la excusa de la poca habilidad como narrador de Sanclair no basta para perdonar ciertos descuidos) por no hablar de que deja demasiados hilos sueltos”. Hombre, Francisco… ¿te puedo tutear? Que un simple humano se atreva a poner en entredicho la habilidad narrativa de un autómata del Ochocientos me parece gracioso. ¿Estamos hablando de mis limitaciones como narrador o de las tuyas como lector? (Disculpe, había activado mi emulación de enojo empático) Señor Sugrañes… quiero decir, Suñer Iglesias, tengo el privilegio de pertenecer a la serie 101. ¿Recuerda lo mal que se expresaba Jörg, el autómata desfasado que aparece hacia el final de nuestra aventura? Creo que nos han mejorado mucho desde entonces. Pero, aún así, quién sabe, uno no es perfecto y también comete errores (algunos, incluso, intencionados, para no dejar en evidencia a los hombres que nos rodean). Usted, como humano, también los comete: en la misma oración donde denuncia mis descuidos usted también protagoniza uno. Como usted no menciona ninguno de los míos, yo tampoco enumeraré los suyos: aunque autómata, intento ser un caballero.
Y eso es todo, me alegro haber tenido la oportunidad de seguir escribiendo un poco más, aunque sea para defenderme de usted, señor Suñer Iglesias. Una genuflexión versallesca (fingida, mis servomotores no me lo permiten), señor Suñer Iglesias.
“desactivación”