A decir verdad, en muchos momentos tuvimos que dejar de leer para reírnos a gusto o para enjugarnos las lágrimas (de risa).
En esta ocasión, Bryson lanza sus dardos irónicos contra la sociedad estadounidense y, como buen autor inglés (de adopción), destila un humor muy peculiar. De hecho, podemos afirmar que Bryson es el Terry Pratchett de los libros de viajes.
Así que si queréis conocer el día a día, los entresijos más íntimos y cotidianos de la vida norteamericana, os recomendamos encarecidamente este libro que reune los 78 artículos que publicó en el Daily Mail inglés. Os cambiará la visión del american way of life, garantizado.
Os lo cuento, pero prometedme que no se lo diréis a nadie. Poco después de trasladarnos aquí, una noche invitamos a cenar a los vecinos de la casa de al lado y éstos se presentaron en coche. Juro que no lo estoy inventando.
Yo me quedé de piedra (recuerdo haberles preguntado si se valían de una avioneta para ir al supermercado, ocurrencia que no despertó sino miradas de incomprensión y la promesa mental de no incluirme jamás en ninguna futura lista de invitados). Sin embargo, desde entonces, he terminado por darme cuenta de que la conducción de un automóvil para recorrer una cincuentena de metros no tiene nada de raro en este país. Nadie camina en la América de hoy.
Hace poco, un investigador de la Universidad de Berkeley efectuó un estudio centrado en las costumbres andarinas de la nación y concluyó que el 85 por 100 de los estadounidenses son “ensencialmente” sedentarios y que el 35 por 100 son “totalmente” sedentarios. El americano medio camino menos de 120 kilómetros al año: poco más de dos kilómetros por semana, apenas 350 metros al día. La verdad, tampoco es que yo sea un caminante infatigable, pero se trata de una cifra que asombra por su poca cantidad. Yo mismo recorro mayores distancias cuando me pongo a buscar el mando a distancia de la tele.
(…)
En Estados Unidos, el número de Seguridad Social revista una enorme importancia, pues constituye la máxima prubea de identidad personal. Inglesa como es, mi mujer se las ingenió para extraviar su tarjeta cuando necesitábamos saber su número por una cuestión relacionada con el fisco, cosa que expliqué al funcionario de la Seguridad Social cuando éste volvió a ponerse al teléfono.
-Sólo estamos autorizados para proporcionar dicha información al individuo designado -contestó.
-¿Quieres decir la misma persona a quien corresponde la tarjeta?
-Eso mismo.
-Pero se trata de mi mujer -farfullé.
-Sólo estamos autorizados para proporcionar dicha información al individuo designado.
-A ver si nos aclaramos -apunté-. Si yo fuera mi mujer, ¿me dirías el número por teléfono sin ningún problema?
-Eso mismo.
-Pero ¿y si se tratara de una persona que se hiciera pasar por ella?
Una pausa vacilante.
-Supondríamos que el individuo al teléfono efectivamente sería el individuo designado.
-Un momento, por favor.
Traté de buscar una solución. Mi esposa estaba fuera, así que no podía ponerse al aparato; sin embargo, yo no tenía ganas de volver a pasar otra vez por lo mismo. En mi tono normal, volví a ponerme al teléfono.
-Hola, soy Cynthia Bryson. ¿Podrían decirme mi número de Seguridad Social?
Una risita nerviosa llegó del otro extremo.
-Sé que eres tú, Bill -respondió mi interlocutor.
-No, en serio. Soy Cynthia Bryson. ¿Podrían decirme mi número, por favor?
-Lo siento, pero no puedo hacerlo.
-¿Y si lo intentara afectando voz de mujer?
-Me temo que no serviría de mucho.
-Permíteme preguntar una cosa, por pura curiosidad: ¿tienes el número de teléfono de mi mujer delante de tus ojos, en la pantalla del ordenador?
-Pues sí.
-¿Y no me lo vas a decir?
-Me temo que no puedo hacerlo, Bill -el funcionario parecía sinceramente compungido.
La experiencia me ha enseñado que no existe la más mínima posibilidad -repito, la más mínima posibilidad- de que un funcionario estadounidense se salte las normas para echarte una mano, así que preferí no insistir. En vez de ello, pregunté a mi interlocutor si sabía cómo quitar una mancha de batido de fresa de una camiseta.
-Con levadura en polvo -respondió sin vacilar-. La dejas en remojo toda la noche y al día siguiente estará como nueva.
(…)
En muchos casos, las tiendas de fábrica no son verdaderos complejos comerciales sino poblaciones enteras invadidas por un ejército de tiendas. Sin duda, la más célebre de ellas es Freeport, Maine, hogar de L.L. Bean, conocida marca suministradora de prendas y accesorios deportivos para yuppies.
El verano pasado paramos allí durante un viaje por Maine, y debo decir que todavía me estremezco al recordarlo. El procedimiento a seguir durante una visita a Freeport es invariable. Tras entrar en el pueblo a paso de tortuga atascado en una larga cola de vehículos, te pasas cuarenta minutos buscando aparcamiento y te unes a la multitud de millares de personas que recorren la calle principal entre una sucesión de comercios que venden toda marca comercial bajo el sol.
El centro de dicha calle lo preside el almacén L.L. Bean, que es enorme. Dicho almacén está abierto veinticuatro horas al día, 365 días al año. Si eso es lo que quieres, allí puedes encontrar un kayak a las tres de la madrugada. Al parecer, hay gente que lo hace. La cabeza vuelve a dolerme.
(…)
Dios sabe qué le encuentran a disparar a un animal tan pacífico e inofensivo como el alce. Y, sin embargo, millares de cazadores se pirran por ello. (…) Los cazadores os dirán que el alce es una bestia de los bosques salvaje y feroz. En realidad, el alce no es sino una vaca dibujada por un niño de tres años, y no hay más. Sin la menor duda, el alce es el animal más torpe y conmovedor que habita los bosques. Es un animal muy grande -tan grande como un caballo-, pero su desgarbo resulta casi magnífico. Cuando un alce echa a correr, se diría que sus patas no guardan conexión entre sí. Hay otros animales cuya aguzada cornamenta ofrece un aspecto espectacular y conmina al respeto de sus adversarios. El alce tiene unos cuernos que parecen guantes de cocina.
Sobre todo, el rasgo principal del alce es su incomensurable falta de inteligencia. Si alguna vez conduces por la carretera y un alce surge del bosque y se planta en mitad de tu camino, lo que hará será mirarte con pasmo durante un largo minuto, antes de dar media vuelta y salir al trote carretera abajo, moviéndose con toda la torpeza del mundo. No importa que a ambos lados de la carretera se extiendan 10.000 millas de bosque denso y seguro. Sin tener idea de lo que hace ni de cuanto sucede a su alrededor, el alce se empecina en marchar carretera abajo, como si le fuera urgente llegar a New Brunswick, hasta que su descoyuntado trote le devuelve inadvertidamente al bosque, donde se detiene de inmediato con gesto perplejo, como si se preguntara: ”¡Un bosque! ¿Y cómo demonios he venido a parar aquí?”
El alce es tan monumentalmente memo que, muchas veces, cuando oye el sonido de un coche o camión, sale del bosque para plantarse en la carretera, con la curiosa convicción de que así estará más seguro. En Nueva Inglaterra, cada año mueren atropellados en torno a un millar de alces.