Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for Mayo, 2007

#11 Hoy, Júpiter, de Luis Landero

Posted by Sergio Parra Castillo on 30th Mayo 2007

Como sucede siempre con Luis Landero, su última novela no me ha decepcionado. Lástima que sea un escritor poco prolífico, aunque sus textos destilan una perfección estilística y una capacidad evocadora que roza la hiperestesia que comprendo la demora entre libro y libro.

La historia es aparentemente sencilla y hierática, como la mayoría de historias de Landero, pero no importa, resultan tan apasionantes y adictivas como el mejor folletín. Aquí no son relevantes las acciones sino los pensamientos y las emociones que preceden y suceden a las acciones. Además, Landero posee una rara cualidad que conecta perfectamente conmigo, consiguiendo siempre que sienta que si dirige a mí o alguien como yo, que consigue ordenar pensamientos que siempre habían estado dentro de mi cráneo pero que nunca había ordenado como él me insta a que los ordene. Es muy difícil encontrar a un autor con el que sintonices a semejante nivel, así que declaro que no soy objetivo cuando me refiero a su prosa: es la mejor que he tenido la oportunidad de leer.

En Hoy, Júpiter, se narran las mismas obsesiones que persiguen todas las novelas de Landero: el ansia por triunfar; el miedo a no ser reconocido (socialmente, amorosamente) por los demás; el terror a descubrir que has dilapidado tu existencia y, más terrorífico aún, creer que aún tienes tiempo para hacer todo lo que no tuviste oportunidad de hacer aunque te encuentres en las postrimerías de tu vida; el vislumbre de que bajo una apariencia gris y anodina se encuentra una criatura llamada a ser especial. No importa el argumento, que se puede leer en la contraportada del libro, por supuesto, pero que no ofrecerá nada de información sobre lo que realmente esconden los libros de Landero.

Para no pecar de lisonjero, finiquito aquí mismo esta jaculatoria y paso a transcribir un fragmento escogido al azar:

 

Tomás no supo qué decir. “¡Fantasías!”, pensó. “Ya no me admira. Ya no logro seducirla con mi saber y mis palabras”.

Y Tomás Montejo se sintió entonces más solo y desvalido que nunca, sin Marta, sin la tesis, sin un futuro prometedor, sin nada de lo que le había otorgado durante años un lugar en el mundo. Entonces miró el pasado, hizo balance, y le pareció que su vida había sido superflua. Sus logros, sus anhelos, eran ahora un montón de ruinas, ni siquiera nobles. Y si miraba hacia delante, veía también un paisaje yermo. Es verdad que le quedaba por jugar una carta, la mejor de todas, que era escribir ficciones. Su verdadera y más secreta ambición. Pero eso iba para largo, y aún estaba por ver si tenía o no talento de escritor. “No debía haberme casado”, se dijo. “Marta y yo somos muy distintos. Somos dos mundos. Y ella ha fingido que le interesaban mis cosas, mis proyectos, mi pasión literaria, pero quizá todo ha sido cálculo e impostura. Un modo de seducirme y nada más”. Añoró la soledad, donde se forjan los hombres de carácter. El matrimonio le había reblandecido la vocación, y lo había hecho conformista y ridículamente feliz.  

(Proyecto de leer 50 libros) 

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Entrevista en Reflexiones e irreflexiones

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Mayo 2007

A propósito de Jitanjáfora, Fernando Tricas tuvo la gentileza de realizarme este pequeño cuestionario en el que, como de costumbre aunque no siempre consiguiéndolo, intento hacerme el gracioso.

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Posible mundo “habitable”

Posted by Sergio Parra Castillo on 14th Mayo 2007

Hombre, qué alegría, por fin dejamos de ser un puntito azul pálido en el universo. El Observatorio Europeo Austral (ESO), en Chile, empleando un espectógrafo Harps de uno de sus telescopios, ha localizado un planeta a unos 20 años luz del nuestro, en la constelación de Libra, susceptible de acoger agua líquida e, incluso, ser acogedor para la vida y, por extensión, para nosotros.

Es todo una noticia: el primer planeta fuera de nuestro Sistema Solar que se encuentra a una distancia de su sol (la estrella Gliese 581) adecuada para no achicharrarse ni para ser un mundo yermo (posee una temperatura supercial de entre 0 y 40 grados centígrados). El primer planeta extrasolar, de los 200 conocidos hasta el momento, que goza de estas características morfológicas y orbitales. Su nombre, de momento, es lo único que falla, no está a la altura: GI581c. ¿Cómo se llamarían sus habitantes, GI581censes?

Aunque, comparado con la Tierra, está 14 veces más cerca de su estrella, Gliese 581 es más pequeña y fría que nuestro Sol (es una enana roja), por lo tanto es factible que albergue agua en estado líquido. Con todo, aún no se ha podido detectar o inferir la presencia de ozono, oxígeno o metano. Y, aunque finalmente se hallaran también estos gases, el azar debería haber conjurado esa adaptación evolutiva, cuya eficacia a largo plazo en términos de supervivencia aún está por demostrarse, denominada prosaicamente como inteligencia. Demasiadas casualidades. O no. Tiempo al tiempo.

Sin embargo, puestos a imaginar, si allí se sostuviera algún tipo de inteligencia o aparato cognitivo de parámetros psicológicos similares a los nuestros, habida cuenta de los 20 años luz que nos separan, ahora deben de empezar a recibir las emisiones de series como Las tortugas ninja o Transformers y la postrera temporada en la que Mayra Gómez Kemp presentaba el Un, dos, tres… responda otra vez.  Y los videoclips de los ´80. Y los Hombres G.

¿Contraatacarán?

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“Jitanjáfora” finalista del premio de la crítica

Posted by Sergio Parra Castillo on 11th Mayo 2007

La Asociación Cultural Xatafi anuncia el listado de candidatos a los Premios Xatafi-Cyberdark de la crítica de literatura fantástica 2007, concedido a las mejores obras de literatura fantástica, ciencia ficción y terror editadas el año anterior, y en la categoría de LIBRO DE FICCIÓN ESPAÑOL, Jitanjáfora tiene el honor de estar entre los grandes del género.

- El sueño de la razón, de Juan Miguel Aguilera (Minotauro).
- Franco. Una historia alternativa, de Julián Díez (selecc.) (Minotauro).
- Parientes pobres del diablo, de Cristina Fernández Cubas (Tusquets).
- Juglar, de Rafael Marín (Minotauro).
- Señores del Olimpo, de Javier Negrete (Minotauro).
- Jitanjáfora, de Sergio Parra (AJEC).

Los ganadores se harán públicos durante la cena de la AsturCon, el 7 de julio de 2007. Los premios están dotados de una remuneración económica de 350 euros para el libro de ficción español y de 150 euros para el relato español.

Ni que decir tiene que nos congratula montañas encontrarnos entre veteranos autores que consumíamos cuando sólo éramos adolescentes y que admirábamos (y admiramos).

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Una casa con alas

Posted by Sergio Parra Castillo on 10th Mayo 2007

Habida cuenta de los desorbitantes (y desopilantes) precios de las viviendas, uno comienza a buscar nuevas soluciones habitacionales. Los pisos de 30 metros cuadrados no convencen, tampoco los cuchitriles de apenas 10 metros cuadrados que se venden sin cédula de habitalidad a precio de oro, así que empiezan a verse los primeros ciudadanos que han optado por establecerse en furgonetas, por ejemplo (al parecer, uno puede inscribirse en el censo en cualquier vehículo, siempre que este permanezca más o menos estático y hasta, literal, bajo un puente).

Pero la solución más trapisonda viene de la mano de Bruce Campbell (no nos referimos al actor fetiche de Sam Raimi, no) , un norteamericano de 52 años que desde su web, detalla, día a día, desde 2001, su propósito de reconvertir un avión Boeing 727-200 en una casa. Y lo cierto es que tiene buena pinta.

Por 75.000 euros, Campbell adquirió un gigantesco avión comercial, a los que sumó otros miles para trasladarlo a los bosques de Oregón, donde ha decidido instalarlo. Dispone, pues, de 330 metros cuadrados con salón, cocina, dormitorio y baño, amén de alas, panel de control, flaps y tren de aterrizaje. Campbell, un vejete muy simpático, defiende su elección con estas palabras: Alta tecnología, calidad aeroespacial, es resistente al fuego, a vientos de 1.500 kilóemtros por hora  puede durar siglos.

No me parecen malas razones. Además, bajo la influencia de Lost en el imaginario popular, ¿quién no se pirraría por mudarse al Boeing 777, Vuelo 815, de Oceanic Airlines

Para quien se anime, una empresa de Tenesse ha empezado a ofrecer casas-avión para entrar a vivir desde 150.000 euros. ¿Para qué conformarse con un zulo en el centro de la ciudad si puedes encasquetarte el uniforme de piloto de tu propio avión con vistas?  

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Los 10 bares más literarios del mundo

Posted by Sergio Parra Castillo on 9th Mayo 2007

Hace unos días, en una entrevista, respondimos que no solemos escribir en un despacho o en casa, tampoco rodeados de silencio, ni con máquina de escribir u ordenador, sino en lugares concurridos, mayormente bares o cafeterías, y a mano.

A mano, sí, pero, en honor a la verdad, no escribo con ese aire romántico o bohemio de buhardilla del parisino barrio de Montmartre o algo así, llenando cuadernos moleskine con volutas caligráficas propias de la gótica alemana o la bastardilla. Ni mucho menos. Como ya dije, escribo en libretas cutres, con bolígrafos cutres y en bares cutres. Sí, ésa constituye otra de mis manías: nunca escribo en el mismo lugar, deambulo por la calle hasta que encuentro el runrún reconfortante de fondo que tanto me inspira: el silencio, por el contrario, me bloquea. Esto no es tan raro,  Isaac Asimov, por ejemplo, no podía trabajar sin ruido de fondo, y por eso reproducía grabaciones de tormentas o el ruido del tráfico en su despacho, que le estimulaban según el libro que estuviera escribiendo. Y científicamente tiene también una explicación: el ruido nos obliga a concentrarnos, y nuestro cerebro se ve obligado a poner en funcionamiento más neuronas de las que emplea normalmente; esto provoca que los razonamientos también sean más brillantes. Entonces, rodeado del ruido blanco, marrón o de la tonalidad que más me convenga, comienzo a escribir a trompicones, como poseído, con una accidentada caligrafía, y todo termina en algo muy parecido a la línea aserrada del electrocardiograma de un taquicárdico. Luego, ni yo me entiendo. No yo ni una máquina Enigma, estoy convencido.

 

Ahora, Forbes reúne en una lista los 10 bares más literarios del mundo, bares que sin duda a uno le gustaría visitar para impregnarse, quizás, de la inspiración de los grandes genios.

Por ejemplo, Ernest Hemingway y F.Scott Fitzgerald eran asiduos del The Ritz Bar y el Harry´s New York Bar de París. Una escultura de Hemingway disfrutando de un daiquiri en la barra también evidencia que el escritor era asiduo de El Floridita, en La Habana. Dylan Thomas entró en coma etílico tras 18 chupitos en el White Horse Tavern, de Manhattan. C.S. Lewis y J.R.R. Tolkien acudían todos los martes al The Eagle and Child, en Oxford. Dorothy Parker y sus sarcásticas reflexiones (que aún pueden leerse impresa en servilletas) frecuentaban el Algonquin, en Nueva York. Charles Dikens en la londinense Ye Olde Cock Tavern. James Joyce inmortalizó su Ulises en el dublinés bar Davy Byrnes. Jack London escribió La llamada de la selva en el First and Last Chance Saloon, en Oakland. O John Le Carre fue inspirado por el The Foreign Correspondents Club para escribir El honorable colegial.  

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#10 Historias de un gran país, de Bill Bryson

Posted by Sergio Parra Castillo on 7th Mayo 2007

Ya habíamos disfrutado del último libro de Bill Bryson, Una breve historia de casi todo, toda una sorpresa en un ensayo superficial de diversas temáticas científicas. Pero Bryson es, fundamentalmente, un escritor de libros de viajes, así que, tras darle una oportunidad a Historias de una gran país, lo ratificamos: es un excelente observador de otras culturas. Pero ahora añadimos otra cosa: es uno de los autores más divertidos que hemos leído nunca.

A decir verdad, en muchos momentos tuvimos que dejar de leer para reírnos a gusto o para enjugarnos las lágrimas (de risa).

En esta ocasión, Bryson lanza sus dardos irónicos contra la sociedad estadounidense y, como buen autor inglés (de adopción), destila un humor muy peculiar. De hecho, podemos afirmar que Bryson es el Terry Pratchett de los libros de viajes.

Así que si queréis conocer el día a día, los entresijos más íntimos y cotidianos de la vida norteamericana, os recomendamos encarecidamente este libro que reune los 78 artículos que publicó en el Daily Mail inglés. Os cambiará la visión del american way of life, garantizado.

No nos resistimos a transcribir algunos fragmentos descacharrantes:

Os lo cuento, pero prometedme que no se lo diréis a nadie. Poco después de trasladarnos aquí, una noche invitamos a cenar a los vecinos de la casa de al lado y éstos se presentaron en coche. Juro que no lo estoy inventando.

Yo me quedé de piedra (recuerdo haberles preguntado si se valían de una avioneta para ir al supermercado, ocurrencia que no despertó sino miradas de incomprensión y la promesa mental de no incluirme jamás en ninguna futura lista de invitados). Sin embargo, desde entonces, he terminado por darme cuenta de que la conducción de un automóvil para recorrer una cincuentena de metros no tiene nada de raro en este país. Nadie camina en la América de hoy.

Hace poco, un investigador de la Universidad de Berkeley efectuó un estudio centrado en las costumbres andarinas de la nación y concluyó que el 85 por 100 de los estadounidenses son “ensencialmente” sedentarios y que el 35 por 100 son “totalmente” sedentarios. El americano medio camino menos de 120 kilómetros al año: poco más de dos kilómetros por semana, apenas 350 metros al día. La verdad, tampoco es que yo sea un caminante infatigable, pero se trata de una cifra que asombra por su poca cantidad. Yo mismo recorro mayores distancias cuando me pongo a buscar el mando a distancia de la tele.

(…)

En Estados Unidos, el número de Seguridad Social revista una enorme importancia, pues constituye la máxima prubea de identidad personal. Inglesa como es, mi mujer se las ingenió para extraviar su tarjeta cuando necesitábamos saber su número por una cuestión relacionada con el fisco, cosa que expliqué al funcionario de la Seguridad Social cuando éste volvió a ponerse al teléfono. 

-Sólo estamos autorizados para proporcionar dicha información al individuo designado -contestó.

-¿Quieres decir la misma persona a quien corresponde la tarjeta?

-Eso mismo.

-Pero se trata de mi mujer -farfullé.

-Sólo estamos autorizados para proporcionar dicha información al individuo designado.

-A ver si nos aclaramos -apunté-. Si yo fuera mi mujer, ¿me dirías el número por teléfono sin ningún problema?

-Eso mismo.

-Pero ¿y si se tratara de una persona que se hiciera pasar por ella?

Una pausa vacilante.

-Supondríamos que el individuo al teléfono efectivamente sería el individuo designado.

-Un momento, por favor.

Traté de buscar una solución. Mi esposa estaba fuera, así que no podía ponerse al aparato; sin embargo, yo no tenía ganas de volver a pasar otra vez por lo mismo. En mi tono normal, volví a ponerme al teléfono.

-Hola, soy Cynthia Bryson. ¿Podrían decirme mi número de Seguridad Social?

Una risita nerviosa llegó del otro extremo.

-Sé que eres tú, Bill -respondió mi interlocutor.

-No, en serio. Soy Cynthia Bryson. ¿Podrían decirme mi número, por favor?

-Lo siento, pero no puedo hacerlo.

-¿Y si lo intentara afectando voz de mujer?

-Me temo que no serviría de mucho.

-Permíteme preguntar una cosa, por pura curiosidad: ¿tienes el número de teléfono de mi mujer delante de tus ojos, en la pantalla del ordenador?

-Pues sí.

-¿Y no me lo vas a decir?

-Me temo que no puedo hacerlo, Bill -el funcionario parecía sinceramente compungido.

La experiencia me ha enseñado que no existe la más mínima posibilidad -repito, la más mínima posibilidad- de que un funcionario estadounidense se salte las normas para echarte una mano, así que preferí no insistir. En vez de ello, pregunté a mi interlocutor si sabía cómo quitar una mancha de batido de fresa de una camiseta.

-Con levadura en polvo -respondió sin vacilar-. La dejas en remojo toda la noche y al día siguiente estará como nueva.

(…)

En muchos casos, las tiendas de fábrica no son verdaderos complejos comerciales sino poblaciones enteras invadidas por un ejército de tiendas. Sin duda, la más célebre de ellas es Freeport, Maine, hogar de L.L. Bean, conocida marca suministradora de prendas y accesorios deportivos para yuppies.

El verano pasado paramos allí durante un viaje por Maine, y debo decir que todavía me estremezco al recordarlo. El procedimiento a seguir durante una visita a Freeport es invariable. Tras entrar en el pueblo a paso de tortuga atascado en una larga cola de vehículos, te pasas cuarenta minutos buscando aparcamiento y te unes a la multitud de millares de personas que recorren la calle principal entre una sucesión de comercios que venden toda marca comercial bajo el sol.

El centro de dicha calle lo preside el almacén L.L. Bean, que es enorme. Dicho almacén está abierto veinticuatro horas al día, 365 días al año. Si eso es lo que quieres, allí puedes encontrar un kayak a las tres de la madrugada. Al parecer, hay gente que lo hace. La cabeza vuelve a dolerme.

(…)

Dios sabe qué le encuentran a disparar a un animal tan pacífico e inofensivo como el alce. Y, sin embargo, millares de cazadores se pirran por ello. (…) Los cazadores os dirán que el alce es una bestia de los bosques salvaje y feroz. En realidad, el alce no es sino una vaca dibujada por un niño de tres años, y no hay más. Sin la menor duda, el alce es el animal más torpe y conmovedor que habita los bosques. Es un animal muy grande -tan grande como un caballo-, pero su desgarbo resulta casi magnífico. Cuando un alce echa a correr, se diría que sus patas no guardan conexión entre sí. Hay otros animales cuya aguzada cornamenta ofrece un aspecto espectacular y conmina al respeto de sus adversarios. El alce tiene unos cuernos que parecen guantes de cocina.

Sobre todo, el rasgo principal del alce es su incomensurable falta de inteligencia. Si alguna vez conduces por la carretera y un alce surge del bosque y se planta en mitad de tu camino, lo que hará será mirarte con pasmo durante un largo minuto, antes de dar media vuelta y salir al trote carretera abajo, moviéndose con toda la torpeza del mundo. No importa que a ambos lados de la carretera se extiendan 10.000 millas de bosque denso y seguro. Sin tener idea de lo que hace ni de cuanto sucede a su alrededor, el alce se empecina en marchar carretera abajo, como si le fuera urgente llegar a New Brunswick, hasta que su descoyuntado trote le devuelve inadvertidamente al bosque, donde se detiene de inmediato con gesto perplejo, como si se preguntara: ”¡Un bosque! ¿Y cómo demonios he venido a parar aquí?”

El alce es tan monumentalmente memo que, muchas veces, cuando oye el sonido de un coche o camión, sale del bosque para plantarse en la carretera, con la curiosa convicción de que así estará más seguro. En Nueva Inglaterra, cada año mueren atropellados en torno a un millar de alces.

(Proyecto de leer 50 libros)   

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ADUYA recibe un premio

Posted by Sergio Parra Castillo on 4th Mayo 2007

El fallo del jurado del IV Certamen de Relatos El mundo esférico ha sido el siguiente:

1º premio: 400 euros
   Para el relato “MALDITO IMPOSTOR”, escrito por D. FRANCISCO JOSÉ JURADO
GONZÁLEZ, de Córdoba.
2º premio: 240 euros
   Para el relato “ADUYA”, escrito por D. SERGIO PARRA CASTILLO, de
Tarragona.
ACCÉSIT de publicación: para la obra “EL HOMBRE QUE BUSCABA LA LLUVIA”,
escrita por D. PEDRO URIS ESCOLANO, de Valencia.
Bien por él.

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De vueltas con la felicidad

Posted by Sergio Parra Castillo on 4th Mayo 2007

Mucho se ha escrito sobre la felicidad, un término aparentemente intangible o subjetivo. ¿Qué es la felicidad? ¿Por qué no somos felices permanentemente? ¿Es un simple chute de enforfinas o es algo más? Andamos lejos de contestar algunas de estas preguntas, aunque ya podemos apuntar algunas cosas.

Por ejemplo: la felicidad en exceso es paralizante, pareja a la muerte. Experimentos con ratas que disponen de un pulsador para transmitirse, vía neuroquímica, un subidón de endorfinas arrojan un poco de luz sobre esto. Al poco de que la rata descubre la felicidad sintética que le suministra el pulsador, comienza a perder el interés por efectuar otro tipo de tareas, incluso dejando de comer, hasta que muere de inanición. En la misma línea de razonamiento, un divertidísimo libro de Will Ferguson, Happiness, presenta una sociedad que ha obtenido la felicidad absoluta gracias a un libro de autoayuda que realmente funciona. El libro de marras, titulado Lo que aprendí en la montaña, de Tupak Soiree, provoca que la gente esté tan contenta que simplifique su forma de vestir, que prescinda de vehículos y que hasta abandone sus respectivos empleos dejando un cartel tipo: Estoy pescando. Los editores de la novela se ven obligados, pues, a buscar la ayuda de un misántropo contumaz para que redacte la réplica de este libro beatífico que suministra un nirvana extático, sólo así todo volverá a ser cómo era.

La felicidad, entonces, no parece algo que debamos poseer en esencia, sino simplemente necesitar, anhelar. Es en el proceso de búsqueda de la felicidad cuando, por el camino, vamos recibibiendo a trompicones pequeñas dosis de bienestar. Lo que nos acelera el corazón es imaginar todo lo que podremos conseguir, pero una vez conseguido, aunque la dosis de felicidad suba muchos enteros, al ser ésta elástica, volveremos a la posición inicial y necesitaremos plantearnos otro reto aún mayor para conseguir el mismo efecto (esta dinámica se parece mucho a la que se establece con el consumo de drogas: el mono provoca movimiento; la dosis, una eufórica muerte feliz).

Resulta un poco desazonante el asumir estos parámetros vitales en los que nuestro bienestar parece que pende del hilo de un hambre infinita que nunca podemos ni debemos saciar del todo. A nivel evolutivo, este mecanismo tiene mucho sentido: sólo los que sientan que algo falta, que hay huecos que rellenar, que hay cumbres que escalar, se las ingenierán para mejorar las condiciones que les rodean. Lo negativo de este sistema que, tarde o temprano, se acabará alcanzando las condiciones edénicas necesarias para mantener el nivel de felicidad, tal y como sucede en Happiness, y entonces el vivir perderá su sentido, como refiere este fragmento de la novela:

 

“¿Qué somos, Jack? ¿Quiénes somos? No somos nuestros cuerpos. No somos nuestras posesiones, ni nuestro dinero ni nuestra posición social. Somos nuestras personalidades. Nuestras flaquezas, nuestras manías, nuestras excentricidades, nuestras frustraciones y nuestras fobias. Si quitamos todo eso, ¿qué nos queda? Nada. Sólo caparazones humanos felices y estúpidos. Miradas vacías y expresiones insípidas, Jack (…) Pronto todo el mundo hablará igual, sonreirá igual, pensará igual. Las personalidades se diferencian cada día menos. Las personas están desapareciendo. Y usted es el culpable, Jack. Es un asesino.”

O, tal vez, el objetivo no exista, y bastará que creamos haber encontrado todo lo que necesitamos para que nuestro cerebro, mucho más complejo y avieso que el de una rata, busque que algo le falta para estar en paz consigo mismo.

De momento, qué remedio, habremos de caminar cual funambulistas por la delgada línea que separa la felicidad paralizante de la depresión paralizante, aunque, como seres advenedizos que todavía somos, nos permitamos apoyarnos con un pie en uno u otro lado… no demasiado, lo prometemos. 

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