Lo de que Shaima quiera llevar pañuelo en la cabeza so pena de no asistir a clase está trayendo cola. Las opiniones al respecto se multiplican en multitud de matices, cosa normal teniendo en cuenta que el asunto no tiene una solución matemática y aquí, casi, casi, gana el que mejor argumenta.
A mí me ha convencido más que nadie, de momento, la opinión de Joan Barril en El Periódico del 5 de octubre de 2007:
Curioso mundo este en el que la cabeza se convierte en un escaparate de oficios y de creencias. Una gorra de béisbol nos lleva al nuevo mundo y un impermeable amarillo nos convierte en pescadores de bacalao. Con un sombrero de papel podemos ser locos de la Inquisición o pintores de pared. En las bodas de raigambre, las mujeres se tocan con la peineta española, mientras los vascos no dudan en pasearse bajo la llovizna con la txapela elaborada en casa Elosegui. Una larga tradición de financieros se luce en la City con el bombín, mientras aquí se luce la barretina de los aplecs y el cachirulo del trabajo manual. La montera de los toreros se lanza al espectador preferido o se deja caer en el centro de un redondel y los guardias civiles desfilan a paso militar bajo un tricornio que en realidad sólo luce dos únicos cuernos, como ha de ser. Al otro lado de la calle, ertzainas y etarras no dudan en ponerse un pasamontañas para no reconocerse. Al rey se le llama “la corona”, aunque no la lleve. Los mexicanos charros lucen un sombrero enorme y los israelís creyentes llevan una somera kipá ahí donde los cristianos mostraban su tonsura. Se reconoce a un bombero por el casco y a un tirolés por su pluma. Incluso, el hijo de Guillermo Tell no dudó en colocarse una manzana sobre la cabeza, mientras los borrachos se cubren con hielo.
¡Cuántas cosas caben sobre una cabeza! Y, sin embargo, siempre hay algo que nos molesta. Por ejemplo, el pañuelo de Shaima, multicolor y alegre. Hace tres décadas las chicas iban de pasajeras en las vespas con un pañuelo en la cabeza que les protegiera del aire de la carretera. Era una manera de indicar la dirección del viento. Hoy existen otras religiones sin curas ni imanes, como indican los disfraces de los estudiantes de secundaria. Algunos padres no quieren ver el pañuelo de la tradición islámica, pero tolera -y tal vez hacen bien- los piercings, los tatuajes, las tachuelas en los cueros, las botas Dr. Marteens y las camisetas con mensajes de violencia explícita.
La cabeza no es para llevar ni pañuelos ni otros tocados. La cabeza es para controlar los excesos de la pasión descontrolada y xenófoba.
Añado yo que, por ejemplo, Pilar Rahola, en la edición del diario del día anterior, insistía en el carácter represivo hacia la mujer del dichoso pañuelo más que en otra cosa. No era xenófoba, no; era feminista recalcitrante. Y por eso evidencia las cosas fragmentariamente: el pañuelo es sexista, sí (aunque la niña que lo lleva sólo tenga 9 años y simplemente lo lleve porque lo dicta su cultura, ya llegará a la adolescencia y entonces pondrá en solfa el pañuelo y a la autoridad paterna), pero ¿no es también el escote, los tacones altos, el maquillaje o la guapura manufacturada, si nos ponemos al mismo nivel?