Hay que cuidar con quien te codeas. Parte de lo que eres responde a lo que es la gente que está a tu alrededor. En un grupo cualquiera de individuos compuesto por miembros distintos, la suma del coeficiente de inteligencia del grupo como tal será más bajo que la media matemática de sus componentes: la inteligencia baja y primitiva parece ejercer una succión subliminal que anula la inteligencia más elaborada.
Por ejemplo, si a dos grupos heterogeneos de personas son sometidos a sendas baterías de tests idénticos, los resultados de ambos grupos pueden diferir mucho según las experiencias previas de sus componentes. El grupo de personas que se relacionó durante un rato con jugadores de un deporte de masas obtuvieron resultados menores que el grupo de personas que se relacionó durante un rato con un profesor de Oxford.
Lo que nos rodea puede sacar lo mejor de nosotros. También lo peor. Sobre todo si lo que nos rodea son personas.
Richard Dawkins, en su prólogo para La máquina de los memes, de Susan Blackmore, a propósito de la existencia de los memes, comenta:
Era todavía estudiante en la universidad de Balliol cuando un día, charlando en la cola de la cantina con un compañero, me di cuenta de que a medida que iba hablando, su mirada de asombro crecía. “Acabas de ver a Peter Brunet, ¿verdad?”. Me sorprendió que lo supiera. Peter era nuestro queridísimo director de seminario y yo acababa de salir de una de sus tutorías con muchos ánimos. “¡Lo sabía!”, agregó mi colega sonriendo, “hablas exactamente como él, hasta en el tono de voz se te nota”. Aunque sólo fuera esporádicamente, había “heredado” su cantinela y su modo de hablar que tanto admiraba y que tanto echo de menos en la actualidad.
La clave reside en ese esporádicamente. Si nos relacionáramos sólo una hora a la semana con alguien realmente interesante pero el resto de la semana la dedicáramos a rodearnos de personajes grises, monótonos, vacuos e inanes, ¿cuánto nos duraría el efecto de sentirnos excepcionales? Seguramente, muy poco. Seguramente acabaríamos por pensar que esa persona interesante que vemos una hora a la semana no es tan interesante como creíamos. Que incluso resulta pagado de sí mismo. Que no sabe disfrutar de la vida. Que nunca encajará entre la gente normal, como nosotros conseguimos durante toda la semana.
Hemos asistido, muy a nuestro pesar, a muchas de estas transformaciones. Individuos que fulguraron durante un tiempo, que buscaron salirse de la norma, que quisieron romper reglas y otros dogmas intocables. Personas que, gracias a la retroalimentación, nos ayudaban a sentirnos menos solos y que nos catapultaban también a otra dimensión donde la mediocridad tenía vedado el paso. Con el tiempo, sin embargo, hemos sido testigos de que ese fulgor se apagaba. Una estrella dejaba de brillar en el cielo. Y no dejaba de brillar porque se hubieran agotado sus reservas de hidrógeno para quemar. Dejaba de brillar porque estaba cada vez más rodeada de la oscuridad impenetrable del espacio profundo, de la nada, de la vacuidad. De la masa informe de negrura. Y brillar entre tanta negrura te convierte en un punto de luz demasiado llamativo. Ser diferente supone arrostrar una pesada carga.
Somos más volubles de lo que pensamos. Creemos que nunca cambiamos o que cambiamos muy poco a lo largo de los años. Pero en cuestión de meses podemos dejar de resaltar sin darnos cuenta. Porque estamos a gusto entre otros que no brillan. Porque es muy fácil dejarse contaminar subliminalmente por lo que nos rodea, sonríe, acepta. Porque somos cómodos por naturaleza.
No nos damos cuenta. Pero somos más ellos que nosotros mismos.
Leer libros de personas que brillan muy lejos de nosotros, a los que nunca podremos acercarnos lo suficiente como para contaminarnos de su brillo, que sintetizan lo mejor de su esplendor en unas líneas de texto bien estructuradas y expuestas con claridad, es una forma de estar rodeado de estrellas. Es una manera de meterse de lleno en un cúmulo globular. Ésta sería una de las mejores defensas para leer libros: inviertes tu tiempo en personas que se salen de la norma (al menos a la hora de exponer sus ideas en un libro). Los libros también pueden ser buenos compañeros cuando no existen tales a tu alrededor: todo buen lector conoce la sensación. (Tú eliges, también es cierto, tus lecturas, y si no te rodeas de otros individuos excepcionales que te lleven a escoger las más luminosas, entonces leer se convierte una opción tan vacía como mirar cualquier otra cosa mundana, habitual o clónica).
Mejor que yo, Rubén Lardín expone la sensación que invade al que nota (por suerte, por casualidad) que sus reflejos están siendo vampirizados por los muertos que le rodean:
Luego, a la mesa, cito a Karl Popper por el morro, sin saber ni qué estoy diciendo pero con la prerrogativa de la ignorancia ajena. No me esfuerzo en la persuasión porque de lo que se trata es de matar el tiempo, de que pase pronto, sin desgaste, y al fin y al cabo ni yo tengo memoria ni los teóricos me han parecido nunca mucho más que unos pamplinas y unos cobardes con la boca llena de ismos y de especulación. Me sirvo más vino. Antes he servido a los demás. No a todos. Por un instante me gustaría poder sacar a McLuhan de debajo de la mesa y sacudirlo por los tobillos como a un conejo, la chatarra cayéndosele de los bolsillos, un cortauñas, cuatro duros, un lápiz del Ikea y un pañuelo bordado, por ejemplo, pero enseguida veo claro que si me dan a elegir preferiría invocar a Charles Bronson con munición ilimitada. Charles Bronson comiéndose unas nueces, ahí está la imagen del día. La mediocridad me exaspera, no es nada personal (es mi mediocridad la que más me exaspera), así que, como tampoco sé lo que digo, me pronuncio esnob, altivo y sobrenatural y me levanto y me voy con la música a otra parte. Con mis asertos a tomar por culo de aquí, pero con la certeza de que un golfista paseando por el green no es ni será nunca lo mismo que un flâneur meciéndose en la multitud. Camino y, como el pretendiente de Ernestina, yo también me busco el viejo en todos los espejos.
En estos tiempos de corrección política y de rechazar todo lo que atufe a eugenesia, de respetar todo lo que diga el contrario aunque ese respeto sea sinónimo de aceptación y mansedumbre, de disimular tus dotes y tu nervio por una educación que en el fondo es miedo al diferente y al disidente, de convivir con todos los seres antropomórficos por igual porque no hacerlo así te convierte en xenófobo, racista, intransigente, pedante, esnob, asesino o algo peor… en estos tiempos, decimos, está mal visto ser pragmático con tu tiempo. Está mal visto invertir tu tiempo con las personas con el mismo pragmatismo con el que inviertes tu tiempo en cualquier otra actividad. Porque no puedes tratar a una persona igual que cualquier otra cosa. Todos somos personas, dicen.
Todo es oscuridad y negritud del espacio exterior tratando de apagarte, decimos nosotros. Y las estrellas que quedan son balizas para no perdernos.