Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for Enero, 2008

Dos Columnas (Segunda Parte Parte)

Posted by Sergio Parra Castillo on 31st Enero 2008

La segunda columna seleccionada pertenece de El Periódico, en la edición correspondiente al 30 de enero de 2009. Hoy, vamos. El autor, Juli Capella.

Las preguntas planteadas… en fin, cosas que se deberían enseñar en las escuelas, en vez de invertir tanto tiempo en otras totalmente desfasadas o en lugares menos preeminentes de un supuesto orden de prelación.

Me gustaría saber qué político redactó el párrafo de la ordenanza cívica de Barcelona que carga contra las putas. Quisiera conocer el nombre de quien se inventó el eslogan Barcelona, la millor botiga del món. Ardo en curiosidad por saber qué persona decidió el límite de las comisiones que nos cobran los bancos. Me gustaría conocer el nombre y apellidos de quien se inventó lo de la Zona Franca. Quisiera saber los nombres de los miembros del jurado que falló el concurso de la Ciudad Judicial de l’Hospitalet. Desearía conocer al que se le ocurrió llamar AMPA a las asociaciones de padres y madres de alumnos, y ESO a la ESO. Y conocer al diseñador que decide el tamaño de los números de los teléfonos mó- viles. Quisiera saber a quién se le ocurrió ubicar el aeropuerto de Valladolid en Villanubla, donde como su nombre indica, siempre está nublado.
¿Quién se inventó el concurso Gran Hermano? ¿A quién se le ocurrió el título de Aquí hay tomate? ¿Quién preside el consejo de administración que sube las tarifas eléctricas? ¿Quién es el señor que le deja que las suba? ¿Cómo se llama quien decide que el metro se acabe a las doce? ¿Quién fue el lumbreras que organizó un concurso para hacer un logotipo del Gobierno de España? ¿A quién se le ocurrió ponerle letra al himno nacional?
¿Conocen a algún tipo de estos? Quiero nombres y apellidos. Porque siempre es alguien concreto, quien tiene la iniciativa. No acepto disculpas colectivas: ni comités ni grupos de trabajo ni comisiones redactoras ni secretarías permanentes ni consensos. Solo nombres de personas humanas, sujetos que proponen y deciden por nosotros. Aquellos que cambian nuestras vidas.

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Dos Columnas (Primera Parte)

Posted by Sergio Parra Castillo on 31st Enero 2008

Nunca transcribo columnas del periódico. Pero he encontrado dos que se lo merecen. Y mucho. Se merecen la mayor transmisión posible.

El primero apareció en La Vanguardia, en la edición del 18 de enero de 2008. Simplemente magistral. Asombra que escritos así aparezcan en un medio de masas como es un diario de información general. Su autora es Clara Sanchis Mira.

Piensa en una mesa llena de pequeños objetos cotidianos. Papeles, bolígrafos, monedas, una cajita, una taza, un mechero verde, sobres, libros, gafas, una carpeta roja y más cosas. Míralo todo. Paséalo por tu cabeza. Bien. Ahora olvida el mechero verde. Sólo eso. Cierra los ojos. Puedes recordar cualquier otro de los objetos, intenta sólo olvidar el mechero. Concéntrate. Quieres olvidar el mechero verde. Es lo peor que puedes hacer. El mechero se te incrusta en el cerebro, te aparece delante de los ojos, brillante, enorme. Puede llegar a ocupar todo tu campo visual. Así funcionamos cuando nos sumergimos en una obsesión. Querer olvidarse de algo es la mejor manera de hacerse adicto a ese recuerdo. La obsesión es adictiva por naturaleza y tiene la forma de un bucle que vuelve sobre sí mismo. Perturbación anímica producida por una idea fija; idea que con tenaz persistencia asalta a la mente, según el diccionario. Dar la orden de borrar una idea la enciende. Lo mejor sería dejar pasar tranquilamente esa imagen, una y otra vez, como una nube que ns atraviesa y sigue. Sólo el tiempo, los días y los meses, con su espacio tangible, acaba borrando un recuerdo indeseable. Por la propia fuerza centrífuga que los hace girar, estos pensamientos perseverantes terminan por salir escupidos fuera de uno, antes o después. Aunque a veces dejen un agujero en el sitio por el que se han ido.

Quizás casi todos llevamos un fantasma debajo de las uñas. La imagen de una persona que se ha ido es una obsesión frecuente. Pero también las palabras del otro. Las palabras son peligrosas. A veces las escuchas y se te graban como si fueran de cal. Resuenan en los oídos pero también en la vista. Ocupan un espacio enorme, te pesan en el cuerpo y van contigo. Hubieras preferido no escucharlas. Es tarde. No las digieres y por eso flotan. Y empiezas a elaborar diálogos imaginarios. En la ducha, en el metro. No paras de hablar. Contestas. Revives la escena en tu cabeza de muchas maneras. Tú no dijiste eso. Podrías haberlo dicho. Pero no se te ocurrió. O esto otro. Depende. Cambias los diálogos según tu estado de ánimo, según lo que estés haciendo mientras discutes con tu fantasma. Vas por ahí, febril, hablas con un amigo y a la vez sigues con esa conversación inconclusa que se ha apoderado de tu mente. Como un pequeño parásito.

   Los genios devuelven al mundo de los sentidos la locura de la repetición. Glenn Gould, inclinado sobre las teclas en su búsqueda desesperada del sonido que sólo él imagina para Bach, se retuerce en su postura fetal calculando la distancia precisa de uno de sus dedos sobre una tecla. Picasso explora hasta el infinito la línea de un ojo. Beethoven, sordo, exaspera las posibilidades de una célula impertinente hecha de dos sonidos (sol, sol, sol, mi), y construye el monumento sonoro de su quinta sinfonía. Si puedes no escribir, no escribas, le dice Tolstoi a un joven escritor.

Pero en otra zona de las cosas, una hormiga sube por una briza de hierba, cae y vuelve a subir, una y otra vez, sin beneficio biológico alguno para sí misma, en una conducta obsesiva improcedente en su especie. La razón (lo cuenta Daniel C. Dennett en su libro Romper el hechizo) es que tiene el cerebro confiscado por un diminuto parásito que necesita llegar al estómago de una vaca para completar su ciclo reproductivo. O sea, que aunque ella no lo sabe, la hormiga, en la repetición de su escalada aparentemente inútil y paraoica por a hierba, está colaborando con la evolución. ¿Y nosotros? ¿Hay alguna razón por la que debamos creer que nuestras conductas se escapan de los mecanismos complejos de la teoría evolucionista? ¿No tendremos también alguna vaca por ahí, beneficiándose de nuestras obsesiones parásitas, esperando para devorarnos?

Olé, maestra.

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Manías, manías

Posted by Sergio Parra Castillo on 29th Enero 2008

Un asunto que siempre me ha interesado mucho es el de las costumbres, manías y memes que la mayoría de gente comparte. Te contaminan inadvertidamente. Es un virus mudo, cuyo efecto secundario principal es el ser como los demás. Por eso no tenemos la percepción de que hemos sido contaminados. Porque nos gusta compartir cosas con los demás, aunque sean tics nerviosos.

 

Por ejemplo:

 

-Poner la barra de pan con el surco hacia arriba.

 

-No apurar del todo el vaso y dejar siempre un residuo en el culo del vaso que delate su contenido.

 

-Comprar el periódico en el quiosco y doblarlo tres veces por su eje transversal, convirtiéndolo en un tríptico.

 

-Mirar los mocos del pañuelo tras habernos sonado las narices.

 

-Sentarnos de cara al centro de una habitación o una sala (a no ser que en la pared cuelgue un plasma de 42 pulgadas).

 

-Darle significado especial a las cifras o a determinadas combinaciones de dígitos. Por ejemplo, el número premiado del Gordo (o el guarismo final). La habitación número 13, que en muchos hoteles ha sido suprimida por su proverbial mala suerte. O el número 42, que según cuenta el superordenador de Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, es la respuesta al sentido de la vida.

 

-Dibujar arabescos distraídamente mientras hablamos por teléfono, como poseídos por el espíritu de la escritura automática.

 

-Sisear con los dientes para invocar el silencio automáticamente.

 

-Mover rítmicamente la cabeza al son de una música percusiva.

 

-Caminar encorvado hacia delante cuando llueve, aunque eso no evita que nos mojemos igual.

 

-Recolocarse las gafas sobre la nariz usando solamente el dedo corazón.

 

-Barrenarnos la sien con el dedo índice para indicar que alguien está como una regadera.

 

-Hacer muecas que recuerdan a las facciones de alguien que sufre problemas estomacales o a alguien deslumbrado por el sol cuando comemos un limón (hasta que leamos Si te comes un limón sin hacer muecas, de Sergi Pàmies).

 

-Asomar la lengua entre los labios, como un ofidio, cuando estamos enfrascados en una tarea manual que requiere concentración.

 

 

En resumidas cuentas, costumbres, manías, memes, tics que nos hacen sentir un poco más hermanados con el resto del mundo.

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Los desopilantes Faemino y Cansado

Posted by Sergio Parra Castillo on 28th Enero 2008

Aún recordamos aquella visita al teatro Villarroel, donde a punto estuvimos de perder el sentido de tanto reír.

Quizá su anécdota más divertida.

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Qué fuerte, Doc

Posted by Sergio Parra Castillo on 24th Enero 2008

Si hace un año decíamos por aquí lo que nos gustaría conducir un DeLorean como el que aparece en Regreso al futuro (condensador de fluzo, incluido), ahora ya hemos encontrado por dónde queremos conducirlo.

Nada mejor que hacerlo que por las localizaciones que representan Hill Valley (California) en la película:

La casa de Marty está en Roslyndale Ave.

La de Lorraine está en Bushnell Ave., Pasadena. El árbol donde George Mcfly ejercía labores de voyeur sigue también frente a la casa.

Para dar el salto al futuro: Griffith Park

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Bendita inocencia

Posted by Sergio Parra Castillo on 22nd Enero 2008

Intenté mantener la calma, pero no lo conseguí. Tengo prohibida la carne de cerdo pero lo olvidé. Decidí acostarme temprano pero aquí estoy, de farra en la calle y son las cuatro de la mañana… Y cuando no hay excusa posible y aquí reside la clave de todos los entresijos, reinterpretamos nuestro fracaso, le damos la vuelta y agregamos tan satisfechos que hemos cambiado de opinión.

(Claxton, 1986, pág. 59)

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Si andas entre muertos acabarás oliendo a muerto

Posted by Sergio Parra Castillo on 15th Enero 2008

Hay que cuidar con quien te codeas. Parte de lo que eres responde a lo que es la gente que está a tu alrededor. En un grupo cualquiera de individuos compuesto por miembros distintos, la suma del coeficiente de inteligencia del grupo como tal será más bajo que la media matemática de sus componentes: la inteligencia baja y primitiva parece ejercer una succión subliminal que anula la inteligencia más elaborada.

Por ejemplo, si a dos grupos heterogeneos de personas son sometidos a sendas baterías de tests idénticos, los resultados de ambos grupos pueden diferir mucho según las experiencias previas de sus componentes. El grupo de personas que se relacionó durante un rato con jugadores de un deporte de masas obtuvieron resultados menores que el grupo de personas que se relacionó durante un rato con un profesor de Oxford.

Lo que nos rodea puede sacar lo mejor de nosotros. También lo peor. Sobre todo si lo que nos rodea son personas.

Richard Dawkins, en su prólogo para La máquina de los memes, de Susan Blackmore, a propósito de la existencia de los memes, comenta:

Era todavía estudiante en la universidad de Balliol cuando un día, charlando en la cola de la cantina con un compañero, me di cuenta de que a medida que iba hablando, su mirada de asombro crecía. “Acabas de ver a Peter Brunet, ¿verdad?”. Me sorprendió que lo supiera. Peter era nuestro queridísimo director de seminario y yo acababa de salir de una de sus tutorías con muchos ánimos. “¡Lo sabía!”, agregó mi colega sonriendo, “hablas exactamente como él, hasta en el tono de voz se te nota”. Aunque sólo fuera esporádicamente, había “heredado” su cantinela y su modo de hablar que tanto admiraba y que tanto echo de menos en la actualidad.

La clave reside en ese esporádicamente. Si nos relacionáramos sólo una hora a la semana con alguien realmente interesante pero el resto de la semana la dedicáramos a rodearnos de personajes grises, monótonos, vacuos e inanes, ¿cuánto nos duraría el efecto de sentirnos excepcionales? Seguramente, muy poco. Seguramente acabaríamos por pensar que esa persona interesante que vemos una hora a la semana no es tan interesante como creíamos. Que incluso resulta pagado de sí mismo. Que no sabe disfrutar de la vida. Que nunca encajará entre la gente normal, como nosotros conseguimos durante toda la semana.

Hemos asistido, muy a nuestro pesar, a muchas de estas transformaciones. Individuos que fulguraron durante un tiempo, que buscaron salirse de la norma, que quisieron romper reglas y otros dogmas intocables. Personas que, gracias a la retroalimentación, nos ayudaban a sentirnos menos solos y que nos catapultaban también a otra dimensión donde la mediocridad tenía vedado el paso. Con el tiempo, sin embargo, hemos sido testigos de que ese fulgor se apagaba. Una estrella dejaba de brillar en el cielo. Y no dejaba de brillar porque se hubieran agotado sus reservas de hidrógeno para quemar. Dejaba de brillar porque estaba cada vez más rodeada de la oscuridad impenetrable del espacio profundo, de la nada, de la vacuidad. De la masa informe de negrura. Y brillar entre tanta negrura te convierte en un punto de luz demasiado llamativo. Ser diferente supone arrostrar una pesada carga.

Somos más volubles de lo que pensamos. Creemos que nunca cambiamos o que cambiamos muy poco a lo largo de los años. Pero en cuestión de meses podemos dejar de resaltar sin darnos cuenta. Porque estamos a gusto entre otros que no brillan. Porque es muy fácil dejarse contaminar subliminalmente por lo que nos rodea, sonríe, acepta. Porque somos cómodos por naturaleza. 

No nos damos cuenta. Pero somos más ellos que nosotros mismos.

Leer libros de personas que brillan muy lejos de nosotros, a los que nunca podremos acercarnos lo suficiente como para contaminarnos de su brillo, que sintetizan lo mejor de su esplendor en unas líneas de texto bien estructuradas y expuestas con claridad, es una forma de estar rodeado de estrellas. Es una manera de meterse de lleno en un cúmulo globular. Ésta sería una de las mejores defensas para leer libros: inviertes tu tiempo en personas que se salen de la norma (al menos a la hora de exponer sus ideas en un libro). Los libros también pueden ser buenos compañeros cuando no existen tales a tu alrededor: todo buen lector conoce la sensación. (Tú eliges, también es cierto, tus lecturas, y si no te rodeas de otros individuos excepcionales que te lleven a escoger las más luminosas, entonces leer se convierte una opción tan vacía como mirar cualquier otra cosa mundana, habitual o clónica).

Mejor que yo, Rubén Lardín expone la sensación que invade al que nota (por suerte, por casualidad) que sus reflejos están siendo vampirizados por los muertos que le rodean:

 

Luego, a la mesa, cito a Karl Popper por el morro, sin saber ni qué estoy diciendo pero con la prerrogativa de la ignorancia ajena. No me esfuerzo en la persuasión porque de lo que se trata es de matar el tiempo, de que pase pronto, sin desgaste, y al fin y al cabo ni yo tengo memoria ni los teóricos me han parecido nunca mucho más que unos pamplinas y unos cobardes con la boca llena de ismos y de especulación. Me sirvo más vino. Antes he servido a los demás. No a todos. Por un instante me gustaría poder sacar a McLuhan de debajo de la mesa y sacudirlo por los tobillos como a un conejo, la chatarra cayéndosele de los bolsillos, un cortauñas, cuatro duros, un lápiz del Ikea y un pañuelo bordado, por ejemplo, pero enseguida veo claro que si me dan a elegir preferiría invocar a Charles Bronson con munición ilimitada. Charles Bronson comiéndose unas nueces, ahí está la imagen del día. La mediocridad me exaspera, no es nada personal (es mi mediocridad la que más me exaspera), así que, como tampoco sé lo que digo, me pronuncio esnob, altivo y sobrenatural y me levanto y me voy con la música a otra parte. Con mis asertos a tomar por culo de aquí, pero con la certeza de que un golfista paseando por el green no es ni será nunca lo mismo que un flâneur meciéndose en la multitud. Camino y, como el pretendiente de Ernestina, yo también me busco el viejo en todos los espejos.

En estos tiempos de corrección política y de rechazar todo lo que atufe a eugenesia, de respetar todo lo que diga el contrario aunque ese respeto sea sinónimo de aceptación y mansedumbre, de disimular tus dotes y tu nervio por una educación que en el fondo es miedo al diferente y al disidente, de convivir con todos los seres antropomórficos por igual porque no hacerlo así te convierte en xenófobo, racista, intransigente, pedante, esnob, asesino o algo peor… en estos tiempos, decimos, está mal visto ser pragmático con tu tiempo. Está mal visto invertir tu tiempo con las personas con el mismo pragmatismo con el que inviertes tu tiempo en cualquier otra actividad. Porque no puedes tratar a una persona igual que cualquier otra cosa. Todos somos personas, dicen.

Todo es oscuridad y negritud del espacio exterior tratando de apagarte, decimos nosotros. Y las estrellas que quedan son balizas para no perdernos

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Entrevista en Libro Andrómeda

Posted by Sergio Parra Castillo on 14th Enero 2008

Libro Andrómeda, a través de José Vilches, ha tenido la gentileza de hacerme esta entrevista.

Desde aquí, graciasa José por partida doble: por la entrevista y por el regalo de su libro.

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Dímelo slow

Posted by Sergio Parra Castillo on 14th Enero 2008

Lo slow está de moda. Su cultura de la lentitud, de la calma, de regodeo en contraposición al estrés y la rapidez de los tiempos que corren, ya no sólo se limita a la cocina: el conocido slow food.

Slow medicine: invita a los médicos a tomarse su tiempo con cada paciente.

Slow work: abarcar menos en el trabajo.

Homezone: peatonalización de las calles, la eliminación del tráfico rodado en el centro de las urbes y que los niños vuelvan a jugar en la calle.

Slow sex: reinvindica las caricias y los prolegómenos sicalípticos y rechaza el coito apresurado.

Slow party: fiestas en las que se bebe menos pero de mayor calidad.

Slow sport: deportes que no impliquen competición.

Slow travel: disfrutar de viajes en los que no se tenga la obligación de verlo todo en el mayor tiempo posible.

Esta cultura que patrocina una vida similar a la que se expone en los planos ralentizados de Matrix cada vez tiene más adeptos. Su símbolo es un caracol. En Austria ya se ha creado la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo. El EEUU, el Take Back Your Time. En Japón, el Sloth Club, cuyo eslogan es “lo lento es bello”. El libro de cabecera: Elogio de la lentitud, de Carl Honoré.

Sería divertido que apareciera un movimiento cuyos planteamientos fuesen diametralmente opuestos. Es decir, un grupo que hiciera apología de la rapidez, que adorara lo efímero, que luchara contra el tiempo yendo lo más rápido posible, exprimiendo la existencia, acercándose, incluso, a velocidades relativistas para emular en lo posible el viaje hacia el futuro. Individuos hiperacelerados y epistémicamente hambrientos que llevarían un auricular en la oreja para escuchar sus podcast favoritos. Y en la oreja derecha llevarían la grabación de alguna novela. Y frente a un ojo, camuflada en la lente de las gafas, una pantalla en la que se emitieran los últimos estrenos cinematográficos. El ojo que les quedara libre podrían reservarlo para saber por dónde van en su frenética andadura por el mundo.  

No sería una filosofia tan pesimista, la fast: sería como vivir tangencialmente 200 o 300 años.

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Yo me drogo, tú te drogas, ellos se drogan…

Posted by Sergio Parra Castillo on 13th Enero 2008

Se propaga caprichosamente la idea de que drogarse es malo. Sin entrar a discutir qué significa malo en este contexto, lo cual daría para mucho, vamos a hacer hincapié en la idea de drogarse.

Es bien conocido que, a causa de una intencionada relación metonímica entre sustancia y consumidor de dicha sustancia, se estigmatizan las drogas (no todas, siendo esta diferenciación independiente de los efectos o naturaleza de la sustancia) pero no al drogadicto (decimos drogadicto, no consumidor de drogas, que son dos especímenes cualitativamente distintos).

Quizá, por ello, nos escandaliza que se proponga despenalizar la cocacína.

Sin embargo, a nadie le escandaliza que se comercialice legalmente un bote de pegamento (la mayor fuente creadora de drogodependientes sin recursos). O que se vendan pañuelos.

Sí, pañuelos. Porque en Francia el fular causa furor entre la juventud. Niños y adolescentes franceses están enganchados a los pañuelos. Los pañuelos causan entre 12 y 15 muertes al año. Utilizan los pañuelos para apretarse el cuello, provocar la asfixia y sentir experiencias alucinógenas a causa de la disminución de oxígeno y el aumento de gas carbónico en el cerebro. El 4 por ciento de los mayores de 15 años ya lo han probado. Un 29 por ciento de los que tienen entre 6 y 10 años. Un 48 por ciento de los que tienen entre 10 y 14 años.

La primera vez que lo hice en mi habitación con un cinturón de judo me daba la sensación de viajar a otro mundo, explica Benjamin, de 22 años, en la revista Choc Hebdo.

Es el juego del fular. Nos preguntamos qué sucedería si se criminalizase ahora la venta de pañuelos.

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