Otra entrevista
Posted by Sergio Parra Castillo on 24th Febrero 2008
A rebufo del anterior post, aprovechamos para publicar una entrevista concedida a Juanma Santiago a propósito de la publicación de Jitanjáfora. Inicialmente, la entrevista iba a aparecer en una revista del género, pero la revista en cuestión creemos que ha cancelado su andadura. Ahí queda, como curiosidad arqueológica:
Me gustaría poder empezar con las trivialidades que se emplean para contextualizar las entrevistas promocionales. La ambientación bien podría haber sido la de una cafetería modernista, con un leve tono austrohúngaro; acaso la del Círculo Ecuestre de Barcelona, o tal vez algo más funcional, como la cafetería de la librería Central del Raval; o algo definitivamente más acorde con la esencia de la novela, como el restaurante del mago. O las playas de Segur de Calafell, una agradable localidad tarraconense, en la que reside nuestro autor y yo veraneé unos cuantos años: Sergio Parra intentaría desentrañar los entresijos de su novela mientras a mí se me iría el santo al cielo, evocando a aquellas tres chicas belgas tan monas a las que conocí en el noventa y dos, o la chica pelirroja que frecuentaba los coches de choque, espacio hoy convertido en un bloque de apartamentos.
Pero no. Esta no es una entrevista al uso, por dos motivos: el primero, que Sergio Parra no es un autor convencional, algo que se puede apreciar si se ha leído su aún escasa (pero interesantísima) obra; y el segundo, porque lo que vais a leer a continuación es el resultado de unas cuantas charlas vía correo electrónico, que mantuvimos mientras tomaba notas para escribir el prólogo de Jitanjáfora.
Uno de los aspectos más llamativos de Jitanjáfora es tu dominio de la descripción y los recursos estilísticos; de hecho, el título mismo parece indicar que la novela es una metáfora.
Me encanta jugar con el lenguaje, retorcerlo, e intentar describir las cosas más anodinas con los elementos más heterodoxos: sólo así se puede evitar caer en la monotonía o la sosería. Una buena historia puede verse lastrada por una narración carente de mordiente, rectilínea.
También es cierto que un estilo alambicado puede suscitar la fascinación y el empacho a partes iguales, pero es un riego que estoy dispuesto a correr si con ello consigo (aunque sólo sea un poco) alejarme de las imágenes más trilladas. Porque sí, puede resultar menos accesible, pero todos hemos leído tantas veces lo de que “su nariz era aguileña”, que personalmente agradezco un “estaba acomplejado por las connotaciones ornitológicas de su nariz”. Lo segundo corre el riesgo de ser cargante. Pero si no se arrostran ciertos riesgos, si no se está dispuesto a practicarse un harakiri creativo, ya no me parece divertido escribir (ni leer).
Por otro lado, el título está muy meditado, en efecto: una jitanjáfora no significa nada, la novela no significa nada. Sólo tú debes otorgarle el significado. A su vez, la palabra suena a palabra mágica, a palabra comodín… No significa nada, pero puede significarlo todo. Existe y no existe, a la vez. Como los hechiceros.
En frases como “Conrado maldecía el sortilegio que lo mantenía encadenado” trazas una interesante analogía entre la adicción del protagonista y un encantamiento, algo que me remite a tu anterior novela, Frío, y su (tu) querencia por lo fantástico cotidiano. Presentas lo fantástico como algo natural que sucede aquí y ahora. ¿Te convierten tus coqueteos con los elementos fantásticos en novelas fantásticas que aparecen fuera de colección te convierten en un “quintacolumnista del género”?
Quizás el epíteto me quede un poco grande. Puede ser, no lo sé. Escribo lo que me gustaría leer… y lo que me gusta es la hibridación indiscriminada. Mezclar cosas que aparentemente no pueden mezclarse. El protegido me abrió mucho los ojos en ese sentido: es una película de superhéroes lánguida, cotidiana, mundana, detallista. Con Frío quise conseguir algo parecido: la historia de Pinocho o de un robot en una novela aparentemente romántica. Me gustan mucho las fantasías desaforadas, pero también es muy gratificante disfrutar de una historia que, a pesar de su fantasía desaforada, sea tan plausible como cualquier argumento mainstream.
Insistes mucho en que “los locos abren los caminos que más tarde seguirán los sabios”. ¿Lo aplicas sólo a esta novela, a tu concepción de la literatura en general (los personajes de Frío y “Juan Hitlerfranco” también tienen sus patologías más o menos definidas) o a la vida misma?
Me interesan más los personajes freaks y esquinados y las historias raras y desconcertantes, sí. Dan mucho juego. Intento aplicarlo a todo lo que escribo, en mayor o menor medida. Por otro lado, hay más de un estudio que desvela que, ciertamente, la mayoría de grandes descubrimientos de la humanidad, en casi todas las áreas del conocimiento, han sido llevadas a cabo por personajes extravagantes, tan raros que no han dudo en tomar caminos que pasaban desapercibidos a los demás. Es fascinante la idea de la locura como catalizador de la evolución. Y tiene sentido: la evolución es una mutación, una monstruosidad que más tarde se revela como una mejora: el primer homínido bípedo seguramente parecía un monstruo ante sus allegados cuadrúpedos.Me gusta cómo utilizas la nomenclatura médica y la introduces en la trama. Todos los personajes padecen alguna dolencia; prácticamente cualquier enfermedad puede dar pie a un comentario sobre la fisonomía de los personajes. ¿Hasta qué punto lo haces a propósito o te sale por sí solo?
Académicamente siempre fui de letras puras, pero me encanta leer de todo, sobre todo ciencia. Y cada desafío literario, sobre todo Jitanjáfora, es para mí una oportunidad para documentarme profusamente sobre toda clase de cosas. Descubro cosas apasionantes en las documentaciones previas y me da mucha rabia descartarlo casi todo para no hacer pesada la trama (apenas sobrevive un uno por ciento, creo que voy a empezar a escribir ensayos para desahogarme), así que hago lo que puedo para introducir elementos que creo que harán disfrutar tanto al lector como a mí me hizo disfrutar descubrirlas. También odio las típicas descripciones; me gusta experimentar en ese sentido. Describir por partes, casi justificadas por el contexto, y ser muy preciso en las expresiones, los tonos de voz, etc. Cuando escribo, “veo” la película en mi cabeza, y mis personajes los interpretaran actores de la talla de Jack Nicholson o Robert de Niro. Describir sus expresiones, que tanto dicen, que tanto expresan, requiere de atención casi quirúrgica.
La manera de hablar de Figueredo me recuerda a la del islandés de Frío, pero también a la de los personajes de Eduardo Mendoza. Parece como si después de El misterio de la cripta embrujada, Mendoza haya querido escribir una novela iniciática sobre magos.
Un comentario muy acertado, amén de que Mendoza fue por muchos años uno de mis escritores predilectos. Figueredo es una caricatura, un cartoon hiperbólico. Quería forzar al máximo su expresión verbal, llegando, en algunos momentos, a niveles casi siderales. Y me lo pasé pipa poniéndome en su piel y dejando vía libre a toda mi pedantería contenida por el decoro y la buena educación. Creo que no he leído nunca sobre un personaje tan excesivo como Figueredo, así que no hay término medio para él: le amas o le odias.
El capítulo tercero contiene una preciosa disquisición sobre geografías imaginarias y lugares que nunca existieron. La Escuela de Salzburgo, la Granja y la escuela de monstruos de Corfú podrían figurar en cualquier guía al uso, como la de Alberto Manguel, o en algún escrito de Italo Calvino, o Jorge Luis Borges.Te confesaré que la Escuela de Salzburgo existe. He estado en ella. Está perdida en los Alpes, es casi mágica, un castillo disneyniano. En realidad es un hotel / residencia evangélica, o algo así. Me quedé con las ganas de pasar la noche allí. Pero logré colarme de rondón cámara de video en mano, e hice un docudrama que ni The Blair Witch Project (espero que nunca salga a la luz).
Me encanta viajar, y eso, sospecho, se trasluce en lo que escribo. Y, sobre todo, me obsesionan los lugares que creemos que no existen, pero sí lo hacen. Por ejemplo, Sealand, un país ubicado en un fortín militar de 550 metros cuadrados, a 10 kilómetros de la costa inglesa: tiene su propia legislación, su propia moneda, sus propios sellos; y sólo 5 habitantes. O un enigmático barco de millonarios y científicos que navega por aguas internacionales para estar a salvo de legislaciones que coartan sus desaforados proyectos. O una isla construida con garrafas y botellas de agua vacías, unidas pacientemente, hasta formar el suelo, la chabola y hasta la palmera sintética.
Veo mucha filosofía zen en la estancia en la Granja, en la identificación con lo que uno es, no con lo que parece. ¿Tienes en cuenta las religiones orientales a la hora de escribir?Literariamente, las tengo en cuenta, sí, aunque cojo de allí y allá anárquicamente, para que cimienten los objetivos de la historia. La estancia en la Granja, por ejemplo, es más una revisión de Rebelión en la Granja (con unas dosis de ácido lisérgico) y una mezcolanza de filosofías varias.
En otro registro, veo un toque orwelliano en la estancia en la Granja, que se podría interpretar como un homenaje a Rebelión en la granja… o una parodia de Gran Hermano.Lo de Gran Hermano no fue intencionado, pero Rebelión en la granja me fascina, como dije antes. La razón de ser de la granja, de todas formas, es la inclusión de un paso previo para entrar en la Escuela propiamente dicha. Digamos que antes de entrar en una escuela de magia hay que cambiar un poco tus abcisas y coordenadas sobre todo lo que crees saber de ti mismo. Cuando lo has perdido todo y te has dado cuenta de que en realidad no eres más que un animal disfrazado con corbata, entonces estás preparado para dar el siguiente paso.
El concepto de escuela de magia racional es un hallazgo, al igual que el desenlace, en la onda de El protegido, pero con otra vuelta de tuerca: ¿Quién es bueno? ¿Quién es malo? ¿Estamos leyendo sobre la forja de un supervillano? Me acordaba de El juego de Ender. ¿Es Batalla Espacial, el videojuego con el que se entretiene Conrado, un homenaje implícito a la novela de Card?La génesis de la historia nació simplemente del pensamiento de la “hechicería laica” o una explicación racional de todos los prodigios de la magia. Quería construir una historia con esa premisa. Necesitaba contarla a toda costa. Y lo fui aderezando todo poco a poco.
Mi idea era mucho más sencilla en un principio: Un discurso político puede cambiar a la gente, puede cambiar la historia, ¿no es entonces igual de poderoso que un conjuro verbal (normalmente en latín) como los descritos en las novelas de fantasía tradicionales? Seguro que unas palabras eróticas pronunciadas por parte de una fémina de buen ver causan más cambios en un auditorio que el mejor de los conjuros amorosos. Estaba obsesionado con la manera en que la realidad es más apasionante que la fantasía, superando cualquier ficción. La magia real es más apasionante que la inventada. Sólo tenía que buscar el equivalente laico de todo acto mágico, y ahí es cuando llegó el verdadero proceso de documentación.
La vuelta de tuerca también fue una tortura para mí. Estuve a punto de iniciar la primera escritura de la novela sin saber cómo terminaría… cosa que no suelo hacer. Necesitaba un final. Necesitaba algo que le diera empaque al conjunto. Creo recordar que estuve dos días y dos noches sin pensar casi en nada más. Incluso tuve un ataque de estrés: cuando me obsesiono, me obsesiono de verdad.
Por fin, a última hora, como un fogonazo, se me ocurrió que todo fuera al revés (no quiero dar demasiadas pistas). Es una idea extrañamente poco explorada. Pero, a fin de evitar que los lectores estuvieran sobre aviso, y por tanto reticentes a aceptar lo que hacen los brujos, tenía que introducirles en este mundo sin prejuicios, engañados. En ese sentido, me impresionó A sangre fría, de Truman Capote: al principio odias lo cruento de sus actos; pero luego, cuando te pones en la piel de los protagonistas, entiendes sus actos, te solidarizas con ellos e incluso te pones de su parte. Necesitaba algo así. Y creo que funciona.
Y es que El Mal es necesario para eliminarnos, porque el Bien nunca tendría cojones para hacerlo, ni siquiera aunque fuéramos el cáncer del mundo.
Lo de Batalla Espacial me ha sorprendido: pensé que nadie daría con el homenaje.
Una boutade: el MenCorp parece un quidditch maquinado por partidarios de la programación neurolingüística.Superficialmente, el referente de Jitanjáfora es Harry Potter. Quería hacer un Harry Potter adulto, toxicómano y lleno de matices oscuros en un mundo donde la magia no existe. Así que el torneo era imprescindible para mí.
Del MenCorp he recibido críticas muy dispares. A Raúl, por ejemplo, le encantaba, le parecía la mejor parte de la novela… hasta tal punto que me rogó que la alargara un poco más, y así lo hice, trasladando partes de las clases teóricas al plano práctico del torneo. Eliminaba así parte del peso de las clases, ya de por sí muy extensas.
Tu boutade me gusta, nunca lo habría definido así pero creo que encaja a la perfección.
El concepto de temperación está bien desarrollado.Es una pequeña teoría que formé en mis días de estudiante de Filosofía. En el fondo, es muy simple, como también lo es la de la caverna de Platón y demás parábolas, pero encierra una belleza sobre la imposibilidad del conocimiento absoluto y la relatividad de las opiniones y los actos que, personalmente, me fascina. Utilizo la palabra “temperar” en mi día a día como si existiera en el diccionario, pues no encuentro un sinónimo adecuado para ella: inteligencia, cultura, astucia, cinismo y demás me parecen términos demasiado cojos para englobar todo el universo de la temperación.
Por cierto, el acuñamiento de la palabra tiene una historia muy, muy larga. Daré pistas: tiene que ver con la música, la armonía y Bach.
La premisa de la asignatura de Pócimas y su “alterar químicamente las sinapsis a fin de incrementar sus capacidades mnemóticas o fijar ciertas emociones o estados neurales” parece relacionada con la naturaleza de los brujos creados por Andrzej Sapkowski en su serie de Geralt de Rivia. ¿Partís de los mismos supuestos, o es casualidad?Casualidad, imagino, porque no he leído a Sapkowski…. y creo que la dinámica del espionaje industrial no ha llegado todavía a la literatura.
Siempre me han atraído las historias sobre “historias secretas del mundo”, que pueden ser Gaiman o Cotrina, u ocultismo, o redescubrimiento de la Golden Dawn, o efecto Dan Brown. En Jitanjáfora, introduces ese concepto a partir de un personaje enigmático, Umami, que guía al lector hacia la escuela de Corfú y el meollo de la novela. ¿Hasta qué punto te parece uno de los personajes centrales de la novela, la encargada de que Conrado adquiera conciencia de dónde está metido, una contrapartida de Helena Bonham Carter si leemos la novela como una especie de El club de la lucha con magia racional?
En efecto, necesitaba un personaje femenino inspirado en la Marla de El club de la lucha. Cierto es que, en un principio, Umami no iba a tener demasiado protagonismo. Pero, poco a poco, su papel fue creciendo por sí solo. Quería conseguir un personaje desconcertante, difícil de entender. He tenido un par de experiencias con mujeres que me han parecido marcianas, enigmáticas, raras, inmensamente inteligentes, peligrosas para ellas mismas y para los que les rodean… Umami acabó siendo una amalgama de estas dos mujeres. Juro que hay aspectos calcados.
La temperación supone un avance en el conocimiento que para un ignorante debe parecer misterioso y turbador. La misma sensación que yo había experimentado al relacionarme con estos dos elementos de la naturaleza. Es posible que no le haya sacado todo el partido posible, pero temía que eclipsara el protagonismo de Conrado. Y si dejaba mucho de ella en la sombra, ello podía contribuir a alimentar la sensación de extrañeza que transmite.
A pesar de todo, ¿quién no querría pasar una noche con Umami? Con ella el sexo es lo de menos.
Jitanjáfora puede leerse como una reflexión sobre el poder, la responsabilidad y la capacidad de libre albedrío: todos los personajes relevantes de la novela toman una decisión, y la llevan hasta las últimas consecuencias. La clave está en el siguiente párrafo: “La opinión no es relevante, lo trascendental es la reflexión que hay tras la opinión. La opinión no es interesante sino su peso. Mi opinión era más profunda y madura a pesar de concretarse en lo mismo: comer carne sin remordimientos de conciencia”. (Pág. 90)Quizá peco de hiperreflexivo, pero pretendía que la novela fuera lenta, casi meándrica. Me obsesiona buscarle tres pies al gato a cosas que la gente considera ciertas, inmutables e intocables. Me gusta provocar, pues sin provocación no hay verdadera ruptura, y sin ruptura no hay evolución. Lo contrario provoca una esclerosis en las ideas, lo cual deriva en una muerte quizá no biológica pero sí mental.
El párrafo que mencionas es el perfecto resumen de la espiral y la temperación, sí. Tempera quien más piensa lo que hace, haga lo que haga. De este modo, voy intentando inocular en el lector la idea del relativismo a ultranza (de actos y de ideas, no de las reflexiones que subyacen a ellas), y así justificar más tarde las terribles decisiones de los personajes que pueblan la novela.
Otro indicio de que te va lo zen: “Sin cambio no hay movimiento. Sin movimiento no hay vida”. (Pág. 94.) Es la espiral del conocimiento, la espiral del ADN y el camino hacia el nirvana.
Desde que leí un libro de Jorge Wagensberg me encantan las formas geométricas recurrentes de la naturaleza: la espiral, la onda, el fractal, el hexágono, el círculo… Es fascinante descubrir que el mundo y la vida son como son gracias a la eficacia de apenas ocho formas geométricas. Tanto me interesó el tema que traté de escribir una octología que las representara. La espiral es Jitanjáfora. En Frío, la forma predominante es el círculo, pues el círculo representa la perfección, y, al contrario que la espiral, no evoluciona, sólo gira eternamente por el mismo camino, muerta pero autoconclusiva, como el protagonista islandés, como el pensamiento ausente de emociones y sentimientos de un robot: ideas ideales pero poco profundas o maleables. Aparte de estas dos, también tengo cuatro novelas más de cuatro formas diferentes, aún inéditas: la de la hélice, la del ángulo, la de onda y la del hexágono.
El nombre de guerra de Conrado, Don Nadie, es una buena metáfora (o jitanjáfora) de la humanidad alienada, el hombre sin atributos de Musil. Eso es lo que somos, hasta que encontramos una razón para vivir.Yo no lo habría expresado mejor. La verdadera esencia de un hechicero consiste en despojarse de cualquier atributo con el que le haya investido la sociedad y la cultura. Sólo desde cero se es capaz de empezar a progresar en la espiral. Sólo asumiendo que has perdido el tiempo durante 30 años de tu vida, que no eres nadie, que eres un proyecto de persona, lograrás tener la mente lo suficientemente abierta como para creerte un hechicero laico. Porque en eso consiste, en el fondo, en ser hechicero laico: en creérselo.
Hay muchas alusiones a la química en la novela, (el flash-back de la Granja en el capítulo 9), paralelismos con la heroína y el hambre de droga. El desenfreno alucinatorio de este capítulo es de lo mejor de la novela, muy new wave. Si el primer recopilatorio de Los Planetas se titulaba Canciones para una orquesta química, la reseña de tu novela se podría titular igual.El título que mencionas me parece excepcional. La química modifica el cerebro, y el cerebro es la realidad, ergo la química modifica la realidad. Por ello es tan importante la química para un hechicero laico, porque es la forma científica de provocar lo que las leyendas describen como hechos fuera del cuerpo, mágicos per se. La magia está en el cerebro: la realidad sin un cerebro que la interprete es una masa insustancial esperando ser definida, como un libro en blanco. La tinta psicodélica de la química te permitirá escribir un libro muy colorido y repleto de detalles.
Cuando alternas los flash-backs del establo con los sucesos de la escuela, explicas más que en el primer capítulo de la Granja, para que podamos reconstruirlos ahora que estamos iniciados en los secretos de la escuela de magia de Salzsburgo.Esto se lo debo a Raúl. En un principio, todo sucedía secuencialmente. La entrada a la Escuela, por tanto, no llegaba hasta la página 100. Raúl temía que los lectores se agotaran antes de llegar al meollo de la historia. El resultado creo que gana en intensidad, no queda tan deslavazado.
Cuando Sobievsky dice “El lenguaje es para el hechicero una caja de trucos, su utillería fundamental” (pág. 127), ¿estás hablando de hechiceros o de escritores? ¿Estás dando la clave de por qué la novela es una jitanjáfora?La novela está repleta de símbolos. Por supuesto, un escritor es un tipo de hechicero. Los libros siempre han sido objetos muy poderosos. Objetos mágicos. Porque un libro es como un cerebro fosilizado que uno puede investigar a conciencia. Y si uno accede voluntariamente a otro cerebro es más proclive a ser influenciado por éste si el cerebro en cuestión se empecina en convencerlos de sus ideas. El poder del lenguaje adquiere, pues, mayor fuerza y consistencia si está plasmado en un libro. Porque la voz del libro es la voz del que lee, la propia voz. Un escritor, pues, puede ser un poderoso hechicero laico. Pero de una novela se pueden sacar tantos mensajes, que en el fondo un libro, por sí mismo, no es nada, es una jitanjáfora, hasta que pasa a formar parte del hardware neuronal del lector: allí empieza a adquirir el sentido que el lector quiere (o puede) otorgarle.
¿Te sientes identificado con ese “¿Qué mayor rebeldía existe que pasar desapercibido y fundirse con el medio?” de Figueredo? (Pág. 132.) Me da la impresión de que hablas a través de él en mayor medida que a través de otros personajes.No lo creo. Lo cierto es que me considero identificado con todos los personajes a partes casi iguales, Figueredo no contiene más carga de ego de lo habitual. O eso, o es que según el día prefiero conducirme bajo los dictados de uno u otro discurso.
Figueredo, también es cierto, pronuncia monólogos tan largos y enrevesados que, tal vez, dé la sensación de que transmite lo que yo pienso en realidad. Esto es una novela: todo lo que aquí digo lo digo porque lo piensan sus personajes. Lo que yo pienso me lo reservo para mí. O no. Ahí está la gracia.
¿Has escrito una novela de CF dura sobre algo tan aparentemente irracional como la magia, en un intento de racionalizarla y acercarla a la filosofía, la psicología, la medicina y la biología?Como te dije, ése fue el acicate para este proyecto: extirpar todo lo místico de la magia y presentarla bajo una cobertura inteligente, racional y atea. Por ello son hechiceros laicos. La filosofía, la psicología, la medicina y la biología son mucho más interesantes, profundas, inesperadas, sorprendentes y, sobre todo, reales y aplicables al mundo y a nosotros mismos que la magia. Una religión atea, una hechicería positivista, una filosofía física, una sociología genética, una moral técnica…, estas mezclas aparentemente oximorónicas me parecen muy interesantes para desarrollar en un futuro.
¿Es la cena de Umami y Conrado en la escuela de monstruos de Corfú un trasunto de las deconstrucciones culinarias de Ferràn Adrià, o intentabas trazar paralelismos entre comida y arte?La verdad es que mi intención era ir presentando la manera de pensar de los hechiceros laicos. Nada de absolutos, ni de creencias férreas. Si destripan y obtienen hibridaciones nuevas y sorprendentes con los libros, ¿por qué no habrían de hacer lo mismo con todo lo demás? Descomponerlo todo en unidades…, fusionarlo todo…, agitarlo todo. También la comida, por supuesto, y los sabores. Así que, más que un homenaje a Ferrán Adriá, es una crítica a la cocina de autor: el autor es uno mismo, nada de nombres rimbombantes, nada de precios, nada de estrellas Michelín. Beber agua como si fuera el vino más caro del mundo y viceversa. Total ausencia de canon.
Vuelvo al tema de las adicciones. Que Conrado y Aleister Crowley sean heroinómanos me parece más que casual. ¿Qué relación percibes entre las drogas y la magia? ¿Abren por igual la percepción? ¿Podrían Carlos Castaneda, Don Juan y Aldous Huxley haber pertenecido a la Escuela de Magia de Salzburgo?Como apunté antes, la química lo es todo. La química define la realidad y lo que pensamos de nosotros mismos. La pluma que agarra Dumbo para volar, la pluma de la confianza, no es más que un inductor químico. Si a alguien le extirpan la amígdala, la parte del cerebro donde reside el sentido del miedo, deja de notar el miedo para siempre. Le puedes encañonar con un revólver en la sien y apenas se inmutará: percibirá el miedo intelectualmente, pero no le temblarán las manos. Las drogas son los hijos toscos e incipientes de la verdadera revolución química que aún ha de llegar. Así pues, en plan conejillo de indias, uno puede practicar magia laica con las drogas, igual que puede matar moscas a cañonazos. Funciona, pero hace mucho, mucho ruido. Por ello, la droga que en un principio consume Conrado es anárquica, le conjura a él mismo, le encadena, anula sus poderes. Bien dirigida, empero, le puede convertir en un superhéroe.
Umami es el nombre de un quinto sabor. Su vida parece pura sinestesia. Una jitanjáfora es una metáfora sonora. El torneo MenCorp es una metáfora del cuerpo humano. ¿Hablas sobre los límites de la percepción humana y su incapacidad de describirla o acotarla mediante el método científico o los síntomas clínicos?
Por supuesto. La espiral ya indica que todo es relativo, que la realidad es inalcanzable, sólo damos vueltas y vueltas para encontrarla… aunque los hechiceros dan vueltas cada vez mayores, abarcando más espacio, más realidad. No conocen la realidad, pero la experimentan en su totalidad. Prueban posturas, ideas, se equivocan y se vuelven a equivocar. Siempre torcidos, pero siempre probándolo todo, abarcando cada vez más.
El planteamiento de la novela, implícito en ese “¿Nunca te has preguntado por qué los malos de las películas son malos?” (pág. 259) y lo que sigue (y que no reproduciremos en esta entrevista, para no incurrir en espóilers innecesarios), es el mayor acierto de la novela.Es una de mis frases favoritas, de hecho. Ponerse en la piel de otro. La empatía exacerbada. Entender al enemigo. Perdonar a quien te acaba de asesinar. Creo que era un terreno demasiado inexplorado y tenía ganas de hollarlo con ganas.
Hablemos de la génesis de Jitanjáfora. ¿En qué momento decidiste escribirla? ¿Cuánto tardaste? ¿Por qué ese punto de vista?Como dije antes, surge de una simple reflexión: la hechicería laica, atea, racional, positivista, real y cotidiana es mucho más interesante y está más repleta de matices que la imaginada por los escritores. Me parece más interesante que alguien me muestre un objeto cotidiano y me enseñe a mirarlo de forma distinta, bizca, para verle cosas que antes no había ni siquiera sospechado que existían.
La empecé a incubar hace algo más de dos años. Tardé relativamente poco en parirla: apenas cuatro meses. Los dos primeros meses fueron de documentación. Creo que estuve todo ese tiempo leyendo un ensayo por día, de los más diversos temas, haciendo mil anotaciones, esquemas… Llené docenas de carpetas con información para cada dolencia, las vestimentas, las clases, las referencias históricas. Sospecho que si lo reuniera todo podría escribir un grueso ensayo de hechicería laica.
Los dos meses siguientes los dediqué a una escritura febril y enfermiza. Por aquel entonces, en mi trabajo debía hacer unas guardias nocturnas interminables de ocho y diez horas. Me pasé todo ese tiempo rellenando libretas con letras menudas y aserradas. (Siempre escribo a mano, soy incapaz de escribir directamente a ordenador.) En ocasiones, al amanecer y llegar mi relevo, mi mesa estaba completamente llena de papeles, notas, post-its, ficheros y dibujos. Fue extenuante, apenas notaba los dedos después de tanto escribir y reescribir sin apenas pausa… Estuve a punto de tirar la toalla, para salvaguardar mi salud física y mental. Pero, vista en perspectiva, fue una experiencia muy enriquecedora y no me arrepiento de ella, a pesar del estrés que me supuso.
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