Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for Marzo, 2008

#4 Els secrets de les etiquetes, de Claudi Mans

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Marzo 2008

¿Nunca os habéis detenido a considerar qué significan todas esas letras, palabras, números y símbolos que pueblan las etiquetas de los productos que consumimos a diario? Después de leer al químico Claudi Mans, los secretos de las etiquetas quedan desvelados, tanto de alimentos del súper como productos de limpieza, de aseo personal, ropa y demás.

Entretenido, pues el autor, en aras de hacer más ameno y divulgativo el libro, crea un interlocutor ficticio que no deja de preguntar e indagar; así el ensayo se convierte en una larga conversación entre este personaje inventado y el autor. Sin embargo, aunque se responden a muchas preguntas curiosas, se echa de menos la aclaración de muchas más. ¿Quizá una segunda parte?

(Proyecto de leer 50 libros en un año)

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#3 La máquina de los memes, de Susan Blackmore

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Marzo 2008

Richard Dawkins fue el primero en teorizar acerca de los memes (unidades de información cultural que se copian de una mente a otra) en su obra El gen egoísta.

Susan Blackmore intenta ir mucho más allá y bucear en las implicaciones que la teoría memética puede tener en nuestro mundo. De hecho, tras la lectura de La máquina de los memes uno no puede evitar modificar su arquitectura mental en muchas de las cosas que le rodean o hasta de la misma psicología evolutiva, llegando a conclusiones chocantes como que la homosexualidad tiene más visos de extinguirse si los grupos conservadores dejan de estigmatizarla que si ésta se acepta sin remilgos. Paradójicamente, quien lucha enconadamente contra la homosexualidad no hace más que ayudar a que se perpetúe. (Es decir, que de seguir la tónica actual, es posible que la homosexualidad se convierta en una manifestación del pasado). O una explicación alternativa al poder y seducción de cualquier artista: en el fondo son perfectos generadores de memes, fuentes meméticas de las que queremos ser contaminados; y alguien que es capaz de generar tantos memes es que también está dotado de una amplia habilidad para imitar a los demás, capturar sus memes y explotarlos. Y esa característica es muy preciada a la hora de que nuestra descendencia la herede, pues sólo sabiendo imitar bien a los demás se logra sobrevivir en un mundo cambiente y complejo.

En definitiva, un libro imprescindible para comprender la complejidad de los fenómenos de la biología humana y la psicología cognitiva, pues no todo son intereses genéticos en nuestras costumbres o intereses. Paralela a la genética corre la memética, que incluso, en algunos casos, se sobrepone a aquélla.

(Proyecto de leer 50 libros al año) 

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#2 Mundo maravilloso, de Javier Calvo

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Marzo 2008

Quizá la novela mejor escrita de Javier Calvo, la más ingeniosa, la menos digresiva, la más redonda y la que posee mayor ritmo.

El título se refiere a su vez en un título apócrifo de una obra de Stephen King, pues, entre otros esperpénticos personajes, en esta historia comparecerá una niña autoproclamada como una de las Principales Expertas Europeas de la Obra de Stephen King.

Sobre el argumento, como de costumbre en las novelas de Calvo, poco que contar. Escenas chocantes, diálogos meándricos a lo Pulp Fiction, personajes extravagantes, y, sobre todo, una manera de narrar todo eso con una avalancha de referencias Pop.

(Proyecto de leer 50 libros al año) 

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#1 La peligrosa idea de Darwin, Daniel Dennett

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Marzo 2008

Daniel C. Dennett se ha convertido en poco tiempo en uno de mis autores favoritos de no ficción. Tiene aspecto de anciano adorable de largas barbas blancas; de hecho, podría confundírsele con Papá Noel. Pero nada más lejos de la verdad. Dennett es un personaje infinitamente más interesante, divertido, enjundioso y mágico que Papá Noel. Y es que Dennett es un filósofo, sí, pero no uno de esos filósofos que aún manejan términos presocráticos sin tomarse la molestia de aprender un poco sobre ciencia. Dennett se ha preocupado, y mucho, de aprender biología, genética, física, neurología y otras tantas disciplinas, pues entiende que sólo manejando los últimos descubrimientos científicos se puede arrojar un poco de luz filosófica a las últimas preguntas.

En este volumen que nos ocupa (un volumen de considerables dimensiones), Dennett profundiza en las implicaciones de la genética en todos los ámbitos. De hecho, se pierde por vericuetos que seguramente muchos ni siquiera han atisbado aún. Aunque, por encima de todo, La peligrosa idea de Darwin, es una apología al darwinismo, a su grandeza, a su belleza.

Un libro muy recomendable para comprender en toda su magnitud los efectos secundarios de una existencia regida por la herencia genétca. Quizá un poco meándrico en algunos pasajes, pero tan brillante en otros que merece la pena el esfuerzo.

(Proyecto de leer 50 libros en un año)

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Amsterdam y la simpatía

Posted by Sergio Parra Castillo on 9th Marzo 2008

Habiendo regresado ya de Amsterdam, el regusto que nos queda tras la experiencia ha sido, sobre todo, un regusto de simpatía y detallismo extremo.

Nuestra intención desde un principio era huir de las típicas rutas turísticas, ésas arterias principales de Amsterdam cuyos comercios están instalados básicamente para tentar al visitante que quiere comprar en las tiendas que ya conoce, comer en los fast-food que ya ha probado, participar del guirigay de la muchedumbre que visita Amsterdam para ver a las putas y fumar marihuana.

No ha sido nuestro caso. Hemos visto lumias, por supuesto, pero de refilón. Hemos también frecuentado un coffe-shop, pero sin duda no era el típico coffe-shop oscuro y cavernoso, pestilente, con música alta, repleto de turistas que se sienten niños traviesos probando sustancias ilegales. No, nuestra memesfera no puede ser contaminada por determinados ambientes. Así que visitamos un coffe-shop, claro, pero estaba regentado por el sosia de Brad Pitt y era un local donde se celebraban recitales de poesía, donde sus parroquianos ya tenían una edad y eran autóctonos, donde no se buscaba tanto el esparcimiento o la ebriedad irresponsable como la conversación. ¿Muy esnob? Quizá.

Por otro lado, si hemos de quedarnos con un barrio por su encanto y tranquilidad éste es el llamado De Jordaan. Calles poco transitadas, tiendas de lo más variopinto (uno dedicado a cepillos de dientes, otro a gafas históricas, otra era una tienda de bromas intelectuales -me quedé prendado de un muñeco de acción que representaba la típica mujer a la que se le ha pasado el arroz y se ha rodeado de gatos para calmar su soledad-). Pero lo que más hay en De Jordaan (y en Amsterdam, todo sea dicho) son cafeterías infinitamente entrañables, cuidadas hasta el último detalle, con velitas, con adornos, con luz atenuada. Cualquier local, aunque fueran cuatro mesas añadidas a una panadería, parece un parador alpino o un pub dublinés. A ninguno le falta nada. Y, sobre todo, los camareros desprenden tal amabilidad que llegas a creerte un amigo perdido que regresa al hogar. (Damos por supuesto que no estaban dopados los camareros con algún cigarro de la risa). Era una experiencia que anhelábamos desde hacía mucho, ahora que la mayoría de los estamentos de la hostelería han sido invadidos por trabajadores mal pagados, normalmente inmigrantes tan mal pagados que casi te sientes un privilegiado sin te atienden, aunque sea con malos modales. En Amsterdam no vimos ningún inmigrante mal pagado sirviendo ni en bares, cafeterías o simples panaderías. De hecho, curiosamente no vimos ningún inmigrante trabajando en la hostelería (a no ser que te zambulleras en Chinatown, por ejemplo; donde aún podía ser mostrar más amabilidad y dedicación, si cabe).

¿Los precios? Pues como en Barcelona, exceptuando los cafés, el agua y los refrescos. Por alguna razón, un café podía llegar a costar más de 2 euros. Y si pedías un agua o una cocacola, se te servía un vaso de agua del grifo o un vaso de cocacola directamente vertida de una botella de dos litros. Y te las cobraban también a dos euros.

La ruta más interesante de este viaje ha sido, sin duda, la ruta gastronómica.

El día 1 comimos en un restaurante típico donde trabajadores holandeses hacían una pausa para cargar energías. Se distinguen estos restaurantes porque suelen mostrar un cartel con una sopera con los colores de Holanda y la inscripción “Neerlands Dis“. Allí, probamos los pannekoeken, simples tortitas enormes con diversas combinaciones. Creo que allí habrían más de ochenta combinaciones. Cenamos en una suerte de pub todo en madera, con velas, atención exquisita, luces tenues, sin humos ni algarabías y con vistas al canal un simple plato de quesos curados acompañado de cervezas como la Timmermans de cereza. Un plato de tacos tan grandes de queso que ya no nos quedó estómago para nada más.

El día 2 desayunamos en otra especie de cafeteria que parecía un parador alpino, atendidos por un chico joven amable y dedicado. Nos sirvió dos pedazos de pastel de manzana casero rodeados de nata. Hablo de un pastel impresionante. Un pastel casero de aspecto casi de dibujos animados difícil de encontrar en Barcelona. Allí era el pan de cada día.

Luego comimos en La Place, un mercado enorme que, además de vender, te hacían in situ la comida que tú escogieras. Que si pescado, pues pescado fresco. Que si carne, pues carne. Aparte de una infinita variedad de postres. El lugar parecía un caos. Era muy sencillo entrar, comer lo que te apeteciera y luego salir sin haber desembolsado ni un euro: todo era demasiado grande y desordenado como para mantener un control exhaustivo. Pero los clientes pagaban religiosamente. Mi acompañante se sirvió unos noodles con curry acompañados de verduras y carne escogida. Servidor, un revoltijo con carne y millones de patatas. De postre, acudimos a una de tantas fruterías del mercado, donde te exprimían cualquier fruta y te la convertían en un batido. En este caso, fue uno de mango. Y una cookie de chocolate.

La cena fue chachi piruli en Chinatown. Un japonés típico, como si hubiéramos aterrizado en Asia. Ensalada de algas, sopa miso, sushi, salmón con aguacate, tempura de gambas con pepino. De nuevo, atención excelsa. Ah, y de postre algo que sólo habíamos visto en Nueva York: un BubbleTea. Una especie de batido granizado de frutas en el que han colado decenas de gominolas. Sorbes el batido con una caña gruesa por la que se van colando las gominolas. En este caso, nos atrevimos, previa recomendación, con un BubbleTea de taro. Sólo decir que repetimos.

El día 3 desayunamos en un horno de pan cuya camarera no sabía cafés con leche. Croissant calentito con mantequilla y mermelada.

Comimos en otro restaurante holandés popular y probamos otra especialidad local, el hutspot: potaje de patatas, zanahoria, cebolla y carne. Todo acompañado con panecillos con mantequilla de ajo untada.

Cenamos en un restaurante especializada en fondue. Impresionante. Al principio no dábamos crédito de lo pequeño que parecía en local, pero pronto descubrimos que existían varios pisos, a los que se accedía por empinadísimas escaleras de peldaños estrechos. Parecíamos bomberos subiendo una escalera. El lugar, de nuevo, tenía una ambientación exquisita. Estábamos como en otro mundo, hasta la atmósfera era diferente. Mientras escogiamos en la carta, nos dieron a probar un pan de chapata sobre una tabla de madera acompañado de mantequilla de ajo y hierbas. Al fin, empezamos con una sopa de cebolla con coriandro con crostones de pan y queso. Tan intenso era su sabor que cada cucharada equivalía a cien sopas de Sopinstant. Casi lloramos. Luego vinieros dos fondues. Una era suiza, de mezcla de quesos. La otra, alsaciana, con jamón ahumado. Apenas nos quedaba sitio en el estómago para el postre: una mousse de chocolate no muy boyante, la verdad sea dicha, aunque era llamativo por el tamaño, megalítico, servido además en un plato tan grande que a duras penas cabía en tu mesa, todo salpicado de azúcar glasé.

El día 4 desayunamos muffin de almendras y croissant de queso en una panadería tan entrañable de el Jordaan que parecía recién salida de Stars Hollow.

Comimos pato Pequín en Chinatown, sabrosísimo, y arroz con unos tres mil ingredientes. Los won-ton eran enormes. Y BubbleTea de taro, por supuesto.

La merienda fue en un café que parecía hasta de mentira por lo bonito y entrañable que era (una simple recreación de parque temático ambientado en los Alpes), delante del hippie canal Singel. Tortitas de chocolate, claro.

Ay, qué bonito es Amsterdam. Y, visto en retrospectiva, ¡cuánto comimos! 

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Lo que se vende gratis genera dinero

Posted by Sergio Parra Castillo on 6th Marzo 2008

En este mundo los cerebros de la gente funcionan a dos velocidades. O a tres, si nos ponemos quisquillosos. Lo que funcionan a baja velocidad serían los que se empeñan en promulgar un modelo de negocio cultural basado en la venta de soportes físicos en estanterías físicas y bajo los dictámenes de distribuidores. Cada día están más lejos. Sus pataleos, en la distancia, ya casi parecen paródicos. La distancia también te otorga una visión entre asombrosa y terrible del paso: vivíamos en una auténtica dictadura económica, social, estética y hasta de libertades fundamentales. No exagero.

Luego hay cerebros que funcionan a muchas revoluciones por minutos, que están sincronizados con los vertiginosos cambios que impone la nueva sociedad de información, las redes sociales, las webs 2.0 y tantas otras cosas que seguramente aparecerán en pocos días, o minutos. Chris Anderson, editor jefe de la revista Wired pertence a este segundo grupo, y así lo demuestra su artículo, que es una anvanzadilla de lo que será su libro Free, que aparecerá a principios de 2009.

Gentileza de Enrique Dans, reproduzco sus impresiones tras la lectura del artículo de marras:

Chris desgrana de manera magistral las razones por las cuales, en una economía como Internet en la que los costes tienden a cero, el futuro de los negocios es el ofrecer productos gratuitos, en cualquiera de las seis versiones de gratuidad que propone en su taxonomía: freemium, publicidad, subsidios cruzados, coste marginal cero, intercambio de mano de obra y economía del regalo. Una taxonomía que va a convertirse en una especie de biblia para todo aquel que tenga un negocio que de alguna manera tenga su base o se extienda en Internet. Podemos discutir los costes inherentes a la actividad, los  de almacenamiento, ancho de banda o lo que queramos, pero finalmente todo se reduce a lo mismo: que algo sea gratis no quiere decir que no vaya a generar dinero, de acuerdo con cualquiera de los modelos expuestos en la taxonomía. En el momento en que las actividades de una empresa rozan lo digital o la red, el modelo gratuito pasa a ser ya no una opción, sino la única opción.

Para los que manejen el idioma del Shakespeare, aquí está el artículo original.

Ah, se me olvidaba: el tercer grupo de personas son los que ni siquiera se mueven por sí mismos, no poseen ningún tipo de locomoción, sólo se dejan arrastrar por la marea y se contentan con lo que la misma marea les deja en la orilla. Los nuevos analfabetos funcionales que se creen que la Red sirve para pescar.

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