Habiendo regresado ya de Amsterdam, el regusto que nos queda tras la experiencia ha sido, sobre todo, un regusto de simpatía y detallismo extremo.
Nuestra intención desde un principio era huir de las típicas rutas turísticas, ésas arterias principales de Amsterdam cuyos comercios están instalados básicamente para tentar al visitante que quiere comprar en las tiendas que ya conoce, comer en los fast-food que ya ha probado, participar del guirigay de la muchedumbre que visita Amsterdam para ver a las putas y fumar marihuana.
No ha sido nuestro caso. Hemos visto lumias, por supuesto, pero de refilón. Hemos también frecuentado un coffe-shop, pero sin duda no era el típico coffe-shop oscuro y cavernoso, pestilente, con música alta, repleto de turistas que se sienten niños traviesos probando sustancias ilegales. No, nuestra memesfera no puede ser contaminada por determinados ambientes. Así que visitamos un coffe-shop, claro, pero estaba regentado por el sosia de Brad Pitt y era un local donde se celebraban recitales de poesía, donde sus parroquianos ya tenían una edad y eran autóctonos, donde no se buscaba tanto el esparcimiento o la ebriedad irresponsable como la conversación. ¿Muy esnob? Quizá.
Por otro lado, si hemos de quedarnos con un barrio por su encanto y tranquilidad éste es el llamado De Jordaan. Calles poco transitadas, tiendas de lo más variopinto (uno dedicado a cepillos de dientes, otro a gafas históricas, otra era una tienda de bromas intelectuales -me quedé prendado de un muñeco de acción que representaba la típica mujer a la que se le ha pasado el arroz y se ha rodeado de gatos para calmar su soledad-). Pero lo que más hay en De Jordaan (y en Amsterdam, todo sea dicho) son cafeterías infinitamente entrañables, cuidadas hasta el último detalle, con velitas, con adornos, con luz atenuada. Cualquier local, aunque fueran cuatro mesas añadidas a una panadería, parece un parador alpino o un pub dublinés. A ninguno le falta nada. Y, sobre todo, los camareros desprenden tal amabilidad que llegas a creerte un amigo perdido que regresa al hogar. (Damos por supuesto que no estaban dopados los camareros con algún cigarro de la risa). Era una experiencia que anhelábamos desde hacía mucho, ahora que la mayoría de los estamentos de la hostelería han sido invadidos por trabajadores mal pagados, normalmente inmigrantes tan mal pagados que casi te sientes un privilegiado sin te atienden, aunque sea con malos modales. En Amsterdam no vimos ningún inmigrante mal pagado sirviendo ni en bares, cafeterías o simples panaderías. De hecho, curiosamente no vimos ningún inmigrante trabajando en la hostelería (a no ser que te zambulleras en Chinatown, por ejemplo; donde aún podía ser mostrar más amabilidad y dedicación, si cabe).
¿Los precios? Pues como en Barcelona, exceptuando los cafés, el agua y los refrescos. Por alguna razón, un café podía llegar a costar más de 2 euros. Y si pedías un agua o una cocacola, se te servía un vaso de agua del grifo o un vaso de cocacola directamente vertida de una botella de dos litros. Y te las cobraban también a dos euros.
La ruta más interesante de este viaje ha sido, sin duda, la ruta gastronómica.
El día 1 comimos en un restaurante típico donde trabajadores holandeses hacían una pausa para cargar energías. Se distinguen estos restaurantes porque suelen mostrar un cartel con una sopera con los colores de Holanda y la inscripción “Neerlands Dis“. Allí, probamos los pannekoeken, simples tortitas enormes con diversas combinaciones. Creo que allí habrían más de ochenta combinaciones. Cenamos en una suerte de pub todo en madera, con velas, atención exquisita, luces tenues, sin humos ni algarabías y con vistas al canal un simple plato de quesos curados acompañado de cervezas como la Timmermans de cereza. Un plato de tacos tan grandes de queso que ya no nos quedó estómago para nada más.
El día 2 desayunamos en otra especie de cafeteria que parecía un parador alpino, atendidos por un chico joven amable y dedicado. Nos sirvió dos pedazos de pastel de manzana casero rodeados de nata. Hablo de un pastel impresionante. Un pastel casero de aspecto casi de dibujos animados difícil de encontrar en Barcelona. Allí era el pan de cada día.
Luego comimos en La Place, un mercado enorme que, además de vender, te hacían in situ la comida que tú escogieras. Que si pescado, pues pescado fresco. Que si carne, pues carne. Aparte de una infinita variedad de postres. El lugar parecía un caos. Era muy sencillo entrar, comer lo que te apeteciera y luego salir sin haber desembolsado ni un euro: todo era demasiado grande y desordenado como para mantener un control exhaustivo. Pero los clientes pagaban religiosamente. Mi acompañante se sirvió unos noodles con curry acompañados de verduras y carne escogida. Servidor, un revoltijo con carne y millones de patatas. De postre, acudimos a una de tantas fruterías del mercado, donde te exprimían cualquier fruta y te la convertían en un batido. En este caso, fue uno de mango. Y una cookie de chocolate.
La cena fue chachi piruli en Chinatown. Un japonés típico, como si hubiéramos aterrizado en Asia. Ensalada de algas, sopa miso, sushi, salmón con aguacate, tempura de gambas con pepino. De nuevo, atención excelsa. Ah, y de postre algo que sólo habíamos visto en Nueva York: un BubbleTea. Una especie de batido granizado de frutas en el que han colado decenas de gominolas. Sorbes el batido con una caña gruesa por la que se van colando las gominolas. En este caso, nos atrevimos, previa recomendación, con un BubbleTea de taro. Sólo decir que repetimos.
El día 3 desayunamos en un horno de pan cuya camarera no sabía cafés con leche. Croissant calentito con mantequilla y mermelada.
Comimos en otro restaurante holandés popular y probamos otra especialidad local, el hutspot: potaje de patatas, zanahoria, cebolla y carne. Todo acompañado con panecillos con mantequilla de ajo untada.
Cenamos en un restaurante especializada en fondue. Impresionante. Al principio no dábamos crédito de lo pequeño que parecía en local, pero pronto descubrimos que existían varios pisos, a los que se accedía por empinadísimas escaleras de peldaños estrechos. Parecíamos bomberos subiendo una escalera. El lugar, de nuevo, tenía una ambientación exquisita. Estábamos como en otro mundo, hasta la atmósfera era diferente. Mientras escogiamos en la carta, nos dieron a probar un pan de chapata sobre una tabla de madera acompañado de mantequilla de ajo y hierbas. Al fin, empezamos con una sopa de cebolla con coriandro con crostones de pan y queso. Tan intenso era su sabor que cada cucharada equivalía a cien sopas de Sopinstant. Casi lloramos. Luego vinieros dos fondues. Una era suiza, de mezcla de quesos. La otra, alsaciana, con jamón ahumado. Apenas nos quedaba sitio en el estómago para el postre: una mousse de chocolate no muy boyante, la verdad sea dicha, aunque era llamativo por el tamaño, megalítico, servido además en un plato tan grande que a duras penas cabía en tu mesa, todo salpicado de azúcar glasé.
El día 4 desayunamos muffin de almendras y croissant de queso en una panadería tan entrañable de el Jordaan que parecía recién salida de Stars Hollow.
Comimos pato Pequín en Chinatown, sabrosísimo, y arroz con unos tres mil ingredientes. Los won-ton eran enormes. Y BubbleTea de taro, por supuesto.
La merienda fue en un café que parecía hasta de mentira por lo bonito y entrañable que era (una simple recreación de parque temático ambientado en los Alpes), delante del hippie canal Singel. Tortitas de chocolate, claro.
Ay, qué bonito es Amsterdam. Y, visto en retrospectiva, ¡cuánto comimos!