Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for Mayo, 2008

Inventando palabras

Posted by Sergio Parra Castillo on 20th Mayo 2008

Lo que se ha venido a llamar “acuñación recreativa”, es decir, inventar palabras por diversión, puede ser muy entretenido, sobre todo si estas palabras nuevas rellenan lagunas léxicas.
 

 

Muchos abordan el asunto de incorporar nuevas palabras a nuestro vocabulario con un recelo acaso excesivo, propio de quienes arrastran un montón de tópicos por bagaje. En el otro extremo, están los que niegan la importancia de mantener unas reglas lexicográficas elementales, que suelen darle patadas al diccionario a la mínima ocasión, más por incultura o desidia que por verdadero convencimiento. Es difícil, pues, posicionarse en un punto medio sin enzarzarse en diatribas ideológicas acerbas.
 

Es un fenómeno curioso, pero no nuevo. Los defensores de la primera posición, que suelen ser los más doctos aunque también los menos flexibles, tienen como referente el Diccionario de la Real Academia y consideran una enfermedad venérea la invasión de anglicismos que sufre nuestro idioma. Ellos sostienen: si ya existe una forma de decir algo ¿para qué cambiarlo? Son sin duda es el tipo más peligroso, pues también es el tipo más respetado y hasta venerado por la elite intelectual. Pero estos señores catedráticos ignoran algo: que el idioma es un organismo vivo que se pliega y se debe plegar a las necesidades cotidianas. Originalmente, tildar a alguien de “as” era un insulto muy grave, pues se le estaba asociando con un “asnejón”, un “burro”; pero hoy en día nadie se siente ofendido si se le cataloga como el “as del balón”. Los defensores de la pureza de la lengua ya han aceptado este cambio en el significado de una palabra, pero siguen siendo remisos a asumir otros, y ya no digamos a aceptar nuevos vocabularios, sobre todo si provienen del ámbito de la tecnología o son préstamos de otros idiomas.
 

A mi modo de ver, los garantes de la pureza del idioma incurren en un error: no hay nada más inútil que un idioma escasamente dinámico incapaz de rellenar lagunas léxicas. Se deben conocer las acepciones de las palabras, por supuesto, y también hay ser estrictos con su uso; pero nunca hay que perder de vista la realidad social en la están inmersas las palabras. ¿Por qué tardó tanto tiempo en aceptarse el verbo chatear? ¿Para cuando MMORPG o upload?
 

Pero no es el fin de este artículo criticar la estrechura de miras de muchos lingüistas sino animar a los hablantes y escritores a jugar con las palabras, sobre todo con las palabras que todavía no existen. Por ejemplo, las jitanjáforas. Las jitanjáforas son palabras que no figuran en ningún diccionario del mundo y que se emplean en poesía simplemente porque suenan bien: podemos inventar la que queramos.
 

Luego están las palabras (sobre todo sinónimos) que en círculos íntimos solemos usar a modo de jerga; una jerga que sólo nuestros allegados son capaces de entender. Yo uso mucho la palabra “pirulacho” para designar algo que es divertido, trapisondo o interesante. También he acuñado palabras para alguna de mis novelas, como en “Jitanjáfora”, donde se emplea con normalidad el verbo “temperar”, que viene a significar el cuidar más la calidad de los conocimientos que su cantidad, el abordar cualquier asunto con objetividad, el no tomarse en serio ni siquiera lo que uno mismo propugna. O incluso, aficionado como soy a leer diccionarios, empleo términos en desuso, como “escible”: algo que puede o debe ser sabido.
 

“Temperar” también es esa clase de palabras que rellenan un vacío léxico. Ser inteligente no es exactamente temperar, ni tampoco lo es ser culto, ni rápido mentalmente, ni abierto de mente, ni nada parecido. “Temperar” es, sencillamente, una actividad para la cual no existía antes vocablo alguno.
 

En ese sentido, Douglas Adams (autor de la desopilante Guía del autoestopista galáctico) publicó el siguiente razonamiento en The Deeper Meaning of Liff: En la vida, hay muchos cientos de experiencias, sentimientos, situaciones y hasta objetos comunes que todos conocemos y sabemos distinguir, pero para los que no existe una palabra. Por otro lado, el mundo está atestado de miles de palabras de repuesto que pasan el tiempo ni hacer nada que no sea holgazanear en señales que indican determinados lugares.
 

Bajo esta premisa, Adams propuso definiciones a nombres de lugares a los que nadie necesita ir:
 

-Shoeburyness: la sensación vaga e incómoda que nos invade al sentarnos en una silla que conserva aún el calor del trasero de quien la había estado ocupando.
 

-Lamlash: las carpetas que suelen haber sobre la mesa de las habitaciones de los hoteles y que contienen informaciones sobre el mismo.
 

Y es que, además de entretenido, resulta muy útil jugar a la acuñación recreativa de palabras. Aquí propongo una que he vivido en mis propias carnes: en cualquier reunión, tras haber soltado alguna genialidad, la decisión de guardar silencio el resto de la noche para no empañar esa genialidad con alguna obtusidad o incorrección; o sea, retirarse en el momento justo.  
 

Aquí una relación de palabras nuevas extraídas de la columna Style Invitational del Washington Post, el libro Word Figitives, de Barbara Wallraff, y El mundo de las palabras, de Steven Pinker:
 

-Elbonics: las acciones de dos personas que maniobran para ocupar el mismo posabrazos en la butaca del cine.
 

-Furbling: andar entre una maraña de cintas en el aeropuerto o el banco aunque no haya nadie más haciendo cola.
 

-Phonesia: marcar un número de teléfono y, en el preciso instante en que descuelgan, olvidarse de a quién se está llamando.
 

-Sarchasm: el abismo que media entre el escritor sarcástico y la persona que no se entera.
 

-Pandephonium o ringchronicity: confusión momentánea que un grupo de personas experimenta cuando suena un teléfono móvil y nadie está seguro de si es o no el suyo.
 

-Parentriloquism: decir algo a tu hijo para luego darte cuenta de que le dices lo mismo que tu padre o tu madre te decían a ti.
 

¿Se os ocurre alguna más? Steven Pinker propone algunos conceptos muy comunes para los que no existe le mot juste: una melodía que se nos va de la cabeza; un hecho que se puede aprender cientos de veces sin que se nos quede en la memoria; o el insomnio de las primeras horas de la mañana debido a que la vejiga está llena, pero uno está demasiado cansado para levantarse, ir al baño y dormirse de nuevo.
 

Sigamos inventando (a más palabras, mayor variedad y riqueza en nuestro catastro léxico). Y que se fastidien los puristas.

(Publicado originalmente en Fantasymundo)

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No digas ni mu

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Mayo 2008

En la creencia de que ciertas palabras, las llamadas malsonantes, pueden influir negativamente en el comportamiento de la gente, rectores de la moral lingüística se dedican a depurar los textos que llegan a nuestras manos. ¿Escribir “puta”, “coño” o “mierda” puede devaluar una obra de ficción?
 

 

La prosa de un escritor falto de medios y alternativas puede derivar en un texto tan liofilizado y exento de mordiente que recuerde a las instrucciones (mal traducidas) de una lavadora de fabricación alemana. A menudo, sin embargo, se prefiere antes un estilo plano, puro hueso, a uno tan enjundioso que roce la incorrección política. Por consiguiente, si un escritor intenta acercarse al lenguaje de la calle se arriesga a que se le echen encima asociaciones varias, afectados epidérmicos o sencillos puritanos con mucho tiempo libre.
 

Ejemplos de censura o autocensura en la literatura los hay en la actualidad como los había entonces. Huckleberry Finn fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico tan alto que incluso en los medios de comunicación se refieren a él como la palabra-n. En 1921, un tribunal estadounidense también declaró obsceno un pasaje del Ulises, de Joyce, y el libro estuvo prohibido hasta 1933. Hombre, yo quizá desalentaría su lectura por su ininteligibilidad pero ¿por su obscenidad? En fin. El amante de Lady Chatterly, de D.H. Lawrence, de 1928, no se editó en el Reino Unido hasta 1960 por culpa de la Ley de Publicaciones Obscenas, algo así como las Tablas de la Ley. También sufrieron cortes y recortes Trópico de Cáncer, de Henry Miller, o Fanny Hill, de John Cleland.
 

Otros casos más divertidos los encontramos en la obra de Norman Mailer, Los desnudos y los muertos, de 1948. La novela trata de la Segunda Guerra Mundial, y lo lógico es que los soldados que aparecen en ella gasten un lenguaje, como mínimo, barriobajero. Pero Mailer ideó una forma de no abandonar la verosimilitud sin tener que atentar contra la hipersensibilidad de la época: en vez de escribir fuck (joder) empleaba el término fug (que fonéticamente se parecía lo suficiente para que el lector entendiera qué se quería expresar en realidad). Se dice que cuando Dorothy Parker conoció a Mailer le dijo: “Así que usted es ése que no sabe cómo se escribe fuck”. Esta remilgada estrategia me recuerda a la forma que tienen los personajes de la serie de ciencia ficción Battlestar Galactica de emplear esta misma palabrota: frak (aunque este matiz sólo lo captaremos si vemos la serie en su versión original). O, centrándonos en la ciencia ficción patria, encontramos una de las novelas con más palabras soeces y alusiones sexuales por centímetro cuadrado que yo pueda recordar (aunque todas alteradas eufemísticamente para la ocasión): Ahogos y palpitaciones, de Andreu Martín. Pornar, por ejemplo, era una forma de decir follar.  
 

Llegados hasta aquí debemos preguntarnos: ¿hasta qué punto se debe aplicar el mismo rasero estético o censurador a una obra de ficción que a una obra de no ficción? Hacer apología del nazismo en un manual de historia que niegue, por ejemplo, el holocausto judío podría considerarse ilegal en muchos países, pero ¿también debería ser así para un personaje de ficción que dice exactamente lo mismo en una obra de ficción, añadiendo además floridos insultos? Es un asunto controvertido. ¿Hasta qué punto se debe imitar el lenguaje o el pensamiento de cierto sector de la calle? Dicha regulación de lo que debe o no debe publicarse, ¿no convierte a los artistas en unos mentirosos o unos adulteradores de la verdad? En cierto modo, el escritor ya miente de facto cuando escribe una novela, pues todo diálogo plasmado en un libro apenas sigue la misma estructura que un diálogo oral. (Me acuerdo, por ejemplo, de cuando aparecieron las transcripciones telefónicas del escándalo Watergate: leídas de corrido incluso costaba entender todo su sentido, porque las personas hablamos de modo distinto a como escribimos o leemos). Todo requiere de cierta reformulación literaria, como si dijéramos, pero ¿esa reformulación implica depurar ciertas palabras malditas o determinadas ideas de difícil digestión?
 

Quizás la más famosa aventura gráfica para ordenador, Monkey Island, sustituía los duelos de espadas por duelos de insultos, las fintas de florete por fintas dialécticas, las heridas del cuerpo por heridas de la autoestima. Pero Monkey Island era una videojuego apto para todos los públicos, de modo que Orson Scott Card, autor de la mayoría de aquellas frases afiladas como espadas, recurría al un humor blanco e ingenioso para escamotear la palabrota directa y explícita. En este caso, la solución planteada por los desarrolladores de esta aventura para todos los públicos resultaba más afortunada que una pelea verbal, digamos, más parecida a las disputadas por Eminem en Ocho Millas. Pero ¿es de recibo que a estas alturas comencemos a censurar ciertos álbumes de Tintín por sus alusiones a los negros como se está haciendo? Y si no censuramos los álbumes de antaño, ¿ya no se podrán publicar otros nuevos que sigan la misma línea? ¿Queremos que la literatura se regule hasta el punto de que el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo ya no coma galletas sino frutas y verduras como sucede en las nuevas temporadas emitidas en Estados Unidos?
 

¿Necesitaremos instalar un artefacto que nos multe pecuniariamente cada vez que soltemos un taco como vimos en la película Demolition Man y quemaremos todos los libros que digan cosas que no nos gustan como en una suerte de Fahrenheit 451 que defienda la gazmoñería y penalice la coprolalia?
 

No es un tema fácil, al comprobar las ampollas que pueden levantar unas sencillas viñetas que parodian a Mahoma. El humor, el sarcasmo y la sátira siempre han sido elementos capaces de cambiar el mundo, porque le restan valor incluso a aquello que creemos intocable. Los vigilantes de la moral no quieren eso; por eso Fray Guillermo de Barkerville las pasa canutas en El nombre de la rosa.                
 

¿Queremos leer novelas que parezcan genuinas o preservar la ingenuidad y la pureza de las mentes? ¿Queremos descubrir cómo son y cómo piensan hasta los personajes más execrables o preferimos que los personajes evangelicen al lector?

 

Dicho lo que antecede, aprovecho este espacio para poner de manifiesto cómo el afán recaudatorio de las productoras cinematográficas y este exceso de moralina en los contenidos está hundiendo gran parte del cine de ciencia ficción y fantasía, sobre todo si se apoya en grandes efectos especiales. Ahí va mi teoría: una producción cinematográfica de fantasía o ciencia ficción con gran despliegue de efectos especiales requiere de una inversión económica tan elevada que, más tarde, los productores necesitan rentabilizar al máximo su producto. Debido a la crisis que sufre el cine (sobre todo en la exhibición pública en salas comerciales, pues el modelo de negocio aún no ha cambiado lo suficiente como para adaptarse a las nuevas tecnologías o a los nuevos hábitos de consumo derivados del florecimiento de Internet de bajo coste), las películas cada vez son menos rentables. Esto implica abarcar una mayor cuota de público. Por ejemplo, la trilogía de Matrix le puede parecer una obra maestra a mucha gente, pero no fue precisamente rentable si la comparamos con cualquier otra producción de éxito dirigida a todos los públicos. Del estamento oscuro y mefistofélico que regula qué puede ver un menor y qué no depende en gran parte el éxito de un filme. Ahora podemos ver cómo los creadores de Matrix han decidido decantarse por un producto insustancial como Speed Racer, con mayores visos de alcanzar al público mayoritario gracias a su calificación moral (aunque finalmente les haya salido el tiro por la culata). Steven Spielberg ha tenido que mover hilos para que su próxima entrega de Indiana Jones recibiera un PG-13 (algún material puede ser inapropiado para niños menores de 13 años), de lo contrario difícilmente habría subsistido en taquilla. La nueva trilogía que se prepara sobre la franquicia de Terminator se está dulcificando también para desprenderse de su antigua calificación R, y así, tras escudarse en una violencia poco realista, en unos desnudos que no impliquen sexo y en unas palabrotas de bajo nivel del tipo “leches” o “cachin en la mar”, obtendrán el ansiado PG-13 del comité censor y, por ende, unos resultados más boyantes en taquilla. (Esto ya le pasó a la cuarta entrega de La jungla de cristal, en la que John McClaine parecía haber perdido todo su espíritu gamberro). ¿Conclusiones? Pues que, hasta que la industria del séptimo arte no se ponga las pilas, vamos a tener que soportar, a los que nos gustan las películas con grandes dosis de CGI, una paulatina infantilización en la que todos estarán muy limpitos, hablarán muy bonito y no sangrarán, ni follarán, ni dirán me cago en todos tus muertos hijo de mil putas.

 

Y aquí lo dejo antes de que la beatería oficial me censure, amén de que el artículo ya me está quedando muy largo.      

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Paisajes que dan ganas de comérselos

Posted by Sergio Parra Castillo on 8th Mayo 2008

Esta puesta de sol melancólica no es una puesta de sol cualquiera. Todo lo que aparece en ella es comestible. El mar, rojizo por el efecto del sol al ponerse, está constituido de láminas de salmón. Pan y patatas forman diferentes tipos de rocas. Un guisante hace las veces de barquito.

El creador de estos paisajes hechos únicamente de comida, footscapes, es el fotógrafo británico Carl Warner, una especie de Archimboldo extrapolado al terruño. Para ganar el profundidad y realismo, las instantáneas están tomadas en superficies de 1,2 por 2,4 metros. Todo ello introducido en cámaras refrigeradas para evitar que los alimentos se estropeen.

Si queréis ver más paisajes apetitosos, recomiendo el post de Microcaos.

A mí esto me recuerda al día de la Mona de Pascua, donde se suelen comprar recreaciones hechas de chocolate y golosinas en general. ¿Para cuándo un restaurante que te sirva el footscape de tu lugar favorito? Otra forma de viajar sería comerse el lugar de destino.

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El maravilloso mundo de las portadas

Posted by Sergio Parra Castillo on 6th Mayo 2008

Al igual que sucede con ciertos trailers de cine (los que son tan trepidantes o generan tantas expectativas que, al final, deslucen la propia película), las portadas de libros están convirtiéndose en un producto en sí mismo. No ya algo insustituible de la historia que se esconde en las páginas de un libro (lo que los expertos en marketing llaman packaging: el envoltorio o envase es tan o más importante que en contenido) sino un fin en sí mismo. Pequeñas obras de arte que no sólo buscan captar la atención del lector en un sector cada vez más masificado por continuas novedades.

Como los buenos trailers de cine, también las buenas portadas deben empujarnos a las páginas del libro. Aunque no a cualquier precio, como refiere una pluscuamperfecta noticia acerca de la publicación de la novela Punto Cero, del finés vanguardista Osmo Jokinen, cuya llamativa cubierta auguraba un libro con todas las páginas en blanco: al parecer el autor apelaba a la imaginación del propio lector para escribir la obra. “De este modo, el lector puede imaginar libremente todo lo que prefiera. Imponer a los lectores mis sensaciones, me parecería un insulto a su inteligencia”.

Dejando a un lado estas boutades, actualmente diseñadores y artistas se estrujan las meninges para creas obras de arte como las catalogadas en estos enlaces: 

-Book Covers: donde el visitante puede comentar tropecientas portadas de moderno diseño; algunas realmente ingeniosas.

-Rate My Book Cover: aquí el usuario puede valorar y poner notas a las portadas.

-The BookScans Database: impresionate base de datos de cubiertas y contracubiertas de libros de bolsillo de todas las épocas, para los nostálgicos.

Y es que la cubierta de un libro ejerce un poder de atracción que va más allá del marketing. Según José Carlos Somoza, de boca de uno de sus personajes en Dafne desvanecida, la cubierta, de hecho, es lo que determina el libro por entero. Una cubierta puede otorgar unos u otros poderes y privilegios a una obra, no sólo porque le añade un marchamo determinado sino porque puede catalogar la obra como cierta o falsa. Si la cubierta indica que es un ensayo, por ejemplo, interpretamos lo escrito como cierto; al contrario si se indica que pertenece al género de terror o ciencia ficción. La cubierta, entonces, adquiere la propiedad de influir en toda idea de la obra. 

Tal vez, alguien propugne libros carentes de portadas. Pues la portada colorista de un libro sólo es un artificio que nada tiene que ver con la literatura: el arte de la escritura y no del dibujo y el diseño. Es una idea interesante. Aunque el fáustico mercadeo del mundo editorial no creo que esté dispuesto a prescindir de un reclamo tan atractivo en un mundo dominado por la experiencia audiovisual. 

No tardarán en llegar, probablemente, portadas con música y animaciones de tinta electrónica, cruzándose cada vez más la línea que separa la literatura de las otras artes, convirtiendo libros en películas, en videojuegos, en discos. Al tiempo.

(publicado originalmente en Fantasymundo)

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“Instrucciones para posponer el suicidio”, finalista

Posted by Sergio Parra Castillo on 5th Mayo 2008


 

ACTA DEL RESULTADO DEL VII CONCURSO DE RELATOS

                                     EL MELOCOTÓN MECÁNICO
En Granada, a 1 de mayo de 2007 el jurado del concurso, constituido por: Pilar Barba Lara, Alejandro Gonzálvez del Águila, Alfonso Merelo, Jorge Vedovelli, Mariano Villarreal y Raúl Gonzálvez del Águila,
Hacen público:
1º Declarar Finalistas a los siguientes relatos:
Asuntos Familiares, de Carlos Martínez Córdoba (Madrid)
La Cabellera de Apolo, de Carlos Parrilla Alcaide (Torrejón de Ardoz, Madrid)
Callejón sin Salida, de Ramón Cabrera Naveiras (Monells, Girona)
Instrucciones para Posponer el Suicidio, de Sergio Parra Castillo (Segur de Calafell, Tarragona)
Universo de Papel, de Sergio Gaut Vel Hartman (Buenos Aires, Argentina)
 

2º Otorgar por mayoría el VII Premio El Melocotón Mecánico, dotado con 400 euros al relato:
ASUNTOS FAMILIARES, de Carlos Martínez Córdoba
3º  Debido a la gran calidad de los relatos recibidos, el jurado acuerda conceder Mención Especial a los siguientes relatos:
La Vida-Sueño, de Claudio Martín Biondino (Buenos Aires, Argentina)
Tu Vida en un Segundo, de Rafael Avendaño Torres (Sant Boi de Llobregat, Barcelona)
Los Crímenes del Videoclub, de Manuel Jesús Osuna Blanco (Fuenlabrada, Madrid)
La Última Autopsia de Cenicienta, de Aarón Rodríguez (Madrid, España)
No te Evadas, Por Favor, de Carlos A. Gutierrez, (Texas, Estados Unidos)
El Zafiro de Markuz, de Andrés Ramos Palacios (Málaga)
El Romance del Siglo, de José Ramón Vázquez Peñas (Segovia)
El Tiempo de la Mediocridad, de Fernando Molero Campos (Córdoba)
La Nueva Musidora, de Luis López Rueda (Cornellá de Llobregat, Barcelona)
Sidgrid, de Laura Ponce (Buenos Aires, Argentina)
 

 

4º El relato ganador, más los cuatro relatos finalistas y las diez menciones especiales, serán publicados en la VI Antología de Relatos “El Melocotón Mecánico”, que aparecerá en la Colección de Libros Albemuth de la editorial AJEC.
El jurado quiere destacar una vez más la alta calidad de los relatos recibidos, y hace hincapié en que gran número de relatos de gran valía se han quedado fuera de las menciones especiales por un estrecho margen.
En esta  séptima  edición del concurso se recibieron un total de 184 relatos,  procedentes de España (139), Argentina (24), México (6) Estados Unidos (2),Ecuador (2), Colombia (2), Francia (2), Reino Unido (2),  Venezuela, Paraguay, Suiza, Australia y Finlandia (1)  
 

 

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