Eureka(s)
Posted by Sergio Parra Castillo on 25th Junio 2008
(Publicado originalmente en Fantasymundo).
Si se descubriera que existen más autores brillantes de los que creemos, ¿seguiríamos adorando a los autores brillantes? Margaret Atwood dice: Interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie.
Que no se engañe nadie: existen miles de Shakespeare, miles de Cervantes, miles de Stephen King. Y quizás afirmando algo así estoy entrando en terreno peligroso. Porque seguramente nadie pueda estar de acuerdo con tal afirmación: que la genialidad no es algo tan único y escaso como percibimos.
Estoy hablando de que no existen autores magníficos. Más aún: que las obras ni siquiera tienen autor (con todo lo que eso supone para el espinoso asunto de los derechos de autor, tan en vigor hoy en día con el nuevo canon que grava determinados soportes electrónicos).
Pero al menos intentaré demostrar que mi teoría no es baladí, que al menos puede discutirse hasta cierto nivel. Tal vez no tenga razón (suelo no tenerla), pero muchas veces cuestionar lo incuestionable permite descubrir argumentos e ideas que de otra forma difícilmente hubieran salido a la luz. (Los refractarios a cualquier influencia que no esté en sintonía con sus ideas deberían abandonar esta lectura de inmediato).
Vayamos a ello. Parto de la base de que los avances tecnológicos e incluso ideológicos no provienen de mentes escogidas y raras, tocadas por la genialidad o la locura, sino de contextos socioculturales en los que todos, como una mente colmena, participamos de manera inconsciente hasta que uno de nosotros, por casualidad, respaldo social y mediático o por receptividad general cristaliza dicha innovación tecnológica o ideológica. Así pues, ningún libro estaría escrito de forma individual sino de manera colectiva. En las sociedades recelosas del cambio o de las ideas nuevas, por ejemplo, sería más difícil que naciera en la mente de alguien una noción filosófica revolucionaria, por decir algo. Esta también es la razón de que históricamente la tecnología haya evolucionado a ritmos diferentes en continentes distintos. No porque haya más genios per se en unos continentes que en otros sino porque determinadas condiciones permiten que existan más genios.
El fonógrafo inventado por Thomas Edison es un ejemplo paradigmático de esta idea. Tal y como refiere el libro Armas, gérmenes y acero, de Diamond: “Cuando Edison construyó su primer fonógrafo en 1977, publicó un artículo en el que proponía diez usos a los que podía aplicarse su invento. Entre estos figuraban la conservación de las últimas palabras de personas en trance de morir, la grabación de lecturas de libros para que las oyeran personas ciegas, el dar las horas y el enseñar ortografía. La reproducción de música no figuraba entre las aplicaciones de la lista de Edison. Algunos años más tarde Edison dijo a su ayudante que su invento carecía de valor comercial. Unos años después cambió de opinión y se dedicó al negocio de la venta de fonógrafos, pero solo para utilizarlos como dictáfonos en oficinas. Cuando otros hombres de negocios adaptaron el fonógrafo a la fabricación de gramolas tragaperras que interpretaban música popular introduciendo una moneda, Edison protestó contra esta degradación que en apariencia restaba seriedad al uso de su invento en oficinas. Hubieron de transcurrir unos veinte años para que Edison por fin admitiera que la principal aplicación de su fonógrafo era la grabación y reproducción de música”.
Por esta razón nunca he entendido las colas de gente que se forman frente a un escritor para que les firme un ejemplar de su obra. Nunca he entendido la fascinación que nos produce un famoso. Bien, por supuesto que lo entiendo, entiendo los entresijos psicológicos que subyacen en este fenómeno, comprendo los motivos culturales y hasta meméticos. Pero lo que no entiendo es que todavía a estas alturas nadie haya hecho demasiado por pulverizar este fenómeno irracional; o al menos, se haya diseccionado con mayor sentido crítico. Tal vez dejar de creer en algo así sería tan traumático para la psique social como dejar de creer en Dios. Tal vez a quienes dirigen los medios de comunicación tampoco les interesa descubrir el truco, como ilusionistas que viven de interpretar siempre el mismo show.
Porque, a mi juicio, aunque la teoría del genio colectivo no sea del todo acertada, se exagera la importancia de los autores singulares, como si sus cerebros discurrieran de una forma tan distinta de la nuestra como lo haría la de un marciano. Pero los marcianos no existen. “Se nos dice con frecuencia que James Watt inventó la máquina de vapor en 1769 supuestamente inspirado por haber observado salir el vapor por el pitorro de una tetera. Esta maravillosa fábula queda desmentida por la realidad de que Watt concibió la idea de su propia máquina de vapor mientras procedía a reparar un modelo de la máquina de vapor de Newcomen, que éste había inventado 57 años antes y de la que ya se habían fabricado más de cien en Inglaterra para la fecha en que Watt realizó su tarea de reparación”. Entonces ¿quién debería ser dueño de la patente de la máquina de vapor? ¿A quién debemos rendir honores? ¿Qué nombre deben memorizar los escolares en clase? ¿Watt? ¿Newcomen? ¿Los autores de los libros de ingeniería que leyeron ambos? ¿Sus padres? ¿Las serendipias?
Mi respuesta es: ¿a quién le importa? Por supuesto, a la gente le importa, eso es obvio, pero ¿por qué debería importar? Partiendo de la base de que las ideas se forjan de formas complejas y fortuitas, que nacen inconcretamente, ¿por qué continuamos sin cuestionar ese deseo de entronizar a un Autor? Sin duda todo esto recuerda sospechosamente a la necesidad del hombre por hallar un Autor, un Creador del mundo y de todo lo que está contenido en él. El Autor es una versión laica de Dios.
Sigue Armas, Gérmenes y Acero: “Todo esto no significa negar que Watt, Edison, los hermanos Wright, Morse y Whitney realizaran grandes mejoras y, con ello, incrementaran o inauguraran éxitos comerciales. La forma del invento que con el tiempo se adoptó podría haber sido algo distinta sin la contribución reconocida del inventor. Pero a nuestros efectos, la cuestión es si el panorama general de la historia mundial habría experimentado alteraciones significativas si alguno de los genios inventores no hubiese nacido en un lugar y una época determinados. La respuesta es clara: nunca ha existido tal clase de persona. Todos los inventores famosos reconocidos han tenido predecesores y sucesores capacitados, introduciendo sus mejoras en una época en que la sociedad era capaz de utilizar su producto.”
La idea que se defiende aquí es que todas las obras, incluidas las literarias, por qué no, se desarrollan por acumulación; ergo, su autor original es difuso, por mucho que la SGAE se empecine en lo contrario pagando royalties por politonos a Ramoncín.
Nadie gritó ¡Eureka! Y si lo hizo, fue demasiado egocéntrico para darse cuenta de que él sólo estaba transmitiendo aquello que le rodeaba, y que podría haberlo hecho cualquiera antes o después de él.
Sigamos transcribiendo ahora El mundo de las palabras, de Steven Pinker: “Los historiadores convienen en que existió un hombre llamado William Shakespeare que vivió en Stratford-on-Avon y en Londres a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII. Pero durante siglos se ha dudado de que ese hombre compusiera las obras que se le atribuyen. Quizá suene esto igual que la teoría de que la CIA hizo estallar el World Trade Center, pero así lo creyeron seriamente Walt Whitman, Mark Twain, Henry James y muchos estudiosos contemporáneos, y esta idea se basa en toda una serie de hechos condenatorios. Las obras de Shakespeare no se publicaron mientras vivió, y en aquella época la autoría no se registraba tan minuciosamente como ahora. El propio hombre no tenía estudios, nunca viajó, tuvo hijos analfabetos, en su ciudad se le conocía como hombre de negocios, no se le hizo panegírico alguno cuando falleció, y en su testamento no dejó libro ni manuscrito alguno. Incluso los famosos retratos no se pintaron mientras vivió, y no hay razón para pensar que se parecieran al hombre en cuestión. En aquellos tiempos, escribir obras de teatro era un trabajo de dudosa reputación, de manera que es posible que el verdadero autor, que, según diversas teorías, puso ser Francis Bacon, Edgard de Vere, Christopher Marlowe y hasta la reina Isabel, quisiera mantener en secreto su identidad.”
Lo relevante de esta teoría de la conspiración no es si Shakespeare existió o no realmente. Lo importante es imaginar qué pasaría si se demostrara sin ningún género de dudas que Shakespeare no fue no autor de Hamlet. ¿Qué implicaciones acarrearía una afirmación como ésta? Obviamente, Shakespeare caería en el descrédito. Pero ¿Hamlet perdería algún tipo de virtud? En absoluto. Hamlet nos parecería una obra igualmente interesante. Hamlet se tornaría anónimo, y entonces no adoraríamos a Shakespeare, sino la obra en sí. Con esto se trata de demostrar que la estructura de producción editorial entorno a la obra de Shakespeare no se resentiría. ¿Ocurriría algo diferente si los libros contemporáneos dejasen de estar firmados por una persona, si ya no se produjeran presentaciones oficiales del autor de la obra frente a un público expectante? Visto lo expuesto, es difícil decantarse pero ¿realmente es tan importante mantener una falacia para preservar un negocio, en este caso la venta de libros?
Pero existe otra razón para que los autores sean tan o más importantes que las obras que escriben y que los consideremos seres especiales y poco comunes. Las vacas sagradas también existen debido a que tenemos un grave problema a la hora de operar con números grandes. No hay que olvidar que nuestros cerebros se forjaron hace miles de años, en otras circunstancias muy distintas a las actuales, y que nuestro estilo de vida es muy exiguo en comparación.
Los homínidos de los que descendemos vivían en un mundo del que podían ser expulsados en cuanto bajasen la guardia: el número de individuos era escaso y las condiciones de supervivencia, difíciles. Así que sólo se reproducían los hombres que tuvieran esto muy en cuenta: los hombres y mujeres que gustasen de practicar sexo y reproducirse y los hombres y mujeres que tuvieran mucho miedo de extinguirse, mostrando dolor y preocupación cuando alguien cercano muriese o enfermase. Antes, también, los homínidos convivían en comunidades pequeñas, de 40 o 50 individuos, por lo general, y todos los integrantes de estas comunidades tenían funciones importantes para la supervivencia general de la comunidad: si uno de ellos moría, era preocupante; si morían 20, la comunidad probablemente sucumbiría al completo. (Por eso hoy en día nos siguen llamando la atención las cifras de víctimas en accidentes de tráfico aunque, porcentualmente, no supongan un menoscabo importante para la supervivencia de la especie; al menos nos llaman excesivamente la atención por la incidencia mediática en la noticia si lo comparamos con la cifra de muertes por accidentes en los cuartos de baño, mucho mayores que las de tráfico).
Así pues, si el entorno mediático es el apropiado, la vida de diez personas nos puede importar más que la vida de diez mil. Porque diez personas son computables por un cerebro criado en comunidades pequeñas, pero diez mil escapa a nuestra imaginación. Vertemos más lágrimas y furia por la historia individual de una asesinada con cobertura informativa importante que por la noticia de las decenas de muertes por hambruna que se suceden durante los segundos en los leemos estas líneas. Del mismo modo, prestamos más atención al logro de una persona (o un número asequible) que el logro de una sociedad por haber favorecido un ambiente concreto para que dicha persona plasmara ese logro.
Me viene ahora a la cabeza el éxito artístico de la mayoría de miembros de la familia Bardem; actores, escritores, directores; o de la familia Flores, cantantes, actrices, compositores. Al ser interpelada Pilar Bardem acerca del creciente éxito de su hijo Javier (mucho antes de que ganara el Oscar), expresó que su hijo se lo había ganado, que se lo había currado desde cero. Sin desmerecer el trabajo artístico de los miembros de estas familias, sin duda (a no ser que tengamos una idea casi mística del poder de la genética) es cuando menos sospechoso que todos ellos hayan logrado prosperar artísticamente en mayor o menor medida. Lo cual hace pensar que no parten de la nada; nacer Barden o Flores es garantía de que al menos se te escuchará con más atención; también se te criticará más, por supuesto, pero partes de una situación distinta del cualquier otro artista anónimo. Porcentualmente, dado que hay miles de millones de personas en el mundo, deben de existir cientos o miles de artistas con las mismas o incluso mejores cualidades que Javier Bardem, pero sólo hay un Javier Bardem porque sólo hay un foco informativo poderoso incidiendo en él y no en otros cientos de actores similares que se deben conformar haciendo obras de teatro amateur. Lo cual abre una línea de debate no menos interesante: aceptando que somos demasiados los individuos que potencialmente podemos ser artistas geniales, esta criba espontánea y natural (aunque injusta y caprichosa), ¿es útil y debe preservarse o quizá habría que apostar por otro modelo cultural? Difícil cuestión, pues la estructura actual se halla ciertamente muy arraigada.
Aunque Internet, que permite que cada vez podamos ser más escritores, más directores de cine, más autores con voz y voto (el mismo Ramoncín criticaba esta tendencia diciendo que al final habría más cantantes produciendo música que escuchando música), en definitiva, puede cambiar esta idea de Autor por primera vez en la historia. Internet es la forma más revolucionaria de demostrarnos que somos muchos más en el mundo de lo que creemos.
Concluyendo y uniendo las dos ideas fundamentales vertidas; a saber: 1) que las invenciones son sólo mezclas de invenciones que flotan entre nosotros nacidas de los miles de cerebros que nos rodean, combinaciones fortuitas que normalmente no salen a la luz porque nadie las apoya; y 2) Que somos incapaces de asimilar cifras grandes de personas y así preferimos centrarnos emocionalmente en grupos pequeños o personas individuales pese a que existan muchos seres que en potencia deberían merecer nuestra atención. Uniéndolas, digo, ponemos de manifiesto nuestra obsesión por buscar la autoría de cualquier idea, libro o invento.
Pero, así como las modas no tienen autor sino que nacen de la sinergia de comportamientos colectivos; las ideas, corrientes de pensamiento, inventos o libros tampoco tienen más autor que la infoesfera en la que vivimos todos inmersos. Será interesante ver cómo todas estas nuevas ideas van calando poco a poco en el mundo, provocando cambios que somos incapaces de predecir.
Y por si alguien empieza a sospecharlo: No, obviamente, yo tampoco soy el autor de este artículo. Lo sois vosotros. Enhorabuena.
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