Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for Julio, 2008

#11 ‘El poder de las tinieblas’, de John Connolly

Posted by Sergio Parra Castillo on 28th Julio 2008

(Publicado originalmente en PeB)

Dos hechos aparentemente inconexos (un sangriento tiroteo durante el cobro de un rescate y el suicidio de un anciana en un bosque) acaban introduciendo al protagonista de El poder de las tinieblas, Charlie Bird Parker, ex policía convertido en detective privado, en el submundo de la mafia italiana, en el siniestro pasado de los bosques de Maine y, sobre todo, en la vida casi fantasmal de un villano cuyo nombre causa escalofríos: Caleb Kyle. John Connolly (1968, Dublín) se dio a conocer en el panorama literario con la inteligente, elegante y culta Todo lo que muere, que fue galardonada con el Shamus Award a la mejor primera novela. La que nos ocupa es la segunda entrega de la serie de novelas protagonizada por el detective negro Charlie Parker, aunque su lectura puede ser independiente de la anterior. 

El poder de las tinieblas está narrada en primera persona, desde el punto de vistta de Charlie Parker, así que está escrita en el tono duro, florido y sarcástico que epitomiza al detective arquetípico de los años cincuenta o sesenta (aunque la acción trascurra en la actualidad). Las metáforas y símiles empleados en la novela, pues, corresponden en gran parte a la idiosincrasia y la mundología de un personaje acostumbrado a tratar con los bajos fondos. Por ejemplo: 

Por su organismo corría tal cantidad de adrenalina que a su lado las hormigas parecían tranquilas. 

La única manera de que Billy Purdue sacase dinero de un cajero automático era arrancándolo de la pared con un bulldozer. Walter olía de tal modo a poli que podrían haberle puesto su nombre a un perfume. 

Esta limitación estilística, sin embargo, no es impedimento para que Connolly despliegue un pulso narrativo sobresaliente; exceptuando pequeñas digresiones pretendidamente profundas que se quedan en tópicos grandilocuentes, del tipo “todos escondemos una parte oscura” y demás. Pero, afortunadamente, estos traspiés son los menos. Siguiendo con las objeciones, quizás el autor abusa de las escenas ñoñas o melodramáticas, de los sueños y las evocaciones hollywoodienses de su mujer y su hija muertas, con cierto tufo neogótico (lo de recurrir a las voces de los muertos en mitad de un sueño para guiar los pasos del protagonista en sus pesquisas está muy trillado). Pero son momentos que apenas empañan la frescura que desprenden casi todas las páginas, desde unos diálogos que envidiaría Quentin Tarantino hasta unas excelentes descripciones de personajes y ambientes. 

Porque, por encima de estos altibajos, El poder de las tinieblas es una lectura inolvidable, adictiva, con mucho ritmo, con unas imágenes de veras truculentas y unos villanos interesantes a la vez que terroríficos. Una historia que sigue la clásica estructura de la novela negra, pero que ofrece una visión renovadora y aguda sobre los entresijos psicológicos que mueven a las personas. Un bestseller en el sentido de que puede atraer a muchas clases de lectores, pero no en el de haber sido escrito con escuadra y cartabón. Y un protagonista, el viejo y atormentado Charlie Parker, que es un ejemplo fascinante de dudas, contradicciones, cobardía, violencia y pasión. Como curiosidad, recalcar la enciclopédica documentación de John Connolly para plasmar El poder de las tinieblas: la historia está ambientada en Portland, sobre todo en los inabarcables bosques de Maine, y Connolly tiene especial fijación por enumerar las calles por las que transita nuestro protagonista, los locales, las tiendas, los restaurantes, e incluso aprovecha cualquier tiempo muerto para desgranarnos la geografía, la vida animal y vegetal, la historia pretérita de lo que vemos. Lo cual acaba convirtiendo la novela, además, en una pequeña guía de viajes de Portland. 

Con todo, a El poder de las tinieblas quizá le sobrarían cien páginas para ser completamente redonda, pues finalmente se echa en falta más protagonismo del pluscuamperfecto villano, Caleb Kyle, y menos cantidad de personajes y situaciones que poco aportan a la trama y que pueden llegar a marear al lector ocasional.  Tusquets Editores
Colección Andanzas
408 páginas 
(Reto de leer 50 libros en un año)

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Nominado a los premios Ignotus 2008

Posted by Sergio Parra Castillo on 27th Julio 2008

Otro año más estamos nominados a los Premios Ignotus, en esta ocasión en la categoría de cuento (el año pasado fue en la categoría de novela con Jitanjáfora).

La AEFCFT es la encargada de otorgar los Premios Ignotus o Premios de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción. Estos galardones nacionales recompensan, sobre todo, la labor de los autores españoles en diversas categorías según los criterios de los socios. Podrán participar en la segunda fase todos los socios de la AEFCFT, entidades colaboradoras, y aficionados en general inscritos en la XXVI HispaCon/IndalCon 2008, que se celebrará este año los días 25, 26, 27 y 28 de septiembre en Almería.

Así pues, quedamos en manos del criterio único y exclusivo de los lectores. Estos son los nominados (hace ilusión compartir podio con Vila-Matas):

Aduya, de Sergio Parra (Andrómeda)
El día señalado, de Enrique Vila-Matas (Anagrama)
En la granja de órganos, de Julián Díez (Vórtice en Línea)
La apertura Slagar, de Santiago Eximeno y Alfredo Álamo (NGC 3660)
Procedimiento de rutina, de Ramón San Miguel (Sitio de Ciencia Ficción)

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#10 ‘El pensamiento negativo’, de Risto Mejide

Posted by Sergio Parra Castillo on 27th Julio 2008

Teníamos ganas de hincarle el diente al primer libro de Risto Mejide. No sólo porque Risto Mejide ha demostrado gran habilidad a la hora de crearse un personaje y que un programa de televisión orbite alrededor de su corta intervención, sino, sobre todo, porque Risto Mejide es un tipo avispado, cuyas columnas en ADN y sus reflexiones en su blog demuestran sobradamente que lo suyo no sólo es impostura.

Como ya apuntó el maestro, hoy día, cuando dices algo, molestas a alguien. O dicho de otro modo, si cuando hablas nadie se molesta, eso es que no has dicho absolutamente nada.

Risto Mejide es un provocador. Y su libro es un compendio de vivencias, reflexiones personales y creencias en esta proporción: 25% de referencias a Operación Triunfo, 40% de relatos personales (relaciones sentimentales, gatillazos), 20% con listados de intenciones (’Cosas que hecho’ ‘Cosas pendientes’ etc.), 15% de reflexiones bastante lúcidas, aunque no profundiza en ninguna de ellas.

Y es que esta última es la mayor virtud y el mayor defecto de El pensamiento negativo: todo es ligero, superficial, ya oído o sabido, aunque presentado con muchos juegos sintácticos, un poco de lírica adolescente y, para darle un toque original, el número de las páginas va decreciendo en vez de creciendo a medida que las lees, como una cuenta atrás.

Me quedo con esto:

A mí que me perdonen, pero yo no pienso interactuar con según quién. No me interesa lo más mínimo. Como alguien dijo, yo con usted jamás intercambiaré ideas, porque saldría perdiendo.

(Reto de leer 50 libros en un año)

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#9 ‘Los trenes del verano’, de José María Merino

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Julio 2008

Los trenes del verano es una novela juvenil, aunque, como reza la frase de presentación de la colección a la que pertenece, está dirigida a lectores “de ocho a ochenta y ocho años”. Y es que José María Merino (La Coruña, 1941) es un peso pesado de las letras (Premio de la Crítica 1986) que ofrece siempre, tanto en sus obras para adultos como para jóvenes, múltiples niveles de lectura.El que nos ocupa trata de tres amigos que, tras aprobar todos sus exámenes y ahorrar dinero en trabajos esporádicos, emprenden un viaje en interraíl, cargados con mochilas y tienda de campaña, para recorrer diversas ciudades europeas. Sin embargo, sus ansias de aventura se verán desbordadas cuando deban enfrentarse a un fenómeno extraño que detendrá el tren en mitad de Francia. Y ya no podemos desvelar más. Pues el mayor aliciente del libro es precisamente el misterio que se mantiene hasta la última página.

Y es que, como toda novela juvenil que se marque el objetivo de secuestrar la atención de una generación audiovisual, aficionada al zapping y al ADSL, Los trenes del verano emplea toda clase de ardides para convertir el soporte en el que está impreso (un libro, vade retro) en algo más. En un artefacto. La primera estrategia consiste en escribir en la portada, bien grande, con letras mayúsculas, “Esto no es un libro”. Donde debería ir el título de la novela sólo aparece este mensaje. Y el nombre del autor, además, está escrito al revés, como leído en el reflejo de un espejo (la razón de este hecho tiene que ver con el misterio que propone la novela). Y la sinopsis que aparece en la contraportada está truncada por la misma frase repetida una y otra vez: nosoyunlibronosoyunlibro…

Por si todo esto fuese poco, cada cierto número de páginas, en medio de la narración, encontramos mensajes que te suplican que continúes con la lectura, que ni se te ocurra dejarla a medias, pues no sólo tu vida depende de ello sino también la supervivencia de la propia realidad. Sólo si lees, te salvarás. Y todo ello escrito con diferentes fuentes de letras, con cambios de tamaño y con otros juegos que recuerdan a los caligramas de, por ejemplo, El poema de la rosa als llavis (El poema de la rosa en los labios), de Joan Salvat-Papasseit. Sin duda, el mensaje es agresivo, recuerda a esos anuncios sobreimpresionados que aparecen en la televisión tratando de mantener tu fidelidad: en breves instantes contaremos con la presencial de tal; a las 22:00, pascual.

Sin embargo, a pesar de estos continuos trucos para superar el déficit de atención que padecen sus potenciales lectores, la estrategia no se antoja artificiosa. Todo acaba siendo justificado gracias a la trama de ciencia ficción que José María Merino nos propone, en la que resuenan ecos de La historia interminable, de Michael Ende.

En definitiva, una historia correcta, con sus necesarios giros de tuerca, con una prosa musical que puede hacer disfrutar a lectores de cualquier edad y, sobre todo, con una ingeniosa apología sobre la importancia de la lectura que acaba sirviendo también como juego metaliterario que atraerá incluso a los menos aficionados a los libros. Como dice uno de los personajes:

 

Muchos de ustedes piensan que leer una novela es un puro entretenimiento, o algo superfluo. Yo no estoy de acuerdo, y creo que precisamente en las novelas se encuentran conocimientos que no es posible hallar en ningún otro sitio. Pero en este caso les prometo que leer es la única vía para resolver la terrible situación en que nos hallamos. Les aseguro que es decisivo que se lean estos libros con el mayor interés, pasándolos de mano en mano una vez acabados. Cuando lo hagan, ustedes mismos se darán cuenta de que es lo único que nos puede ayudar.

 

Editorial Siruela, 1992
Colección Colección Escolar. 2.
212 páginas

(Publicado originalmente en PeB)

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La castración del copyright

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Julio 2008

(publicado originalmente en Fantasymundo).

Deseo usar este púlpito público para declarar oficialmente que voy a practicarme la Operación que ofrecen los centros de Tiflofilosofía. Voy a ser ciego por conciencia.

Para quien desconozca las interioridades de un centro de Tiflofilosofía, le pondré en atecedentes. Suelen ser edificios blancos como el alabastro, adscritos a las últimas tendencias en arquitectura y urbanismo. Pero lo verdaderamente relevante de los centros de Tiflofilosofía son los acólitos que acoge. En concreto, las ideas que estos acólitos esgrimen. Las ideas que giran en torno al siguiente axioma: no vale la pena ver las cosas que no existe libertad para ver las cosas que nos apetezcan.

Los martes y los jueves ofrecen conferencias y charlas en sus salas de actos, en las que tiflofilósofos, abogados especializados en derechos de autor, copyfighters y abanderados del copyfree abren los ojos a más y más personas, paradójicamente cerrándoles los ojos, inutilizándoles la visión mediante una operación quirúrgica gratuita. Porque las ideas no tienen precio. Porque la curiosidad y el ansia de conocimiento no debe tener repercusiones legales. Porque lobbys económicos no deberían estar legitimados para limitar y encauzar la creatividad y el enriquecimiento cultural a fin de que cuadren sus cuentas a final de mes.

Por eso prefiero ser un ciego voluntario. Un tiflo. Arremetiendo contra lo impuesto mutilando lo propio. Una forma de vencer lo invencible es vencerse a uno mismo, seguramente dijo algún filósofo, si el derecho de cita me permite escribirlo aquí (pronto también tendré que pedir permiso al autor para escribir su frase, y abonarle los royalties que el considere oportunos). Los tiflos, para reconocerse entre sí, se parapetan en gafas oscuras, como los ciegos; también como los héroes de muchas de las producciones de las majors hollywoodienses. (Pronto, también, deberemos abonar un canon por adscribirnos a este modelo estético que seguramente no tardarán confinar en el baúl de la propiedad intelectual). Somos como los antiguos piratas (o los más contemporáneos piratas informáticos) pero con dos parches en vez de uno. A las entidades de gestión se les va a acabar el chollo, esos leviatanes cegados por la avaricia y el control.

Estos castradores culturales no se dan cuenta de que todo es una macedonia de todo. Que la mutación, el plagio, la retroalimentación y la sinergia son factores coadyuvantes para el progreso de la cultura, la creatividad y el arte. En un mundo donde la copia puede ser a bajo coste, la figura de la usurpación intelectual pierde sentido: si ofrecemos el fuego de nuestra vela para encender otra vela, no perdemos el fuego de nuestra vela sino que tenemos dos velas encendidas, la propia y la ajena. De los cruzamientos nacen nuevas cosas, del mestizaje, del batiburrillo, del caos. El pedigrí nos debería levantar ampollas. Yo no quiero pedigrí. Quiero perros verdes, azules y amarillos. No quiero celibato monacal, sangre azul aristocrática, estéril, endogámica, sin visos de futuro. No quiero depurar nada, ni quiero eugenesia ni mordazas. Quiero ver de todo cuando yo quiera, porque, por primera vez en la historia, ahora podemos hacerlo fácilmente, sin intermediarios, sin altos costes de reproducción y exhibición. El modelo de negocio ha cambiado tal y como cambió en el pasado cuando se inventó la nevera, desplazando el trabajo de los que iban en busca de bloques de hielo a la cima de una montaña. La compra de una nevera no debería implicar el pago de un canon para subsanar la incapacidad del buscador de hielo en buscarse otro medio de subsistir.

Ser ciego, practicarme la esta ceguera cortical, es mi forma de resistir al control y privatización de la cultura, y al obsceno afán recaudatorio de miles de hombres de las cavernas. Dejaré de ser un consumidor potencial al que le pueden meter cualquier cosa en la cabeza (por los ojos) y encima debe de estar agradecido aflojando la mosca.

Como ya no tengo miedo de las represalias (estar a punto de ser ciego tiene sus ventajas), paso a transcribir un fragmento de unas de las conferencias celebradas en un centro de Tiflofilosofía cualquiera:

Los doujinshi son comics, pero una copia de un comic original en la que el artista debe contribuir de algún modo, transformándolo de manera sutil o significativa. Una trama diferente, por ejemplo. O un final diferente. O puede que el personaje principal posea un aspecto ligeramente distinto. ¿Parece que haya un vacío legal en Japón? Puede. Sin embargo, considero que el mercado del manga se muestra indulgente con estas supuestas violaciones del copyright porque provocan que el mercado del manga sea más rico y productivo en todos los sentidos. Ya saben, el lema de Apple: rip, mix and burn. Tomar la creatividad de la cultura que nos rodea, mezclar esa creatividad con el talante del propio artista y luego copiar esa nueva creación, como hicieron casi siempre las grandes empresas de entretenimiento como Disney absorbiendo cuentos populares. O como hacen los científicos que se basan en las teorías de otros científicos sin pedir permiso. O como hacen compañías de teatro que crean adaptaciones de las obras de Shakespeare, difundiéndolas, promocionándolas, adaptándolas a las nuevas realidades. Porque como decía Thomas Jefferson: quien recibe una idea de mí, recibe instrucción sin disminuir la mía, igual que quien enciende su vela con la mía recibe luz sin que yo quede a oscuras.

Quede este artículo como muestra última de mi anhelo de ser escritor. Un sueño ingenuo, a tenor de cómo está el patio. No podré escribir más porque tampoco podré ver más. Ser ciego, ser tiflo, es una victoria pírrica. Pero al menos es algún tipo de victoria. Sin ojos no podré escribir, pero tampoco necesitaré tomar fotografías y, en consecuencia, pedir permisos o remunerar al pintor de la fachada de aquel edificio, al constructor del mismo, al arquitecto, al diseñador del adoquinado del suelo, a los persianistas de los comercios colindantes, a los mismos comercios, incluso a la productora de Hollywood que ha colgado el afiche o el anuncio mural de su próximo estreno cinematográfico justo por allí, por donde me apetecía tomar una fotografía.

Prefiero ser ciego ahora, antes de que ya no exista recurso legal alguno para combatir este control desproporcionado sobre la publicación de contenidos. Sobre la libertad.

Si algún día se descubre una forma prácticamente gratuita de producir alimentos, ¿entonces nos sentiremos obligados a dejar de comer como forma de protesta ante la segura respuesta castradora por parte de la industria de la alimentación? Seguramente.

Y siendo ciego, quién sabe, quizá acabe apreciando otro tipo de arte, otro tipo de cultura. Ese arte ajeno a las corrientes comerciales, al copyright, a la impostura, al artificio, a la grandilocuencia, a los ensalzamientos propagandísticos. No me refiero al arte underground sino a uno que nos rodea pero que los rutilantes escaparates del arte mercable no nos permite distinguir. Me refiero al arte que requiere un esfuerzo de búsqueda para encontrarse. Una búsqueda tan ardua como la de hallar una metáfora en un prospecto médico o un pentagrama en un código de barras. Si la búsqueda empieza por las librerías convencionales, los quioscos, las bibliotecas o las tiendas de discos, mejor ni empezar. No se halla fácilmente ni siquiera en la Red. Ni ningún filósofo o estudioso puede decirte algo al respecto de este tipo de arte evanescente. Estas obras de arte son extremadamente esquivas. Las hallarás en una librería de viejo, tal vez, o en una trapería entremetida en la alineación de las fachadas como una ilusión óptica. En bibliotecas quiméricas, que ni la gente frecuenta ni la Administración subvenciona. Los libros, en ocasiones, ni siquiera estarán plasmados en cuartillas en blanco. Las pinturas, tampoco en lienzos. Y la música de ningún modo estará registrada en vinilos, y menos aún en compactos. Nadie lo edita, nadie lo promociona, nadie lo expone, nadie lo distribuye. Es cultura tan secreta como la de los duendes. Para ver estas obras de arte se requiere tesón. O, a lo mejor, por casualidad, algún día puedes tropezarte con un verso huérfano en la servilleta de papel de una cafetería, o un bosquejo en alguna pared tapiada, o con un eco de una tonada melancólica en un zaguán, o con una bella forma de barro en un alcorque, o con las joyas en forma de lentejuelas de rocío derramadas sobre el césped, o con el ritmo sincopado de las pisadas sobre un parquecillo alfombrado de hojarasca crujiente.

Yo ya me he decidido. ¿A qué esperas tú?

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#8 ‘Romper el hechizo’, de Daniel C. Dennett

Posted by Sergio Parra Castillo on 20th Julio 2008

(publicado originalmente en Papel en Blanco)

En una época en la que el laicismo intenta desplazar a la religión del ámbito público (reconocimiento del matrimonio homosexual, investigación biomédica, Educación para la Ciudadanía) y en la que numerosos libros sobre el ateísmo pueblan las listas de las novedades literarias, la lectura de Romper el hechizo es interesante en sí misma, se mantenga una posición creyente, agnóstica o atea. Porque el libro vindica el ateísmo, sí, pero el apabullante despliegue de teorías presentado por Daniel C. Dennett es capaz de enriquecer a toda clase de lector.

Esto es posible porque, siendo realistas, la mayoría de gente que se declara creyente o atea en el fondo declara lo mismo: una llaneza argumental que denota una reflexión muy superficial sobre su postura. No digamos ya el agnóstico: dice no estar seguro de nada, algo ya integrado en cualquier posición intelectual seria, así que se ahorra el tener que tomar partido, el tener que pensar, y se limita a soltar una perogrullada. De este modo, poco importará al lector abierto de mente y honesto consigo mismo qué idea preconcebida tenga sobre la religión o la fe en general para abordar Romper el hechizo: porque nunca pensará igual un ateo o un creyente después de leer este libro, se mantenga luego o no en su posición original.

Y es que Daniel C. Dennett (Boston, 1942) es un filósofo de Harvard bien distinto de la mayoría de filósofos, aquéllos que esconden sus opiniones arbitrarias (respaldadas, además, por momias del pensamiento) tras un pomposo lenguaje. Dennett, por el contrario, se explica con claridad y cercanía, y además se ha preocupado de estudiar a fondo múltiples materias científicas para dar cuerpo a sus tesis, como las ciencias cognitivas, la inteligencia artificial o la memética, incluso ofreciendo a la comunidad científica significativos aportes en cuanto a la significación actual del darwinismo. En definitiva, la filosofía que practica Dennett es una filosofía ligada a la investigación empírica, la que en el próximo siglo revolucionará el conocimiento incluso en ámbitos que hace poco parecían exclusivos de las disciplinas humanistas.

Romper el hechizo intenta arrojar un poco de luz a preguntas peliagudas. ¿Por qué y cómo se originó la religión desde el punto de vista de la psicología evolutiva? ¿Por qué significa tanto para la gente? ¿Por qué somos capaces de matar o morir por ella? ¿Aporta más beneficios que obstáculos? ¿Debe de ser erradicada, como se hace con las sectas destructivas o las ideologías neonazis, o debe de ser respetada simplemente porque muchos individuos la respaldan?

Lo más destacable en Romper el hechizo quizá sea su estilo. No sólo despliega un estilo accesible, divulgativo, sumamente entretenido, sino también mantiene unas formas respetuosas con todo tipo de lector. Si esto último es un defecto o una virtud, ya es una opinión muy personal. A mi modo de ver, pese a que Dennett no hace más que exponer ideas y teorías bastante conocidas por los lectores aficionados a la divulgación científica, pese a su tono comedido, casi tibio, admito que su exposición está muy bien razonada y fundamentada. Su libro no ofenderá a creyentes: incluso podrá ayudarles a cuestionar sus ideas. Dennett es persuasivo, rodea al lector, tratar de empatizar con él, tal y como lo hacía el popular Carl Sagan en sus obras. Para los ateos como un servidor, sin embargo, Romper el hechizo sabe a poco (El espejismo de Dios, de Richard Dawkins, aparecido casi simultáneamente, continuará ofreciendo mi formato predilecto en este sentido: el batallador, el excesivo, el contrapunto a las miles de obras de signo contrario: no en vano, la estrategia de publicidad de El espejismo de Dios era una imagen de las Torres Gemelas bajo la que se leía: ¿te imaginas un mundo sin religión? Demagógico, sí, pero también honesto y valiente.)

Y es que Dennett ofrece información y poca opinión; sobre todo analiza y sopesa. Respeta la existencia de la religión (aunque sólo si es un asunto de conciencia o sacristía, no algo público o político). Construye argumentaciones extraordinarias, irrebatibles. Pero, como apunté antes, para un ateo se queda a medio camino: Dawkins, en ese sentido, dedica una parte de su El espejismo de Dios a explicar brillantemente por qué hay cosas que merecen respeto y cosas que no, y por qué la religión forma parte del segundo grupo. Dennett, sin embargo, no muerde apenas: tendrá más lectores, pero quizá esté dando pábulo a posturas inadmisibles por la razón y la lógica.

La parte más enjundiosa de la obra de Dennett es, sin duda, la dedicada a intentar demostrar que la gente con creencias religiosas las tienen por presión memética (por influencia cultural, por educación, por modas, lavado de cerebro de padres a hijos, etc.) y que en realidad no comprenden sus propias creencias, sólo simulan comprenderlas incluso frente a sí mismos. Y también cabe resaltar la tendencia estadounidense (de la que se hace eco Dennett) de llamar “bright” (brillante) al ateo, pues el ateísmo tiene connotaciones negativas incluso a nivel etimológico. Pero el término “bright” sólo se refiere a lo que en verdad busca el ateo: la claridad, la luz sobre las cosas que nos rodean, la comprensión, la defensa de la racionalidad escéptica y de la actitud crítica, incluso sobre las propias creencias. Los creyentes, por el contrario, prefieren por norma mantener oscuros los asuntos en torno a su propia creencia, sobre todo si estos asuntos pueden arrebatarles su fe (al igual que niños que se obstinan en dejar de creer en Santa Claus).

En definitiva, un libro bien razonado, lúcido, aunque con poco mordiente, poco agresivo con el lector medio. De obligada lectura en este tiempo convulso de neolaicos contra neocons, de creacionistas sobre darwinistas, de musulmanes contra cristianos. Un libro obligado, sobre todo, para los que leen la Biblia y llevan a la práctica sus preceptos morales. Un libro para pensar.

Editorial Katz, 2007
Serie Conocimiento
509 páginas

(Reto de leer 50 libros en un año)

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¿Dónde te gustaría vivir?

Posted by Sergio Parra Castillo on 19th Julio 2008

Siempre me han parecido un poco paródicos los arrebatos patrióticos de la gente. La gente que se enorgullece del lugar donde ha nacido me da un poco de miedo: ¿no es mucha casualidad que precisamente el lugar donde te han inscrito catastralmente sea el lugar que te gusta? Suena parecido a la gente que cree que su religión es la verdadera sólo porque… fue educado en esa religión. ¿Realmente han hecho un estudio comparativo profundo para estar tan seguros?

No es mi caso. Además de ateo anticlerical (o bright, como dicen ahora los yankies), repudio el terruño celtíbero y garbancero donde el azar me ha hecho nacer. Como enseguida se me calienta la boca, le pasaré el testigo a Josep Maria Espinàs, que escribió lo siguiente en El Periódico:

Mi amigo Patrick cogió un tren para ir de Múnich a Salzburgo. Todo iba perfectamente cuando el tren se detuvo. Las personas que se encontraban en el tercer vagón no tuvieron mucho tiempo para preocuparse. El maquinista se comunicó con los pasajeros de todo el tren por un altavoz. “Tenemos un problema que no es grave. El viento ha hecho que un árbol cayera sobre el último vagón. Procuraremos que el tiempo de espera sea mínimo”.
A partir de ese momento, el maquinista se dedicó a informar a sus clientes cada dos minutos. “Ya se ha avisado a una grúa para enderezar el árbol”. El lector recordará aquellos días en los que una gran tormenta se precipitó inesperadamente sobre Austria y Alemania. Al cabo de dos minutos, se oyó la voz de nuevo: “La grúa ya está viniendo”.
La voz siguió informando regularmente. “Entre tal estación y tal otra se ha cortado la circulación de trenes en dirección contraria para que venga otro tren a recogerles, señores pasajeros”. Efectivamente, no tardó mucho en comparecer un convoy vacío, que se paró paralelamente al accidentado. “Por favor, que todos los pasajeros vayan hacia el vagón número tres para pasar al tren que ha llegado”. Se había instalado rápidamente una pasarela metálica para que el traslado fuera más fácil. “El nuevo tren irá sin problemas a la velocidad adecuada para que ustedes puedan llegar a Salzburgo con un retraso aproximado de siete minutos. Disculpen las molestias y gracias por su colaboración”.
El hecho es absolutamente real, aunque para nosotros sea increíble.
Esto es la civilización, y yo soy partidario de esta civilidad. Como escritor, puede atraerme el exotismo de algunos paisajes, la simpatía de sus habitantes, la sugestión de sus costumbres, de su vestuario o de su cocina. Hace años fui a la India y a Nepal, y el recuerdo es imborrable. Pero, en la vida cotidiana, el pintoresquismo no me hace ninguna gracia. Cada vez admiro más a los países que funcionan. En los que los responsables de un servicio, privado o público, tienen la consciencia de ser realmente responsables. En los que hay capacidad de coordinar acciones. En los que se considera un deber o, más aún, un hecho natural, tener que informar a la gente.
Me doy cuenta de que mi interés por los países no mediterráneos es progresivo. Las formas de relación. La consciencia de que el otro existe. De que el ciudadano tiene derecho a que le comuniquen: “Dentro de dos minutos…”.

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#7 ‘Espuelas de papel’, de Olga Merino

Posted by Sergio Parra Castillo on 15th Julio 2008

(Publicado originalmente en PeB)

En los años cincuenta, Juana, andaluza de nacimiento, emigra con su familia a Barcelona huyendo de la pobreza. Entrará a servir en casa de Salud Monterde y sus hijas, enriquecidas por un turbio asunto y, a modo de Cenicienta moderna, acabará enamorándose de un anarquista perseguido, su único refugio en una vida sin ilusiones.

Pero en esta segunda novela de la barcelonesa Olga Merino, que se estrenó en 1999 con Cenizas rojas, el argumento poco importa. En realidad, Espuelas de papel constituye un retablo costumbrista de la España triste, oscura y vencida de la Guerra Civil. Un mosaico de escenas (hiladas entre sí con una fina hebra), descritas todas ellas con una prosa preñada de lírica. Espuelas de papel , de hecho, podría leerse como un largo poema interrumpido por esporádicos diálogos que recogen fielmente el habla popular de la época.

Así que no espere el lector encontrar aquí una historia con su planteamiento, nudo y desenlace bien definidos, tampoco grandes misterios o cabriolas argumentales, sino el amor a las palabras que profesa Olga Merino, una esteta especialista en recrear ambientes y sensaciones. La experiencia de leer Espuelas de papel se parece, de algún modo, a repasar la versión de posguerra dee los artículos de costumbres de Larra como si estos hubiesen sido construidos con una sucesión de ingeniosas greguerías.

Como muestra, un par de fragmentos:

 

El balcón del cuarto abocaba a la calle de Jesús del Gran Poder. El murmullo del agua al verterla sobre la jofaina de loza resbaló en el calor de la habitación, a resguardo de la resolana por un esterón de pleita. El capitán se miró en el espejo surcado por vetas de azogue cariado. Se pellizcó las mejillas con dedos gruesos, cortos, de falanges velludas. Eructó. Forzó una sonrisa de quijadas prietas y se husmeó en el hueco de las manos, que retenían el olor dulce y salado de una vagina. Se las lavó con desgana en el aguamanil.

 

 

Cuando llegan los meses de calor, la humedad enardece las emanaciones de la factoría y amortigua el ruido de las máquinas. El sudor acre y sexual de los obreros, las tufaradas de faria y genuino Floïd mentolado vigoroso, los efluvios comestibles de la seda, las vaharadas volcánicas de la plancha industrial y el olor mineral del lubricante se afilan y entremezclan hasta el aturdimiento.

 

Y es que la propia autora, en una entrevista, hacía hincapié acerca del cuidado formal de la novela:

 

He procurado recrear el lenguaje de mis familiares, oriundos de Osuna, de las faenas agrícolas que se van perdiendo. Me fascina el lenguaje. Además he tenido la suerte de que mi familia provenga de un medio rural. Desde pequeña he escuchado muchas palabras que ahora se están perdiendo. Me viene a la cabeza que, cuando era pequeña, a los diez años o así, pedí que los Reyes Magos me trajeran un diccionario.

 

Así pues, para quienes ya disfrutan de la prosa sinestésica de Olga Merino en El periódico, sirva este saludable ejercicio de memoria sobre los andaluces que emigraron a Barcelona durante la posguerra y sobre las injusticias cometidas por los vencedores en la administración del país. Una joya estilística que precisa de una lectura lenta y sosegada, no apta para consumidores compulsivos.

Editorial: Alfaguara, 2004
Páginas: 282

 (Reto de leer 50 libros al año)

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#6 ‘Happiness’, de Will Ferguson

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Julio 2008

(publicado originalmente en PeB)

Como respuesta a la avalancha de títulos de autoayuda, realización personal y coaching empresarial con ribetes new age (muchos de ellos superventas), Will Ferguson arremete con una satírica novela en cuyo epicentro gravita el mensaje (textualmente pronunciado por el protagonista):

 

La razón por la que tenemos tantos libros de autoayuda es que no sirven de nada.

 

Y es que Happiness no se queda en la mera sátira, también constituye un lúcido análisis sobre los mecanismos que nos conducen a la felicidad y sobre la inutilidad de su búsqueda; así pues, paradójicamente, Happiness podría ser catalogada como un excelente libro de autoayuda, un libro de autoayuda que deja al descubierto el truco: la infelicidad es el verdadero motor del mundo, así que no debemos cometer el error de erradicarla.

La historia comienza cuando Edwin de Valu, editor de éxito, encuentra entre un montón de borradores (impagable la escena de cómo se descartan los borradores que llegan a la editorial y se redactan las formales cartas de rechazo) un libro de autoayuda que verdaderamente funciona. Funciona hasta límites insospechados. Tanto es así que, al publicarse el libro, el mundo empieza a volverse insoportablemente feliz. Todos dejan el tabaco, el alcohol, sus trabajos asfixiantes… y se marchan a pescar, entre otras cosas.

El libro de autoayuda en cuestión se titula Lo que aprendí en la montaña, de un tal Tupak Soiree, del que poco se sabe, y poco a poco desencadenará el fin del mundo tal y como lo conocemos. Una vez alcanzada una estabilidad edénica, cuando la sociedad ya no esté interesada en rellenar sus orfandades escalando nuevas cumbres, la vida perderá todo sentido, tal y como refiere un fragmento de la novela:

 

¿Qué somos, Jack? ¿Quiénes somos? No somos nuestros cuerpos. No somos nuestras posesiones, ni nuestro dinero ni nuestra posición social. Somos nuestras personalidades. Nuestras flaquezas, nuestras manías, nuestras excentricidades, nuestras frustraciones y nuestras fobias. Si quitamos todo eso, ¿qué nos queda? Nada. Sólo caparazones humanos felices y estúpidos. Miradas vacías y expresiones insípidas, Jack (…) Pronto todo el mundo hablará igual, sonreirá igual, pensará igual. Las personalidades se diferencian cada día menos. Las personas están desapareciendo. Y usted es el culpable, Jack. Es un asesino.

 

Si Edwin de Valu no quiere ser responsable de la extinción de la humanidad, deberá localizar de nuevo a Tupak Soiree para que arregle el desaguisado: quizá escribiendo otro libro, esta vez totalmente opuesto: netamente pesimista.

La novela es muy entretenida, en el canadiense Ferguson oímos ecos del humor inglés de Tom Sharpe, y pese a avanzar principalmente con diálogos rápidos e ingeniosos (el propio autor admite que la novela surgió originalmente como un guión cinematográfico), también se disfrutan poéticas disquisiciones que demuestran el mejor pulso del autor. Disquisiciones, por cierto, en perfecta consonancia con lo último que sabemos acerca de los mecanismos de la felicidad: la felicidad en exceso es paralizante, pareja a la muerte, como puede comprobarse en experimentos con ratas que disponen de un pulsador para transmitirse, vía neuroquimica, un subidón de endorfinas. Al poco de que la rata descubre la felicidad sintética que le suministra el pulsador, comienza a perder el interés por efectuar otro tipo de tareas, incluso la de alimentarse para sobrevivir. La felicidad, pues, funciona como una droga potente, y sólo el acto de su búsqueda (que no su posesión absoluta) tiene verdadero sentido.

La conclusión que arroja Happiness, pues, es que debemos caminar cual funambulistas por la delgada línea que separa la felicidad paralizante de la depresión paralizante. Aunque aquí, en el final de Happiness, es cuando Will Ferguson se muestra más meándrico y soporífero, demasiado moralizador al estilo de los libros de autoayuda que critica. Con todo, un ligero traspiés para un libro brillante y muy, muy divertido.

Editorial: Emecé Editores, 2007
Colección: Booket
Páginas: 416

(Reto de leer 50 libros en 1 año)

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#5 ‘Nocilla Dream’, de Agustín Fernández Mallo

Posted by Sergio Parra Castillo on 11th Julio 2008

Bueno, por fin ha llegado a mis manos esta novela promocionada como un salto generacional en la literatura española. Nada más lejos de la verdad, como de costumbre. Es un lástima que las, cada vez más agresivas estrategias de márketing, intenten envolver una obra de un aura que, a poco que uno se zambulle en ella, descubre como de cartón piedra. Es una lástima porque ello hace perder la confianza en la editorial y, más importante todavía, en el autor.

Y es que el autor no es culpable de nada, hasta él mismo ha tratado de quitar hierro al asunto en numerosas enrevistas, rebajando el tono grandilocuente de su novela, de su sencillita novela, pues supongo que él también se olía que tanto y bombo platillo podría terminar por perjudicarle. La cuestión es que Nocilla Dream, primera parte de un tríptico que ya ha sido semicompletado por Nocilla Experience, no ha inventado la sopa de ajo; como dice David Torres, XXX Premio Tigre Juan y finalista del Nadal 2003, “la pretendida novedad de la propuesta de ‘Nocilla’ no es tal. Nuestra vanguardia literaria recuerda a una retaguardia”. No podría estar más de acuerdo.

Eso no significa que la novela sea mala, por supuesto. De hecho, es dinámica, imaginativa, diferente, con cierta influencia del mundo científico, y fácil de leer para esta nueva generación del ADSL: apenas se consume en lo que tarda en verse una película. El problema, quizá muy personal, es que no ha dejado poso en mí: he tardado tan poco en leerla como en olvidarla. Mala cosa.

Porque Nocilla Dream, también, es una conjunto de narraciones cortas y dispares, casi flashes, que no aspira a mucho más. Esto no es negativo. Lo negativo es las expectativas que le crea a uno tanto bombo y platillo. 

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