Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for the 'Cine' Category

Qué fuerte, Doc

Posted by Sergio Parra Castillo on 24th Enero 2008

Si hace un año decíamos por aquí lo que nos gustaría conducir un DeLorean como el que aparece en Regreso al futuro (condensador de fluzo, incluido), ahora ya hemos encontrado por dónde queremos conducirlo.

Nada mejor que hacerlo que por las localizaciones que representan Hill Valley (California) en la película:

La casa de Marty está en Roslyndale Ave.

La de Lorraine está en Bushnell Ave., Pasadena. El árbol donde George Mcfly ejercía labores de voyeur sigue también frente a la casa.

Para dar el salto al futuro: Griffith Park

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Abejaruco a Lince Ibérico

Posted by Sergio Parra Castillo on 10th Octubre 2007

Fragmento de la obra de teatro Alejandro y Ana, de la compañía Animalario, que presenta mordazmente la boda de la hija de José María Aznar.

Quizás sea la parte más divertida de la obra, que a veces tiene una extraña tendencia a irse por los cerros de Úbeda (mayormente poéticos). En líneas generales, sin embargo, la obra es muy recomendable.

Fragmento de la conversación de dos agentes de seguridad aquí.

Posted in General, Cine | 1 Comment »

Siempre quise (y quiero) un Delorean

Posted by Sergio Parra Castillo on 17th Enero 2007

Siempre soñé con conducir un Delorean. Sí, el coche customizado de Regreso al futuro. Siempre soñé con pasear con las fanfarrias de Alan Silvestri sonando a todo trapo en la radio. Y con el condensador de fluzo…. fluzeando. Y el indicador temporal señalando algún tiempo ignoto.

He descubierto que no estoy tan loco. Por ahí hay gente que ya ha cumplido su sueño, como atestigua este video casero. (Y hay muchos más).

Como el peculio no acompaña, tendré que conformarme con instalar este plug-in en el gran GTA para disfrutar de la conducción de la máquina del tiempo. ¡Qué fuerte, Doc!

Posted in General, Cine, Chascarrillos | 2 Comments »

Nos choteamos de Hitler

Posted by Sergio Parra Castillo on 6th Enero 2007

Siempre es bienvenida la noticia de alguien o algo que se ríe de lo que parece intocable, ridiculizándolo, reubicándolo en el justo lugar donde deben estar todas, absolutamente todas las cosas: a ras de suelo, lejos de altares, de genuflexiones versallescas, de protocolos, de persignaciones, de viriles antibalas con alarma de seguridad y de etiquetas con los precios hinchados por la especulación, el charm de pacotilla, la inercia y la moda.

(Recupero el aire).

Nada, absolutamente nada es tan importante para que se deba mantener a salvo de la burla y la ironía. Es más: todo cuanto se mantiene a salvo de ellas, adquiere un tono afectadamente solemne que deriva en la ausencia de autocrítica; la ausencia, en definitiva, de mejora. (De ahí que lo serio, normalmente, también sea erróneo o simplista: la religión es un buen paradigma).

Así pues, desde aquí se aplauden filmes catárticos, desdramatizadores como el que Dani Levy estrena en tierras teutonas: Mein Führer

La película de Levy muestra a un Hitler enfermo y hundido, incapaz de enfrentarse a las masas. A pocos días del año nuevo y con la guerra casi perdida, Goebbles pretende convencer al Führer para que enardezca los ánimos de la población con un nuevo discurso. Ante la apatía de Hitler, Goebbles se ve obligado a recurrir a su antiguo profesor de interpretación, un judío al que deben liberar junto a su familia del campo de concentración.

En el filme se pueden contemplar estampas memorables, como la que aparece Helge Scheider, que encarna a Hitler, perdiendo parte de su bigote a manos de su peluquera personal.

Un reparto de primera línea para una suerte de contrapelícula de El hundimiento, algo sorprendente en un país, el alemán, tan traumatizado con el holocausto (incluso está prohibida la comercialización del Mein Kampf). Sin ir más lejos, El hundimiento fue rechazada en firme por la mayoría de alemanes por retratar a un Hitler más humanizado. Y en Berlín, durante el rodaje de Mein Führer, algunos transeuntes debían someterse a ayuda psicológica tras presenciar imágenes del rodaje, donde se recreaban desfiles multitudinarios bajo la bandera nazi.

Veremos qué impacto causa en la gran pantalla. Tal vez, algún día, se puedan desternillar o criticar ácidamente a su dictador al igual que nosotros lo hacemos de nuestro caudillo por la gracia de Dios.

Por cada carcajada, estamos convencidos, la sombra de Hitler será un poco menos alargada; y quedará al nivel donde todas las cosas deben estar: a ras de suelo.

Viva el Witzelsucht, la enfermedad que nos hace ser jocosos con todo.

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Superhéroes (más) cotidianos

Posted by Sergio Parra Castillo on 15th Diciembre 2006

De pequeño quería ser Supermán. Lo que más deseaba en el mundo era volar y llevar la ropa interior por fuera. Y salvar a la gente. Bueno, siendo justos, imagino que mi verdadera motivación sería revelarme como alguien especial, ya fuera para suscitar la envidia de mis allegados o la fascinación de mi amor platónico.

Cuando nos hacemos mayores, enmascaramos ese deseo por sobresaltar mediante ardides menos llamativos: nos convertimos en artistas, millonarios, futbolistas o políticos, por ejemplo. Porque ésos son los verdaderos superhéroes: individuos que aprovechan sus habilidades para escalar socialmente (por supuesto, esto sólo es una tendencia inconsciente).

Pero aparco para otro día las sutilezas del altruismo, el egoísmo y el estatus, procelosos asuntos que requerirían un post aparte. Hoy me quiero centrar en la ingenuidad que destilan los superhéroes de ficción, los de portada de comic, los que llevan mallas.

Curiosamente, la mayoría de géneros de ficción basculan entre lo infantil y lo adulto, entre el encefalograma más plano y el infinitamente aserrado. Existen, por tanto, historias de amor tontas y predecibles, pero también las hay inteligentes y preñadas de matices. Lo mismo sucede con las historias de gangsters. Con las comedias. O, incluso, con las de naves espaciales surcando el espacio (sin hacer chiu chiu al disparar sus láser).

Con las historias protagonizadas por superhéroes, a mi juicio, no ocurre lo mismo. El fiel de la balanza se inclina indefectiblemente hacia la ramplonería y la lisura psicológica, cuando no hacia la simple tomadura de pelo.

Supongo que es un problema endémico en todas las narraciones que cuentan con elementos sobrenaturales o prodigiosos en su trama. La mayoría de las reacciones de los personajes de las películas de terror, por ejemplo, se nos antojan ridículas a poco que reflexionemos sobre ellas. Los fantasmas se comunican con sus seres queridos mediante susurros inquietantes, y ninguno de ellos se caracteriza por su claridad expositiva. Dan miedo, sí, bien que para ello nos vemos obligados a suspender nuestra incredulidad hasta niveles que rozan la oligofrenia.

No obstante, las historias de superhéroes no logran salir nunca del fango simbólico y cándido en el que fueron fraguados, condenadas normalmente a ser consumidas por nerds con acné y otros personajes disfuncionales e insulares. O gente que que no piensa, simplemente (a veces yo logro hacerlo, por lo tanto también las consigo disfrutar). Afortunadamente, en esta última década, parece que la cosa está cambiando, aunque aún quede un largo trecho por recorrer.

Taquillazos como X-men, Spiderman, Batman (la de Christopher Nolan, por supuesto) o Superman Returns intentan presentarnos unos personajes con más facetas en su personalidad (aparte del afán desmedido por matar malos). Son buenos intentos, engarzados con el aforismo barato de “un gran poder entraña una gran responsabilidad“, pero, por lo común, vuelven a atascarse en las mismas inconsistencias. ¿Quién se traga que un millonario que ha perdido sus padres a mano de un rufián catalice su tormento con látex negro y gadgets inverosímiles? Un servidor, al menos, no se fiaría de un tipo así. Pero más aún deberíamos reprocharle al blandengue de Supermán en su último filme. ¿Qué diablos pretende un extraterrestre salvando de sus desdichas ínfimas a cuatro, cinco o veinte norteamericanos por día? ¿Este fantoche ignora lo que supone que seamos seis mil millones de habitantes? ¿Conoce cuánta gente muere por segundo? ¿Ha visitado algun país del tercer mundo, como el Chad, para hacer algo por él? No, Supermán prefiere evitar el descarrilamiento de un tren. Porque Supermán no presta su ayuda en realidad, no se implica como debería: no es más que una noticia maniquea y en la sección de sucesos de un periódico sensacionalista.

(Aún recuerdo mi profunda indignación en el cine cuando Lois Lane tiene un hijo de este extraterrestre impresentable. Sin problemas de incompatibilidad genética, por supuesto. Supermán quiere ser papá, y su hijo habrá heredado sus poderes. Pero Supermán no donará su semen para que nazca un equipo de superhombres que ayuden de verdad al mundo. Ni tampodo se dejará someter a experimentos científicos que determinen la causa de sus poderes, pues Supermán no está interesado en las implicaciones que ello supondría: cura de enfermedades, la evolución de la humanidad, mayores conocimientos…).

A otro nivel muy superior se encuentra, por ejemplo, el filme El Protegido, de M. Night Shyamalan. Un comic de superhéroes narrado con un tempo lánguido, casi morfínico, donde se da prioridad a la psicología de los personajes en detrimento de la pirotecnia al uso. El salto fue importante, a pesar de algunas carencias, pues, al menos, ya no nos trataban como a idiotas. De hecho, a raíz de esta película tan injustamente denostrada por crítica y público, un servidor recondujo la visión de muchas de las historias que escribía. Frío y Jitanjáfora son buena muestra de ello. La primera, ciencia ficción disfrazada de novela rosa. La saegunda, hechiceros laicos que no creen en la magia sobrenatural sino en la real, en la cotidiana, mucho más fascinante, amén de creíble.

En esta línea, el siguiente paso evolutivo lo ha dado Tim Kring con su excepcional serie Heroes, que actualmente emite la cadena estadounidense NBC. Una mezcla de la primera parte de X-men y la patina de realismo y profundidad de El protegido, sazonado todo ello con los cliffhangers de Perdidos o Prison Break. (La serie puede descargarse en inglés con subtítulos en la mayoría de redes p2p). Personajes como el de Hiro Nakamura o Peter Petrelli nos resultan ciertamente próximos, no nos cuesta ningún esfuerzo identificarnos con sus reacciones ante el descubrimiento de sus superpoderes.

Los pasos, pues, parecen dirigirse hacia una normalización del género de los superhombres, que quizá culminará en la creación de historias tan maduras como puedan serlo otras. Historias sin acción, quizá. Y sin disfraces, ¡ojalá! Y sin mensajes mesiánicos. Historias mínimas. Y, si requieren cierta grandilocuencia, que ésta se produzca arrostrando todos los riesgos: nada de provincianismos, nada de síndromes de Frankenstein, nada de anumerismos, nada de saltarse a la torera la verosimilitud en aras de un mayor efectismo. Crear un superhéroe con capa y reflejos horteras no tiene ya ningún mérito. Crearlo con corbata, sida, feo o bajo los preceptos de una moral ambivalente, es decir, con problemas reales y humanos, sí, lo tiene, y mucho.

Por el momento, quiero aportar mi granito de arena al siguiente paso en este género tan desprestigiado por el establishment (con razón) con una noticia que hoy ha saltado a la prensa, aunque no sea nada nuevo, en realidad.

Un equipo científico internacional liderado por la Universidad de Cambridge (Reino Unido) han estudiado el caso de un niño que ha nacido inmune al dolor a fin de inspirar la búsqueda de futuros analgésicos. El niño se ganaba la vida como artista callejero en el norte de Pakistán, caminando sobre brasas y clavándose cuchillos en los brazos. Tenía una inteligencia, una salud y un crecimiento totalmente normales, hasata percibía correctamente el frío, el calor, el cosquilleo o la presión sobre la piel. Lo único que no sentía era el dolor, aunque sí era capaz de reconocer algunas de las acciones que debían de ser dolorosas y se retorcía teatralmente cuando, por ejemplo, sufría una entrada jugando al fútbol. Sin embargo, sufría pequeñas lesiones en los labios y la lengua debido a las modeduras fortuitas, y también pequeños moratones y cortes de resultas de su insensibilidad. La razón de esta habilidad nace de una rara alteración genética, una serie de mutaciones en un gen necesario para el buen funcionamiento de las neuronas especializadas en la percepción del dolor: tenía alterado el gen SCN9A, que produce una proteína de la membrana de las neuronas imprescindible para transmitir el impulso nervioso desde el punto donde se crea el dolor hasta el cerebro.

La mutación recuerda a la que padece Claire Bennet, la cheerleader cuyas heridas se regeneran en Heroes. Sin embargo, a diferencia de ésta, la presente es real, tiene implicaciones insospechadas en la vida del que la sufre, se derivan de ella avances científicos de gran calado, no convierte al protagonista en salvador sino en víctima, de hecho, no se considera que goce de algún tipo de habilidad sino de una tara.

También leo que los investigadores, tras ponerse en contacto con los padres del niño que no conocía el dolor, identificaron a otras tres familias, todas emparentadas, en las que otros seis menores eran insensibles al dolor.

¿Para cuándo una historia que se acerque más a esto? Aguardaremos con esperanza una Heroes 2.0.

Otrosí: puestos a buscar personajes para esta nueva versión de la serie, propongo otros, aparte del que habría de sustituir a la cheerleader.

Nathan, el personaje que puede volar, quizá debería parecerse más al protagonista de Mr. Vértigo, de Paul Auster.

Niki, alguien que sufriera doble personalidad. (o más de una, porque hay casos en los que los enfermos tienen hasta 8 personajes en el interior de su cabeza: como una delincuente que tuvo que comparecer ante un tribunal norteamericano y los abogados se vieron en la tesitura de interrogar a las 8 personalidades, una a una).

Cualquier idiot savant, como el personaje de Rain Man, podría encarnar a la camarera que es capaz de aprender cualquier cosa con suma facilidad.

Si leemos a Oliver Sacks descubriremos que están documentadas enfermedades neurológicas que provocan al afectado que contemple la realidad en una serie de instantáneas (el agua que brota de un grifo como una estalagtita, por ejemplo), así pues también hemos encontrado a Hiro Nakamura y su habilidad para detener el tiempo.

¿Alguien propone otra?

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El neng existe. Y es peor.

Posted by Sergio Parra Castillo on 6th Octubre 2006

Pues eso, lo que siempre se dice: que la realidad supera la ficción.

El bueno de Bigas Luna se ha embarcado en su última película en la peliaguda misión de radiografiar los muchachos y muchachas del extrarradio de las ciudades: los llamados cholos, bakalas, neng´s. El que siempre ha sido un icono para onanistas irredentos (Las edades de Lulú, Huevos de oro, Jamón, jamón) define a la protagonista del filme de marras, Yo soy la Juani, así: Es la hija del brutalismo ibérico y del glamour de periferia, y es lo más.

Sí, sí, preciosa definición. Sobre todo cuando los decibelios superlativos de sus coches tuning y sus motocicletas trucadas te trepanan los tímpanos.

Verónica Echegui, la señorita que encarna a la tal Juani, en el casting de la película respondió así a la pregunta de qué hacía los sábados: Ayudo a mi madre, que la abuela está muy mal y se hace las necesidades encima, así ella sale y yo le leo el periódico, le cuento cosas, y cuando vuelve mi madre, me maquillo, me pongo minifalda y salgo a follar, que es lo que más me gusta.

¡VIVA ESPAÑA! Oee oe oe oee

Otrosí fascistoide surgido del hartazgo: cuánto me recofilaría el contemplar cómo todos los vehículos censados en el estado español que luciesen una de esas pegatinas del toro bravo de Osborne en su chasis deflagrasen en este mismo instante. Bailaríamos alrededor de las llamas y entonaríamos algún canto bantú.

Perdón.

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Lost Park, la fusión

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Septiembre 2006

Desde aquí nos declaramos fans acérrimos de dos series totalmente distintas.

Por un lado, Perdidos, la serie con más cliffhangers que un servidor conoce (exceptuando la otra creación del señor JJ Abrams, Alias, también altamente recomendable recomendable). Quizá los guionistas nunca sepan desentrañar el nudo inextricable en el que se ha convertido la trama, cuya única aspiración ya parece ser epatar y enganchar al público. Es posible. Pero, aún así, no recuerdo haber permanecido toda una noche viendo espisodios de la susodicha, dando saltos de emoción en el sofá: ¿qué esconde la escotilla? ¿Qué son los números? ¿Qué arcanos objetivos busca Dharma? ¿Quién es el millonario filántropo Alvar Hanso? Hemos reído, hemos llorado, nos hemos quedado patidifusos ante las continuas vueltas de tuerca (que no tienen nada que envidiar a las del señor M Night Shyamalan). Con eso tengo más que suficiente, ya me ha dado mucho más que cualquier película de los últimos años. Personalmente, espero con ansia y reverencia la tercera temporada, que según lo previsto se estrenará en EEUU dentro de un par de semanas. Descorcharé las palomitas y disfrutaré, estoy seguro.

La otra serie que viene a colación es una de las más ácidas, divertidas, irreverentes y, a su vez, filosóficamente impecable serie de animación de los últimos tiempos (con permiso de Futurama, Padre de familia y Padre made in Usa): South Park. Parece que, como el vino, temporada tras temporada se superan. En un episodio pueden tratar la pederastía, en el otro, la creencia en Dios, y en el siguiente, un anílisis concienzudo de las flatulencias. Todo entra en la coctelera. Y el resultado, cuando menos, siempre produce carcajadas, amén de algún que otra reflexión profunda. Ah, y no olvidemos a Cartman, uno de los personajes más destroyers de la historia de la televisión, en la línea de Stewie, Bender o el señor Burns.

Así que no por más que rendirme a la siguiente hibridación entre los personajes de Perdidos y los de South Park. ¡Qué grande!

La imágen de marras.

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El hombre que se quiso matar

Posted by Sergio Parra Castillo on 5th Marzo 2006

Pues hoy hemos visto una adaptación de una obra de Wenceslao Fernández Flórez adaptada al cine por Rafael Gil: El hombre que se quiso matar, comedia protagonizada por Tony Leblanc en 1970.

Sí, tengo presente que el filme de marras es la típica cutrez celtíbera, la típica película que se presentaría en Cine de Barrio. Pero, aparte de que el cine cañí me fascina, El hombre que se quiso matar cuenta con algunas secuencias memorables. Como la que, a continuación, transcribo.

Nos situamos: El protagonista, un taciturno profesor de Latín, es el típico paria, del que todo el mundo abusa, que, además, pierde su trabajo, no encuentra el amor y apenas tiene ya dinero para sobrevivir. Al final, desesperado, decide suicidarse. Pero, haciendo gala de su torpeza endémica, no lo consigue. Será una hippie de ideas irreverentes la que le animará a suicidarse de nuevo de una forma más efectiva… pero antes le descubre que podría vivir 3 o 4 días más en este mundo y desquitarse de todos los agravios sufridos. Después de todo, ya nada tiene que perder y lo peor que le puede pasar es que… le maten. La mañana que se decide a exprimir lo que le queda de existencia, tiene una conferencia en la facultad donde imparte clases. Se levanta ante un auditorio adormilado. Y dice lo siguiente:

La vida es completamente estúpida. El mundo carece de razón y de sentido. Esta Tierra en la que vivimos es una gigantesca mentira. Una bola inmensa de más de un millón de kilómetros cúbicos. Sin embargo, ¿por qué seguimos aquí? ¿Por qué nos resistimos imbécilmente a abandonar esta vida imbécil? Unos porque tienen dinero que les proporciona placeres. Otros porque tienen amor que les proporciona una lírica exaltación.Otros porque detentan el poder, y eso satisface su vanidad. Y todos, en general, por miedo al angustioso trance de morir sin caer en la cuenta de que están inexorablemente condenados a muerte, y no logran convencerse de la sabiduría popular que encierra el dicho de los malos tragos pasarlos pronto. Yo carezco de todas esas cosas que atan a la vida. No tengo dinero, nadie me quiere, el poder es algo inasequible para mí. En cuanto al miedo, lo he superado. Por eso he decidido matarme. Puedo afirmarlo públicamente porque estoy seguro de que lo voy a hacer. Incluso he efectuado algunos ensayos, no demasiado afortunados, debo reconocerlo. Me preguntaréis que por qué lo anuncio. Pues por lo mismo que se anuncia la boda de cualquier pareja de imbéciles. O el nacimiento de un niño meorro. O la marcha de veraneo a Benidorm de una familia agobiante. Por otra parte, desde que he tomado esta decisión irrevocable se han venido a tierra los palos del sombrajo del convencionalismo y noto que por primera vez en mi vida puedo disponer verdaderamente de mi voluntad y hacer lo que me dé la gana. Un lujo que ninguno de vosotros, ni siquiera el señor Argüelles, ha podido permitirse nunca. También me preguntaréis por qué demoro mi propósito y no lo cumplo inmediatamente. Tengo una razón. El próximo viernes se celebra en televisión la final de Las diez de últimas. Uno de los concursantes es mi anciano profesor de Latín, don Silvestre Menéndez, sobre el tema El imperio Romano. Y quiero ver si gana un millón el pobrecito, que a sus 98 años ya sería hora de queganara algo. Es un capricho sentimental, y ahora estoy dispuesto a darme todos los caprichos. Por eso no quiero privarme de deciros lo ridículo que os encuentro. Si lograra expresarlo plenamente, enfermaríais de risa. En fin, no tengo más que decir. Y si lo tengo, no me da la gana decirlo. Gentes que me escucháis. Este hombre joven y completamente sano que está ante vosotros va a morir por su propia voluntad dentro de cuatro días y medio. Dentro de cuarenta, o de 400, o de cuatro mil, o aunque sean algunos más, vosotros moriréis también pero a regañadientes. Entre tanto, podéis iros todos a hacer puñetas.

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