Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for the 'e-lucubraciones' Category

Reflexiones personales sobre variopintos asuntos.

La castración del copyright

Posted by Sergio Parra Castillo on 21st Julio 2008

(publicado originalmente en Fantasymundo).

Deseo usar este púlpito público para declarar oficialmente que voy a practicarme la Operación que ofrecen los centros de Tiflofilosofía. Voy a ser ciego por conciencia.

Para quien desconozca las interioridades de un centro de Tiflofilosofía, le pondré en atecedentes. Suelen ser edificios blancos como el alabastro, adscritos a las últimas tendencias en arquitectura y urbanismo. Pero lo verdaderamente relevante de los centros de Tiflofilosofía son los acólitos que acoge. En concreto, las ideas que estos acólitos esgrimen. Las ideas que giran en torno al siguiente axioma: no vale la pena ver las cosas que no existe libertad para ver las cosas que nos apetezcan.

Los martes y los jueves ofrecen conferencias y charlas en sus salas de actos, en las que tiflofilósofos, abogados especializados en derechos de autor, copyfighters y abanderados del copyfree abren los ojos a más y más personas, paradójicamente cerrándoles los ojos, inutilizándoles la visión mediante una operación quirúrgica gratuita. Porque las ideas no tienen precio. Porque la curiosidad y el ansia de conocimiento no debe tener repercusiones legales. Porque lobbys económicos no deberían estar legitimados para limitar y encauzar la creatividad y el enriquecimiento cultural a fin de que cuadren sus cuentas a final de mes.

Por eso prefiero ser un ciego voluntario. Un tiflo. Arremetiendo contra lo impuesto mutilando lo propio. Una forma de vencer lo invencible es vencerse a uno mismo, seguramente dijo algún filósofo, si el derecho de cita me permite escribirlo aquí (pronto también tendré que pedir permiso al autor para escribir su frase, y abonarle los royalties que el considere oportunos). Los tiflos, para reconocerse entre sí, se parapetan en gafas oscuras, como los ciegos; también como los héroes de muchas de las producciones de las majors hollywoodienses. (Pronto, también, deberemos abonar un canon por adscribirnos a este modelo estético que seguramente no tardarán confinar en el baúl de la propiedad intelectual). Somos como los antiguos piratas (o los más contemporáneos piratas informáticos) pero con dos parches en vez de uno. A las entidades de gestión se les va a acabar el chollo, esos leviatanes cegados por la avaricia y el control.

Estos castradores culturales no se dan cuenta de que todo es una macedonia de todo. Que la mutación, el plagio, la retroalimentación y la sinergia son factores coadyuvantes para el progreso de la cultura, la creatividad y el arte. En un mundo donde la copia puede ser a bajo coste, la figura de la usurpación intelectual pierde sentido: si ofrecemos el fuego de nuestra vela para encender otra vela, no perdemos el fuego de nuestra vela sino que tenemos dos velas encendidas, la propia y la ajena. De los cruzamientos nacen nuevas cosas, del mestizaje, del batiburrillo, del caos. El pedigrí nos debería levantar ampollas. Yo no quiero pedigrí. Quiero perros verdes, azules y amarillos. No quiero celibato monacal, sangre azul aristocrática, estéril, endogámica, sin visos de futuro. No quiero depurar nada, ni quiero eugenesia ni mordazas. Quiero ver de todo cuando yo quiera, porque, por primera vez en la historia, ahora podemos hacerlo fácilmente, sin intermediarios, sin altos costes de reproducción y exhibición. El modelo de negocio ha cambiado tal y como cambió en el pasado cuando se inventó la nevera, desplazando el trabajo de los que iban en busca de bloques de hielo a la cima de una montaña. La compra de una nevera no debería implicar el pago de un canon para subsanar la incapacidad del buscador de hielo en buscarse otro medio de subsistir.

Ser ciego, practicarme la esta ceguera cortical, es mi forma de resistir al control y privatización de la cultura, y al obsceno afán recaudatorio de miles de hombres de las cavernas. Dejaré de ser un consumidor potencial al que le pueden meter cualquier cosa en la cabeza (por los ojos) y encima debe de estar agradecido aflojando la mosca.

Como ya no tengo miedo de las represalias (estar a punto de ser ciego tiene sus ventajas), paso a transcribir un fragmento de unas de las conferencias celebradas en un centro de Tiflofilosofía cualquiera:

Los doujinshi son comics, pero una copia de un comic original en la que el artista debe contribuir de algún modo, transformándolo de manera sutil o significativa. Una trama diferente, por ejemplo. O un final diferente. O puede que el personaje principal posea un aspecto ligeramente distinto. ¿Parece que haya un vacío legal en Japón? Puede. Sin embargo, considero que el mercado del manga se muestra indulgente con estas supuestas violaciones del copyright porque provocan que el mercado del manga sea más rico y productivo en todos los sentidos. Ya saben, el lema de Apple: rip, mix and burn. Tomar la creatividad de la cultura que nos rodea, mezclar esa creatividad con el talante del propio artista y luego copiar esa nueva creación, como hicieron casi siempre las grandes empresas de entretenimiento como Disney absorbiendo cuentos populares. O como hacen los científicos que se basan en las teorías de otros científicos sin pedir permiso. O como hacen compañías de teatro que crean adaptaciones de las obras de Shakespeare, difundiéndolas, promocionándolas, adaptándolas a las nuevas realidades. Porque como decía Thomas Jefferson: quien recibe una idea de mí, recibe instrucción sin disminuir la mía, igual que quien enciende su vela con la mía recibe luz sin que yo quede a oscuras.

Quede este artículo como muestra última de mi anhelo de ser escritor. Un sueño ingenuo, a tenor de cómo está el patio. No podré escribir más porque tampoco podré ver más. Ser ciego, ser tiflo, es una victoria pírrica. Pero al menos es algún tipo de victoria. Sin ojos no podré escribir, pero tampoco necesitaré tomar fotografías y, en consecuencia, pedir permisos o remunerar al pintor de la fachada de aquel edificio, al constructor del mismo, al arquitecto, al diseñador del adoquinado del suelo, a los persianistas de los comercios colindantes, a los mismos comercios, incluso a la productora de Hollywood que ha colgado el afiche o el anuncio mural de su próximo estreno cinematográfico justo por allí, por donde me apetecía tomar una fotografía.

Prefiero ser ciego ahora, antes de que ya no exista recurso legal alguno para combatir este control desproporcionado sobre la publicación de contenidos. Sobre la libertad.

Si algún día se descubre una forma prácticamente gratuita de producir alimentos, ¿entonces nos sentiremos obligados a dejar de comer como forma de protesta ante la segura respuesta castradora por parte de la industria de la alimentación? Seguramente.

Y siendo ciego, quién sabe, quizá acabe apreciando otro tipo de arte, otro tipo de cultura. Ese arte ajeno a las corrientes comerciales, al copyright, a la impostura, al artificio, a la grandilocuencia, a los ensalzamientos propagandísticos. No me refiero al arte underground sino a uno que nos rodea pero que los rutilantes escaparates del arte mercable no nos permite distinguir. Me refiero al arte que requiere un esfuerzo de búsqueda para encontrarse. Una búsqueda tan ardua como la de hallar una metáfora en un prospecto médico o un pentagrama en un código de barras. Si la búsqueda empieza por las librerías convencionales, los quioscos, las bibliotecas o las tiendas de discos, mejor ni empezar. No se halla fácilmente ni siquiera en la Red. Ni ningún filósofo o estudioso puede decirte algo al respecto de este tipo de arte evanescente. Estas obras de arte son extremadamente esquivas. Las hallarás en una librería de viejo, tal vez, o en una trapería entremetida en la alineación de las fachadas como una ilusión óptica. En bibliotecas quiméricas, que ni la gente frecuenta ni la Administración subvenciona. Los libros, en ocasiones, ni siquiera estarán plasmados en cuartillas en blanco. Las pinturas, tampoco en lienzos. Y la música de ningún modo estará registrada en vinilos, y menos aún en compactos. Nadie lo edita, nadie lo promociona, nadie lo expone, nadie lo distribuye. Es cultura tan secreta como la de los duendes. Para ver estas obras de arte se requiere tesón. O, a lo mejor, por casualidad, algún día puedes tropezarte con un verso huérfano en la servilleta de papel de una cafetería, o un bosquejo en alguna pared tapiada, o con un eco de una tonada melancólica en un zaguán, o con una bella forma de barro en un alcorque, o con las joyas en forma de lentejuelas de rocío derramadas sobre el césped, o con el ritmo sincopado de las pisadas sobre un parquecillo alfombrado de hojarasca crujiente.

Yo ya me he decidido. ¿A qué esperas tú?

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¿Dónde te gustaría vivir?

Posted by Sergio Parra Castillo on 19th Julio 2008

Siempre me han parecido un poco paródicos los arrebatos patrióticos de la gente. La gente que se enorgullece del lugar donde ha nacido me da un poco de miedo: ¿no es mucha casualidad que precisamente el lugar donde te han inscrito catastralmente sea el lugar que te gusta? Suena parecido a la gente que cree que su religión es la verdadera sólo porque… fue educado en esa religión. ¿Realmente han hecho un estudio comparativo profundo para estar tan seguros?

No es mi caso. Además de ateo anticlerical (o bright, como dicen ahora los yankies), repudio el terruño celtíbero y garbancero donde el azar me ha hecho nacer. Como enseguida se me calienta la boca, le pasaré el testigo a Josep Maria Espinàs, que escribió lo siguiente en El Periódico:

Mi amigo Patrick cogió un tren para ir de Múnich a Salzburgo. Todo iba perfectamente cuando el tren se detuvo. Las personas que se encontraban en el tercer vagón no tuvieron mucho tiempo para preocuparse. El maquinista se comunicó con los pasajeros de todo el tren por un altavoz. “Tenemos un problema que no es grave. El viento ha hecho que un árbol cayera sobre el último vagón. Procuraremos que el tiempo de espera sea mínimo”.
A partir de ese momento, el maquinista se dedicó a informar a sus clientes cada dos minutos. “Ya se ha avisado a una grúa para enderezar el árbol”. El lector recordará aquellos días en los que una gran tormenta se precipitó inesperadamente sobre Austria y Alemania. Al cabo de dos minutos, se oyó la voz de nuevo: “La grúa ya está viniendo”.
La voz siguió informando regularmente. “Entre tal estación y tal otra se ha cortado la circulación de trenes en dirección contraria para que venga otro tren a recogerles, señores pasajeros”. Efectivamente, no tardó mucho en comparecer un convoy vacío, que se paró paralelamente al accidentado. “Por favor, que todos los pasajeros vayan hacia el vagón número tres para pasar al tren que ha llegado”. Se había instalado rápidamente una pasarela metálica para que el traslado fuera más fácil. “El nuevo tren irá sin problemas a la velocidad adecuada para que ustedes puedan llegar a Salzburgo con un retraso aproximado de siete minutos. Disculpen las molestias y gracias por su colaboración”.
El hecho es absolutamente real, aunque para nosotros sea increíble.
Esto es la civilización, y yo soy partidario de esta civilidad. Como escritor, puede atraerme el exotismo de algunos paisajes, la simpatía de sus habitantes, la sugestión de sus costumbres, de su vestuario o de su cocina. Hace años fui a la India y a Nepal, y el recuerdo es imborrable. Pero, en la vida cotidiana, el pintoresquismo no me hace ninguna gracia. Cada vez admiro más a los países que funcionan. En los que los responsables de un servicio, privado o público, tienen la consciencia de ser realmente responsables. En los que hay capacidad de coordinar acciones. En los que se considera un deber o, más aún, un hecho natural, tener que informar a la gente.
Me doy cuenta de que mi interés por los países no mediterráneos es progresivo. Las formas de relación. La consciencia de que el otro existe. De que el ciudadano tiene derecho a que le comuniquen: “Dentro de dos minutos…”.

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Eurocopa de mis amores, no me toques los cojones

Posted by Sergio Parra Castillo on 2nd Julio 2008

Como a uno le cuesta ser imparcial con el asunto del fútbol: no lo entiendo, me aburre, considero a los forofos algo así como versiones spanish-bizarro de primates (y los no-primates que simplemente disfrutan con este deporte que no sientan vergüenza propia y ajena por hacerlo también entran de carambola en la categoría), me asquea el tiempo y la atención prestada a una especie de nueva aristocracia de perseguidores de pelotas, me parece aberrante que este lunes no existieran noticias en la televisión porque la llegada de los gladiadores a la ciudad monopolizara toda la programación… Como me cuesta, ya digo, aguantarme los exabruptos y mantener el arma con el seguro puesto, prefiero ceder el testigo al muy estimable Juli Capella, mucho más ponderado y razonable que un servidor, con el fragmento de una columna aparecida en la edición de hoy de El periódico:

Siento no trempar con el éxito de la selección española de fútbol. Tampoco me excito cuando gana el Barça. Lamento no sentirme aludido por los gritos de “hemos ganado”, ni compartir la expresión “un triunfo de toda España”. Para mí, unos cuantos futbolistas nacidos en España han metido más goles que otros futbolistas, nacidos en otros países. Me parece muy bien y les felicito. El partido fue estupendo, vale. Pero ni me siento especialmente contento, ni tengo la sensación de haber vivido ningún “apoteósico éxito nacional” de los “héroes de España”, como insisten en bombardearnos todos los medios. ¿Es que hemos inventado la penicilina? Tampoco entiendo la euforia colectiva de que seamos campeones. Campeones lo serán ellos, los que jugaron: yo no hice nada desde el sillón de casa y no merezco sentirme orgulloso. Me parece muy exagerada la escenificación de patriotismo obligado de estos días. Y muy mezquina la utilización por parte de los políticos del festejo.
Reconozco cuán listas han sido las empresas que han aprovechado el impulso gregario para vender su españolidad envasada en latas de cerveza. Se van a forrar, y Zapatero volverá a ganar las elecciones, como si ambos triunfos se interconectasen. Tampoco me gustó la posterior celebración de los iracundos, ni ver a los hinchas descamisados y pintarrajeados como los sioux en son de guerra.

Y no, no se trata de no ser un snob o un pedante elitista que sólo consume a los clásicos de la música y la literatura. Se trata de no ser un completo gilipollas.
 

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Eureka(s)

Posted by Sergio Parra Castillo on 25th Junio 2008

(Publicado originalmente en Fantasymundo). 

Si se descubriera que existen más autores brillantes de los que creemos, ¿seguiríamos adorando a los autores brillantes? Margaret Atwood dice: Interesarse por un escritor porque nos gusta su libro es como interesarse por los patos porque nos gusta el foie.

Que no se engañe nadie: existen miles de Shakespeare, miles de Cervantes, miles de Stephen King. Y quizás afirmando algo así estoy entrando en terreno peligroso. Porque seguramente nadie pueda estar de acuerdo con tal afirmación: que la genialidad no es algo tan único y escaso como percibimos.

Estoy hablando de que no existen autores magníficos. Más aún: que las obras ni siquiera tienen autor (con todo lo que eso supone para el espinoso asunto de los derechos de autor, tan en vigor hoy en día con el nuevo canon que grava determinados soportes electrónicos).

Pero al menos intentaré demostrar que mi teoría no es baladí, que al menos puede discutirse hasta cierto nivel. Tal vez no tenga razón (suelo no tenerla), pero muchas veces cuestionar lo incuestionable permite descubrir argumentos e ideas que de otra forma difícilmente hubieran salido a la luz. (Los refractarios a cualquier influencia que no esté en sintonía con sus ideas deberían abandonar esta lectura de inmediato).

Vayamos a ello. Parto de la base de que los avances tecnológicos e incluso ideológicos no provienen de mentes escogidas y raras, tocadas por la genialidad o la locura, sino de contextos socioculturales en los que todos, como una mente colmena, participamos de manera inconsciente hasta que uno de nosotros, por casualidad, respaldo social y mediático o por receptividad general cristaliza dicha innovación tecnológica o ideológica. Así pues, ningún libro estaría escrito de forma individual sino de manera colectiva. En las sociedades recelosas del cambio o de las ideas nuevas, por ejemplo, sería más difícil que naciera en la mente de alguien una noción filosófica revolucionaria, por decir algo. Esta también es la razón de que históricamente la tecnología haya evolucionado a ritmos diferentes en continentes distintos. No porque haya más genios per se en unos continentes que en otros sino porque determinadas condiciones permiten que existan más genios.

El fonógrafo inventado por Thomas Edison es un ejemplo paradigmático de esta idea. Tal y como refiere el libro Armas, gérmenes y acero, de Diamond: “Cuando Edison construyó su primer fonógrafo en 1977, publicó un artículo en el que proponía diez usos a los que podía aplicarse su invento. Entre estos figuraban la conservación de las últimas palabras de personas en trance de morir, la grabación de lecturas de libros para que las oyeran personas ciegas, el dar las horas y el enseñar ortografía. La reproducción de música no figuraba entre las aplicaciones de la lista de Edison. Algunos años más tarde Edison dijo a su ayudante que su invento carecía de valor comercial. Unos años después cambió de opinión y se dedicó al negocio de la venta de fonógrafos, pero solo para utilizarlos como dictáfonos en oficinas. Cuando otros hombres de negocios adaptaron el fonógrafo a la fabricación de gramolas tragaperras que interpretaban música popular introduciendo una moneda, Edison protestó contra esta degradación que en apariencia restaba seriedad al uso de su invento en oficinas. Hubieron de transcurrir unos veinte años para que Edison por fin admitiera que la principal aplicación de su fonógrafo era la grabación y reproducción de música”.

Por esta razón nunca he entendido las colas de gente que se forman frente a un escritor para que les firme un ejemplar de su obra. Nunca he entendido la fascinación que nos produce un famoso. Bien, por supuesto que lo entiendo, entiendo los entresijos psicológicos que subyacen en este fenómeno, comprendo los motivos culturales y hasta meméticos. Pero lo que no entiendo es que todavía a estas alturas nadie haya hecho demasiado por pulverizar este fenómeno irracional; o al menos, se haya diseccionado con mayor sentido crítico. Tal vez dejar de creer en algo así sería tan traumático para la psique social como dejar de creer en Dios. Tal vez a quienes dirigen los medios de comunicación tampoco les interesa descubrir el truco, como ilusionistas que viven de interpretar siempre el mismo show.

Porque, a mi juicio, aunque la teoría del genio colectivo no sea del todo acertada, se exagera la importancia de los autores singulares, como si sus cerebros discurrieran de una forma tan distinta de la nuestra como lo haría la de un marciano. Pero los marcianos no existen. “Se nos dice con frecuencia que James Watt inventó la máquina de vapor en 1769 supuestamente inspirado por haber observado salir el vapor por el pitorro de una tetera. Esta maravillosa fábula queda desmentida por la realidad de que Watt concibió la idea de su propia máquina de vapor mientras procedía a reparar un modelo de la máquina de vapor de Newcomen, que éste había inventado 57 años antes y de la que ya se habían fabricado más de cien en Inglaterra para la fecha en que Watt realizó su tarea de reparación”. Entonces ¿quién debería ser dueño de la patente de la máquina de vapor? ¿A quién debemos rendir honores? ¿Qué nombre deben memorizar los escolares en clase? ¿Watt? ¿Newcomen? ¿Los autores de los libros de ingeniería que leyeron ambos? ¿Sus padres? ¿Las serendipias?

Mi respuesta es: ¿a quién le importa? Por supuesto, a la gente le importa, eso es obvio, pero ¿por qué debería importar? Partiendo de la base de que las ideas se forjan de formas complejas y fortuitas, que nacen inconcretamente, ¿por qué continuamos sin cuestionar ese deseo de entronizar a un Autor? Sin duda todo esto recuerda sospechosamente a la necesidad del hombre por hallar un Autor, un Creador del mundo y de todo lo que está contenido en él. El Autor es una versión laica de Dios.

Sigue Armas, Gérmenes y Acero: “Todo esto no significa negar que Watt, Edison, los hermanos Wright, Morse y Whitney realizaran grandes mejoras y, con ello, incrementaran o inauguraran éxitos comerciales. La forma del invento que con el tiempo se adoptó podría haber sido algo distinta sin la contribución reconocida del inventor. Pero a nuestros efectos, la cuestión es si el panorama general de la historia mundial habría experimentado alteraciones significativas si alguno de los genios inventores no hubiese nacido en un lugar y una época determinados. La respuesta es clara: nunca ha existido tal clase de persona. Todos los inventores famosos reconocidos han tenido predecesores y sucesores capacitados, introduciendo sus mejoras en una época en que la sociedad era capaz de utilizar su producto.”

La idea que se defiende aquí es que todas las obras, incluidas las literarias, por qué no, se desarrollan por acumulación; ergo, su autor original es difuso, por mucho que la SGAE se empecine en lo contrario pagando royalties por politonos a Ramoncín.

Nadie gritó ¡Eureka! Y si lo hizo, fue demasiado egocéntrico para darse cuenta de que él sólo estaba transmitiendo aquello que le rodeaba, y que podría haberlo hecho cualquiera antes o después de él.

Sigamos transcribiendo ahora El mundo de las palabras, de Steven Pinker: “Los historiadores convienen en que existió un hombre llamado William Shakespeare que vivió en Stratford-on-Avon y en Londres a finales del siglo XVI y principios del siglo XVII. Pero durante siglos se ha dudado de que ese hombre compusiera las obras que se le atribuyen. Quizá suene esto igual que la teoría de que la CIA hizo estallar el World Trade Center, pero así lo creyeron seriamente Walt Whitman, Mark Twain, Henry James y muchos estudiosos contemporáneos, y esta idea se basa en toda una serie de hechos condenatorios. Las obras de Shakespeare no se publicaron mientras vivió, y en aquella época la autoría no se registraba tan minuciosamente como ahora. El propio hombre no tenía estudios, nunca viajó, tuvo hijos analfabetos, en su ciudad se le conocía como hombre de negocios, no se le hizo panegírico alguno cuando falleció, y en su testamento no dejó libro ni manuscrito alguno. Incluso los famosos retratos no se pintaron mientras vivió, y no hay razón para pensar que se parecieran al hombre en cuestión. En aquellos tiempos, escribir obras de teatro era un trabajo de dudosa reputación, de manera que es posible que el verdadero autor, que, según diversas teorías, puso ser Francis Bacon, Edgard de Vere, Christopher Marlowe y hasta la reina Isabel, quisiera mantener en secreto su identidad.”

Lo relevante de esta teoría de la conspiración no es si Shakespeare existió o no realmente. Lo importante es imaginar qué pasaría si se demostrara sin ningún género de dudas que Shakespeare no fue no autor de Hamlet. ¿Qué implicaciones acarrearía una afirmación como ésta? Obviamente, Shakespeare caería en el descrédito. Pero ¿Hamlet perdería algún tipo de virtud? En absoluto. Hamlet nos parecería una obra igualmente interesante. Hamlet se tornaría anónimo, y entonces no adoraríamos a Shakespeare, sino la obra en sí. Con esto se trata de demostrar que la estructura de producción editorial entorno a la obra de Shakespeare no se resentiría. ¿Ocurriría algo diferente si los libros contemporáneos dejasen de estar firmados por una persona, si ya no se produjeran presentaciones oficiales del autor de la obra frente a un público expectante? Visto lo expuesto, es difícil decantarse pero ¿realmente es tan importante mantener una falacia para preservar un negocio, en este caso la venta de libros?

Pero existe otra razón para que los autores sean tan o más importantes que las obras que escriben y que los consideremos seres especiales y poco comunes. Las vacas sagradas también existen debido a que tenemos un grave problema a la hora de operar con números grandes. No hay que olvidar que nuestros cerebros se forjaron hace miles de años, en otras circunstancias muy distintas a las actuales, y que nuestro estilo de vida es muy exiguo en comparación.

Los homínidos de los que descendemos vivían en un mundo del que podían ser expulsados en cuanto bajasen la guardia: el número de individuos era escaso y las condiciones de supervivencia, difíciles. Así que sólo se reproducían los hombres que tuvieran esto muy en cuenta: los hombres y mujeres que gustasen de practicar sexo y reproducirse y los hombres y mujeres que tuvieran mucho miedo de extinguirse, mostrando dolor y preocupación cuando alguien cercano muriese o enfermase. Antes, también, los homínidos convivían en comunidades pequeñas, de 40 o 50 individuos, por lo general, y todos los integrantes de estas comunidades tenían funciones importantes para la supervivencia general de la comunidad: si uno de ellos moría, era preocupante; si morían 20, la comunidad probablemente sucumbiría al completo. (Por eso hoy en día nos siguen llamando la atención las cifras de víctimas en accidentes de tráfico aunque, porcentualmente, no supongan un menoscabo importante para la supervivencia de la especie; al menos nos llaman excesivamente la atención por la incidencia mediática en la noticia si lo comparamos con la cifra de muertes por accidentes en los cuartos de baño, mucho mayores que las de tráfico).

Así pues, si el entorno mediático es el apropiado, la vida de diez personas nos puede importar más que la vida de diez mil. Porque diez personas son computables por un cerebro criado en comunidades pequeñas, pero diez mil escapa a nuestra imaginación. Vertemos más lágrimas y furia por la historia individual de una asesinada con cobertura informativa importante que por la noticia de las decenas de muertes por hambruna que se suceden durante los segundos en los leemos estas líneas. Del mismo modo, prestamos más atención al logro de una persona (o un número asequible) que el logro de una sociedad por haber favorecido un ambiente concreto para que dicha persona plasmara ese logro.

Me viene ahora a la cabeza el éxito artístico de la mayoría de miembros de la familia Bardem; actores, escritores, directores; o de la familia Flores, cantantes, actrices, compositores. Al ser interpelada Pilar Bardem acerca del creciente éxito de su hijo Javier (mucho antes de que ganara el Oscar), expresó que su hijo se lo había ganado, que se lo había currado desde cero. Sin desmerecer el trabajo artístico de los miembros de estas familias, sin duda (a no ser que tengamos una idea casi mística del poder de la genética) es cuando menos sospechoso que todos ellos hayan logrado prosperar artísticamente en mayor o menor medida. Lo cual hace pensar que no parten de la nada; nacer Barden o Flores es garantía de que al menos se te escuchará con más atención; también se te criticará más, por supuesto, pero partes de una situación distinta del cualquier otro artista anónimo. Porcentualmente, dado que hay miles de millones de personas en el mundo, deben de existir cientos o miles de artistas con las mismas o incluso mejores cualidades que Javier Bardem, pero sólo hay un Javier Bardem porque sólo hay un foco informativo poderoso incidiendo en él y no en otros cientos de actores similares que se deben conformar haciendo obras de teatro amateur. Lo cual abre una línea de debate no menos interesante: aceptando que somos demasiados los individuos que potencialmente podemos ser artistas geniales, esta criba espontánea y natural (aunque injusta y caprichosa), ¿es útil y debe preservarse o quizá habría que apostar por otro modelo cultural? Difícil cuestión, pues la estructura actual se halla ciertamente muy arraigada.

Aunque Internet, que permite que cada vez podamos ser más escritores, más directores de cine, más autores con voz y voto (el mismo Ramoncín criticaba esta tendencia diciendo que al final habría más cantantes produciendo música que escuchando música), en definitiva, puede cambiar esta idea de Autor por primera vez en la historia. Internet es la forma más revolucionaria de demostrarnos que somos muchos más en el mundo de lo que creemos.

Concluyendo y uniendo las dos ideas fundamentales vertidas; a saber: 1) que las invenciones son sólo mezclas de invenciones que flotan entre nosotros nacidas de los miles de cerebros que nos rodean, combinaciones fortuitas que normalmente no salen a la luz porque nadie las apoya; y 2) Que somos incapaces de asimilar cifras grandes de personas y así preferimos centrarnos emocionalmente en grupos pequeños o personas individuales pese a que existan muchos seres que en potencia deberían merecer nuestra atención. Uniéndolas, digo, ponemos de manifiesto nuestra obsesión por buscar la autoría de cualquier idea, libro o invento.

Pero, así como las modas no tienen autor sino que nacen de la sinergia de comportamientos colectivos; las ideas, corrientes de pensamiento, inventos o libros tampoco tienen más autor que la infoesfera en la que vivimos todos inmersos. Será interesante ver cómo todas estas nuevas ideas van calando poco a poco en el mundo, provocando cambios que somos incapaces de predecir.

Y por si alguien empieza a sospecharlo: No, obviamente, yo tampoco soy el autor de este artículo. Lo sois vosotros. Enhorabuena.

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Inventando palabras

Posted by Sergio Parra Castillo on 20th Mayo 2008

Lo que se ha venido a llamar “acuñación recreativa”, es decir, inventar palabras por diversión, puede ser muy entretenido, sobre todo si estas palabras nuevas rellenan lagunas léxicas.
 

 

Muchos abordan el asunto de incorporar nuevas palabras a nuestro vocabulario con un recelo acaso excesivo, propio de quienes arrastran un montón de tópicos por bagaje. En el otro extremo, están los que niegan la importancia de mantener unas reglas lexicográficas elementales, que suelen darle patadas al diccionario a la mínima ocasión, más por incultura o desidia que por verdadero convencimiento. Es difícil, pues, posicionarse en un punto medio sin enzarzarse en diatribas ideológicas acerbas.
 

Es un fenómeno curioso, pero no nuevo. Los defensores de la primera posición, que suelen ser los más doctos aunque también los menos flexibles, tienen como referente el Diccionario de la Real Academia y consideran una enfermedad venérea la invasión de anglicismos que sufre nuestro idioma. Ellos sostienen: si ya existe una forma de decir algo ¿para qué cambiarlo? Son sin duda es el tipo más peligroso, pues también es el tipo más respetado y hasta venerado por la elite intelectual. Pero estos señores catedráticos ignoran algo: que el idioma es un organismo vivo que se pliega y se debe plegar a las necesidades cotidianas. Originalmente, tildar a alguien de “as” era un insulto muy grave, pues se le estaba asociando con un “asnejón”, un “burro”; pero hoy en día nadie se siente ofendido si se le cataloga como el “as del balón”. Los defensores de la pureza de la lengua ya han aceptado este cambio en el significado de una palabra, pero siguen siendo remisos a asumir otros, y ya no digamos a aceptar nuevos vocabularios, sobre todo si provienen del ámbito de la tecnología o son préstamos de otros idiomas.
 

A mi modo de ver, los garantes de la pureza del idioma incurren en un error: no hay nada más inútil que un idioma escasamente dinámico incapaz de rellenar lagunas léxicas. Se deben conocer las acepciones de las palabras, por supuesto, y también hay ser estrictos con su uso; pero nunca hay que perder de vista la realidad social en la están inmersas las palabras. ¿Por qué tardó tanto tiempo en aceptarse el verbo chatear? ¿Para cuando MMORPG o upload?
 

Pero no es el fin de este artículo criticar la estrechura de miras de muchos lingüistas sino animar a los hablantes y escritores a jugar con las palabras, sobre todo con las palabras que todavía no existen. Por ejemplo, las jitanjáforas. Las jitanjáforas son palabras que no figuran en ningún diccionario del mundo y que se emplean en poesía simplemente porque suenan bien: podemos inventar la que queramos.
 

Luego están las palabras (sobre todo sinónimos) que en círculos íntimos solemos usar a modo de jerga; una jerga que sólo nuestros allegados son capaces de entender. Yo uso mucho la palabra “pirulacho” para designar algo que es divertido, trapisondo o interesante. También he acuñado palabras para alguna de mis novelas, como en “Jitanjáfora”, donde se emplea con normalidad el verbo “temperar”, que viene a significar el cuidar más la calidad de los conocimientos que su cantidad, el abordar cualquier asunto con objetividad, el no tomarse en serio ni siquiera lo que uno mismo propugna. O incluso, aficionado como soy a leer diccionarios, empleo términos en desuso, como “escible”: algo que puede o debe ser sabido.
 

“Temperar” también es esa clase de palabras que rellenan un vacío léxico. Ser inteligente no es exactamente temperar, ni tampoco lo es ser culto, ni rápido mentalmente, ni abierto de mente, ni nada parecido. “Temperar” es, sencillamente, una actividad para la cual no existía antes vocablo alguno.
 

En ese sentido, Douglas Adams (autor de la desopilante Guía del autoestopista galáctico) publicó el siguiente razonamiento en The Deeper Meaning of Liff: En la vida, hay muchos cientos de experiencias, sentimientos, situaciones y hasta objetos comunes que todos conocemos y sabemos distinguir, pero para los que no existe una palabra. Por otro lado, el mundo está atestado de miles de palabras de repuesto que pasan el tiempo ni hacer nada que no sea holgazanear en señales que indican determinados lugares.
 

Bajo esta premisa, Adams propuso definiciones a nombres de lugares a los que nadie necesita ir:
 

-Shoeburyness: la sensación vaga e incómoda que nos invade al sentarnos en una silla que conserva aún el calor del trasero de quien la había estado ocupando.
 

-Lamlash: las carpetas que suelen haber sobre la mesa de las habitaciones de los hoteles y que contienen informaciones sobre el mismo.
 

Y es que, además de entretenido, resulta muy útil jugar a la acuñación recreativa de palabras. Aquí propongo una que he vivido en mis propias carnes: en cualquier reunión, tras haber soltado alguna genialidad, la decisión de guardar silencio el resto de la noche para no empañar esa genialidad con alguna obtusidad o incorrección; o sea, retirarse en el momento justo.  
 

Aquí una relación de palabras nuevas extraídas de la columna Style Invitational del Washington Post, el libro Word Figitives, de Barbara Wallraff, y El mundo de las palabras, de Steven Pinker:
 

-Elbonics: las acciones de dos personas que maniobran para ocupar el mismo posabrazos en la butaca del cine.
 

-Furbling: andar entre una maraña de cintas en el aeropuerto o el banco aunque no haya nadie más haciendo cola.
 

-Phonesia: marcar un número de teléfono y, en el preciso instante en que descuelgan, olvidarse de a quién se está llamando.
 

-Sarchasm: el abismo que media entre el escritor sarcástico y la persona que no se entera.
 

-Pandephonium o ringchronicity: confusión momentánea que un grupo de personas experimenta cuando suena un teléfono móvil y nadie está seguro de si es o no el suyo.
 

-Parentriloquism: decir algo a tu hijo para luego darte cuenta de que le dices lo mismo que tu padre o tu madre te decían a ti.
 

¿Se os ocurre alguna más? Steven Pinker propone algunos conceptos muy comunes para los que no existe le mot juste: una melodía que se nos va de la cabeza; un hecho que se puede aprender cientos de veces sin que se nos quede en la memoria; o el insomnio de las primeras horas de la mañana debido a que la vejiga está llena, pero uno está demasiado cansado para levantarse, ir al baño y dormirse de nuevo.
 

Sigamos inventando (a más palabras, mayor variedad y riqueza en nuestro catastro léxico). Y que se fastidien los puristas.

(Publicado originalmente en Fantasymundo)

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No digas ni mu

Posted by Sergio Parra Castillo on 12th Mayo 2008

En la creencia de que ciertas palabras, las llamadas malsonantes, pueden influir negativamente en el comportamiento de la gente, rectores de la moral lingüística se dedican a depurar los textos que llegan a nuestras manos. ¿Escribir “puta”, “coño” o “mierda” puede devaluar una obra de ficción?
 

 

La prosa de un escritor falto de medios y alternativas puede derivar en un texto tan liofilizado y exento de mordiente que recuerde a las instrucciones (mal traducidas) de una lavadora de fabricación alemana. A menudo, sin embargo, se prefiere antes un estilo plano, puro hueso, a uno tan enjundioso que roce la incorrección política. Por consiguiente, si un escritor intenta acercarse al lenguaje de la calle se arriesga a que se le echen encima asociaciones varias, afectados epidérmicos o sencillos puritanos con mucho tiempo libre.
 

Ejemplos de censura o autocensura en la literatura los hay en la actualidad como los había entonces. Huckleberry Finn fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico tan alto que incluso en los medios de comunicación se refieren a él como la palabra-n. En 1921, un tribunal estadounidense también declaró obsceno un pasaje del Ulises, de Joyce, y el libro estuvo prohibido hasta 1933. Hombre, yo quizá desalentaría su lectura por su ininteligibilidad pero ¿por su obscenidad? En fin. El amante de Lady Chatterly, de D.H. Lawrence, de 1928, no se editó en el Reino Unido hasta 1960 por culpa de la Ley de Publicaciones Obscenas, algo así como las Tablas de la Ley. También sufrieron cortes y recortes Trópico de Cáncer, de Henry Miller, o Fanny Hill, de John Cleland.
 

Otros casos más divertidos los encontramos en la obra de Norman Mailer, Los desnudos y los muertos, de 1948. La novela trata de la Segunda Guerra Mundial, y lo lógico es que los soldados que aparecen en ella gasten un lenguaje, como mínimo, barriobajero. Pero Mailer ideó una forma de no abandonar la verosimilitud sin tener que atentar contra la hipersensibilidad de la época: en vez de escribir fuck (joder) empleaba el término fug (que fonéticamente se parecía lo suficiente para que el lector entendiera qué se quería expresar en realidad). Se dice que cuando Dorothy Parker conoció a Mailer le dijo: “Así que usted es ése que no sabe cómo se escribe fuck”. Esta remilgada estrategia me recuerda a la forma que tienen los personajes de la serie de ciencia ficción Battlestar Galactica de emplear esta misma palabrota: frak (aunque este matiz sólo lo captaremos si vemos la serie en su versión original). O, centrándonos en la ciencia ficción patria, encontramos una de las novelas con más palabras soeces y alusiones sexuales por centímetro cuadrado que yo pueda recordar (aunque todas alteradas eufemísticamente para la ocasión): Ahogos y palpitaciones, de Andreu Martín. Pornar, por ejemplo, era una forma de decir follar.  
 

Llegados hasta aquí debemos preguntarnos: ¿hasta qué punto se debe aplicar el mismo rasero estético o censurador a una obra de ficción que a una obra de no ficción? Hacer apología del nazismo en un manual de historia que niegue, por ejemplo, el holocausto judío podría considerarse ilegal en muchos países, pero ¿también debería ser así para un personaje de ficción que dice exactamente lo mismo en una obra de ficción, añadiendo además floridos insultos? Es un asunto controvertido. ¿Hasta qué punto se debe imitar el lenguaje o el pensamiento de cierto sector de la calle? Dicha regulación de lo que debe o no debe publicarse, ¿no convierte a los artistas en unos mentirosos o unos adulteradores de la verdad? En cierto modo, el escritor ya miente de facto cuando escribe una novela, pues todo diálogo plasmado en un libro apenas sigue la misma estructura que un diálogo oral. (Me acuerdo, por ejemplo, de cuando aparecieron las transcripciones telefónicas del escándalo Watergate: leídas de corrido incluso costaba entender todo su sentido, porque las personas hablamos de modo distinto a como escribimos o leemos). Todo requiere de cierta reformulación literaria, como si dijéramos, pero ¿esa reformulación implica depurar ciertas palabras malditas o determinadas ideas de difícil digestión?
 

Quizás la más famosa aventura gráfica para ordenador, Monkey Island, sustituía los duelos de espadas por duelos de insultos, las fintas de florete por fintas dialécticas, las heridas del cuerpo por heridas de la autoestima. Pero Monkey Island era una videojuego apto para todos los públicos, de modo que Orson Scott Card, autor de la mayoría de aquellas frases afiladas como espadas, recurría al un humor blanco e ingenioso para escamotear la palabrota directa y explícita. En este caso, la solución planteada por los desarrolladores de esta aventura para todos los públicos resultaba más afortunada que una pelea verbal, digamos, más parecida a las disputadas por Eminem en Ocho Millas. Pero ¿es de recibo que a estas alturas comencemos a censurar ciertos álbumes de Tintín por sus alusiones a los negros como se está haciendo? Y si no censuramos los álbumes de antaño, ¿ya no se podrán publicar otros nuevos que sigan la misma línea? ¿Queremos que la literatura se regule hasta el punto de que el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo ya no coma galletas sino frutas y verduras como sucede en las nuevas temporadas emitidas en Estados Unidos?
 

¿Necesitaremos instalar un artefacto que nos multe pecuniariamente cada vez que soltemos un taco como vimos en la película Demolition Man y quemaremos todos los libros que digan cosas que no nos gustan como en una suerte de Fahrenheit 451 que defienda la gazmoñería y penalice la coprolalia?
 

No es un tema fácil, al comprobar las ampollas que pueden levantar unas sencillas viñetas que parodian a Mahoma. El humor, el sarcasmo y la sátira siempre han sido elementos capaces de cambiar el mundo, porque le restan valor incluso a aquello que creemos intocable. Los vigilantes de la moral no quieren eso; por eso Fray Guillermo de Barkerville las pasa canutas en El nombre de la rosa.                
 

¿Queremos leer novelas que parezcan genuinas o preservar la ingenuidad y la pureza de las mentes? ¿Queremos descubrir cómo son y cómo piensan hasta los personajes más execrables o preferimos que los personajes evangelicen al lector?

 

Dicho lo que antecede, aprovecho este espacio para poner de manifiesto cómo el afán recaudatorio de las productoras cinematográficas y este exceso de moralina en los contenidos está hundiendo gran parte del cine de ciencia ficción y fantasía, sobre todo si se apoya en grandes efectos especiales. Ahí va mi teoría: una producción cinematográfica de fantasía o ciencia ficción con gran despliegue de efectos especiales requiere de una inversión económica tan elevada que, más tarde, los productores necesitan rentabilizar al máximo su producto. Debido a la crisis que sufre el cine (sobre todo en la exhibición pública en salas comerciales, pues el modelo de negocio aún no ha cambiado lo suficiente como para adaptarse a las nuevas tecnologías o a los nuevos hábitos de consumo derivados del florecimiento de Internet de bajo coste), las películas cada vez son menos rentables. Esto implica abarcar una mayor cuota de público. Por ejemplo, la trilogía de Matrix le puede parecer una obra maestra a mucha gente, pero no fue precisamente rentable si la comparamos con cualquier otra producción de éxito dirigida a todos los públicos. Del estamento oscuro y mefistofélico que regula qué puede ver un menor y qué no depende en gran parte el éxito de un filme. Ahora podemos ver cómo los creadores de Matrix han decidido decantarse por un producto insustancial como Speed Racer, con mayores visos de alcanzar al público mayoritario gracias a su calificación moral (aunque finalmente les haya salido el tiro por la culata). Steven Spielberg ha tenido que mover hilos para que su próxima entrega de Indiana Jones recibiera un PG-13 (algún material puede ser inapropiado para niños menores de 13 años), de lo contrario difícilmente habría subsistido en taquilla. La nueva trilogía que se prepara sobre la franquicia de Terminator se está dulcificando también para desprenderse de su antigua calificación R, y así, tras escudarse en una violencia poco realista, en unos desnudos que no impliquen sexo y en unas palabrotas de bajo nivel del tipo “leches” o “cachin en la mar”, obtendrán el ansiado PG-13 del comité censor y, por ende, unos resultados más boyantes en taquilla. (Esto ya le pasó a la cuarta entrega de La jungla de cristal, en la que John McClaine parecía haber perdido todo su espíritu gamberro). ¿Conclusiones? Pues que, hasta que la industria del séptimo arte no se ponga las pilas, vamos a tener que soportar, a los que nos gustan las películas con grandes dosis de CGI, una paulatina infantilización en la que todos estarán muy limpitos, hablarán muy bonito y no sangrarán, ni follarán, ni dirán me cago en todos tus muertos hijo de mil putas.

 

Y aquí lo dejo antes de que la beatería oficial me censure, amén de que el artículo ya me está quedando muy largo.      

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Lanza los dados para escoger tu próxima lectura

Posted by Sergio Parra Castillo on 22nd Abril 2008

De acuerdo, el título es una boutade. Una provocación para llamar la atención del lector. Pero tampoco lo es tanto como parece a primera vista.
 

Porque ¿no son también los cánones de libros, las listas de lecturas imprescindibles, las relaciones de los mejor valorados por la crítica, incluso los bestsellers, ordenaciones más o menos regidas por las leyes del azar? (De hecho, según Luke Rhinehardt en El hombre de los dados, todas las decisiones vitales podrían tomarse bajo el dictado de los dados).
 

De un tiempo a esta parte se percibe cierta obsesión por catalogar cualitativamente los paralelepípedos confeccionados con árboles muertos, también llamados libros. Sí, es proverbial la obsesión del hombre por confeccionar listados, codificar la realidad mediante órdenes de prelación, esto por encima y aquello por debajo, las rubias son más tontas que las morenas y los negros más capaces para el atletismo que los blancos, la de poner medallas y quitarlas, la de organizar de algún modo, en definitiva, la sobreabundancia de información que nos rodea (infoesfera, la llaman).
 

Es natural desear empequeñecer el universo y sus variables a fin de hacerlo más digerible: el tiempo de nuestra vida es finito y por mucho que nos empeñemos nunca podremos leer todo lo que se ha escrito. Siendo optimistas, disponemos de unos sesenta años de vida útil de lectura. Si de media consumimos un libro cada cinco días (lo cual ya representa un hábito bastante pantagruélico si nos regimos por la media nacional), apenas habremos disfrutado de unos cuatro mil volúmenes a lo largo de toda nuestra existencia. Hasta el pacto de leer y reseñar cincuenta libros al año que proponen algunos bloggers arroja cifras todavía más frustrantes. Sólo tres o cuatro mil libros en una vida. Hay que saber escoger muy bien cuáles serán.
 

La mayor dificultad, pues, estriba en saber discriminar. Existen demasiadas opciones. Sólo en España, se editan del orden de ochenta mil títulos nuevos cada año (sin sumar el Big Bang digital). Y felizmente la oferta irá creciendo y creciendo sin que nada podamos hacer. Según el cálculo del matemático y escritor de ciencia ficción alemán Kurd Lasswitz, autor en 1901 de La biblioteca Universal, el número de libros posibles es un guarismo harto difícil de expresar: un uno seguido de dos millones de ceros. Una Biblioteca de Babel inabarcable. Una galaxia Gutenberg tan gigantesca como nuestra propia galaxia, en la que habrá más títulos que átomos. Nunca llegaremos a tales cifras, por supuesto, pero sin duda nos iremos acercando cada vez más.
 

Así pues, es natural, como dije, tender a reducir las opciones que nos brinda la realidad para que su alto amparaje no nos funda los plomos, aunque para ello tendamos que caer en el provincialismo o a vivir en una suerte de bibelot manufacturado.
 

Pero que sea natural no significa que también sea bueno. Por ejemplo, en natural nuestra preferencia por la ingesta de ácidos grasos y lípidos, pero también existen las dietas hipocalóricas. Lo natural también debe someterse a examen. Vayamos a ello.
 

Los intentos más recientes de cosificar el universo literario mediante preferencias estéticas determinadas han sido El canon occidental de Harold Bloom, el listado de great books de David Denby, Los 1001 libros que hay que leer antes de morir de Peter Boxall o Ciencia ficción: las cien mejores novelas de David Pringle. Un poco antes, incluso, Clifton Fadiman elaboró un plan de lectura para uso del americano medio: 133 obras ordenadas cronológicamente desde el Gilgamés a Cien años de soledad, que se debían leer en edades determinadas. Un plan guiado que anula por completo la tediosa libertad de escoger entre tanta oferta. Vive así y no asá y no te compliques la existencia, sería su corolario.
 

Pero a mí, al escuchar las preferencias de cualquier antólogo, qué queréis que os diga, me retrotraigo a las lecturas obligatorias del colegio. Sí, esos coñazos insufribles que sólo interesan a anticuarios y almonedistas y que castran por lo general el gusto por la lectura. Incluso hay examen de lo leído, como en el colegio: el examen ante uno mismo y ante los demás, ese público que juzgará como deplorable nuestro nivel cultural en cuanto nos desviemos del canon oficial. Y entonces ya sólo lees por compromiso, por obligación tácita o expresa, por estatus, por miedo a equivocarte, por el poderoso influjo de los argumentos de autoridad o, en definitiva, por tener algún tema común con el vecino. Entonces ya sólo lees una mínima parte de la biblioteca sólo porque un grupo de personas que no conoces de nada lo ha decidido así.
 

¿Entonces? ¿Presumo que no hay nada? ¿No hay normas que seguir? Pues no. No hay nada. Sólo existen (lógicamente) consensos más o menos intemporales. Entonces ¿qué hacemos? Pues a mi juicio caben dos opciones. O juegas a creer que existen libros indiscutiblemente buenos, libros estéticamente incunables que deben hacerse un hueco en el tu plan de lectura vital, o, por el contrario, lees sin corsés de ninguna clase. Tú escoges.
 

Si has optado por aventurarte por la segunda vía, entonces tienes frente a ti horizontes infinitos que cubrir. Bienvenido al desierto, al caos. Al principio te sentirás un poco abrumado. Luego, transcurrido un tiempo, notarás el hormigueo de la libertad, de la absoluta libertad, cuando tus ojos vuelen por algún anaquel abarrotado de títulos. Estirarás tu mano exenta de cadenas. Cogerás un libro sin prejuicios ni miedos escénicos. Echarás un vistazo con la mirada limpia. Y, discrecionalmente, lo añadirás a tu Pila o no, sin sentirte por ello o un genio o un gilipollas.
 

The Pila es esa montaña, esa torre inestable, ese zigurat desordenado que guarda los libros que estamos leyendo o que aspiramos a leer. El concepto se popularizó a raíz de un mensaje de Jean Mallart fechado en 1999 del grupo de Usenet es.rec.ficcion.misc. The Pila crece caótico, voraz como la hiedra, alimentada por nuestros gustos anárquicos y por recomendaciones fortuitas de amigos y conocidos, y además se reproduce por mitosis, invadiendo estanterías colindantes, mesas y cualquier otra superficie horizontal. Cuando la tasa de compra de libros supera a la tasa de lectura de libros, The Pila se transforma entonces en The Pilón. En estos tiempos de Internet y e-books, también existe, claro está, el concepto E-Pila, una variante genética de The Pila con propiedades reproductivas tan monstruosas que recuerdan a la de los virus aerófilos.
 

The Pila es tu pila, no debería de ser la The Pila de El Corte Inglés ni tampoco la construida por bandas que llevan a una obra a ser señalada con el marchamo de imprescindible, clásico, obra maestra o cualquier otro epíteto nacido de inextricables tensiones mercantiles, meméticas y demás (dejamos para otra ocasión el análisis de dichas tensiones).
 

Lo realmente importante para alimentar a tu Pila, tu propia reducción de la galaxia Gutemberg a términos asequibles, es saber qué se quiere leer y para qué, dejarse recomendar por quien nos conozca mejor (sin olvidar hacer pequeños saltos al vacío para llegar a descubrimientos inesperados). Porque todo dependerá de tu edad, de cómo eres, de si buscas un libro para cultivarte, para informarte, para matar el rato, para cuestionar tus ideas más arraigadas, de tu formación, de las lecturas que anteriormente te han marcado. Porque no hay libros para todos los lectores. Pero sí existe suficiente variedad para llenar cualquier necesidad.   
 

El único canon es el propio, aunque no tenga una excelencia indiscutida. Lo demás deberían ser estrategias lectoras que nos abran la mente a fin de que descubramos por nuestros propios medios aquel paralelepípedo de árbol muerto que nos deleitará. Un cuaderno de ruta siempre es preferible a una lección magistral. Para listas numeradas, las del súper.
 

Todo y así, qué remedio, la gente continuará deseando escoger los libros que nadie debería dejar de incorporar fondo bibliográfico. Se seguirán creando encuestas o páginas de recomendación universal. En una de las últimas iniciativas por alcanzar verdades literarias indiscutibles se preguntaba al lector qué cinco libros escogería para llevárselos a una isla desierta. Sin embargo, quizá algún día apenas existan concordancias entre los resultados de todos esos intentos por uniformar la estética, y entonces habremos escapado de la tiranía del gusto mayoritario. Por de pronto, suscribo el pragmatismo de los cinco libros propuestos por M. Goicoechea Utrillo para una isla de desierta en una de las Cartas de los Lectores de La Vanguadia: manuales de supervivencia en la selva, de construcción de embarcaciones con troncos, de navegación sin instrumentos, de pesca y de elaboración de conservas.
 

Y si no, tiremos los dados. Octaedros, por favor.

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Dos Columnas (Segunda Parte Parte)

Posted by Sergio Parra Castillo on 31st Enero 2008

La segunda columna seleccionada pertenece de El Periódico, en la edición correspondiente al 30 de enero de 2009. Hoy, vamos. El autor, Juli Capella.

Las preguntas planteadas… en fin, cosas que se deberían enseñar en las escuelas, en vez de invertir tanto tiempo en otras totalmente desfasadas o en lugares menos preeminentes de un supuesto orden de prelación.

Me gustaría saber qué político redactó el párrafo de la ordenanza cívica de Barcelona que carga contra las putas. Quisiera conocer el nombre de quien se inventó el eslogan Barcelona, la millor botiga del món. Ardo en curiosidad por saber qué persona decidió el límite de las comisiones que nos cobran los bancos. Me gustaría conocer el nombre y apellidos de quien se inventó lo de la Zona Franca. Quisiera saber los nombres de los miembros del jurado que falló el concurso de la Ciudad Judicial de l’Hospitalet. Desearía conocer al que se le ocurrió llamar AMPA a las asociaciones de padres y madres de alumnos, y ESO a la ESO. Y conocer al diseñador que decide el tamaño de los números de los teléfonos mó- viles. Quisiera saber a quién se le ocurrió ubicar el aeropuerto de Valladolid en Villanubla, donde como su nombre indica, siempre está nublado.
¿Quién se inventó el concurso Gran Hermano? ¿A quién se le ocurrió el título de Aquí hay tomate? ¿Quién preside el consejo de administración que sube las tarifas eléctricas? ¿Quién es el señor que le deja que las suba? ¿Cómo se llama quien decide que el metro se acabe a las doce? ¿Quién fue el lumbreras que organizó un concurso para hacer un logotipo del Gobierno de España? ¿A quién se le ocurrió ponerle letra al himno nacional?
¿Conocen a algún tipo de estos? Quiero nombres y apellidos. Porque siempre es alguien concreto, quien tiene la iniciativa. No acepto disculpas colectivas: ni comités ni grupos de trabajo ni comisiones redactoras ni secretarías permanentes ni consensos. Solo nombres de personas humanas, sujetos que proponen y deciden por nosotros. Aquellos que cambian nuestras vidas.

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Dos Columnas (Primera Parte)

Posted by Sergio Parra Castillo on 31st Enero 2008

Nunca transcribo columnas del periódico. Pero he encontrado dos que se lo merecen. Y mucho. Se merecen la mayor transmisión posible.

El primero apareció en La Vanguardia, en la edición del 18 de enero de 2008. Simplemente magistral. Asombra que escritos así aparezcan en un medio de masas como es un diario de información general. Su autora es Clara Sanchis Mira.

Piensa en una mesa llena de pequeños objetos cotidianos. Papeles, bolígrafos, monedas, una cajita, una taza, un mechero verde, sobres, libros, gafas, una carpeta roja y más cosas. Míralo todo. Paséalo por tu cabeza. Bien. Ahora olvida el mechero verde. Sólo eso. Cierra los ojos. Puedes recordar cualquier otro de los objetos, intenta sólo olvidar el mechero. Concéntrate. Quieres olvidar el mechero verde. Es lo peor que puedes hacer. El mechero se te incrusta en el cerebro, te aparece delante de los ojos, brillante, enorme. Puede llegar a ocupar todo tu campo visual. Así funcionamos cuando nos sumergimos en una obsesión. Querer olvidarse de algo es la mejor manera de hacerse adicto a ese recuerdo. La obsesión es adictiva por naturaleza y tiene la forma de un bucle que vuelve sobre sí mismo. Perturbación anímica producida por una idea fija; idea que con tenaz persistencia asalta a la mente, según el diccionario. Dar la orden de borrar una idea la enciende. Lo mejor sería dejar pasar tranquilamente esa imagen, una y otra vez, como una nube que ns atraviesa y sigue. Sólo el tiempo, los días y los meses, con su espacio tangible, acaba borrando un recuerdo indeseable. Por la propia fuerza centrífuga que los hace girar, estos pensamientos perseverantes terminan por salir escupidos fuera de uno, antes o después. Aunque a veces dejen un agujero en el sitio por el que se han ido.

Quizás casi todos llevamos un fantasma debajo de las uñas. La imagen de una persona que se ha ido es una obsesión frecuente. Pero también las palabras del otro. Las palabras son peligrosas. A veces las escuchas y se te graban como si fueran de cal. Resuenan en los oídos pero también en la vista. Ocupan un espacio enorme, te pesan en el cuerpo y van contigo. Hubieras preferido no escucharlas. Es tarde. No las digieres y por eso flotan. Y empiezas a elaborar diálogos imaginarios. En la ducha, en el metro. No paras de hablar. Contestas. Revives la escena en tu cabeza de muchas maneras. Tú no dijiste eso. Podrías haberlo dicho. Pero no se te ocurrió. O esto otro. Depende. Cambias los diálogos según tu estado de ánimo, según lo que estés haciendo mientras discutes con tu fantasma. Vas por ahí, febril, hablas con un amigo y a la vez sigues con esa conversación inconclusa que se ha apoderado de tu mente. Como un pequeño parásito.

   Los genios devuelven al mundo de los sentidos la locura de la repetición. Glenn Gould, inclinado sobre las teclas en su búsqueda desesperada del sonido que sólo él imagina para Bach, se retuerce en su postura fetal calculando la distancia precisa de uno de sus dedos sobre una tecla. Picasso explora hasta el infinito la línea de un ojo. Beethoven, sordo, exaspera las posibilidades de una célula impertinente hecha de dos sonidos (sol, sol, sol, mi), y construye el monumento sonoro de su quinta sinfonía. Si puedes no escribir, no escribas, le dice Tolstoi a un joven escritor.

Pero en otra zona de las cosas, una hormiga sube por una briza de hierba, cae y vuelve a subir, una y otra vez, sin beneficio biológico alguno para sí misma, en una conducta obsesiva improcedente en su especie. La razón (lo cuenta Daniel C. Dennett en su libro Romper el hechizo) es que tiene el cerebro confiscado por un diminuto parásito que necesita llegar al estómago de una vaca para completar su ciclo reproductivo. O sea, que aunque ella no lo sabe, la hormiga, en la repetición de su escalada aparentemente inútil y paraoica por a hierba, está colaborando con la evolución. ¿Y nosotros? ¿Hay alguna razón por la que debamos creer que nuestras conductas se escapan de los mecanismos complejos de la teoría evolucionista? ¿No tendremos también alguna vaca por ahí, beneficiándose de nuestras obsesiones parásitas, esperando para devorarnos?

Olé, maestra.

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Manías, manías

Posted by Sergio Parra Castillo on 29th Enero 2008

Un asunto que siempre me ha interesado mucho es el de las costumbres, manías y memes que la mayoría de gente comparte. Te contaminan inadvertidamente. Es un virus mudo, cuyo efecto secundario principal es el ser como los demás. Por eso no tenemos la percepción de que hemos sido contaminados. Porque nos gusta compartir cosas con los demás, aunque sean tics nerviosos.

 

Por ejemplo:

 

-Poner la barra de pan con el surco hacia arriba.

 

-No apurar del todo el vaso y dejar siempre un residuo en el culo del vaso que delate su contenido.

 

-Comprar el periódico en el quiosco y doblarlo tres veces por su eje transversal, convirtiéndolo en un tríptico.

 

-Mirar los mocos del pañuelo tras habernos sonado las narices.

 

-Sentarnos de cara al centro de una habitación o una sala (a no ser que en la pared cuelgue un plasma de 42 pulgadas).

 

-Darle significado especial a las cifras o a determinadas combinaciones de dígitos. Por ejemplo, el número premiado del Gordo (o el guarismo final). La habitación número 13, que en muchos hoteles ha sido suprimida por su proverbial mala suerte. O el número 42, que según cuenta el superordenador de Guía del autoestopista galáctico, de Douglas Adams, es la respuesta al sentido de la vida.

 

-Dibujar arabescos distraídamente mientras hablamos por teléfono, como poseídos por el espíritu de la escritura automática.

 

-Sisear con los dientes para invocar el silencio automáticamente.

 

-Mover rítmicamente la cabeza al son de una música percusiva.

 

-Caminar encorvado hacia delante cuando llueve, aunque eso no evita que nos mojemos igual.

 

-Recolocarse las gafas sobre la nariz usando solamente el dedo corazón.

 

-Barrenarnos la sien con el dedo índice para indicar que alguien está como una regadera.

 

-Hacer muecas que recuerdan a las facciones de alguien que sufre problemas estomacales o a alguien deslumbrado por el sol cuando comemos un limón (hasta que leamos Si te comes un limón sin hacer muecas, de Sergi Pàmies).

 

-Asomar la lengua entre los labios, como un ofidio, cuando estamos enfrascados en una tarea manual que requiere concentración.

 

 

En resumidas cuentas, costumbres, manías, memes, tics que nos hacen sentir un poco más hermanados con el resto del mundo.

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