Los señores de Fantasymundo han tenido la gentileza de realizarme esta larga y enjundiosa entrevista.
A continuación, para los vagos a la hora de pinchar enlaces, la transcripción de la misma:
Fantasymundo: En “Jitanjáfora” cada palabra parece estar extremadamente medida, ¿Hay alguna intencionalidad oculta en utilizar palabras poco comunes o Sergio Parra realmente se expresa así? ¿Qué inspiró la idea general de “Jitanjáfora”? No creo que haya demasiado de “Harry Potter” en el detontante de la obra.
Sergio Parra: Hasta el más cerrado de los finales puede ofrecerte la posibilidad de continuar abundando en el universo que has creado. Todo es cuestión de echarle imaginación. No sé, como lo de “10 años después” o lo de contar la misma historia desde el punto de vista de otro personaje. Las soluciones son infinitas. Así que mi interés por los finales abruptos, inconclusos, los sad end, es meramente estético. Sé que, psicológicamente, el lector se puede quedar frustrado o con ganas de más, pero es una sensación que, medida, puede ser muy interesante experimentar en torno a una obra. Un happy end es reconfortante para el alma; un final diferente no es tan digerible pero, a cambio, te invita a seguir pensando en el mundo que has explorado, a continuar con tu imaginación allí donde el autor ha optado por dejarlo. Los finales convencionales, pues, estaría más dirigidos hacia los sentimientos; los finales poco convencionales, a la razón y la reflexión.
Eso no quiere decir que me desagraden los finales disneynianos.
Fantasymundo: ¿Qué es lo más difícil de escribir una novela –aparte de conseguir editorial- y qué papel puede tener internet en su promoción? ¿podrían hacer más al respecto las editoriales o el mercado del fantástico en España es demasiado reducido para plantearse acciones más amplias?
Sergio Parra: Lo más difícil para mí, sin lugar a dudas, es corregir, pulir, reescribir y tirar lo eliminado a la basura. Esa fase de la escritura me parece tan siniestra y dolorosa como la más restrictiva de las eugenesias. Tú, sí; tú, no; tú, sí; tú, no. Horrible. Además, acabas leyendo tantas veces tu propia novela que, al final, la detestas. Es como una tortura china. Buscar que tal o cual palabra significa lo que realmente crees que significa (llevándote más de una sorpresa con el diccionario), suprimir ciertas cacofonías, reiteraciones o anfibologías, mantener una visión general de la historia para sostener el ritmo. Normalmente tardo tres veces más en corregir que en escribir, aunque haya partes que fueron escritas de corrido y así se quedaron, por obra y gracia de una rara inspiración. Creo que era Oscar Wilde el que decía que podía pasarse todo un día escribiendo para sólo cambiar un adjetivo del texto. Ese grado de meticulosidad ya me parece enfermiza, a lo Stanley Kubrick. Pero sin llegar a esos niveles, la simple corrección estilística puede llegar a ser exasperante.
Internet es una herramienta de promoción que hace unos pocos años no existía, y, a la larga, a medida que se vaya implantando, estoy convencido de que irá girando las tornas de la industria editorial así como ya lo ha hecho de la industria musical. Los escritores totémicos serán menos, los gustos se diversificarán, los futuros lectores se verán más influenciados por un trailer de youtube, una reseña en un blog que leen a diario, una versión electrónica y copyleft o una comparencia de un autor en Second Life que por el establishment convencional. Internet todavía es muy joven, pero su papel será crucial los próximos años para conformar la cultura del futuro. Internet será más real que la propia realidad. O será una realidad bis con tanto peso como la convencional.
El mercado del fantástico en España no es reducido, si acaso es reducido el mercado de los autores en cuyo nombre aparezca la letra ñ (hasta Castaneda se quitó la vírgula de su apellido para vender más). Las películas más taquilleras suelen ser de temática fantástica. Los libros fantásticos, pese al tópico, creo que también tienen buena prensa. Recordemos el éxito de crítica de La carretera, de Ian McCormack, o la aplaudida carrera de Jonahtan Lethem, David Foster Wallace o Paul Auster; autores todos que han producido obras de fantasía o de ciencia ficción, aunque no estén dentro de las corrientes del llamado fandom.
El problema, pues, parece doble. Por un lado, los nombres españoles no venden: parece que la calidad literaria esté reñida con tu nombre o con el registro civil donde te decidieron inscribir; así, los autores celtíberos siempre han sido gaussianamente numerosos, pero ni se les escucha ni se les respeta. Por el otro, las novelas endogámicas de fantasía tampoco atraen ni al público ni a la crítica. La pregunta es si el fantástico quiere o necesita vender más o tener mayor reconocimiento. Y si esos logros, quizás, no acabarán con cierta pureza del género o, por el contrario, pulirán carencias propias del género que no ha sido sometido a examen general; carencias que los consumidores de fandom toleran o pasan por alto. Sospecho que la editorial que se proponga vender más se verá obligada a tomar medidas en estos dos puntos, tal y como lo hizo en su día el género negro para gozar del prestigio actual. ¿Una victoria pírrica, quizá? Eso ya depende de cada uno.
De todos modos, cada vez hay más autores españoles que triunfan en el mercado nacional e internacional (José Carlos Somoza, Albert Sánchez Piñol), aunque sean autores que no se adscriben al fandom ni les interesa, que no se pliegan a las exigencias del género fantástico.
Y en este punto, el de que se crean exigencias inamovibles dentro del fandom, también es responsable cierto sector de la crítica, endogámico y anquilosado. Un sector de la crítica cuya estrechura de miras a la hora de valorar una obra obliga al autor que quiere salir adelante a parir obras clónicas. Por ejemplo, quienes repiten que el tal o cual novela no hay ritmo o (y aquí me quedo un poco asombrado) que en tal o cual novela no pasa nada. Como si eso fueran aspectos negativos. La libertad creativa no debería estar supeditada a convenios estilísticos tan estrictos. Si no te gusta una novela no aduzcas que no te gusta porque no está dentro de lo que se entiende comúnmente por novela. Estoy un poco aburrido de leer invectivas archisabidas de doctos formados en a misma universidad (y esa universidad se parece sospechosamente a una iglesia o una mezquita). Curiosamente, es un sector de la crítica que entiendo que exista en ciertos ambientes de la literatura general, pero no en un género ya de por sí fuera de los márgenes de la literatura general. Como se aprecia, es todo un poco contradictorio.
Fantasymundo: ¿Qué soñó escribir cuando era más joven y comenzaba en esto? ¿Cuáles son sus proyectos actuales con y sin pluma?
Sergio Parra: Cuando era más joven sólo aspiraba a escribir historias que entretuviesen, que fueran un reflejo del cine hollywoodiense de la época. Recuerdo que escribí pestiños como una cuarta parte apócrifa de Regreso al futuro, por ejemplo. También me gustaba novelizar películas, series o cómics. Mis aspiraciones eran muy ingenuas. Escribía sólo para mí mismo.
Mi próximo proyecto es terminar de escribir la segunda parte de Jitanjáfora. Me estoy empleando a fondo como despedida, porque luego, probablemente, dejaré de escribir ficción por un largo tiempo. Mi intención es probar a escribir un libro de viajes, así que voy a invertir bastante tiempo en viajar y en tomar muchas notas. Luego ya veremos qué sucede: no me gusta hacer planes a tan largo plazo.
Fantasymundo: Seduzca a la cámara… ¿cuáles son sus filias y fobias? ¿le reconoce la gente en las convenciones del género?
Sergio Parra: Se me da muy mal describirme, y seguramente adulteraría bastante la realidad en mi beneficio. Así que recurriré a compararme con algunos personajes. Supongo que tengo ciertas manías y neuras, al estilo de Melvin Udall en la película Mejor imposible; algo de ascetismo y fobia social a lo Pynchon; y un poco de mala baba y misantropía a lo Norman Mailer. Y soy un poco idiota, en el sentido ateniense de la palabra.
Me gusta escribir a mano, a veces lento, como si estuviera ligando un buen alioli; otras veces transportado por la pasión, pero siempre con una letra redondilla y engarabitada que luego no hay dios que descifre. Comparto lo que sostiene Umberto Eco: escribir directamente a máquina o a ordenador confiere al texto una limpieza y una pulcritud que influye en nuestra valoración crítica del contenido del texto. Como si fuera un texto ya publicado y, por tanto, no fuéramos tan críticos con él. En una libreta, por el contrario, lo escrito no adquiere tanta gravedad y se aviene más fácilmente a ser corregido, suprimido o aumentado. A ordenador todo parece demasiado definitivo.
Tampoco me acostumbro a las dedicatorias. Supongo que siento cierto grado de pudor al codearme con escritores reconocidos. Es una estupidez, pero no puedo verme como escritor de verdad sino como alguien que se hace pasar por escritor, un escritor sedicente. Resignado a un papel de comparsa. Además, lo de las dedicatorias tiene guasa. Nunca sé qué poner ni tampoco comprendo muy bien la razón de que alguien te pida un autógrafo o una dedicatoria. Creo que la costumbre de las dedicatorias, además, es bastante reciente, del romanticismo; antes de 1850 es casi anecdótico encontrar un libro dedicado. En aquella época, el autor sólo dedicaba sus libros a personas muy bien escogidas, casi de su círculo íntimo. No como ahora: recuerdo que en el acto de entrega del premio de novela Valentín García Yebra para La moleskine, tuve que firmar y dedicar libros en cadena, a gente a la que apenas pude mirar a la cara, que no conocía ni que volvería a ver en mi vida. Es una situación estrambótica.
En las convenciones y demás saraos la naturalidad desparece de todo mi repertorio gestual y hasta ideológico. Que nadie espere conocer a Sergio Parra en una convención. Conocerán a otro. Al que va de escritor.
Tampoco me dejo ver demasiado por esos ambientes, pero sí ha sucedido que me han reconocido o me han dicho cosas como “oye, yo te leí en tal o cual”, y entonces no sé qué responder. Me resulta extraño que alguien al que no conozco de nada le dé por leer lo que escribo. Extraño pero también halagador.
Fantasymundo: ¿Qué es lo más extraño que le ha ocurrido desde que publica, con fans y editoriales? ¿Y el rechazo de publicación más original?
Sergio Parra: Los rechazos de publicación siempre han sido muy formales y correctos, incluso constructivos. No guardo ninguna frase o recomendación del tipo “sería mejor que dejases de emborronar páginas con esta basura y te dedicases a otra cosa más útil para la humanidad, chaval”. También es cierto que no me he sometido a menudo a la consideración de una editorial: la mayoría de mis publicaciones han sido fruto de haber ganado algún premio o distinción.
Sí que es cierto que con algunas editoriales el ejercicio de la cautela es imprescindible. Me he encontrado con más de una editorial que sólo aparenta ser tal: en el fondo es una estafa que funciona exigiendo al autor que afronte los gastos de edición. Al final, el autor ha desembolsado una importante suma de dinero, su novela no acaba siendo distribuida adecuadamente, las ventas son casi nulas y las regalías, además, son ridículas. La editorial, de este modo, se ha lucrado creando la ficción de que ha publicado tu novela. Una estafa en toda regla, como quien vende agua inocua como crecepelo.
Lo más extraño que me ha ocurrido supongo que fue el verme en la entrega del premio Caja Castilla La Mancha Valentín García Yebra por La moleskine. Yo sólo sabía que se celebraría en un auditorio de Guadalajara. Así que fue toda una sorpresa encontrarme a docenas de periodistas y fotógrafos, cientos de personas, policía, agentes de paisano, seguridad y muchas, muchas corbatas. Debí causar sensación, porque mi atuendo era de lo más informal. Al poco tiempo, tras presentarme a decenas de personas, entre ellas los galardonados con otro premio a toda la carrera (uno de ellos, un sacerdote, me interrogó acerca del argumento de mi novela, y yo tuve a bien ocultarle que se trababa de una relación lésbica), al poco, digo, llegó la marabunta. Un puñado de periodistas, flashes, hombres de negro con hechuras de armarios roperos. Todo el mundo rodeando a una figura menuda, de ropas chillonas: María Teresa Fernández de la Vega. Tragué saliva. Tuvimos, los organizadores y los premiados, que alinearnos como si fuéramos a recibir al Rey. Y, entonces, la vicepresidenta fue pasando por delante de nosotros, uno a uno, saludando y diciendo algunas palabras. Yo estaba en último lugar. Y allí se quedó más tiempo. Se sorprendió de mi juventud, y estuvimos un rato hablando sobre la novela…. aunque creo que lo que en verdad le sorprendió muy mi falta de protocolo y mi ropa de calle.
Luego pasé el peor rato del día. La entrega de premio encima del escenario, ante la mirada de todo el mundo. Un presentador dio paso a los galardonados. Todos ellos, sacerdote incluido, se pusieron ante el atril y el micrófono y declamaron discursos aprendidos de memoria, llenos de adjetivos, enfáticos, protocolarios, bellísimos. La gente aplaudía y la vicepresidenta asentía con la cabeza. A esas alturas, lo prometo, lo juro y perjuro, yo estaba ahí sentado, amasándome las manos, y todavía no había pensado qué iba a decir. No había preparado nada, no sé por qué. Fue como si me diera más apuro decir algo de memoria que quedar en evidencia porque no sé hablar en público. De hecho, empecé a bromear mentalmente conmigo mismo mientras la gente se alargaba con sus discursos aburridos y meándricos. Me decía, entre chuflas y veras, va, Sergio, ahora dirás que te vas a fundir la pasta del premio y que hale, buenos días, buenas tardes y buenas noches, y entonces harás mutis por el foro dejando al auditorio enmudecido de estupor. Otra parte de mí, la más cabal, no se podía creer que tuviera ganas de bromear en aquellos momentos críticos, cuando sólo faltaban minutos para hacer el ridículo frente a tanta corbata y tanta deferencia de cartón piedra. Al final, segundos antes, medio hilvané cuatro ideas y eso fue lo que dije. Pasé por la mesa, recogí los premios de la mano de la vicepresidenta y de un enjuto y vetusto Valentín García Yebra (miembro de la RAE que, si me hubieran dicho que tiene 190 años, me lo creo), me puse ante el micrófono y pronuncié mi primera frase triunfal: Bueno, me parece que se me da mejor escribir que hablar en público. Luego, todo fluyo de manera bastante natural y los nervios se desvanecieron a medida que avanzaba por el discurso.
Luego volví a tener un intercambio de impresiones con la vicepresidenta (ella había pronunciado un largo discurso panfletario pero prefirió continuar hablando de mi novela) ante la atenta mirada de Seguridad. Nos despedimos de ella. Y accedimos a una sala interior donde se celebraba un lujoso cóctel. Sí, de los de camareros de punta en blanco paseando bebidas y canapés exquisitos en sus bandejas. Allí me presentaron a más personas, gente importante, creo recordar. También me abordaron miembros del jurado para felicitarme y simples asistentes del público, para mostrar su interés por leer la novela en breve.
De todas mis experiencias a la hora de ir a recoger un premio, sin duda ésta fue la más esperpéntica.
Fantasymundo: Nadie se conoce más que uno mismo, así que hemos acordado dejar que te preguntes a ti mismo la última cuestión, sin cortapisas. ¿Qué pregunta no te han hecho jamás y te mueres por contestar?
Sergio Parra: La crítica, por lo general, me ha cuidado mucho. Y la mayoría de críticas que he recibido han sido, incluso, constructivas. He aprendido de ellas. Sin embargo, me encantaría que me preguntasen qué opinión me merecen los críticos o cierto sector de la crítica caracterizado por una injustificable veleidad.
Detesto al crítico que simplemente levanta el dedo pulgar a la manera imperial romana, que pontifica desde su cátedra como si su palabra fuese sagrada. Detesto los juicios paternalistas. Las críticas que no son más que formas de endilgar al lector nuestros juicios estéticos o nuestra manera de ver la literatura.
Y detesto todo eso porque no suele existir la contracrítica. Tal y como yo lo entiendo, la crítica debería de ser un diálogo entre el autor, el crítico y hasta el lector. El crítico, sin embargo, siempre queda impune. Puede pergeñar cualquier idea o juicio sin recibir consecuencias públicas. Al crítico siempre parece que le asista un argumento de autoridad y goza de unas prerrogativas que nunca pueden someterse a examen. En una ocasión, incluso, en un portal web donde las críticas podían ser comentadas, me atreví a impugnar lo que el crítico allí sostenía acerca de una de mis novelas. El consejo que me dio este señor crítico fue que, si me quería dedicar a esto del famoseo, debería tener las espaldas más anchas. O sea, que debería aguantar y no replicar. Pero el crítico, que también “publica” un texto, parece que se excluía de la ecuación: él no debía tener espaldas anchas para soportar las impugnaciones del autor.
También es muy un espécimen común (sobre todo si esconde a un escritor frustrado) el del crítico que se limita a esbozar la sinopsis de la obra que se propone criticar, para luego decir sin más explicación: no me ha gustado, me ha aburrido, no pasa prácticamente nada, refleja ideas muy feas, etcétera. Para terminar (como reafirmando su juicio estético) enumerando alguna de las erratas tipográficas u ortográficas que se ha encontrado en el texto. Cosas como: en la página 47, renglón segundo, ha escrito tal palabra así cuando debería ir asá. ¡He sido más avispado que el propio autor! ¡Le he ganado, al menos en este punto! ¿Cómo publican un libro a este fantoche? Yo debería de ser el autor, pero como tengo dignidad y mayor nivel de autocrítica, no lo voy a hacer.
Son críticos perdonavidas.
Recuerdo que leí en una ocasión que el Quijote fue un libro que fue editado con innumerables erratas, algunas incluso imputables al propio Cervantes, pues se conocía que era un autor descuidado para esos detalles. En aquel entonces, no existían tantos filtros y correctores hasta que la obra aparecía en la calle. Así que hoy, si realmente un texto padece de una aluminosis tipográfica u ortográfica importante, entiendo sacarlo a relucir en la crítica, que también (también, no únicamente) debe ser una valoración de la edición en conjunto. Pero si estamos hablando de una o de un puñado ínfimo de erratas… ¿qué relevancia tiene esa información para el potencial lector? El crítico trata de presentar al autor, de este avieso modo, como un incompetente, un iletrado. No merece ser autor, en definitiva. Y en este punto pivota casi toda la crítica, además, porque la principal pretensión de esta clase de crítico es la de verter toda su animadversión hacia el autor. Y al pobre lector que sólo busca el descubrir alguna nueva veta literaria ni siquiera se le da la oportunidad de experimentar, de probar, de alejar sus horizontes en busca de textos que a priori no son de su agrado pero que, como sucede con el caviar o la mojama, el tiempo y la experiencia convierte en exquisiteces para el paladar.
Sergio Parra: Es cierto que normalmente tiendo al exceso. Las palabras me seducen, siento curiosidad por ellas. Me encanta buscar su origen y su significado exacto en los diccionarios, me gusta fondear en sus enigmáticos orígenes etimológicos. También disfruto cuando un autor sabe usarlas, creando determinado efecto en el lector. Parece que si no escribes de forma atonal y con una riqueza léxica propia de un spot de Bacardi, entonces estás siendo pretencioso. Si es así, entonces me gusta la pretenciosidad. No siempre, claro, pero sí cuando la historia lo requiere. (Sin entrar en la disquisición de que, además, sospecho que cualquier expresión artística expuesta al público ya es un ejemplo de pretenciosidad).
En el caso de Jitanjáfora, no sólo lo requería la historia: considero que era imprescindible. Las jitanjáforas son palabras carentes de significado que simplemente se emplean en poesía porque suenan bien, por su eufonía. Como, de algún modo, sucede con los conjuros verbales de un hechicero. A veces son latinajos, y en otras ocasiones son eso: palabras que suenan bien pero que no entendemos. Ya que Jitanjáfora intentaba ser realista, presentar una magia laica, sin caer en el aspecto sobrenatural más barato del género, consideré oportuno que en el libro deberían aparecer este tipo de palabras pero que, en realidad, existieran. El lector que se tome la molestia en buscarlas, advertirá que no hay ninguna palabra puesta al azar. Todas refuerzan y cimientan el significado de las escenas, de los conjuros o de las ideas que se tratan de transmitir (otra forma de conjuros, en definitiva). Palabras escritas en tinta simpática o jugo de limón, aparentemente invisibles, pero que basta que el lector les aplique la llama de su curiosidad para sacarlas a la luz. No entenderlas todas, no obstante, no debería de lastrar la lectura de la novela: en este caso, las palabras enigmáticas pero bonitas funcionan como las jitanjáforas de las poesías.
Existen interesantes libros sobre los efectos de las palabras en el oyente o el lector, su sonoridad, la influencia psicológica en el pensamiento, su poder para troquelar los circuitos neuronales, sus mecanismos para inducir ciertas sensaciones o emociones… Es un mundo fascinante, el de las palabras.
Todo y así, como ya he dicho antes, es cierto que tiendo a manejar cierta riqueza léxica, y esto no siempre es bien recibido por todos los lectores. Me parece correcto, pues no siempre se puede escribir para todo el mundo. Mayormente trato de escribir aquello que me gustaría leer, y a mí me encanta leer novelas que contengan palabrejas que no siempre conozco. De hecho, ahora recuerdo que, años ha, cuando empezaba a dar mis primeros pasos en esto de escribir, se me ocurrió la demencial idea de parir una novela llamada Diccionario. Una historia que estuviera escrita con todas, y digo todas, las palabras registradas por el Diccionario de la Real Academia. Suerte que se me pasó el antojo.
Sergio Parra realmente no se expresa así. También sabe decir mecagoenlaputa o es la caña de España, y creo que ahí reside lo divertido del idioma: en saber mezclar alta cultura con cultura pop o el ideolecto propio de un polígono industrial. Así es como hablo, entendiendo el lenguaje como algo lúdico. Así pues, Jitanjáfora pretende ser, entre otras cosas, una fiesta de palabras. Una fiesta chez Sergio Parra.
La inspiración de Jitanjáfora surgió de dos ideas que me obsesionan. Por un lado, que la realidad es más fascinante que la ficción, y que la fantasía sólo es una forma poco convencional, oblicua o bizca de presentar la realidad cotidiana.
La otra idea es un poco más controvertida. Siempre me ha costado digerir los hechiceros que visten con túnica, o los superhéroes que visten con mallas, los de portada de cómic. Son estéticamente muy atractivos, sí. Pero ¿por qué lo hacen? Es más: por qué actúan como actúan. En general, me cuesta abstraerme de la ingenuidad de estos personajes. No me creo sus historias porque no me los creo a ellos.
En todos los géneros existen historias profundas o ligeras, adultas o infantiles. Pero siempre he percibido que en el género fantástico de magos, superhéroes u otros personajes con habilidades extraordinarias, se tiende a hacia la ramplonería y la lisura sicológica. Supongo que es un mal endémico en todas las narraciones que cuentan con elementos sobrenaturales o prodigiosos en su trama. Por ejemplo: que la mayoría de reacciones de los personajes de una película de terror sean insostenibles, ridículas. Son películas que dan miedo, pero nada más. Una buena historia no debería estar supeditada solamente a esa dimensión; dar miedo, por ejemplo. Una buena historia debería ofrecer más cosas. Por de pronto, el no obligarnos a suspender nuestra incredulidad hasta niveles que rozan la oligofrenia. Para no extenderme más, invito a quien quiera profundizar un poco más en este asunto a echarle un vistazo a un post que escribí a propósito de los superhéroes cotidianos.
Sobre si hay inspiración en Harry Potter… pues lo que hay es una crítica a Harry Potter. En el fondo, Jitanjáfora es una sátira de las historias que narran la iniciación de un personaje anodino e insignificante en un mago de poderes legendarios. Harry Potter simplemente es el referente más cercano, actual y conocido por todos, por eso se menciona.
Fantasymundo: “Tanatomanía” podría enclavarse en el subgénero “steampunk”… ¿podremos leer más novelas de Sergio Parra en esta misma línea?
Sergio Parra: Me encanta practicar lo que llaman transversalidad de géneros, experimentar con hibridaciones poco comunes, añadir comicidad a una escena dramática o dramatismo a una escena cómica, transgredir normas, tocar lo intocable y demás juegos que epaten al lector. Digo esto porque Tanatomanía, en apariencia, podría englobarse dentro del subgénero del steampunk, pero, en realidad, una vez se desvela la razón de que existan autómatas con Inteligencia Artificial en pleno Ochocientos, tal catalogación la considero errónea. Para mí, Tanatomanía es una pesadilla psicopatológica y fantacientífica nacida del ansia de fama y popularidad y del miedo a la muerte. Un juego metaliterario en el que hasta yo mismo debo comparecer como un personaje más, porque al autor de la novela es apócrifo (aunque figure mi nombre). Y de eso, habrá más en mis futuras novelas, pues son temas que me fascinan.
Fantasymundo: Reconoce que mucho de lo que escribe proviene de su vida diaria… ¿Cómo se le ocurrió el argumento de “Tanatomanía”?
Sergio Parra: Por supuesto. Quien diga lo contrario, miente como un bellaco o no se da cuenta de que a nivel inconsciente todo está filtrado por su experiencia personal. La diferencia entre una autobiografía y una novela sólo reside es la habilidad del autor para reflejar en un espejo deformante su vida o su visión del mundo. Una deformación que esté al servicio de la historia que queremos contar.
El argumento de Tanatomanía gira en torno a la impostura. El concepto de inventarnos nuestra propia vida siempre me ha interesado. La idea de que nos autoengañamos sobre lo que somos o lo que nos rodea para hacer más digerible nuestra existencia. Siempre me ha fascinado la idea de que, en realidad, nos acostumbramos a ensayar e interpretar todos nuestros actos frente a los demás, hasta que dejamos de ser actores advenedizos y, entonces, lo hacemos tan bien que nos engañamos incluso a nosotros mismos. La gente, a mi juicio, entonces deja de ser natural. Uno ya no toma un café o pasea por la calle, uno hace el papel de alguien que toma un café o pasea por la calle, milimetrando cada uno de sus movimientos, que no son más que una mimesis de algún actor o persona referencial de gran carisma.
No puedo evitar ser demasiado consciente de esta impostura, tanto en mí como en los demás; de la posición premeditadamente cinematográfica al sentarnos, al entrecerrar los ojos cuando damos una calada a un cigarrillo, como persiguiendo un pensamiento furtivo, al andar fachendosamente, al vestir así o asá, al peinarnos. Somos escaparates de nosotros mismos.
Un héroe, el protagonista de una gran hazaña, el salvador, el bueno sin mácula, el donjuán de vuelta de todo, pues, debería ser el paradigma de esta impostura: dependiendo del contexto cultural en el que debe convertirse en tal, se verá obligado a cuidar hasta el más mínimo detalle de su interpretación, vestuario y escenografía. El héroe, por lo tanto, no sería más que un grandioso actor al que no se le cae la cara de vergüenza ante tanta afectada teatralidad (al menos, cierto tipo de héroe que ha entronizado la cultura popular).
Tanatomanía trata de llevar este planteamiento hasta sus últimas consecuencias. Y, de paso, trata de salvar el mundo. Pero sólo de paso.
Fantasymundo: Tanto en “Tanatomanía” como en “Jitanjáfora” se repite el personaje “adicto a la lectura” y parece que le tiene especial cariño al tipo de conducta introvertida, pero en ambos casos es precisamente esta adicción la que inspira a sus personajes a moverse. ¿Hay alguna alusión a tu propia experiencia personal? ¿se diferencian mucho el Sergio Parra escritor del que se ve al espejo cada día al levantarse?
Sergio Parra: Los personajes surgen de mi experiencia personal, como dije antes, en tanto en cuanto su manera de ver las cosas o sus reacciones están filtradas por mi cerebro. Pero esto no quiere decir que yo piense o actúe como mis personajes. De hecho, creo que ninguno de ellos soy netamente yo. Simplemente me identifico con ciertas facetas de ellos, con algunos de sus pensamientos o ideas. Mis personajes existen para dar coherencia y consistencia a la historia que quiero contar, así que los moldeo como un alfarero que no busca hacer determinada vasija, sino que intenta que las vasijas que nacen de sus dedos no desentonen en la casa que le han mandado decorar. Un personaje es un elemento muy parecido a un ambiente, un escenario, una idea, un sentimiento o cualquier otra parte de la construcción de una novela. Preguntarme si me parezco a un personaje concreto sería como preguntarme si mi casa es parecida a la casa de tal personaje o si donde yo vivo llueve tanto como en aquella escena que describí.
Cuando una de mis primeras novelas, Frío, fue premiada en un concurso literario, el jurado alucinó cuando me vio llegar a recoger el premio. Se esperaban a una mujer madura y no a un chaval imberbe, pues la novela estaba escrita en primera persona por una mujer madura frustrada con su matrimonio. Yo nunca he sido mujer y nunca he estado casado, pero he visto cómo reaccionan las mujeres o cómo reaccionan las casadas. Me limito a describir lo que veo y a hacer un ejercicio de empatía. Y todo ello surge espontáneamente.
Así que, el caso del personaje “adicto a la lectura”, simplemente lo creí necesario para contar la historia que tenía en la cabeza. Que se repita en mis novelas publicadas (que no escritas) responde a una simple casualidad.
Si nos metemos en el terreno aquíhaytomate, entonces admito que me gusta leer, por supuesto, pero no tanto como parece. Me interesan muchas otras cosas. Soy epistémicamente hambriento, como si dijéramos. Y no todas las cosas que me interesan se aprenden en los libros.
Fantasymundo: En estas dos novelas, los personajes femeninos (al menos de cierta relevancia) se presentan demasiado inaccesibles, limitadas por su propia inteligencia a las relaciones humanas pero al final ceden ante el personaje principal. ¿Qué clase de mujeres en tu vida real te inspiran para dar vida a este tipo de “femmes fatals” o no existen?
Sergio Parra: Volvemos al tomate. He conocido a mujeres tan extrañas, disfuncionales o inaccesibles como las que aparecen en mis novelas. He disfrutado o padecido interminables guerras sicológicas con mujeres, guerras abocadas a un armisticio venéreo. Algunas personas se sienten atraídos por un tatuaje tribal en el cóccix de una mujer; yo me siento atraído por los tatuajes mentales, por decirlo de algún modo. Por mujeres extravagantes, testosterónicas. Literariamente, me importan más los avatares de una mujer cuya mesilla de noche esté a rebosar de frascos de barbitúricos. O de una señorita clorótica.
Otras mujeres que me han inspirado son mujeres que no he conocido jamás pero que han existido o existen, aunque sus biografías parezcan inventadas. Como paradigma de este tipo de rara avis femenino, invito a bucear en la vida de Martha Gellhorn, Ayn Rand o Simone de Beauvoir, por ejemplo, o en la de Ada Byron (personaje que también aparece en Tanatomanía). Son mujeres que sabían dosificar deliberadamente la glucosa romántica, nadar contra lo establecido, e, incluso, desprenderse del icono cultural de lo que todo el mundo entiende por una mujer. Son mujeres alienígenas. Me interesan al igual que me interesan los hombres alienígenas. (De nuevo, la realidad supera a la ficción, y nos damos cuenta de que no es necesario viajar a otros mundos para hablar con extraterrestres).
Fantasymundo: Parece que tienes especial predilección por los finales abiertos y cierta tendencia a evitar los finales felices tipo Hollywood. ¿Consideras que éstos no son lo suficientemente interesantes o prefieres dejar espacio para futuras continuaciones si vende bien?