Ocultando el sol con la cabeza de un alfiler

Diario de Sergio Parra

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Archive for the 'Egolandia' Category

Nominado a los premios Ignotus 2008

Posted by Sergio Parra Castillo on 27th Julio 2008

Otro año más estamos nominados a los Premios Ignotus, en esta ocasión en la categoría de cuento (el año pasado fue en la categoría de novela con Jitanjáfora).

La AEFCFT es la encargada de otorgar los Premios Ignotus o Premios de la Asociación Española de Fantasía y Ciencia Ficción. Estos galardones nacionales recompensan, sobre todo, la labor de los autores españoles en diversas categorías según los criterios de los socios. Podrán participar en la segunda fase todos los socios de la AEFCFT, entidades colaboradoras, y aficionados en general inscritos en la XXVI HispaCon/IndalCon 2008, que se celebrará este año los días 25, 26, 27 y 28 de septiembre en Almería.

Así pues, quedamos en manos del criterio único y exclusivo de los lectores. Estos son los nominados (hace ilusión compartir podio con Vila-Matas):

Aduya, de Sergio Parra (Andrómeda)
El día señalado, de Enrique Vila-Matas (Anagrama)
En la granja de órganos, de Julián Díez (Vórtice en Línea)
La apertura Slagar, de Santiago Eximeno y Alfredo Álamo (NGC 3660)
Procedimiento de rutina, de Ramón San Miguel (Sitio de Ciencia Ficción)

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Editor en Papel En Blanco

Posted by Sergio Parra Castillo on 2nd Julio 2008

Weblogs SL, la empresa de blogs comerciales más veterana de España, ha tenido a bien contar con mis servicios como editor de uno de sus blogs colaborativos, Papel en blanco, dedicado a la literatura en todas sus manifestaciones. Allí publicaremos noticias, reseñas, entrevistas y comentarios varios, de modo que si quieren ustedes seguir leyendo mis cosillas, pásense por mi sección en PeB

Sirva esto a modo de compensación por la misérrima tasa de actualización de este sitio. 

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Regreso de tierras helvéticas

Posted by Sergio Parra Castillo on 24th Junio 2008

Después de este largo silencio en el que hemos aprovechado para recorrer Suiza encima de una bicicleta como parte de la documentación de un futuro libro de viajes (aquí el absurdo video-montaje como prueba de ello), estamos de nuevo aquí con un alud de novedades que iremos desgranando poco a poco.

De la sinopsis de Youtube a propósito del video-viaje-lisérgico-dadaista-glam-ochentero:

Don Sergio Parra y don Alexis Mejías emprenden la aventura de recorrer tierras helvéticas en sus corceles de acero, prosaicamente llamados “bicicletas”.

Finalmente, una entidad multiforme y gregaria denominada “Eurocopa” (que tiene que ver con el fútbol y los afectos que este deporte produce en las mentes débiles) frustraron la loable iniciativa de estos dos jinetes en busca de la libertad perdida.

Pues eso. Que el fútbol siempre fastidiando.

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“Instrucciones para posponer el suicidio”, finalista

Posted by Sergio Parra Castillo on 5th Mayo 2008


 

ACTA DEL RESULTADO DEL VII CONCURSO DE RELATOS

                                     EL MELOCOTÓN MECÁNICO
En Granada, a 1 de mayo de 2007 el jurado del concurso, constituido por: Pilar Barba Lara, Alejandro Gonzálvez del Águila, Alfonso Merelo, Jorge Vedovelli, Mariano Villarreal y Raúl Gonzálvez del Águila,
Hacen público:
1º Declarar Finalistas a los siguientes relatos:
Asuntos Familiares, de Carlos Martínez Córdoba (Madrid)
La Cabellera de Apolo, de Carlos Parrilla Alcaide (Torrejón de Ardoz, Madrid)
Callejón sin Salida, de Ramón Cabrera Naveiras (Monells, Girona)
Instrucciones para Posponer el Suicidio, de Sergio Parra Castillo (Segur de Calafell, Tarragona)
Universo de Papel, de Sergio Gaut Vel Hartman (Buenos Aires, Argentina)
 

2º Otorgar por mayoría el VII Premio El Melocotón Mecánico, dotado con 400 euros al relato:
ASUNTOS FAMILIARES, de Carlos Martínez Córdoba
3º  Debido a la gran calidad de los relatos recibidos, el jurado acuerda conceder Mención Especial a los siguientes relatos:
La Vida-Sueño, de Claudio Martín Biondino (Buenos Aires, Argentina)
Tu Vida en un Segundo, de Rafael Avendaño Torres (Sant Boi de Llobregat, Barcelona)
Los Crímenes del Videoclub, de Manuel Jesús Osuna Blanco (Fuenlabrada, Madrid)
La Última Autopsia de Cenicienta, de Aarón Rodríguez (Madrid, España)
No te Evadas, Por Favor, de Carlos A. Gutierrez, (Texas, Estados Unidos)
El Zafiro de Markuz, de Andrés Ramos Palacios (Málaga)
El Romance del Siglo, de José Ramón Vázquez Peñas (Segovia)
El Tiempo de la Mediocridad, de Fernando Molero Campos (Córdoba)
La Nueva Musidora, de Luis López Rueda (Cornellá de Llobregat, Barcelona)
Sidgrid, de Laura Ponce (Buenos Aires, Argentina)
 

 

4º El relato ganador, más los cuatro relatos finalistas y las diez menciones especiales, serán publicados en la VI Antología de Relatos “El Melocotón Mecánico”, que aparecerá en la Colección de Libros Albemuth de la editorial AJEC.
El jurado quiere destacar una vez más la alta calidad de los relatos recibidos, y hace hincapié en que gran número de relatos de gran valía se han quedado fuera de las menciones especiales por un estrecho margen.
En esta  séptima  edición del concurso se recibieron un total de 184 relatos,  procedentes de España (139), Argentina (24), México (6) Estados Unidos (2),Ecuador (2), Colombia (2), Francia (2), Reino Unido (2),  Venezuela, Paraguay, Suiza, Australia y Finlandia (1)  
 

 

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Estrenamos columna en Fantasymundo

Posted by Sergio Parra Castillo on 22nd Abril 2008

Los amigos de Fantasymundo han confiado en un servidor para inaugurar una columna de opinión sobre asuntos literarios diversos. Y encima me han dado libertad absoluta. Pobres insensatos, no saben dónde se han metido.

Mientras dure, ahí estaremos. Así que empezamos fuerte con un tema peliagudo: las listas sacralizadas de libros. Mañana se celebra Sant Jordi por estos lares, el día del libro y de la rosa, así que el tema de qué libros deberían ser de obligada lectura (o compra) estará de actualidad.

Con este primer artículo, pues, titulado Lanza los dados para escoger tu próxima lectura, quizá esclarezcamos un poco el tema. O no.

 

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Amsterdam y la simpatía

Posted by Sergio Parra Castillo on 9th Marzo 2008

Habiendo regresado ya de Amsterdam, el regusto que nos queda tras la experiencia ha sido, sobre todo, un regusto de simpatía y detallismo extremo.

Nuestra intención desde un principio era huir de las típicas rutas turísticas, ésas arterias principales de Amsterdam cuyos comercios están instalados básicamente para tentar al visitante que quiere comprar en las tiendas que ya conoce, comer en los fast-food que ya ha probado, participar del guirigay de la muchedumbre que visita Amsterdam para ver a las putas y fumar marihuana.

No ha sido nuestro caso. Hemos visto lumias, por supuesto, pero de refilón. Hemos también frecuentado un coffe-shop, pero sin duda no era el típico coffe-shop oscuro y cavernoso, pestilente, con música alta, repleto de turistas que se sienten niños traviesos probando sustancias ilegales. No, nuestra memesfera no puede ser contaminada por determinados ambientes. Así que visitamos un coffe-shop, claro, pero estaba regentado por el sosia de Brad Pitt y era un local donde se celebraban recitales de poesía, donde sus parroquianos ya tenían una edad y eran autóctonos, donde no se buscaba tanto el esparcimiento o la ebriedad irresponsable como la conversación. ¿Muy esnob? Quizá.

Por otro lado, si hemos de quedarnos con un barrio por su encanto y tranquilidad éste es el llamado De Jordaan. Calles poco transitadas, tiendas de lo más variopinto (uno dedicado a cepillos de dientes, otro a gafas históricas, otra era una tienda de bromas intelectuales -me quedé prendado de un muñeco de acción que representaba la típica mujer a la que se le ha pasado el arroz y se ha rodeado de gatos para calmar su soledad-). Pero lo que más hay en De Jordaan (y en Amsterdam, todo sea dicho) son cafeterías infinitamente entrañables, cuidadas hasta el último detalle, con velitas, con adornos, con luz atenuada. Cualquier local, aunque fueran cuatro mesas añadidas a una panadería, parece un parador alpino o un pub dublinés. A ninguno le falta nada. Y, sobre todo, los camareros desprenden tal amabilidad que llegas a creerte un amigo perdido que regresa al hogar. (Damos por supuesto que no estaban dopados los camareros con algún cigarro de la risa). Era una experiencia que anhelábamos desde hacía mucho, ahora que la mayoría de los estamentos de la hostelería han sido invadidos por trabajadores mal pagados, normalmente inmigrantes tan mal pagados que casi te sientes un privilegiado sin te atienden, aunque sea con malos modales. En Amsterdam no vimos ningún inmigrante mal pagado sirviendo ni en bares, cafeterías o simples panaderías. De hecho, curiosamente no vimos ningún inmigrante trabajando en la hostelería (a no ser que te zambulleras en Chinatown, por ejemplo; donde aún podía ser mostrar más amabilidad y dedicación, si cabe).

¿Los precios? Pues como en Barcelona, exceptuando los cafés, el agua y los refrescos. Por alguna razón, un café podía llegar a costar más de 2 euros. Y si pedías un agua o una cocacola, se te servía un vaso de agua del grifo o un vaso de cocacola directamente vertida de una botella de dos litros. Y te las cobraban también a dos euros.

La ruta más interesante de este viaje ha sido, sin duda, la ruta gastronómica.

El día 1 comimos en un restaurante típico donde trabajadores holandeses hacían una pausa para cargar energías. Se distinguen estos restaurantes porque suelen mostrar un cartel con una sopera con los colores de Holanda y la inscripción “Neerlands Dis“. Allí, probamos los pannekoeken, simples tortitas enormes con diversas combinaciones. Creo que allí habrían más de ochenta combinaciones. Cenamos en una suerte de pub todo en madera, con velas, atención exquisita, luces tenues, sin humos ni algarabías y con vistas al canal un simple plato de quesos curados acompañado de cervezas como la Timmermans de cereza. Un plato de tacos tan grandes de queso que ya no nos quedó estómago para nada más.

El día 2 desayunamos en otra especie de cafeteria que parecía un parador alpino, atendidos por un chico joven amable y dedicado. Nos sirvió dos pedazos de pastel de manzana casero rodeados de nata. Hablo de un pastel impresionante. Un pastel casero de aspecto casi de dibujos animados difícil de encontrar en Barcelona. Allí era el pan de cada día.

Luego comimos en La Place, un mercado enorme que, además de vender, te hacían in situ la comida que tú escogieras. Que si pescado, pues pescado fresco. Que si carne, pues carne. Aparte de una infinita variedad de postres. El lugar parecía un caos. Era muy sencillo entrar, comer lo que te apeteciera y luego salir sin haber desembolsado ni un euro: todo era demasiado grande y desordenado como para mantener un control exhaustivo. Pero los clientes pagaban religiosamente. Mi acompañante se sirvió unos noodles con curry acompañados de verduras y carne escogida. Servidor, un revoltijo con carne y millones de patatas. De postre, acudimos a una de tantas fruterías del mercado, donde te exprimían cualquier fruta y te la convertían en un batido. En este caso, fue uno de mango. Y una cookie de chocolate.

La cena fue chachi piruli en Chinatown. Un japonés típico, como si hubiéramos aterrizado en Asia. Ensalada de algas, sopa miso, sushi, salmón con aguacate, tempura de gambas con pepino. De nuevo, atención excelsa. Ah, y de postre algo que sólo habíamos visto en Nueva York: un BubbleTea. Una especie de batido granizado de frutas en el que han colado decenas de gominolas. Sorbes el batido con una caña gruesa por la que se van colando las gominolas. En este caso, nos atrevimos, previa recomendación, con un BubbleTea de taro. Sólo decir que repetimos.

El día 3 desayunamos en un horno de pan cuya camarera no sabía cafés con leche. Croissant calentito con mantequilla y mermelada.

Comimos en otro restaurante holandés popular y probamos otra especialidad local, el hutspot: potaje de patatas, zanahoria, cebolla y carne. Todo acompañado con panecillos con mantequilla de ajo untada.

Cenamos en un restaurante especializada en fondue. Impresionante. Al principio no dábamos crédito de lo pequeño que parecía en local, pero pronto descubrimos que existían varios pisos, a los que se accedía por empinadísimas escaleras de peldaños estrechos. Parecíamos bomberos subiendo una escalera. El lugar, de nuevo, tenía una ambientación exquisita. Estábamos como en otro mundo, hasta la atmósfera era diferente. Mientras escogiamos en la carta, nos dieron a probar un pan de chapata sobre una tabla de madera acompañado de mantequilla de ajo y hierbas. Al fin, empezamos con una sopa de cebolla con coriandro con crostones de pan y queso. Tan intenso era su sabor que cada cucharada equivalía a cien sopas de Sopinstant. Casi lloramos. Luego vinieros dos fondues. Una era suiza, de mezcla de quesos. La otra, alsaciana, con jamón ahumado. Apenas nos quedaba sitio en el estómago para el postre: una mousse de chocolate no muy boyante, la verdad sea dicha, aunque era llamativo por el tamaño, megalítico, servido además en un plato tan grande que a duras penas cabía en tu mesa, todo salpicado de azúcar glasé.

El día 4 desayunamos muffin de almendras y croissant de queso en una panadería tan entrañable de el Jordaan que parecía recién salida de Stars Hollow.

Comimos pato Pequín en Chinatown, sabrosísimo, y arroz con unos tres mil ingredientes. Los won-ton eran enormes. Y BubbleTea de taro, por supuesto.

La merienda fue en un café que parecía hasta de mentira por lo bonito y entrañable que era (una simple recreación de parque temático ambientado en los Alpes), delante del hippie canal Singel. Tortitas de chocolate, claro.

Ay, qué bonito es Amsterdam. Y, visto en retrospectiva, ¡cuánto comimos! 

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Otra entrevista

Posted by Sergio Parra Castillo on 24th Febrero 2008

A rebufo del anterior post, aprovechamos para publicar una entrevista concedida a Juanma Santiago a propósito de la publicación de Jitanjáfora. Inicialmente, la entrevista iba a aparecer en una revista del género, pero la revista en cuestión creemos que ha cancelado su andadura. Ahí queda, como curiosidad arqueológica:

Me gustaría poder empezar con las trivialidades que se emplean para contextualizar las entrevistas promocionales. La ambientación bien podría haber sido la de una cafetería modernista, con un leve tono austrohúngaro; acaso la del Círculo Ecuestre de Barcelona, o tal vez algo más funcional, como la cafetería de la librería Central del Raval; o algo definitivamente más acorde con la esencia de la novela, como el restaurante del mago. O las playas de Segur de Calafell, una agradable localidad tarraconense, en la que reside nuestro autor y yo veraneé unos cuantos años: Sergio Parra intentaría desentrañar los entresijos de su novela mientras a mí se me iría el santo al cielo, evocando a aquellas tres chicas belgas tan monas a las que conocí en el noventa y dos, o la chica pelirroja que frecuentaba los coches de choque, espacio hoy convertido en un bloque de apartamentos.

Pero no. Esta no es una entrevista al uso, por dos motivos: el primero, que Sergio Parra no es un autor convencional, algo que se puede apreciar si se ha leído su aún escasa (pero interesantísima) obra; y el segundo, porque lo que vais a leer a continuación es el resultado de unas cuantas charlas vía correo electrónico, que mantuvimos mientras tomaba notas para escribir el prólogo de Jitanjáfora.

 

Uno de los aspectos más llamativos de Jitanjáfora es tu dominio de la descripción y los recursos estilísticos; de hecho, el título mismo parece indicar que la novela es una metáfora.
Me encanta jugar con el lenguaje, retorcerlo, e intentar describir las cosas más anodinas con los elementos más heterodoxos: sólo así se puede evitar caer en la monotonía o la sosería. Una buena historia puede verse lastrada por una narración carente de mordiente, rectilínea.

 

También es cierto que un estilo alambicado puede suscitar la fascinación y el empacho a partes iguales, pero es un riego que estoy dispuesto a correr si con ello consigo (aunque sólo sea un poco) alejarme de las imágenes más trilladas. Porque sí, puede resultar menos accesible, pero todos hemos leído tantas veces lo de que “su nariz era aguileña”, que personalmente agradezco un “estaba acomplejado por las connotaciones ornitológicas de su nariz”. Lo segundo corre el riesgo de ser cargante. Pero si no se arrostran ciertos riesgos, si no se está dispuesto a practicarse un harakiri creativo,  ya no me parece divertido escribir (ni leer).

 

Por otro lado, el título está muy meditado, en efecto: una jitanjáfora no significa nada, la novela no significa nada. Sólo tú debes otorgarle el significado. A su vez, la palabra suena a palabra mágica, a palabra comodín… No significa nada, pero puede significarlo todo. Existe y no existe, a la vez. Como los hechiceros.


En frases como “Conrado maldecía el sortilegio que lo mantenía encadenado” trazas una interesante analogía entre la adicción del protagonista y un encantamiento, algo que me remite a tu anterior novela, Frío, y su (tu) querencia por lo fantástico cotidiano. Presentas lo fantástico como algo natural que sucede aquí y ahora. ¿Te convierten tus coqueteos con los elementos fantásticos en novelas fantásticas que aparecen fuera de colección te convierten en un “quintacolumnista del género”?
Quizás el epíteto me quede un poco grande. Puede ser, no lo sé. Escribo lo que me gustaría leer… y lo que me gusta es la hibridación indiscriminada. Mezclar cosas que aparentemente no pueden mezclarse. El protegido me abrió mucho los ojos en ese sentido: es una película de superhéroes lánguida, cotidiana, mundana, detallista. Con Frío quise conseguir algo parecido: la historia de Pinocho o de un robot en una novela aparentemente romántica. Me gustan mucho las fantasías desaforadas, pero también es muy gratificante disfrutar de una historia que, a pesar de su fantasía desaforada, sea tan plausible como cualquier argumento mainstream.

Insistes mucho en que “los locos abren los caminos que más tarde seguirán los sabios”. ¿Lo aplicas sólo a esta novela, a tu concepción de la literatura en general (los personajes de Frío y “Juan Hitlerfranco” también tienen sus patologías más o menos definidas) o a la vida misma?
Me interesan más los personajes freaks y esquinados y las historias raras y desconcertantes, sí. Dan mucho juego. Intento aplicarlo a todo lo que escribo, en mayor o menor medida. Por otro lado, hay más de un estudio que desvela que, ciertamente, la mayoría de grandes descubrimientos de la humanidad, en casi todas las áreas del conocimiento, han sido llevadas a cabo por personajes extravagantes, tan raros que no han dudo en tomar caminos que pasaban desapercibidos a los demás. Es fascinante la idea de la locura como catalizador de la evolución. Y tiene sentido: la evolución es una mutación, una monstruosidad que más tarde se revela como una mejora: el primer homínido bípedo seguramente parecía un monstruo ante sus allegados cuadrúpedos.

Me gusta cómo utilizas la nomenclatura médica y la introduces en la trama. Todos los personajes padecen alguna dolencia; prácticamente cualquier enfermedad puede dar pie a un comentario sobre la fisonomía de los personajes. ¿Hasta qué punto lo haces a propósito o te sale por sí solo?

Académicamente siempre fui de letras puras, pero me encanta leer de todo, sobre todo ciencia. Y cada desafío literario, sobre todo Jitanjáfora, es para mí una oportunidad para documentarme profusamente sobre toda clase de cosas. Descubro cosas apasionantes en las documentaciones previas y me da mucha rabia descartarlo casi todo para no hacer pesada la trama (apenas sobrevive un uno por ciento, creo que voy a empezar a escribir ensayos para desahogarme), así que hago lo que puedo para introducir elementos que creo que harán disfrutar tanto al lector como a mí me hizo disfrutar descubrirlas. También odio las típicas descripciones; me gusta experimentar en ese sentido. Describir por partes, casi justificadas por el contexto, y ser muy preciso en las expresiones, los tonos de voz, etc. Cuando escribo, “veo” la película en mi cabeza, y mis personajes los interpretaran actores de la talla de Jack Nicholson o Robert de Niro. Describir sus expresiones, que tanto dicen, que tanto expresan, requiere de atención casi quirúrgica. 

La manera de hablar de Figueredo me recuerda a la del islandés de Frío, pero también a la de los personajes de Eduardo Mendoza. Parece como si después de El misterio de la cripta embrujada, Mendoza haya querido escribir una novela iniciática sobre magos.

Un comentario muy acertado, amén de que Mendoza fue por muchos años uno de mis escritores predilectos. Figueredo es una caricatura, un cartoon hiperbólico. Quería forzar al máximo su expresión verbal, llegando, en algunos momentos, a niveles casi siderales. Y me lo pasé pipa poniéndome en su piel y dejando vía libre a toda mi pedantería contenida por el decoro y la buena educación. Creo que no he leído nunca sobre un personaje tan excesivo como Figueredo, así que no hay término medio para él: le amas o le odias.


El capítulo tercero contiene una preciosa disquisición sobre geografías imaginarias y lugares que nunca existieron. La Escuela de Salzburgo, la Granja y la escuela de monstruos de Corfú podrían figurar en cualquier guía al uso, como la de Alberto Manguel, o en algún escrito de Italo Calvino, o Jorge Luis Borges.

Te confesaré que la Escuela de Salzburgo existe. He estado en ella. Está perdida en los Alpes, es casi mágica, un castillo disneyniano. En realidad es un hotel / residencia evangélica, o algo así. Me quedé con las ganas de pasar la noche allí. Pero logré colarme de rondón cámara de video en mano, e hice un docudrama que ni The Blair Witch Project (espero que nunca salga a la luz).

 

Me encanta viajar, y eso, sospecho, se trasluce en lo que escribo. Y, sobre todo, me obsesionan los lugares que creemos que no existen, pero sí lo hacen. Por ejemplo, Sealand, un país ubicado en un fortín militar de 550 metros cuadrados, a 10 kilómetros de la costa inglesa: tiene su propia legislación, su propia moneda, sus propios sellos; y sólo 5 habitantes. O un enigmático barco de millonarios y científicos que navega por aguas internacionales para estar a salvo de legislaciones que coartan sus desaforados proyectos. O una isla construida con garrafas y botellas de agua vacías, unidas pacientemente, hasta formar el suelo, la chabola y hasta la palmera sintética.


Veo mucha filosofía zen en la estancia en la Granja, en la identificación con lo que uno es, no con lo que parece. ¿Tienes en cuenta las religiones orientales a la hora de escribir?

Literariamente, las tengo en cuenta, sí, aunque cojo de allí y allá anárquicamente, para que cimienten los objetivos de la historia. La estancia en la Granja, por ejemplo, es más una revisión de Rebelión en la Granja (con unas dosis de ácido lisérgico) y una mezcolanza de filosofías varias.


En otro registro, veo un toque orwelliano en la estancia en la Granja, que se podría interpretar como un homenaje a Rebelión en la granja… o una parodia de Gran Hermano.

Lo de Gran Hermano no fue intencionado, pero Rebelión en la granja me fascina, como dije antes. La razón de ser de la granja, de todas formas, es la inclusión de un paso previo para entrar en la Escuela propiamente dicha. Digamos que antes de entrar en una escuela de magia hay que cambiar un poco tus abcisas y coordenadas sobre todo lo que crees saber de ti mismo. Cuando lo has perdido todo y te has dado cuenta de que en realidad no eres más que un animal disfrazado con corbata, entonces estás preparado para dar el siguiente paso.


El concepto de escuela de magia racional es un hallazgo, al igual que el desenlace, en la onda de El protegido, pero con otra vuelta de tuerca: ¿Quién es bueno? ¿Quién es malo? ¿Estamos leyendo sobre la forja de un supervillano? Me acordaba de El juego de Ender. ¿Es Batalla Espacial, el videojuego con el que se entretiene Conrado, un homenaje implícito a la novela de Card?

La génesis de la historia nació simplemente del pensamiento de la “hechicería laica” o una explicación racional de todos los prodigios de la magia. Quería construir una historia con esa premisa. Necesitaba contarla a toda costa. Y lo fui aderezando todo poco a poco.

Mi idea era mucho más sencilla en un principio: Un discurso político puede cambiar a la gente, puede cambiar la historia, ¿no es entonces igual de poderoso que un conjuro verbal (normalmente en latín) como los descritos en las novelas de fantasía tradicionales? Seguro que unas palabras eróticas pronunciadas por parte de una fémina de buen ver causan más cambios en un auditorio que el mejor de los conjuros amorosos. Estaba obsesionado con la manera en que la realidad es más apasionante que la fantasía, superando cualquier ficción. La magia real es más apasionante que la inventada. Sólo tenía que buscar el equivalente laico de todo acto mágico, y ahí es cuando llegó el verdadero proceso de documentación.

La vuelta de tuerca también fue una tortura para mí. Estuve a punto de iniciar la primera escritura de la novela sin saber cómo terminaría… cosa que no suelo hacer. Necesitaba un final. Necesitaba algo que le diera empaque al conjunto. Creo recordar que estuve dos días y dos noches sin pensar casi en nada más. Incluso tuve un ataque de estrés: cuando me obsesiono, me obsesiono de verdad.

 

Por fin, a última hora, como un fogonazo, se me ocurrió que todo fuera al revés (no quiero dar demasiadas pistas). Es una idea extrañamente poco explorada. Pero, a fin de evitar que los lectores estuvieran sobre aviso, y por tanto reticentes a aceptar lo que hacen los brujos, tenía que introducirles en este mundo sin prejuicios, engañados. En ese sentido, me impresionó A sangre fría, de Truman Capote: al principio odias lo cruento de sus actos; pero luego, cuando te pones en la piel de los protagonistas, entiendes sus actos, te solidarizas con ellos e incluso te pones de su parte. Necesitaba algo así. Y creo que funciona.

 

Y es que El Mal es necesario para eliminarnos, porque el Bien nunca tendría cojones para hacerlo, ni siquiera aunque fuéramos el cáncer del mundo.

 

Lo de Batalla Espacial me ha sorprendido: pensé que nadie daría con el homenaje.


Una boutade: el MenCorp parece un quidditch maquinado por partidarios de la programación neurolingüística.

Superficialmente, el referente de Jitanjáfora es Harry Potter. Quería hacer un Harry Potter adulto, toxicómano y lleno de matices oscuros en un mundo donde la magia no existe. Así que el torneo era imprescindible para mí.

Del MenCorp he recibido críticas muy dispares. A Raúl, por ejemplo, le encantaba, le parecía la mejor parte de la novela… hasta tal punto que me rogó que la alargara un poco más, y así lo hice, trasladando partes de las clases teóricas al plano práctico del torneo. Eliminaba así parte del peso de las clases, ya de por sí muy extensas.

 

Tu boutade me gusta, nunca lo habría definido así pero creo que encaja a la perfección.


El concepto de temperación está bien desarrollado.

Es una pequeña teoría que formé en mis días de estudiante de Filosofía. En el fondo, es muy simple, como también lo es la de la caverna de Platón y demás parábolas, pero encierra una belleza sobre la imposibilidad del conocimiento absoluto y la relatividad de las opiniones y los actos que, personalmente, me fascina. Utilizo la palabra “temperar” en mi día a día como si existiera en el diccionario, pues no encuentro un sinónimo adecuado para ella: inteligencia, cultura, astucia, cinismo y demás me parecen términos demasiado cojos para englobar todo el universo de la temperación.

 

Por cierto, el acuñamiento de la palabra tiene una historia muy, muy larga. Daré pistas: tiene que ver con la música, la armonía y Bach.


La premisa de la asignatura de Pócimas y su “alterar químicamente las sinapsis a fin de incrementar sus capacidades mnemóticas o fijar ciertas emociones o estados neurales” parece relacionada con la naturaleza de los brujos creados por Andrzej Sapkowski en su serie de Geralt de Rivia. ¿Partís de los mismos supuestos, o es casualidad?

Casualidad, imagino, porque no he leído a Sapkowski…. y creo que la dinámica del espionaje industrial no ha llegado todavía a la literatura.  

 

Siempre me han atraído las historias sobre “historias secretas del mundo”, que pueden ser Gaiman o Cotrina, u ocultismo, o redescubrimiento de la Golden Dawn, o efecto Dan Brown. En Jitanjáfora, introduces ese concepto a partir de un personaje enigmático, Umami, que guía al lector hacia la escuela de Corfú y el meollo de la novela. ¿Hasta qué punto te parece uno de los personajes centrales de la novela, la encargada de que Conrado adquiera conciencia de dónde está metido, una contrapartida de Helena Bonham Carter si leemos la novela como una especie de El club de la lucha con magia racional?

 En efecto, necesitaba un personaje femenino inspirado en la Marla de El club de la lucha. Cierto es que, en un principio, Umami no iba a tener demasiado protagonismo. Pero, poco a poco, su papel fue creciendo por sí solo. Quería conseguir un personaje desconcertante, difícil de entender. He tenido un par de experiencias con mujeres que me han parecido marcianas, enigmáticas, raras, inmensamente inteligentes, peligrosas para ellas mismas y para los que les rodean… Umami acabó siendo una amalgama de estas dos mujeres. Juro que hay aspectos calcados.

 

La temperación supone un avance en el conocimiento que para un ignorante debe parecer misterioso y turbador. La misma sensación que yo había experimentado al relacionarme con estos dos elementos de la naturaleza. Es posible que no le haya sacado todo el partido posible, pero temía que eclipsara el protagonismo de Conrado. Y si dejaba mucho de ella en la sombra, ello podía contribuir a alimentar la sensación de extrañeza que transmite.

 

A pesar de todo, ¿quién no querría pasar una noche con Umami? Con ella el sexo es lo de menos.


Jitanjáfora puede leerse como una reflexión sobre el poder, la responsabilidad y la capacidad de libre albedrío: todos los personajes relevantes de la novela toman una decisión, y la llevan hasta las últimas consecuencias. La clave está en el siguiente párrafo: “La opinión no es relevante, lo trascendental es la reflexión que hay tras la opinión. La opinión no es interesante sino su peso. Mi opinión era más profunda y madura a pesar de concretarse en lo mismo: comer carne sin remordimientos de conciencia”. (Pág. 90)

Quizá peco de hiperreflexivo, pero pretendía que la novela fuera lenta, casi meándrica. Me obsesiona buscarle tres pies al gato a cosas que la gente considera ciertas, inmutables e intocables. Me gusta provocar, pues sin provocación no hay verdadera ruptura, y sin ruptura no hay evolución. Lo contrario provoca una esclerosis en las ideas, lo cual deriva en una muerte quizá no biológica pero sí mental.

El párrafo que mencionas es el perfecto resumen de la espiral y la temperación, sí. Tempera quien más piensa lo que hace, haga lo que haga. De este modo, voy intentando inocular en el lector la idea del relativismo a ultranza (de actos y de ideas, no de las reflexiones que subyacen a ellas), y así justificar más tarde las terribles decisiones de los personajes que pueblan la novela.

 Otro indicio de que te va lo zen: “Sin cambio no hay movimiento. Sin movimiento no hay vida”. (Pág. 94.) Es la espiral del conocimiento, la espiral del ADN y el camino hacia el nirvana.

Desde que leí un libro de Jorge Wagensberg me encantan las formas geométricas recurrentes de la naturaleza: la espiral, la onda, el fractal, el hexágono, el círculo… Es fascinante descubrir que el mundo y la vida son como son gracias a la eficacia de apenas ocho formas geométricas. Tanto me interesó el tema que traté de escribir una octología que las representara. La espiral es Jitanjáfora. En Frío, la forma predominante es el círculo, pues el círculo representa la perfección, y, al contrario que la espiral, no evoluciona, sólo gira eternamente por el mismo camino, muerta pero autoconclusiva, como el protagonista islandés, como el pensamiento ausente de emociones y sentimientos de un robot: ideas ideales pero poco profundas o maleables. Aparte de estas dos, también tengo cuatro novelas más de cuatro formas diferentes, aún inéditas: la de la hélice, la del ángulo, la de onda y la del hexágono.


El nombre de guerra de Conrado, Don Nadie, es una buena metáfora (o jitanjáfora) de la humanidad alienada, el hombre sin atributos de Musil. Eso es lo que somos, hasta que encontramos una razón para vivir.

Yo no lo habría expresado mejor. La verdadera esencia de un hechicero consiste en despojarse de cualquier atributo con el que le haya investido la sociedad y la cultura. Sólo desde cero se es capaz de empezar a progresar en la espiral. Sólo asumiendo que has perdido el tiempo durante 30 años de tu vida, que no eres nadie, que eres un proyecto de persona, lograrás tener la mente lo suficientemente abierta como para creerte un hechicero laico. Porque en eso consiste, en el fondo, en ser hechicero laico: en creérselo.


Hay muchas alusiones a la química en la novela, (el flash-back de la Granja en el capítulo 9), paralelismos con la heroína y el hambre de droga. El desenfreno alucinatorio de este capítulo es de lo mejor de la novela, muy new wave. Si el primer recopilatorio de Los Planetas se titulaba Canciones para una orquesta química, la reseña de tu novela se podría titular igual.

El título que mencionas me parece excepcional. La química modifica el cerebro, y el cerebro es la realidad, ergo la química modifica la realidad. Por ello es tan importante la química para un hechicero laico, porque es la forma científica de provocar lo que las leyendas describen como hechos fuera del cuerpo, mágicos per se. La magia está en el cerebro: la realidad sin un cerebro que la interprete es una masa insustancial esperando ser definida, como un libro en blanco. La tinta psicodélica de la química te permitirá escribir un libro muy colorido y repleto de detalles.


Cuando alternas los flash-backs del establo con los sucesos de la escuela, explicas más que en el primer capítulo de la Granja, para que podamos reconstruirlos ahora que estamos iniciados en los secretos de la escuela de magia de Salzsburgo.

Esto se lo debo a Raúl. En un principio, todo sucedía secuencialmente. La entrada a la Escuela, por tanto, no llegaba hasta la página 100. Raúl temía que los lectores se agotaran antes de llegar al meollo de la historia. El resultado creo que gana en intensidad, no queda tan deslavazado.


Cuando Sobievsky dice “El lenguaje es para el hechicero una caja de trucos, su utillería fundamental” (pág. 127), ¿estás hablando de hechiceros o de escritores? ¿Estás dando la clave de por qué la novela es una jitanjáfora?

La novela está repleta de símbolos. Por supuesto, un escritor es un tipo de hechicero. Los libros siempre han sido objetos muy poderosos. Objetos mágicos. Porque un libro es como un cerebro fosilizado que uno puede investigar a conciencia. Y si uno accede voluntariamente a otro cerebro es más proclive a ser influenciado por éste si el cerebro en cuestión se empecina en convencerlos de sus ideas. El poder del lenguaje adquiere, pues, mayor fuerza y consistencia si está plasmado en un libro. Porque la voz del libro es la voz del que lee, la propia voz. Un escritor, pues, puede ser un poderoso hechicero laico. Pero de una novela se pueden sacar tantos mensajes, que en el fondo un libro, por sí mismo, no es nada, es una jitanjáfora, hasta que pasa a formar parte del hardware neuronal del lector: allí empieza a adquirir el sentido que el lector quiere (o puede) otorgarle.


¿Te sientes identificado con ese “¿Qué mayor rebeldía existe que pasar desapercibido y fundirse con el medio?” de Figueredo? (Pág. 132.) Me da la impresión de que hablas a través de él en mayor medida que a través de otros personajes.

No lo creo. Lo cierto es que me considero identificado con todos los personajes a partes casi iguales, Figueredo no contiene más carga de ego de lo habitual. O eso, o es que según el día prefiero conducirme bajo los dictados de uno u otro discurso.

 

Figueredo, también es cierto, pronuncia monólogos tan largos y enrevesados que, tal vez, dé la sensación de que transmite lo que yo pienso en realidad. Esto es una novela: todo lo que aquí digo lo digo porque lo piensan sus personajes. Lo que yo pienso me lo reservo para mí. O no. Ahí está la gracia.


¿Has escrito una novela de CF dura sobre algo tan aparentemente irracional como la magia, en un intento de racionalizarla y acercarla a la filosofía, la psicología, la medicina y la biología?

Como te dije, ése fue el acicate para este proyecto: extirpar todo lo místico de la magia y presentarla bajo una cobertura inteligente, racional y atea. Por ello son hechiceros laicos. La filosofía, la psicología, la medicina y la biología son mucho más interesantes, profundas, inesperadas, sorprendentes y, sobre todo, reales y aplicables al mundo y a nosotros mismos que la magia. Una religión atea, una hechicería positivista, una filosofía física, una sociología genética, una moral técnica…, estas mezclas aparentemente oximorónicas me parecen muy interesantes para desarrollar en un futuro.


¿Es la cena de Umami y Conrado en la escuela de monstruos de Corfú un trasunto de las deconstrucciones culinarias de Ferràn Adrià, o intentabas trazar paralelismos entre comida y arte?

La verdad es que mi intención era ir presentando la manera de pensar de los hechiceros laicos. Nada de absolutos, ni de creencias férreas. Si destripan y obtienen hibridaciones nuevas y sorprendentes con los libros, ¿por qué no habrían de hacer lo mismo con todo lo demás? Descomponerlo todo en unidades…, fusionarlo todo…, agitarlo todo. También la comida, por supuesto, y los sabores. Así que, más que un homenaje a Ferrán Adriá, es una crítica a la cocina de autor: el autor es uno mismo, nada de nombres rimbombantes, nada de precios, nada de estrellas Michelín. Beber agua como si fuera el vino más caro del mundo y viceversa. Total ausencia de canon.


Vuelvo al tema de las adicciones. Que Conrado y Aleister Crowley sean heroinómanos me parece más que casual. ¿Qué relación percibes entre las drogas y la magia? ¿Abren por igual la percepción? ¿Podrían Carlos Castaneda, Don Juan y Aldous Huxley haber pertenecido a la Escuela de Magia de Salzburgo?

Como apunté antes, la química lo es todo. La química define la realidad y lo que pensamos de nosotros mismos. La pluma que agarra Dumbo para volar, la pluma de la confianza, no es más que un inductor químico. Si a alguien le extirpan la amígdala, la parte del cerebro donde reside el sentido del miedo, deja de notar el miedo para siempre. Le puedes encañonar con un revólver en la sien y apenas se inmutará: percibirá el miedo intelectualmente, pero no le temblarán las manos. Las drogas son los hijos toscos e incipientes de la verdadera revolución química que aún ha de llegar. Así pues, en plan conejillo de indias, uno puede practicar magia laica con las drogas, igual que puede matar moscas a cañonazos. Funciona, pero hace mucho, mucho ruido. Por ello, la droga que en un principio consume Conrado es anárquica, le conjura a él mismo, le encadena, anula sus poderes. Bien dirigida, empero, le puede convertir en un superhéroe.

 

Umami es el nombre de un quinto sabor. Su vida parece pura sinestesia. Una jitanjáfora es una metáfora sonora. El torneo MenCorp es una metáfora del cuerpo humano. ¿Hablas sobre los límites de la percepción humana y su incapacidad de describirla o acotarla mediante el método científico o los síntomas clínicos?
Por supuesto. La espiral ya indica que todo es relativo, que la realidad es inalcanzable, sólo damos vueltas y vueltas para encontrarla… aunque los hechiceros dan vueltas cada vez mayores, abarcando más espacio, más realidad. No conocen la realidad, pero la experimentan en su totalidad. Prueban posturas, ideas, se equivocan y se vuelven a equivocar. Siempre torcidos, pero siempre probándolo todo, abarcando cada vez más. 


El planteamiento de la novela, implícito en ese “¿Nunca te has preguntado por qué los malos de las películas son malos?” (pág. 259) y lo que sigue (y que no reproduciremos en esta entrevista, para no incurrir en espóilers innecesarios), es el mayor acierto de la novela.

Es una de mis frases favoritas, de hecho. Ponerse en la piel de otro. La empatía exacerbada. Entender al enemigo. Perdonar a quien te acaba de asesinar. Creo que era un terreno demasiado inexplorado y tenía ganas de hollarlo con ganas.


Hablemos de la génesis de Jitanjáfora. ¿En qué momento decidiste escribirla? ¿Cuánto tardaste? ¿Por qué ese punto de vista?

Como dije antes, surge de una simple reflexión: la hechicería laica, atea, racional, positivista, real y cotidiana es mucho más interesante y está más repleta de matices que la imaginada por los escritores. Me parece más interesante que alguien me muestre un objeto cotidiano y me enseñe a mirarlo de forma distinta, bizca, para verle cosas que antes no había ni siquiera sospechado que existían.

 

La empecé a incubar hace algo más de dos años. Tardé relativamente poco en parirla: apenas cuatro meses. Los dos primeros meses fueron de documentación. Creo que estuve todo ese tiempo leyendo un ensayo por día, de los más diversos temas, haciendo mil anotaciones, esquemas… Llené docenas de carpetas con información para cada dolencia, las vestimentas, las clases, las referencias históricas. Sospecho que si lo reuniera todo podría escribir un grueso ensayo de hechicería laica.

Los dos meses siguientes los dediqué a una escritura febril y enfermiza. Por aquel entonces, en mi trabajo debía hacer unas guardias nocturnas interminables de ocho y diez horas. Me pasé todo ese tiempo rellenando libretas con letras menudas y aserradas. (Siempre escribo a mano, soy incapaz de escribir directamente a ordenador.) En ocasiones, al amanecer y llegar mi relevo, mi mesa estaba completamente llena de papeles, notas, post-its, ficheros y dibujos. Fue extenuante, apenas notaba los dedos después de tanto escribir y reescribir sin apenas pausa… Estuve a punto de tirar la toalla, para salvaguardar mi salud física y mental. Pero, vista en perspectiva, fue una experiencia muy enriquecedora y no me arrepiento de ella, a pesar del estrés que me supuso.

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Entrevista en Fantasymundo

Posted by Sergio Parra Castillo on 14th Febrero 2008

Los señores de Fantasymundo han tenido la gentileza de realizarme esta larga y enjundiosa entrevista.

A continuación, para los vagos a la hora de pinchar enlaces, la transcripción de la misma:

Fantasymundo: En “Jitanjáfora” cada palabra parece estar extremadamente medida, ¿Hay alguna intencionalidad oculta en utilizar palabras poco comunes o Sergio Parra realmente se expresa así? ¿Qué inspiró la idea general de “Jitanjáfora”? No creo que haya demasiado de “Harry Potter” en el detontante de la obra. 
Sergio Parra: Hasta el más cerrado de los finales puede ofrecerte la posibilidad de continuar abundando en el universo que has creado. Todo es cuestión de echarle imaginación. No sé, como lo de “10 años después” o lo de contar la misma historia desde el punto de vista de otro personaje. Las soluciones son infinitas. Así que mi interés por los finales abruptos, inconclusos, los sad end, es meramente estético. Sé que, psicológicamente, el lector se puede quedar frustrado o con ganas de más, pero es una sensación que, medida, puede ser muy interesante experimentar en torno a una obra. Un happy end es reconfortante para el alma; un final diferente no es tan digerible pero, a cambio, te invita a seguir pensando en el mundo que has explorado, a continuar con tu imaginación allí donde el autor ha optado por dejarlo. Los finales convencionales, pues, estaría más dirigidos hacia los sentimientos; los finales poco convencionales, a la razón y la reflexión.

Eso no quiere decir que me desagraden los finales disneynianos.

Fantasymundo: ¿Qué es lo más difícil de escribir una novela –aparte de conseguir editorial- y qué papel puede tener internet en su promoción? ¿podrían hacer más al respecto las editoriales o el mercado del fantástico en España es demasiado reducido para plantearse acciones más amplias? 

Sergio Parra: Lo más difícil para mí, sin lugar a dudas, es corregir, pulir, reescribir y tirar lo eliminado a la basura. Esa fase de la escritura me parece tan siniestra y dolorosa como la más restrictiva de las eugenesias. Tú, sí; tú, no; tú, sí; tú, no. Horrible. Además, acabas leyendo tantas veces tu propia novela que, al final, la detestas. Es como una tortura china. Buscar que tal o cual palabra significa lo que realmente crees que significa (llevándote más de una sorpresa con el diccionario), suprimir ciertas cacofonías, reiteraciones o anfibologías, mantener una visión general de la historia para sostener el ritmo. Normalmente tardo tres veces más en corregir que en escribir, aunque haya partes que fueron escritas de corrido y así se quedaron, por obra y gracia de una rara inspiración. Creo que era Oscar Wilde el que decía que podía pasarse todo un día escribiendo para sólo cambiar un adjetivo del texto. Ese grado de meticulosidad ya me parece enfermiza, a lo Stanley Kubrick. Pero sin llegar a esos niveles, la simple corrección estilística puede llegar a ser exasperante.

Internet es una herramienta de promoción que hace unos pocos años no existía, y, a la larga, a medida que se vaya implantando, estoy convencido de que irá girando las tornas de la industria editorial así como ya lo ha hecho de la industria musical. Los escritores totémicos serán menos, los gustos se diversificarán, los futuros lectores se verán más influenciados por un trailer de youtube, una reseña en un blog que leen a diario, una versión electrónica y copyleft o una comparencia de un autor en Second Life que por el establishment convencional. Internet todavía es muy joven, pero su papel será crucial los próximos años para conformar la cultura del futuro. Internet será más real que la propia realidad. O será una realidad bis con tanto peso como la convencional.

El mercado del fantástico en España no es reducido, si acaso es reducido el mercado de los autores en cuyo nombre aparezca la letra ñ (hasta Castaneda se quitó la vírgula de su apellido para vender más). Las películas más taquilleras suelen ser de temática fantástica. Los libros fantásticos, pese al tópico, creo que también tienen buena prensa. Recordemos el éxito de crítica de La carretera, de Ian McCormack, o la aplaudida carrera de Jonahtan Lethem, David Foster Wallace o Paul Auster; autores todos que han producido obras de fantasía o de ciencia ficción, aunque no estén dentro de las corrientes del llamado fandom.

El problema, pues, parece doble. Por un lado, los nombres españoles no venden: parece que la calidad literaria esté reñida con tu nombre o con el registro civil donde te decidieron inscribir; así, los autores celtíberos siempre han sido gaussianamente numerosos, pero ni se les escucha ni se les respeta. Por el otro, las novelas endogámicas de fantasía tampoco atraen ni al público ni a la crítica. La pregunta es si el fantástico quiere o necesita vender más o tener mayor reconocimiento. Y si esos logros, quizás, no acabarán con cierta pureza del género o, por el contrario, pulirán carencias propias del género que no ha sido sometido a examen general; carencias que los consumidores de fandom toleran o pasan por alto. Sospecho que la editorial que se proponga vender más se verá obligada a tomar medidas en estos dos puntos, tal y como lo hizo en su día el género negro para gozar del prestigio actual. ¿Una victoria pírrica, quizá? Eso ya depende de cada uno.

De todos modos, cada vez hay más autores españoles que triunfan en el mercado nacional e internacional (José Carlos Somoza, Albert Sánchez Piñol), aunque sean autores que no se adscriben al fandom ni les interesa, que no se pliegan a las exigencias del género fantástico.

Y en este punto, el de que se crean exigencias inamovibles dentro del fandom, también es responsable cierto sector de la crítica, endogámico y anquilosado. Un sector de la crítica cuya estrechura de miras a la hora de valorar una obra obliga al autor que quiere salir adelante a parir obras clónicas. Por ejemplo, quienes repiten que el tal o cual novela no hay ritmo o (y aquí me quedo un poco asombrado) que en tal o cual novela no pasa nada. Como si eso fueran aspectos negativos. La libertad creativa no debería estar supeditada a convenios estilísticos tan estrictos. Si no te gusta una novela no aduzcas que no te gusta porque no está dentro de lo que se entiende comúnmente por novela. Estoy un poco aburrido de leer invectivas archisabidas de doctos formados en a misma universidad (y esa universidad se parece sospechosamente a una iglesia o una mezquita). Curiosamente, es un sector de la crítica que entiendo que exista en ciertos ambientes de la literatura general, pero no en un género ya de por sí fuera de los márgenes de la literatura general. Como se aprecia, es todo un poco contradictorio.

Fantasymundo: ¿Qué soñó escribir cuando era más joven y comenzaba en esto? ¿Cuáles son sus proyectos actuales con y sin pluma? 

Sergio Parra: Cuando era más joven sólo aspiraba a escribir historias que entretuviesen, que fueran un reflejo del cine hollywoodiense de la época. Recuerdo que escribí pestiños como una cuarta parte apócrifa de Regreso al futuro, por ejemplo. También me gustaba novelizar películas, series o cómics. Mis aspiraciones eran muy ingenuas. Escribía sólo para mí mismo.

Mi próximo proyecto es terminar de escribir la segunda parte de Jitanjáfora. Me estoy empleando a fondo como despedida, porque luego, probablemente, dejaré de escribir ficción por un largo tiempo. Mi intención es probar a escribir un libro de viajes, así que voy a invertir bastante tiempo en viajar y en tomar muchas notas. Luego ya veremos qué sucede: no me gusta hacer planes a tan largo plazo.

Fantasymundo: Seduzca a la cámara… ¿cuáles son sus filias y fobias? ¿le reconoce la gente en las convenciones del género? 

Sergio Parra: Se me da muy mal describirme, y seguramente adulteraría bastante la realidad en mi beneficio. Así que recurriré a compararme con algunos personajes. Supongo que tengo ciertas manías y neuras, al estilo de Melvin Udall en la película Mejor imposible; algo de ascetismo y fobia social a lo Pynchon; y un poco de mala baba y misantropía a lo Norman Mailer. Y soy un poco idiota, en el sentido ateniense de la palabra.

Me gusta escribir a mano, a veces lento, como si estuviera ligando un buen alioli; otras veces transportado por la pasión, pero siempre con una letra redondilla y engarabitada que luego no hay dios que descifre. Comparto lo que sostiene Umberto Eco: escribir directamente a máquina o a ordenador confiere al texto una limpieza y una pulcritud que influye en nuestra valoración crítica del contenido del texto. Como si fuera un texto ya publicado y, por tanto, no fuéramos tan críticos con él. En una libreta, por el contrario, lo escrito no adquiere tanta gravedad y se aviene más fácilmente a ser corregido, suprimido o aumentado. A ordenador todo parece demasiado definitivo.

Tampoco me acostumbro a las dedicatorias. Supongo que siento cierto grado de pudor al codearme con escritores reconocidos. Es una estupidez, pero no puedo verme como escritor de verdad sino como alguien que se hace pasar por escritor, un escritor sedicente. Resignado a un papel de comparsa. Además, lo de las dedicatorias tiene guasa. Nunca sé qué poner ni tampoco comprendo muy bien la razón de que alguien te pida un autógrafo o una dedicatoria. Creo que la costumbre de las dedicatorias, además, es bastante reciente, del romanticismo; antes de 1850 es casi anecdótico encontrar un libro dedicado. En aquella época, el autor sólo dedicaba sus libros a personas muy bien escogidas, casi de su círculo íntimo. No como ahora: recuerdo que en el acto de entrega del premio de novela Valentín García Yebra para La moleskine, tuve que firmar y dedicar libros en cadena, a gente a la que apenas pude mirar a la cara, que no conocía ni que volvería a ver en mi vida. Es una situación estrambótica.

En las convenciones y demás saraos la naturalidad desparece de todo mi repertorio gestual y hasta ideológico. Que nadie espere conocer a Sergio Parra en una convención. Conocerán a otro. Al que va de escritor.

Tampoco me dejo ver demasiado por esos ambientes, pero sí ha sucedido que me han reconocido o me han dicho cosas como “oye, yo te leí en tal o cual”, y entonces no sé qué responder. Me resulta extraño que alguien al que no conozco de nada le dé por leer lo que escribo. Extraño pero también halagador.

Fantasymundo: ¿Qué es lo más extraño que le ha ocurrido desde que publica, con fans y editoriales? ¿Y el rechazo de publicación más original? 
Sergio Parra: Los rechazos de publicación siempre han sido muy formales y correctos, incluso constructivos. No guardo ninguna frase o recomendación del tipo “sería mejor que dejases de emborronar páginas con esta basura y te dedicases a otra cosa más útil para la humanidad, chaval”. También es cierto que no me he sometido a menudo a la consideración de una editorial: la mayoría de mis publicaciones han sido fruto de haber ganado algún premio o distinción.

Sí que es cierto que con algunas editoriales el ejercicio de la cautela es imprescindible. Me he encontrado con más de una editorial que sólo aparenta ser tal: en el fondo es una estafa que funciona exigiendo al autor que afronte los gastos de edición. Al final, el autor ha desembolsado una importante suma de dinero, su novela no acaba siendo distribuida adecuadamente, las ventas son casi nulas y las regalías, además, son ridículas. La editorial, de este modo, se ha lucrado creando la ficción de que ha publicado tu novela. Una estafa en toda regla, como quien vende agua inocua como crecepelo.

Lo más extraño que me ha ocurrido supongo que fue el verme en la entrega del premio Caja Castilla La Mancha Valentín García Yebra por La moleskine. Yo sólo sabía que se celebraría en un auditorio de Guadalajara. Así que fue toda una sorpresa encontrarme a docenas de periodistas y fotógrafos, cientos de personas, policía, agentes de paisano, seguridad y muchas, muchas corbatas. Debí causar sensación, porque mi atuendo era de lo más informal. Al poco tiempo, tras presentarme a decenas de personas, entre ellas los galardonados con otro premio a toda la carrera (uno de ellos, un sacerdote, me interrogó acerca del argumento de mi novela, y yo tuve a bien ocultarle que se trababa de una relación lésbica), al poco, digo, llegó la marabunta. Un puñado de periodistas, flashes, hombres de negro con hechuras de armarios roperos. Todo el mundo rodeando a una figura menuda, de ropas chillonas: María Teresa Fernández de la Vega. Tragué saliva. Tuvimos, los organizadores y los premiados, que alinearnos como si fuéramos a recibir al Rey. Y, entonces, la vicepresidenta fue pasando por delante de nosotros, uno a uno, saludando y diciendo algunas palabras. Yo estaba en último lugar. Y allí se quedó más tiempo. Se sorprendió de mi juventud, y estuvimos un rato hablando sobre la novela…. aunque creo que lo que en verdad le sorprendió muy mi falta de protocolo y mi ropa de calle.

Luego pasé el peor rato del día. La entrega de premio encima del escenario, ante la mirada de todo el mundo. Un presentador dio paso a los galardonados. Todos ellos, sacerdote incluido, se pusieron ante el atril y el micrófono y declamaron discursos aprendidos de memoria, llenos de adjetivos, enfáticos, protocolarios, bellísimos. La gente aplaudía y la vicepresidenta asentía con la cabeza. A esas alturas, lo prometo, lo juro y perjuro, yo estaba ahí sentado, amasándome las manos, y todavía no había pensado qué iba a decir. No había preparado nada, no sé por qué. Fue como si me diera más apuro decir algo de memoria que quedar en evidencia porque no sé hablar en público. De hecho, empecé a bromear mentalmente conmigo mismo mientras la gente se alargaba con sus discursos aburridos y meándricos. Me decía, entre chuflas y veras, va, Sergio, ahora dirás que te vas a fundir la pasta del premio y que hale, buenos días, buenas tardes y buenas noches, y entonces harás mutis por el foro dejando al auditorio enmudecido de estupor. Otra parte de mí, la más cabal, no se podía creer que tuviera ganas de bromear en aquellos momentos críticos, cuando sólo faltaban minutos para hacer el ridículo frente a tanta corbata y tanta deferencia de cartón piedra. Al final, segundos antes, medio hilvané cuatro ideas y eso fue lo que dije. Pasé por la mesa, recogí los premios de la mano de la vicepresidenta y de un enjuto y vetusto Valentín García Yebra (miembro de la RAE que, si me hubieran dicho que tiene 190 años, me lo creo), me puse ante el micrófono y pronuncié mi primera frase triunfal: Bueno, me parece que se me da mejor escribir que hablar en público. Luego, todo fluyo de manera bastante natural y los nervios se desvanecieron a medida que avanzaba por el discurso. 

Luego volví a tener un intercambio de impresiones con la vicepresidenta (ella había pronunciado un largo discurso panfletario pero prefirió continuar hablando de mi novela) ante la atenta mirada de Seguridad. Nos despedimos de ella. Y accedimos a una sala interior donde se celebraba un lujoso cóctel. Sí, de los de camareros de punta en blanco paseando bebidas y canapés exquisitos en sus bandejas. Allí me presentaron a más personas, gente importante, creo recordar. También me abordaron miembros del jurado para felicitarme y simples asistentes del público, para mostrar su interés por leer la novela en breve.

De todas mis experiencias a la hora de ir a recoger un premio, sin duda ésta fue la más esperpéntica.

Fantasymundo: Nadie se conoce más que uno mismo, así que hemos acordado dejar que te preguntes a ti mismo la última cuestión, sin cortapisas. ¿Qué pregunta no te han hecho jamás y te mueres por contestar? 

Sergio Parra: La crítica, por lo general, me ha cuidado mucho. Y la mayoría de críticas que he recibido han sido, incluso, constructivas. He aprendido de ellas. Sin embargo, me encantaría que me preguntasen qué opinión me merecen los críticos o cierto sector de la crítica caracterizado por una injustificable veleidad.

Detesto al crítico que simplemente levanta el dedo pulgar a la manera imperial romana, que pontifica desde su cátedra como si su palabra fuese sagrada. Detesto los juicios paternalistas. Las críticas que no son más que formas de endilgar al lector nuestros juicios estéticos o nuestra manera de ver la literatura.

Y detesto todo eso porque no suele existir la contracrítica. Tal y como yo lo entiendo, la crítica debería de ser un diálogo entre el autor, el crítico y hasta el lector. El crítico, sin embargo, siempre queda impune. Puede pergeñar cualquier idea o juicio sin recibir consecuencias públicas. Al crítico siempre parece que le asista un argumento de autoridad y goza de unas prerrogativas que nunca pueden someterse a examen. En una ocasión, incluso, en un portal web donde las críticas podían ser comentadas, me atreví a impugnar lo que el crítico allí sostenía acerca de una de mis novelas. El consejo que me dio este señor crítico fue que, si me quería dedicar a esto del famoseo, debería tener las espaldas más anchas. O sea, que debería aguantar y no replicar. Pero el crítico, que también “publica” un texto, parece que se excluía de la ecuación: él no debía tener espaldas anchas para soportar las impugnaciones del autor.

También es muy un espécimen común (sobre todo si esconde a un escritor frustrado) el del crítico que se limita a esbozar la sinopsis de la obra que se propone criticar, para luego decir sin más explicación: no me ha gustado, me ha aburrido, no pasa prácticamente nada, refleja ideas muy feas, etcétera. Para terminar (como reafirmando su juicio estético) enumerando alguna de las erratas tipográficas u ortográficas que se ha encontrado en el texto. Cosas como: en la página 47, renglón segundo, ha escrito tal palabra así cuando debería ir asá. ¡He sido más avispado que el propio autor! ¡Le he ganado, al menos en este punto! ¿Cómo publican un libro a este fantoche? Yo debería de ser el autor, pero como tengo dignidad y mayor nivel de autocrítica, no lo voy a hacer.

Son críticos perdonavidas.

Recuerdo que leí en una ocasión que el Quijote fue un libro que fue editado con innumerables erratas, algunas incluso imputables al propio Cervantes, pues se conocía que era un autor descuidado para esos detalles. En aquel entonces, no existían tantos filtros y correctores hasta que la obra aparecía en la calle. Así que hoy, si realmente un texto padece de una aluminosis tipográfica u ortográfica importante, entiendo sacarlo a relucir en la crítica, que también (también, no únicamente) debe ser una valoración de la edición en conjunto. Pero si estamos hablando de una o de un puñado ínfimo de erratas… ¿qué relevancia tiene esa información para el potencial lector? El crítico trata de presentar al autor, de este avieso modo, como un incompetente, un iletrado. No merece ser autor, en definitiva. Y en este punto pivota casi toda la crítica, además, porque la principal pretensión de esta clase de crítico es la de verter toda su animadversión hacia el autor. Y al pobre lector que sólo busca el descubrir alguna nueva veta literaria ni siquiera se le da la oportunidad de experimentar, de probar, de alejar sus horizontes en busca de textos que a priori no son de su agrado pero que, como sucede con el caviar o la mojama, el tiempo y la experiencia convierte en exquisiteces para el paladar.

Sergio Parra: Es cierto que normalmente tiendo al exceso. Las palabras me seducen, siento curiosidad por ellas. Me encanta buscar su origen y su significado exacto en los diccionarios, me gusta fondear en sus enigmáticos orígenes etimológicos. También disfruto cuando un autor sabe usarlas, creando determinado efecto en el lector. Parece que si no escribes de forma atonal y con una riqueza léxica propia de un spot de Bacardi, entonces estás siendo pretencioso. Si es así, entonces me gusta la pretenciosidad. No siempre, claro, pero sí cuando la historia lo requiere. (Sin entrar en la disquisición de que, además, sospecho que cualquier expresión artística expuesta al público ya es un ejemplo de pretenciosidad).

En el caso de Jitanjáfora, no sólo lo requería la historia: considero que era imprescindible. Las jitanjáforas son palabras carentes de significado que simplemente se emplean en poesía porque suenan bien, por su eufonía. Como, de algún modo, sucede con los conjuros verbales de un hechicero. A veces son latinajos, y en otras ocasiones son eso: palabras que suenan bien pero que no entendemos. Ya que Jitanjáfora intentaba ser realista, presentar una magia laica, sin caer en el aspecto sobrenatural más barato del género, consideré oportuno que en el libro deberían aparecer este tipo de palabras pero que, en realidad, existieran. El lector que se tome la molestia en buscarlas, advertirá que no hay ninguna palabra puesta al azar. Todas refuerzan y cimientan el significado de las escenas, de los conjuros o de las ideas que se tratan de transmitir (otra forma de conjuros, en definitiva). Palabras escritas en tinta simpática o jugo de limón, aparentemente invisibles, pero que basta que el lector les aplique la llama de su curiosidad para sacarlas a la luz. No entenderlas todas, no obstante, no debería de lastrar la lectura de la novela: en este caso, las palabras enigmáticas pero bonitas funcionan como las jitanjáforas de las poesías.

Existen interesantes libros sobre los efectos de las palabras en el oyente o el lector, su sonoridad, la influencia psicológica en el pensamiento, su poder para troquelar los circuitos neuronales, sus mecanismos para inducir ciertas sensaciones o emociones… Es un mundo fascinante, el de las palabras.

Todo y así, como ya he dicho antes, es cierto que tiendo a manejar cierta riqueza léxica, y esto no siempre es bien recibido por todos los lectores. Me parece correcto, pues no siempre se puede escribir para todo el mundo. Mayormente trato de escribir aquello que me gustaría leer, y a mí me encanta leer novelas que contengan palabrejas que no siempre conozco. De hecho, ahora recuerdo que, años ha, cuando empezaba a dar mis primeros pasos en esto de escribir, se me ocurrió la demencial idea de parir una novela llamada Diccionario. Una historia que estuviera escrita con todas, y digo todas, las palabras registradas por el Diccionario de la Real Academia. Suerte que se me pasó el antojo.

Sergio Parra realmente no se expresa así. También sabe decir mecagoenlaputa o es la caña de España, y creo que ahí reside lo divertido del idioma: en saber mezclar alta cultura con cultura pop o el ideolecto propio de un polígono industrial. Así es como hablo, entendiendo el lenguaje como algo lúdico. Así pues, Jitanjáfora pretende ser, entre otras cosas, una fiesta de palabras. Una fiesta chez Sergio Parra.

La inspiración de Jitanjáfora surgió de dos ideas que me obsesionan. Por un lado, que la realidad es más fascinante que la ficción, y que la fantasía sólo es una forma poco convencional, oblicua o bizca de presentar la realidad cotidiana. 

La otra idea es un poco más controvertida. Siempre me ha costado digerir los hechiceros que visten con túnica, o los superhéroes que visten con mallas, los de portada de cómic. Son estéticamente muy atractivos, sí. Pero ¿por qué lo hacen? Es más: por qué actúan como actúan. En general, me cuesta abstraerme de la ingenuidad de estos personajes. No me creo sus historias porque no me los creo a ellos.

En todos los géneros existen historias profundas o ligeras, adultas o infantiles. Pero siempre he percibido que en el género fantástico de magos, superhéroes u otros personajes con habilidades extraordinarias, se tiende a hacia la ramplonería y la lisura sicológica. Supongo que es un mal endémico en todas las narraciones que cuentan con elementos sobrenaturales o prodigiosos en su trama. Por ejemplo: que la mayoría de reacciones de los personajes de una película de terror sean insostenibles, ridículas. Son películas que dan miedo, pero nada más. Una buena historia no debería estar supeditada solamente a esa dimensión; dar miedo, por ejemplo. Una buena historia debería ofrecer más cosas. Por de pronto, el no obligarnos a suspender nuestra incredulidad hasta niveles que rozan la oligofrenia. Para no extenderme más, invito a quien quiera profundizar un poco más en este asunto a echarle un vistazo a un post que escribí a propósito de los superhéroes cotidianos.

Sobre si hay inspiración en Harry Potter… pues lo que hay es una crítica a Harry Potter. En el fondo, Jitanjáfora es una sátira de las historias que narran la iniciación de un personaje anodino e insignificante en un mago de poderes legendarios. Harry Potter simplemente es el referente más cercano, actual y conocido por todos, por eso se menciona.
Fantasymundo: “Tanatomanía” podría enclavarse en el subgénero “steampunk”… ¿podremos leer más novelas de Sergio Parra en esta misma línea? 
Sergio Parra: Me encanta practicar lo que llaman transversalidad de géneros, experimentar con hibridaciones poco comunes, añadir comicidad a una escena dramática o dramatismo a una escena cómica, transgredir normas, tocar lo intocable y demás juegos que epaten al lector. Digo esto porque Tanatomanía, en apariencia, podría englobarse dentro del subgénero del steampunk, pero, en realidad, una vez se desvela la razón de que existan autómatas con Inteligencia Artificial en pleno Ochocientos, tal catalogación la considero errónea. Para mí, Tanatomanía es una pesadilla psicopatológica y fantacientífica nacida del ansia de fama y popularidad y del miedo a la muerte. Un juego metaliterario en el que hasta yo mismo debo comparecer como un personaje más, porque al autor de la novela es apócrifo (aunque figure mi nombre). Y de eso, habrá más en mis futuras novelas, pues son temas que me fascinan.

Fantasymundo: Reconoce que mucho de lo que escribe proviene de su vida diaria… ¿Cómo se le ocurrió el argumento de “Tanatomanía”?
Sergio Parra: Por supuesto. Quien diga lo contrario, miente como un bellaco o no se da cuenta de que a nivel inconsciente todo está filtrado por su experiencia personal. La diferencia entre una autobiografía y una novela sólo reside es la habilidad del autor para reflejar en un espejo deformante su vida o su visión del mundo. Una deformación que esté al servicio de la historia que queremos contar.

El argumento de Tanatomanía gira en torno a la impostura. El concepto de inventarnos nuestra propia vida siempre me ha interesado. La idea de que nos autoengañamos sobre lo que somos o lo que nos rodea para hacer más digerible nuestra existencia. Siempre me ha fascinado la idea de que, en realidad, nos acostumbramos a ensayar e interpretar todos nuestros actos frente a los demás, hasta que dejamos de ser actores advenedizos y, entonces, lo hacemos tan bien que nos engañamos incluso a nosotros mismos. La gente, a mi juicio, entonces deja de ser natural. Uno ya no toma un café o pasea por la calle, uno hace el papel de alguien que toma un café o pasea por la calle, milimetrando cada uno de sus movimientos, que no son más que una mimesis de algún actor o persona referencial de gran carisma.

No puedo evitar ser demasiado consciente de esta impostura, tanto en mí como en los demás; de la posición premeditadamente cinematográfica al sentarnos, al entrecerrar los ojos cuando damos una calada a un cigarrillo, como persiguiendo un pensamiento furtivo, al andar fachendosamente, al vestir así o asá, al peinarnos. Somos escaparates de nosotros mismos.

Un héroe, el protagonista de una gran hazaña, el salvador, el bueno sin mácula, el donjuán de vuelta de todo, pues, debería ser el paradigma de esta impostura: dependiendo del contexto cultural en el que debe convertirse en tal, se verá obligado a cuidar hasta el más mínimo detalle de su interpretación, vestuario y escenografía. El héroe, por lo tanto, no sería más que un grandioso actor al que no se le cae la cara de vergüenza ante tanta afectada teatralidad (al menos, cierto tipo de héroe que ha entronizado la cultura popular).

Tanatomanía trata de llevar este planteamiento hasta sus últimas consecuencias. Y, de paso, trata de salvar el mundo. Pero sólo de paso.

Fantasymundo: Tanto en “Tanatomanía” como en “Jitanjáfora” se repite el personaje “adicto a la lectura” y parece que le tiene especial cariño al tipo de conducta introvertida, pero en ambos casos es precisamente esta adicción la que inspira a sus personajes a moverse. ¿Hay alguna alusión a tu propia experiencia personal? ¿se diferencian mucho el Sergio Parra escritor del que se ve al espejo cada día al levantarse? 

Sergio Parra: Los personajes surgen de mi experiencia personal, como dije antes, en tanto en cuanto su manera de ver las cosas o sus reacciones están filtradas por mi cerebro. Pero esto no quiere decir que yo piense o actúe como mis personajes. De hecho, creo que ninguno de ellos soy netamente yo. Simplemente me identifico con ciertas facetas de ellos, con algunos de sus pensamientos o ideas. Mis personajes existen para dar coherencia y consistencia a la historia que quiero contar, así que los moldeo como un alfarero que no busca hacer determinada vasija, sino que intenta que las vasijas que nacen de sus dedos no desentonen en la casa que le han mandado decorar. Un personaje es un elemento muy parecido a un ambiente, un escenario, una idea, un sentimiento o cualquier otra parte de la construcción de una novela. Preguntarme si me parezco a un personaje concreto sería como preguntarme si mi casa es parecida a la casa de tal personaje o si donde yo vivo llueve tanto como en aquella escena que describí.

Cuando una de mis primeras novelas, Frío, fue premiada en un concurso literario, el jurado alucinó cuando me vio llegar a recoger el premio. Se esperaban a una mujer madura y no a un chaval imberbe, pues la novela estaba escrita en primera persona por una mujer madura frustrada con su matrimonio. Yo nunca he sido mujer y nunca he estado casado, pero he visto cómo reaccionan las mujeres o cómo reaccionan las casadas. Me limito a describir lo que veo y a hacer un ejercicio de empatía. Y todo ello surge espontáneamente.

Así que, el caso del personaje “adicto a la lectura”, simplemente lo creí necesario para contar la historia que tenía en la cabeza. Que se repita en mis novelas publicadas (que no escritas) responde a una simple casualidad.

Si nos metemos en el terreno aquíhaytomate, entonces admito que me gusta leer, por supuesto, pero no tanto como parece. Me interesan muchas otras cosas. Soy epistémicamente hambriento, como si dijéramos. Y no todas las cosas que me interesan se aprenden en los libros.

Fantasymundo: En estas dos novelas, los personajes femeninos (al menos de cierta relevancia) se presentan demasiado inaccesibles, limitadas por su propia inteligencia a las relaciones humanas pero al final ceden ante el personaje principal. ¿Qué clase de mujeres en tu vida real te inspiran para dar vida a este tipo de “femmes fatals” o no existen? 

Sergio Parra: Volvemos al tomate. He conocido a mujeres tan extrañas, disfuncionales o inaccesibles como las que aparecen en mis novelas. He disfrutado o padecido interminables guerras sicológicas con mujeres, guerras abocadas a un armisticio venéreo. Algunas personas se sienten atraídos por un tatuaje tribal en el cóccix de una mujer; yo me siento atraído por los tatuajes mentales, por decirlo de algún modo. Por mujeres extravagantes, testosterónicas. Literariamente, me importan más los avatares de una mujer cuya mesilla de noche esté a rebosar de frascos de barbitúricos. O de una señorita clorótica.

Otras mujeres que me han inspirado son mujeres que no he conocido jamás pero que han existido o existen, aunque sus biografías parezcan inventadas. Como paradigma de este tipo de rara avis femenino, invito a bucear en la vida de Martha Gellhorn, Ayn Rand o Simone de Beauvoir, por ejemplo, o en la de Ada Byron (personaje que también aparece en Tanatomanía). Son mujeres que sabían dosificar deliberadamente la glucosa romántica, nadar contra lo establecido, e, incluso, desprenderse del icono cultural de lo que todo el mundo entiende por una mujer. Son mujeres alienígenas. Me interesan al igual que me interesan los hombres alienígenas. (De nuevo, la realidad supera a la ficción, y nos damos cuenta de que no es necesario viajar a otros mundos para hablar con extraterrestres).

Fantasymundo: Parece que tienes especial predilección por los finales abiertos y cierta tendencia a evitar los finales felices tipo Hollywood. ¿Consideras que éstos no son lo suficientemente interesantes o prefieres dejar espacio para futuras continuaciones si vende bien? 

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Entrevista en Libro Andrómeda

Posted by Sergio Parra Castillo on 14th Enero 2008

Libro Andrómeda, a través de José Vilches, ha tenido la gentileza de hacerme esta entrevista.

Desde aquí, graciasa José por partida doble: por la entrevista y por el regalo de su libro.

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Mensajes Perdidos

Posted by Sergio Parra Castillo on 18th Noviembre 2007

La próxima semana aparecerá la antología Mensajes Perdidos, de la editorial Libro Andrómeda. En ella se podrá encontrar uno de mis últimos cuentos, Aduya, que, tal y como lo hacen todos los demás seleccionados, especula sobre alguna cuestión relacionada con el lenguaje.

 

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